viernes, 30 de octubre de 2015

Compilación de las obras filosóficas de Jenofonte: I. Recuerdos de Sócrates (Libro I)


 

(…) la acusación pública formulada contra él decía lo siguiente: “Sócrates es culpable de no reconocer a los dioses en los que cree la ciudad, introduciendo, en cambio, nuevas divinidades. También es culpable de corromper a la juventud”. (…) Porque era evidente que hacía frecuentes sacrificios en su casa, los hacía a menudo también en los altares públicos de la ciudad, y tampoco era un secreto que utilizaba la adivinación. Se había divulgado, en efecto, que Sócrates afirmaba que la divinidad le daba señales (…). Pero nada introducía más nuevo que otros que por creer en un arte adivinatoria utilizan pájaros, voces, signos y sacrificios. (…) Sin embargo, la mayoría de las personas dicen que los pájaros y los encuentros les disuaden y les estimulan, pero Sócrates lo decía como lo pensaba, o sea, que la divinidad le daba señales, y aconsejaba a muchos amigos suyos que hicieran unas cosas y no hicieran otras, según las indicaciones de la divinidad, y les iba bien a quienes le creían, pero los que no le creían se arrepentían.

Como quiera que sea, ¿quién se negaría a reconocer que él no deseaba pasar por necio ni por impostor ante sus amigos? (…) Y fiándose de los dioses, ¿cómo no iba a creer que los dioses existen?

Pero también trataba a sus amigos de la siguiente manera: en los asuntos inevitables, aconsejaba actuar como creía que tendría mejor resultado, y en cuanto a los de resultado incierto, les enviaba a consultar al oráculo para saber lo que debían hacer. Decía que quienes se disponen a gobernar correctamente casas y ciudades necesitaban la adivinación, pues creía que llegar a ser carpintero, herrero, labrador, gobernante de hombres, experto en tales actividades, contable, administrador o comandante militar, todas son enseñanzas asequibles a la inteligencia humana. Pero lo más importante de estas actividades, decía, se lo han reservado los dioses para ellos y no dejan ver nada a los hombres. Porque ni el que hace una buena siembra sabe quién recogerá la cosecha, ni el que construye bien una casa sabe quién la habitará, ni para el general está claro si su mando es útil, ni sabe el político si conviene que esté al frente del Estado, ni el que se casa con una bella mujer para disfrutar de ella sabe si por su culpa se sentirá desgraciado, ni quien ha conseguido parientes influyentes en la ciudad sabe si por culpa de ellos no se verá privado de la ciudadanía. Pero (…) por locos tenía también a quienes consultaban el oráculo sobre materias que los dioses concedieron a los hombres para que aprendieran a decidir (como, por ejemplo, si alguien preguntara si es mejor contratar como cochero a uno que sepa conducir o a uno que no ) (…) o lo que se puede saber con la ayuda del cálculo, de la medida o del peso: consideraban como una impiedad consultar tales cosas a los dioses.

(…) Por lo demás, Sócrates siempre estaba en público. (…) Por lo general, hablaba, y los que querían podían escucharle. Nadie vio nunca ni oyó a Sócrates hacer o decir nada impío o ilícito. Tampoco hablaba, como la mayoría de los demás oradores, sobre la naturaleza del universo (…). En primer lugar investigaba si tales individuos, por creer saber suficientemente las cosas humanas, se dedicaban a preocuparse de lo referente a aquellas otras, o si, dejando de lado los problemas humanos e investigando lo divino, creían hacer lo que es conveniente. Se sorprendía de que no vieran con claridad que los hombres no pueden solucionar tales enigmas (…). También examinaba sobre estos temas si, de la misma manera que los que han aprendido la naturaleza humana creen que podrán aplicar lo que han aprendido en beneficio de sí mismos o de cualquier otro que lo desee, así también los que investigan las cosas divinas esperan, una vez que sepan por qué leyes necesarias se produce cada cosa, poder aplicar, cuando lo deseen, vientos, aguas, estaciones y cualquier otra cosa de éstas que necesiten. O bien si no esperan nada de ello y les basta saber simplemente cómo se produce cada uno de estos fenómenos. (…) En cambio, él siempre conversaba sobre temas humanos, examinando qué es piadoso, qué es impío, qué es bello, qué es justo, qué es injusto, qué es la sensatez, qué cosa es locura, qué es valor, qué cobardía, qué es ciudad, qué es hombre de Estado, qué es gobierno de hombres y qué un gobernante, y sobre cosas de este tipo, considerando hombres de bien a quienes las conocían, mientras que a los ignorantes creía que con razón se les debía llamar esclavos.
  
(…) En efecto, en una ocasión en que era consejero y había prestado juramento como tal, para cumplir con su cargo de acuerdo con las leyes, le correspondió presidir la asamblea cuando el pueblo quiso condenar a muerte ilegalmente con una sola votación a los nueve generales, entre los que se encontraban Trasilo y Erasínides, y él se negó a proceder a la votación, a pesar de que la asamblea se irritó contra él y aunque muchas personas influyentes le amenazaban. Tuvo para él más valor mantener su juramento que congraciarse con el pueblo contra toda justicia y protegerse de las amenazas.
  
Y es que estaba convencido de que los dioses se preocupan de los seres humanos, pero no como la masa cree. Pues ésta piensa que los dioses saben unas cosas y otras no, mientras que Sócrates creía que los dioses lo saben todo, lo que se dice, lo que se hace y lo que se debate en secreto, que están presentes en todas partes y que dan señales a los hombres en todos los problemas de los hombres.
  
(…) era en primer lugar el más austero del mundo para los placeres del amor y de la comida (…). ¿Cómo entonces una persona así habría podido hacer impíos a otros o delicuentes, glotones o lujuriosos, o blandos frente a las fatigas? Más bien apartó a muchos de estos vicios haciéndoles desear la virtud e infundiéndoles la esperanza de que cuidándose de sí mismos llegarían a ser hombres de bien. Aun así, nunca se las dio de maestro en estas materias, pero poniendo en evidencia su manera de ser hizo nacer en sus discípulos la esperanza de que imitándole llegarían a ser como él.
  
Por lo demás, nunca descuidó su cuerpo, y reprochaba su descuido a los que se abandonaban. Así, desaprobaba el comer en demasía para hacer un trabajo excesivo, pero aceptaba trabajar proporcionalmente a lo que el espíritu admite de buen grado, pues decía que este régimen es suficientemente sano y no estorba el cuidado del alma. (…) En cambio, a los que aceptaban un salario por su conversación les acusaba de venderse como esclavos, porque se obligaban a conversar con aquellos de quienes recibían dinero. Se sorprendía de que hiciera dinero uno que predicaba la virtud, en vez de pensar que la mayor ganancia era adquirir un buen amigo (…).
  
Pero, ¡por Zeus!, decía su acusador, Sócrates inducía a sus discípulos a despreciar las leyes establecidas, cuando afirmaba que era estúpido nombrar a los magistrados de la ciudad por el sistema del haba, siendo así que nadie querría emplear un piloto elegido por sorteo (…). Tales argumentos, afirmaba el acusador, impulsan a los jóvenes a despreciar la constitución establecida y los hacen violentos. Yo, en cambio, opino que los que practican la prudencia y se consideran capaces de dar enseñanzas útiles a los ciudadanos son los que resultan menos violentos, porque saben que las enemistades y los peligros son propios de la violencia, mientras que con la persuasión se consiguen las mismas cosas sin peligro y con amistad. (…) Además, el que se arriesga a la violencia necesita muchos valedores, mientras que quien puede persuadir no necesita ninguno, pues él solo cree que es capaz de convencer.
  
(…) Tal vez muchos de los que se llaman filósofos podrían objetar que un hombre justo nunca puede volverse injusto ni el prudente hacerse insolente, ni en ninguna otra cosa objeto de aprendizaje puede nunca el que ha aprendido algo llegar a ser ignorante de ello. Yo en este punto no estoy de acuerdo, pues veo que de la misma manera que los que no han entrenado sus cuerpos son incapaces de hacer actividades corporales, así, tampoco las actividades del espíritu son posibles para quienes no han ejercitado su espíritu, pues no pueden hacer lo que deben hacer ni abstenerse de lo que deben evitar. Por ello procuran los padres mantener a sus hijos, aunque sean prudentes, apartados de los hombres perversos, en la idea de que el trato con los buenos es un ejercicio de virtud y el trato con los malos es su ruina. (…) los discursos instructivos pasan al olvido si no se ejercitan. Cuando se olvidan discursos didácticos, pasa al olvido también la experiencia que siente el alma cuando desea la prudencia, y si se olvida aquélla, no es de extrañar que se olvide también la misma prudencia.
  
Veo también que los que se dan a la bebida o se revuelven en los placeres carnales tienen menos capacidad para ocuparse de lo necesario y para abstenerse de lo que no tienen que hacer. Pues muchos que podían ahorrar dinero antes de enamorarse, cuando se enamoran ya no pueden, y una vez que han derrochado el dinero dejan de renunciar a lucros que antes evitaban por considerarlos vergonzosos.
  
(…) implantados en el mismo cuerpo conjuntamente con el alma, los placeres tratan de convencerla para que abandone la prudencia y se apresure a darles gusto a ellos y al cuerpo.
  
Efectivamente, mientras estuvieron con Sócrates, Critias y Alcibíades pudieron dominar sus malas pasiones utilizándole como aliado, pero una vez que se apartaron de él, Critias huyó a Tesalia y allí se reunió con hombres que anteponían la ilegalidad a la justicia, mientras que Alcibíades, acosado a causa de su belleza por una multitud de mujeres distinguidas, se vio corrompido por una gran cantidad de personajes poderosos debido a su influencia en la ciudad y entre los aliados. Honrado por el pueblo sin que le costara ningún esfuerzo destacar, lo mismo que los atletas que consiguen fácilmente ser los primeros en los certámenes gimnásticos y descuidan su entrenamiento, así, también él se descuidó de sí mismo (…). ¿No le parece al acusador que es digno de elogio el hecho de que siendo jóvenes, cuando es lógico que fueran más insensatos e intemperantes, Sócrates los hiciera discretos?
  
(…) Pues bien, al tratarse en cierta ocasión de que Critias estaba enamorado de Eutidemo y trataba de aprovecharse de él como los que se aprovechan de los cuerpos para los placeres amorosos, intentaba apartarle diciendo que era indigno de un hombre libre e impropio de un hombre de bien requerir al enamorado, a cuyos ojos deseaba parecer muy digno, suplicando y pidiendo como los mendigos una limosna que encima no es buena. Y como Critias no atendía tales sugerencias ni se dejaba convencer, se dice que Sócrates en presencia de otros muchos y del propio Eutidemo dijo que le parecía que a Critias le ocurría lo que a los cerdos, porque estaba deseando rascarse contra Eutidemo como los cerdos contra las piedras. Desde entonces, Critias odiaba a Sócrates, hasta el punto que, cuando llegó a ser uno de los Treinta y redactor de leyes con Caricles, se acordó de él y entre las leyes dictó una prohibiendo enseñar el arte de la palabra. (…) Sócrates dijo que le parecería sorprendente que un pastor de vacas que hiciera menguar y empeorar su ganado no reconociera que era un mal vaquero, pero más sorprendente todavía que un político que hiciera menguar y empeorar a los ciudadanos no se avergonzara ni reconociera que era un mal gobernante.
  
Cuando les llegó esta observación, Critias y Caricles mandaron llamar a Sócrates, le mostraron la ley y le prohibieron dirigirse a los jóvenes. Entonces preguntó Sócrates si podía pedir una aclaración en el caso de no haber entendido algún punto de las normas. Ellos respondieron que sí. “Pues bien”, dijo Sócrates, “estoy dispuesto a obedecer las leyes, pero para no infringirlas por ignorancia, sin darme cuenta, quiero saber con claridad una cosa de vosotros, si creéis que el arte de la palabra del que me mandáis abstenerme es el del razonamiento correcto o el del razonamiento incorrecto. Porque si se trata del razonamiento correcto, es evidente que habría que abstenerse de hablar correctamente, y si es del incorrecto, está claro que hay que intentar hablar correctamente”.
  
Entonces, Caricles, irritándose, le dijo:
—Puesto que eres un ignorante, Sócrates, te hacemos una prohibición que es más fácil de entender: te prohibimos terminantemente hablar con los jóvenes.
   Y Sócrates:
—Entonces, para que no haya ninguna duda de que no hago nada fuera de lo prohibido, precisadme hasta cuántos años hay que considerar jóvenes a los hombres.
   Caricles dijo:
—En tanto no pueden pertenecer al Consejo por no ser todavía juiciosos. No hables con personas más jóvenes de treinta años.
—Y en el caso de que quiera comprar algo, si el vendedor no tiene aún treinta años, ¿puedo preguntarle cuánto pide?
—Eso sí, dijo Caricles. Es que tú, Sócrates, tienes la costumbre de preguntar cosas que en su mayoría ya sabes cómo son. Esto es lo que no debes preguntar.
— En ese caso, dijo, ¿no debo responder si algún joven me pregunta algo que yo sé, por ejemplo dónde vive Caricles o dónde está Critias?
—Eso al menos sí, dijo Caricles.
   Y Critias dijo:
—En cambio tendrás que abstenerte de los zapateros, carpinteros y herreros, pues creo que ya los tienes desgastados y ensordecidos.
—Entonces, dijo Sócrates, ¿pasa lo mismo también con lo que les atañe, lo justo, lo piadoso y otras cosas por el estilo?
—Sí, por Zeus, exclamó Caricles, y también con los vaqueros, pues de lo contrario procura no menguar tú también las vacas.
  
(…) Critias y Alcibíades no tuvieron relaciones con Sócrates porque Sócrates les agradara, sino que desde el mismo principio toda su ambición iba dirigida al gobierno de la ciudad, y mientras estaban con él, sólo intentaban conversar con los más destacados políticos. Así se cuenta que Alcibíades, cuando aún no tenía veinte años, mantuvo con Pericles, que era su tutor y estaba al frente de la ciudad, la siguiente conversación sobre las leyes:
— Dime, Pericles, ¿podrías explicarme qué es una ley?
—Sin duda, respondió Pericles.
—¡Enséñamelo, por los dioses!, dijo Alcibíades. Pues cuando yo oigo que se alaba a algunas personas que respetan las leyes, pienso que no debería recibir en justicia este elogio uno que no sabe qué es una ley.
—No deseas nada difícil, Alcibíades, dijo Pericles, cuando quieres saber qué es una ley. Porque son leyes todo lo que el pueblo reunido en asamblea y mediante acuerdo ha decretado, diciendo lo que se debe hacer y lo que no.
—¿En el sentido de que se debe hacer lo bueno o lo malo?
—Lo bueno, por Zeus, muchacho, no lo malo.
—Y si no es el pueblo, sino que, como ocurre en la oligarquía, unos pocos reunidos decretan lo que hay que hacer, ¿qué es esto?
—-Todo cuanto el poder deliberante de la ciudad decide que hay que hacer se llama ley.
—Pero si un tirano que domina la ciudad decreta lo que deben hacer los ciudadanos, ¿también eso es ley?
—También lo que el tirano en el ejercicio del gobierno decreta, también eso se llama ley.
—¿Qué es entonces la violencia y la ilegalidad, Pericles? ¿No es cuando el más fuerte obliga al más débil, sin persuadirle, a hacer lo que a él le parece?
—Al menos es lo que yo creo, dijo Pericles.
—Entonces, cuantas acciones obliga a hacer un tirano, sin persuadir a los ciudadanos, ¿es ilegalidad?
—Yo creo que sí, dijo Pericles, y en ese caso retiro lo de que es ley cuanto ordena un tirano prescindiendo de la persuasión.
—Y lo que unos pocos decretan sin convencer a la mayoría, sino porque tienen la fuerza, ¿diremos que es violencia o lo negaremos?
—Yo creo que todo lo que uno obliga a hacer a alguien sin convencerle, tanto si lo decreta como si no, es violencia más que ley, dijo Pericles.
—Entonces, lo que la multitud en pleno, ejerciendo su poder sobre los que tienen dinero, decreta sin utilizar la persuasión, sería más violencia que ley.
—Verdaderamente, Alcibíades, dijo Pericles, también nosotros cuando teníamos tu edad éramos muy agudos en estas cuestiones, pues nos ejercitábamos haciendo sofismas como los que me parece que tú ahora estás practicando.
   Dicen que Alcibíades respondió a esto:
—¡Ojalá me hubiera relacionado contigo, Pericles, cuando estabas en la cumbre de tu agudeza!
  
(…) En cambio, Critón era un compañero de Sócrates, como (…) otros que se reunían con él, no para convertirse en oradores de la asamblea o judiciales, sino para llegar a ser hombres de bien y poder tener una buena relación con su familia, con el servicio, sus parientes y amigos, con la ciudad y sus conciudadanos. Y ninguno de ellos, ni de joven ni de mayor, hizo mal alguno ni incurrió en ninguna acusación.
  
(…) Pero Sócrates, decía el acusador, hacía que no sólo los padres sino también los otros allegados fueran despreciados por los que trataban con él afirmando que ni a los enfermos ni a los encausados les sirven de ayuda sus parientes, sino los médicos a los primeros y a los otros los que saben defender en un juicio. Decía también de los amigos que su benevolencia no sirve de nada, a no ser que puedan ser útiles. Únicamente merecen consideración, decía, los que saben lo necesario y son capaces de explicarlo. Y así, como trataba de convencer a los jóvenes de que él era el más sabio y también el más capaz de hacer sabios a los otros.
  
(…) Y a esto añadía que cuando ha salido el alma, única sede de la inteligencia, sacan cuanto antes el cuerpo (…). Ahora bien, cuando decía esto no estaba dando lecciones para enterrar al padre vivo o automutilarse, sino tratando de explicar que lo absurdo es indigno de estima, y exhortaba a preocuparse para ser lo más razonable y útil posible, con el fin de que, si alguien quiere tener la consideración de su padre o de otro cualquiera, no debe descuidarse confiando en el parentesco, sino que debe intentar ser útil a aquellos cuya estima desea.
 
(…) En lo que se refiere a los dioses, hablaba y actuaba evidentemente de acuerdo con las respuestas de la Pitia a los que preguntaban cómo se debe proceder en materia de sacrificios, el culto a los antepasados o sobre alguna otra cosa de este tipo. La respuesta de la Pitia, en efecto, es que se obra piadosamente si se actúa de acuerdo con las leyes de la ciudad. Sócrates procedía de esta manera y lo recomendaba a los otros, pero consideraba indiscretos y necios a los que obraban de otra manera. Pedía simplemente a los dioses que le concedieran bienes, en la idea de que los dioses saben perfectamente cuáles son tales bienes: creía que quienes piden oro, plata, poder absoluto, o alguna otra cosa parecida, no piden nada distinto de una jugada de dados, una batalla o cualquier otra cosa cuyo resultado sea evidentemente incierto. Y cuando ofrecía sacrificios modestos, según sus modestas posibilidades, no creía quedar por debajo de quienes con grandes fortunas ofrecen numerosos y magníficos sacrificios. (…) Por el contrario, Sócrates creía que los dioses se complacían más con los homenajes de las personas más piadosas, y elogiaba la siguiente sentencia: En la medida de tus fuerzas, haz sacrificios a los dioses inmortales. (…) Él, en cambio, despreciaba todas las opiniones humanas comparadas con el consejo de la divinidad.
  
(…) En primer lugar, contaré la conversación que le oí mantener un día acerca de la divinidad con Aristodemo, al que apodaban el enano. Al enterarse de que éste no hacía sacrificios a los dioses ni consultaba la adivinación, sino que incluso se burlaba de quienes lo hacían, le dijo:
—Dime, Aristodemo, ¿hay personas a las que tú admires por su sabiduría?
—Desde luego.
—Dinos sus nombres.
—En la poesía épica admiro sobre todo a Homero, en el ditirambo a Melanípides en la tragedia a Sófocles, en la escultura a Policleto y en la pintura a Zeuxis.
—¿Y quiénes te parecen más dignos de admiración, los que crean imágenes irracionales y sin movimiento, o los que hacen seres inteligentes y activos?
—¡Por Zeus! Con mucho prefiero a los que crean seres vivos, a no ser que se produzcan por azar y no en virtud de un proyecto inteligente.
—Y entre las cosas que es imposible conjeturar con qué fin están hechas y las que evidentemente tienen una utilidad, cuáles crees que son obra del azar y cuáles de la inteligencia?
—Parece lógico que las que tienen una utilidad son obra de una inteligencia.
—¿Y no te parece entonces que quien desde el principio ha creado hombres les añadió con fines utilitarios órganos con los que experimentaran sensaciones, ojos para que pudieran ver lo visible, oídos para oír lo audible? Y en cuanto a los olores, ¿qué utilidad habrían tenido para nosotros si no hubiéramos sido provistos además de nariz? (…) Además de eso, ¿no te parece obra de providencia que siendo la vista algo delicado se la haya cerrado con párpados (…)? Estas cosas, tan providencialmente preparadas, ¿todavía dudas si son obra del azar o de la inteligencia? (…) ¿Y el haber infundido el deseo de tener hijos y en las madres el deseo de criarlos (…)? ¿Tú mismo crees que hay algo racional en ti? (…) Y fuera de ti ¿no crees que haya nada racional? Y aun sabiendo que tienes en tu cuerpo una pequeña parte de la tierra, que es mucha, y de la humedad, que es tan grande, sólo tienes una pequeña porción, y sin duda de cada uno de los otros elementos, que, siendo grandes, sólo has asumido una pequeña parte para ensamblar tu cuerpo. Aun así, ¿crees haber acaparado, por una especie de buena suerte, la inteligencia, que es lo único que no está en ninguna parte, y estos elementos infinitos en número y grandeza te imaginas que se mantienen en orden sin una inteligencia?
—¡Por Zeus!, es que no veo a los responsables como veo a los artífices de lo que aquí se produce.
—Tampoco ves tu propia alma que es responsable del cuerpo; según eso, también puedes decir que no haces nada con inteligencia, sino todo al azar.
  
Y Aristodemo dijo:
—No, Sócrates, yo no desprecio la divinidad, pero sí creo que es demasiado elevada como para necesitar de mi culto.
—Precisamente, dijo Sócrates, cuando más elevada te parezca para ser digna de tus servicios, tanto más debes honrarla.
—Puedes estar convencido de que si yo creyera que los dioses se preocupan algo de los hombres, no me desentendería de ellos.
—Entonces ¿no crees que se preocupan? Ellos que, lo primero, entre todos los seres vivos sólo al hombre lo pusieron erguido, y esa postura erecta permite que pueda ver más lejos, (…) tocando uno u otro lado de la boca pueden articular sonidos y dar a entender todo lo que quieren comunicarse unos a otros. Y en cuanto a los placeres del amor, a los otros animales se los circunscribieron a una época del año, mientras que a nosotros nos los ofrecieron sin solución de continuidad hasta la vejez. (…) infundió en el hombre un alma perfectísima. En efecto, ¿qué alma de otro ser vivo es en primer lugar capaz de reconocer la existencia de los dioses que ordenaron las más grandes y más bellas creaciones? ¿Qué otro animal que no sea el hombre rinde culto a los dioses? ¿Qué alma es más capaz de poner remedio a las enfermedades, de ejercitar su fuerza, esforzarse por aprender, o más capaz de recordar cuanto ha aprendido o visto? (…) ¿Qué tendrían que hacer entonces para que creyeras que se ocupan?
—Cuando me envíen, como tú dices que envían, consejos de lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer.
—Y cuando comunican algo a los atenienses que les consultan por medio de la adivinación, ¿no crees que también te lo comunican a ti (…)? ¿Crees tú que los dioses habrían infundido en los hombres la creencia de que son capaces de hacer el bien y el mal si no tuvieran poder para hacerlo, y que los hombres se habrían dejado engañar todo el tiempo sin darse cuenta? ¿No ves que las cosas humanas más duraderas y más sabias, las ciudades y las naciones, son las que más respetan a la divinidad, y que las edades más sensatas son las que más se preocupan de los dioses? Mi buen amigo, aprende de una vez que la inteligencia que hay en ti maneja tu cuerpo como quiere. Hay que pensar por ello que también la inteligencia que hay en el todo lo dispone todo como ella le place (…). Si de la misma manera que tú sirviendo a la gente conoces a los que están dispuestos a servirte a ti, (…) y dando consejos encuentras a los sensatos, así también rindiendo culto a los dioses los pones a prueba de si te querrían aconsejar sobre lo que para los hombres es incierto y conocerás que la divinidad es de tal grandeza y tal categoría que puede verlo todo al mismo tiempo, oírlo todo, estar presente en todas partes y preocuparse de todo al mismo tiempo.
  
(…) Si, efectivamente, la continencia es una posesión bella y útil para un hombre, consideremos si en algo les hacía progresar hacia ella diciéndoles cosas como las siguientes:
—Señores, si por habérsenos presentado una guerra quisiéramos elegir a un hombre bajo cuya guía pudiéramos ante todo salvarnos y someter al enemigo, ¿acaso escogeríamos a uno del que nos constara que era esclavo del estómago y del vino y de los placeres del sexo, de la fatiga o del sueño? ¿Cómo podríamos esperar que un individuo así nos salvara o sometiera a nuestros enemigos? Y si al llegar al final de nuestra vida quisiéramos confiar a alguien la educación de nuestros hijos o salvaguardar la vigilancia de nuestras hijas o conservar nuestra fortuna, ¿acaso consideraríamos más digno de confianza para esta misión al incapaz de controlarse a sí mismo? (…) ¿Estaríamos dispuestos a aceptar incluso gratis un servidor o proveedor de tales características? (…) Porque a diferencia de los avaros, que cuando quitan sus bienes a los demás creen enriquecerse, no puede decirse que el incontinente sea perjudicial para los otros pero beneficioso para sí mismo, sino que, además de hacer daño a los demás, se hace mucho más daño a sí mismo, ya que la cosa más dañina es arruinar no sólo la propia casa, sino además el cuerpo y el alma. Y en el trato cotidiano, ¿a quién le agradaría un individuo que se sabe que disfruta más de la comida y del vino que de los amigos, y que le gustan más las fulanas que los compañeros? Porque, de hecho, ¿no debe todo individuo que considere que la templanza es el fundamento de la virtud disponerla lo primero en su alma? Porque sin ella ¿quién podría aprender algo bueno o practicarlo de manera digna de mención? Yo creo, ¡por Hera!, que cualquier hombre libre tiene que desear que no le toque un esclavo así, pero un hombre esclavo de sus pasiones tiene que pedirles a los dioses encontrar buenos amos, pues únicamente así podría salvarse.
  
También merece la pena no dejar pasar por alto sus conversaciones con el sofista Antifonte. El caso es que, un día, queriendo Antifonte quitarle sus discípulos, se acercó a Sócrates y en presencia de aquéllos le dijo:
—Sócrates, yo creía que los que se dedican a la filosofía llegan a ser más felices, pero lo que me parece es que tú has conseguido de la filosofía el fruto contrario. Al menos estás viviendo de una manera que ni un esclavo le aguantaría a su amo un régimen como ése (…). Pues bien, si, de la misma manera que los maestros en otras actividades enseñan a sus discípulos a imitarles, tú también instruyes a tus alumnos en ese sentido, considérate un profesor de miseria.
  
Sócrates respondió a ello:
—Me da la impresión, Antifonte, de que te has hecho una idea tan triste de mi manera de vivir, que estoy convencido de que preferirías morir a tener una vida como la mía. Observemos, pues, qué es lo que de difícil aprecias tú en mi vida. ¿Será acaso porque los que cobran dinero están obligados a realizar la tarea por la que cobran, mientras que yo, como no cobro, no tengo necesidad de conversar con quien no quiera? ¿O menosprecias mi régimen de vida haciendo ver que como manjares menos sanos que tú y que proporcionan menos energía? ¿O que mis medios de subsistencia son más escasos y por ello más caros que los tuyos? (…) ¿No sabes que el que come más a gusto es el que menos condimento necesita, y que quien bebe más a gusto menos necesita la bebida que no tiene a mano? Y en cuanto a la ropa ¿sabes que los que cambian de ropa lo hacen por el frío y el calor y llevan calzado para no verse impedidos de andar por donde se pueden hacer daño en los pies? Pues bien, ¿notaste tú alguna vez que yo me quedara en casa a causa del frío más que otra persona, o que a causa del calor me peleara con alguien por una sombra, o que por dolerme los pies no pudiera ir donde quisiera? (…) ¿Y no crees que yo, entrenando continuamente mi cuerpo para soportar las contingencias, puedo soportarlo todo con más facilidad que tú, que no te entrenas? Y para no ser esclavo del estómago, ni del sueño, ni de la lascivia, ¿crees que hay alguna razón más poderosa que la de tener otras actividades más agradables que ésas, las cuales no sólo me complacen mientras las disfruto, sino que me proporcionan la esperanza de que siempre me serán de provecho? Lo que sí sabes, sin duda, es que los que no esperan que vayan a irles bien las cosas no disfrutan, mientras que quienes creen que una labranza o una travesía en barco o cualquier otra cosa que estén haciendo les saldrá bien, disfrutan con su prosperidad. ¿No crees entonces que de todo ello surge un placer tan grande como el de creer que uno mismo llegará a ser mejor y tendrá mejores amigos? (…)
  
Y, por otra parte, en el caso de que hubiera que ayudar a los amigos o a la ciudad, ¿quién tendrá más tiempo para ocuparse de ello, el que viva como yo o el que tú consideras feliz? ¿Y quién de los dos podría salir con mayor rapidez a luchar, el que no puede vivir sin un régimen dispendioso o el que se conforma con lo que tiene a mano? ¿Y quién se rendiría antes en un asedio, el que necesita disponer de las cosas más difíciles o el que se basta con lo más fácil de encontrar? Me parece, Antifonte, que opinas que la felicidad es molicie y derroche. En cambio, yo creo que no necesitar nada es algo divino, y necesitar lo menos posible es estar cerquísima de la divinidad; como la divinidad es la perfección, lo que está más cerca de la divinidad está también más cerca de la perfección.
  
Otro día que Antifonte estaba conversando con Sócrates, le dijo:
—Sócrates, yo te considero una persona justa, pero de ninguna manera sabia, y creo que tú mismo así lo reconoces, pues no sacas ningún dinero por tu compañía, a pesar de que no darías gratis, ni siquiera por menos de lo que valen, ni tu manto, ni tu casa, ni ninguno de los bienes que posees si creyeras que valen algún dinero. Por ello, es evidente que si creyeras que tu compañía vale algo, no cobrarías por ella menos dinero del que vale. Por ello, es posible que seas justo, ya que no engañas a nadie por codicia, pero no puedes ser sabio, pues no sabes nada que valga algo.
  
Sócrates respondió a esto:
—Antifonte, entre nosotros se considera que tanto la belleza como la sabiduría se pueden tratar de manera elogiosa o vil. Si uno vende su belleza por dinero a quien la desee, eso se llama prostitución, pero si alguien conoce a un enamorado que es un hombre de bien y se hace su amigo, entonces le consideramos juicioso y moderado. Con la sabiduría ocurre lo mismo: los que la venden por dinero a quien la desea se llaman sofistas (…); en cambio, si alguien reconoce que una persona es de buen natural, le enseña todo lo bueno que sabe y le convierte en un buen amigo, entonces decimos que hace lo que corresponde a un hombre de bien. Yo mismo, Antifonte, lo mismo que a otros les gusta un buen caballo, un perro o un pájaro, a mí me gustan más los buenos amigos y, si sé algo bueno, se lo enseño y los pongo en relación con otros que pienso que podrán serles provechosos para su virtud. Los tesoros que los antiguos sabios dejaron escritos en libros yo los desenrollo y los recorro en compañía de mis amigos y, si encontramos algo bueno, lo      seleccionamos. Consideramos un gran beneficio hacernos amigos unos de otros.
  
(…) En otra ocasión, al preguntarle Antifonte cómo pensa¬ba en hacer políticos a los demás, mientras que él no se dedicaba a la política, si es que sabía algo de ella, respondió: «¿Cómo podría dedicarme más a la política, interviniendo yo solo en ella o preocupándome de que haya la mayor cantidad posible de personas capaces para ello?”.
  
Examinemos si, apartando también de la impostura a sus seguidores, los orientaba a la práctica de la virtud. Les decía, efectivamente, que no había camino más hermoso para la buena fama que el de llegar a ser tan bueno como uno quería realmente parecerlo. (…) Sócrates demostraba de la misma manera que era perjudicial pretender aparentar ser rico, valiente y fuerte sin serlo, porque decía que entonces se les impondrían tareas superiores a sus fuerzas y, al no poder realizarlas aunque aparentaban ser capaces, no tendrían perdón.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Compilación de fragmentos de la filosófia presocrática




Tales de Mileto

85 Aristóteles, Met. A 3, 983 La mayoría de los primeros filósofos creyeron tan sólo principios a aquellos que se dan bajo la forma de la materia; pues afirman que el elemento y principio primero de todas las cosas es aquel a partir del cual todas las cosas existen y llegan por primera vez al ser y en el que terminan por convertirse en su corrupción, subsistiendo la sustancia pero cambiando en sus accidentes; porque tal naturaleza se conserva siempre..., pues es necesario que haya alguna sustancia natural, una o múltiple, de la que nazcan las demás, mientras ésta se conserva. Respecto al número y la forma de tal principio no todos están de acuerdo, sino que Tales, el iniciador de tal tipo de filosofía, dice que es el agua (por lo que manifestó que también la tierra está sobre el agua), tomando, tal vez, dicha suposición de la observación de que el alimento de todas las cosas es húmedo y que el calor mismo surge de éste y vive por éste (el principio de todas las cosas es aquello de donde nacen); de aquí dedujo su suposición y del hecho de que la semilla de todas las cosas tiene una naturaleza húmeda; y el agua es el principio natural de las cosas húmedas.

90 Diógenes Laercio, I 24 Aristóteles e Hipias afirman que (Tales) hizo partícipes de alma incluso a los inanimados (sin alma), deduciendo sus conjeturas de la piedra magnética y del ámbar.

93 Aecio, I 7,11 Tales decía que dios es la mente del mundo y que todo está dotado de alma y lleno de démones; y que a través de la humedad elemental penetra una fuerza divina que la mueve.


Anaximandro de Mileto

101. B. Hipólito, Rft. I 6, 1-2; DK 12 a II Anaximandro, pues, es discípulo de Tales. Éste dijo que el principio material de las cosas existentes era alguna naturaleza del ápeiron, de la cual nacen los cielos y el mundo dentro de ellos. Esta naturaleza es eterna y no envejece y rodea a todos los mundos. Habla del tiempo, como si el nacimiento, la existencia y la destrucción estuvieran limitados.

101. C. Ps. Plutarco, Strom. 2; DK12a10 Anaximandro, que fue compañero de Tales, dijo que el ápeiron contenía la causa toda del nacimiento y destrucción del mundo, del cual dice que los cielos están separados y, en general, todos los mundos que son ápeirous. Declaró que la destrucción y mucho antes el nacimiento acontecen desde tiempo infinito, puesto que todos ellos tienen lugar cíclicamente.

108 Aristóteles, Fís. T 4, 203 b 7 ...lo infinito no tiene principio..., sino que parece ser ello el principio de los demás seres y que todo lo abarca y todo lo gobierna, como afirman cuantos no postulan otras causas fuera de lo infinito, tales como el espíritu o la amistad; el infinito, además, es un ser divino, pues es inmortal e indestructible, como afirman Anaximandro y la mayoría de los físicos teóricos.

119 Simplicio, in Phys. 24, 21 Es evidente que éste (Anaximandro), tras observar el cambio de los cuatro elementos entre sí, no estimo justo hacer de ninguno de ellos el sustrato, sino de algo fuera de ellos; no deriva la generación de la alteración del elemento, sino de la separación de los opuestos a través del movimiento eterno.

110 Simplicio, Fis. 24, 17 El nacimiento a los seres existentes les viene de aquello en lo que convierten al perecer, «según la necesidad, pues se pagan mutua pena y retribución por su injusticia según la disposición del tiempo», como Anaximandro dice en términos un tanto poéticos.


Anaxímenes de Mileto

140 Teofrasto, ap. Simplicium Fís. 24, 26 Anaxímenes de Mileto, hijo de Eurístrato, compañero de Anaximandro, dice, como éste, que la naturaleza sustante es una e infinita, mas no indefinida, como él, sino definida y la llama aire; se distingue en su naturaleza sustancial por rarefacción y condensación.

141 Hipólito, Ref. i 7, 1 Anaxímenes dijo que el primer principio era aire infinito, del cual nacen las cosas que están llegando al ser, las ya existentes y las futuras, los dioses y las cosas divinas; las demás nacen de sus productos (de él). La forma del aire es la siguiente: cuando es muy igual es invisible a la vista, pero se manifiesta por lo caliente, lo húmedo y el movimiento. Está en constante movimiento, ya que no podrían cambiar cuantas cosas cambian, sí no se moviera. Tiene manifestación distinta según se densifique o se haga más sutil; pues cuando se disuelve en lo que es más sutil, se convierte en fuego; los vientos, en cambio, son aire en periodo de condensación; de aire comprimido se forma la nube, condensado aún más, surge el agua; con un grado mayor de condensación nace la tierra y, con la máxima condensación posible, las piedras. De donde resulta que los componentes más importantes de la generación son opuestos, a saber, lo caliente y lo frío.

143 Plutarco, de prim. frig. 7, 947 F (DK 13 B 1) ... el hombre emite lo caliente y lo frío por la boca: el aliento se enfría cuando se comprime y se condensa con los labios, pero, cuando se abre la boca, el aliento se escapa y se calienta por su rarefacción.

160 Aecio, i 3, 4 Anaxímenes de Mileto, hijo de Eurístrato, declaró que el principio de las cosas existentes es el aire; pues de éste nacen todas las cosas y en él te disuelven de nuevo. Y así como nuestra alma, que es aire, dice, nos mantiene unidos, de la misma manera el viento (o aliento) envuelve a todo el mundo. Se equivoca también cuando cree que los seres vivos se componen de aire y viento simple y homogéneo...


Diógenes de Apolonia

599 Fr. 2, Simplicio, Fís. 151 Creo, en suma, que todas las cosas existentes se diferencian de sí mismas y son, a la vez, la misma cosa. Y esta opinión es bien clara: porque, si las cosas que existen actualmente en este mundo —tierra, agua, aire, fuego y todas las demás que en él aparecen—, si alguna de ellas fuera diferente de las otras (diferente en su naturaleza propia) y sin mantener una identidad esencial experimentaran numerosos cambios y diferenciaciones, no les sería posible, en modo alguno, mezclarse entre sí, ni ayudarse o dañarse mutuamente, ni a la planta desarrollarse de la tierra ni al ser vivo ni a cualquier otra cosa llegar a nacer, a no ser que estuvieran compuestas de tal modo que fueran la misma cosa. Pero todas estas cosas, al estar diferenciadas de la misma cosa, se convierten, en momentos diferentes, en cosas distintas y retornan a lo mismo.

600 Diógenes Laercio, IX 57 Éstas eran sus opiniones: El elemento (primario) es el aire, existen mundos innumerables y un vacio infinito. El aire, mediante su condensación y rarefacción, es el generador de los mundos. Nada llega a ser de lo que no es ni nada se destruye en lo que no es.

602 Simplicio, Fís. 152, 18 Además de éstas, también son pruebas importantes las siguientes: los hombres y los demás animales viven por el aire, porque lo respiran. También es para ellos alma (i. e., principio vital) e inteligencia, como quedará claramente demostrado en esta obra; si éste se le quita, mueren y les falta la inteligencia.

603 Fr. 5, Simplicio, Fís. 152, 22 Y me parece a mí que lo que tiene inteligencia es lo que los hombres denominan aire, que todos los hombres son gobernados por él y que domina todas las cosas. El mismo me parece ser un dios, haber llegado a todas las partes, que lo dispone todo y que está en todo. No hay ni una sola cosa que no tenga una parte suya, si bien ninguna participa de él por igual, una con otra, sino que hay muchos modos de aire y de inteligencia. Pues es multiforme, más caliente y más frío, más seco y más húmedo, más estable y dotado de un movimiento más rápido y de otras muchas diferenciaciones tanto de gusto como de color en número ilimitado. El alma de todos los animales es la misma, aire más caliente que el del exterior en que estamos nosotros, pero mucho más frío que el próximo al sol. En ninguno de los animales es igual el calor (ya que ni siquiera lo es en los hombres individuales); la diferencia no es grande, sino tal que les permita ser semejantes. Sin embargo, no es posible que ninguna cosa de las que experimentan diferenciación sean exactamente iguales, la una a la otra, sin que se conviertan en la misma. Puesto que la diferenciación es multiforme, también los seres vivos son multiformes y numerosos, sin asemejarse unos a otros ni en su forma, ni en su modo de vivir ni en su inteligencia, debido al número de sus diferenciaciones. Sin embargo, todos ellos viven, ven y oyen por la misma cosa y tienen el resto de su inteligencia originado por la misma [cosa].

612 Teofrasto, de sensu, 39 y ss. (DK 64 A19) Diógenes atribuye el pensamiento, la sensación y la vida al aire. Podría parecer, en consecuencia, que lo hace así mediante la acción de semejantes (pues dice que no habría ni acción ni pasión si no procedieran todas las cosas de una). (…) Una prueba de que el aire interior, que es una pequeña parte de la divinidad, percibe está en que, cuando pensamos en otras cosas, con frecuencia ni vemos ni olmos. El placer y el dolor se producen de la siguiente manera: cuando una gran cantidad de aire se mezcla con la sangre y la aligera de acuerdo con su naturaleza y penetra todo el cuerpo, se origina el placer; y cuando el aire está presente en contra de su naturaleza y no se mezcla, la sangre se coagula, se debilita, se hace más densa y nace el dolor. El aire puro y seco causa, como hemos dicho, el pensamiento; pues toda emanación húmeda inhibe la inteligencia; ésta es la razón por la que el pensamiento aparece disminuido en el sueño, en la embriaguez y en los hartazgos. Prueba de que la humedad remueve la inteligencia lo índica el hecho de que los demás seres vivos son inferiores en inteligencia, debido a que respiran el aire de la tierra y se atraen un alimento más húmedo. Las aves respiran aire puro, pero tienen una constitución similar a la de los peces; pues su carne es (sólida) maciza y el aliento no penetra a través de todo, sino que se detiene en torno al abdomen... Las plantas están totalmente privadas de inteligencia por no estar huecas y no recibir aire dentro.

613 [Hipócrates], de morbo sacro 16 (DK 64 C3) Por esta razón considero que el cerebro tiene el máximo poder dentro del hombre. Él es, en efecto, si está sano, nuestro intérprete de las cosas que nacen por mediación del aire, Que es el que causa la inteligencia. Los ojos, los oídos, la lengua, las manos y los pies hacen lo que el cerebro determina; pues hay un elemento de inteligencia en todo el cuerpo, en la medida en que cada parte participa del aire, pero es el cerebro el que lo transmite a la intelección. Porque, siempre que el hombre inhala el aire, éste llega primero al cerebro y así se difunde el aire por el resto del cuerpo, después de dejar en el cerebro su parte más selecta y todo lo que es capaz de entender y posee juicio.


Heráclito de Éfeso

190 Diógenes Laercio, IX 1 (DK 22 A1) Dice: «El conocimiento de muchas cosas no enseña a tener inteligencia, pues, de ser así, hubiera enseñado a Hesíodo, a Pitágoras y hasta a Jenófanes y Hecateo»...

205 Fr. 78, Orígenes, c. Celsum VI 12 La humana disposición no tiene un verdadero juicio; la divina, en cambio, sí lo tiene.

246 Fr. 101, Plutarco, adv. Colot. 20,1118c Anduve buscándome a mí mismo.

247 Fr. 119, Estobeo, Ant. IV 40, 23 El carácter del hombre es su démon.

234 Sexto, adv. math. VII 129 (DK 22 A 16) Inhalando, según Heráclito, mediante la respiración esta divina razón (Logos), nos hacemos inteligentes; nos olvidamos mientras dormimos, pero recuperamos de nuevo nuestros sentidos al despertar. Pues, al estar cerrados, durante el sueño, los canales de la percepción, nuestra mente se separa de su parentesco con lo circundante, conservando su única vinculación a través de la respiración, como si fuera una especie de raíz y, por esta causa, pierde la capacidad de memoria que antes tenía. Mas, durante la vigilia, se asoma de nuevo a través de sus canales perceptivos como si fueran ventanas y tomando contacto con lo circundante se reviste de su poder de razón...

194 Fr. 1, Sexto, adv. math. VII 132 Siempre se quedan los hombres sin comprender que el Logos es así como yo lo describo, lo mismo antes de haberlo oído que una vez que lo han oído; pues, aunque todas las cosas acontecen según este Logos, se parecen los hombres a gentes sin experiencia, incluso cuando experimentan palabras y acciones tales cuales son las que explico, cuando distingo cada cosa según su constitución y digo cómo es; al resto de los hombres les pasan desapercibidas cuantas cosas hacen despiertos, del mismo modo que se olvidan de lo que hacen cuando duermen.

195 Fr. 2, Sexto, adv. math. VII 133 Por tanto es necesario seguir lo común; pero, aunque el Logos es común, la mayoría vive como si tuviera una inteligencia particular.

196 Fr. 50, Hipólito, Ref. IX 9,1 Tras haber oído al Logos y no a mí es sabio convenir en que todas las cosas son una.

203 Fr. 10, [Aristóteles], de mundo 5, 396 b 20 Las cosas en conjunto son todo y no todo, idéntico y no idéntico, armónico y no armónico, lo uno nace del todo y del uno nacen todas las cosas.

217 Fr. 30, Clemente Strom. V 104,1 Este cosmos [el mismo de todos] no lo hizo ningún dios ni ningún hombre, sino que siempre fue, es y será fuego eterno, que se enciende según medida y se extingue según medida.

199 Fr. 61, Hipólito, Ref. IX 10, 5 El mar es el agua más pura y más corrupta; es potable y saludable para los peces; para los hombres, en cambio, es impotable y deletérea [que envenena].

200 Fr. 60, Hipólito, Ref. IX 10, 4 6 El camino arriba y abajo es uno y el mismo.

202 Fr. 88, Plutarco, Cons. ad Apoll. 10, 106 Lo mismo es vida y muerte, velar y dormir, juventud y vejez; aquellas cosas se cambian en éstas y éstas en aquéllas.

204 Fr. 67, Hipólito, Ref. IX 10, 8 6  Dios es día-noche, invierno-verano, guerra-paz, hartura-hambre (todos los opuestos, éste es su significado); cambia como el fuego, al que, cuando se mezcla con perfumes, se denomina de acuerdo con la fragancia de cada uno de ellos.

219 Fr. 90, Plutarco, de E 8, 388 D Todas las cosas se cambian recíprocamente con el fuego y el fuego, a su vez, con todas las cosas, como las mercancías con el oro y el oro con las mercancías.

201 Fr. Ul. Estobeo, Attt. III La enfermedad hace a la salud agradable y buena, el hambre a lo hartura, el cansancio al descanso.

197 Fr. 55, Hipólito, Ref. IX 9 Malos testimonios son los ojos y las orejas para aquellos hombres que no entienden su lenguaje.

208 Fr. 123, Temistio, Or. 5, pág. 69 La auténtica naturaleza de las cosas suele estar oculta.

210 Fr. 18, Clemente, Strom. II Quien no espera lo inesperado, no llegará a encontrarlo, por no ser ello ni escrutable ni accesible.

244 Fr. 93, Plutarco, de Pyth. or. 21, 404 El señor, cuyo oráculo es el que está en Delfos, ni habla ni oculta nada, sino que se manifiesta por señales.

216, Fís. 9 3, 253 b 9 Algunos incluso afirman no que unas cosas se mueven y otras no, sino que todas están en constante movimiento, aunque este hecho se escapa a nuestra percepción sensorial.

214 Fr. 12, Ario Dídimo, ap. Eusebium, P. E. XV 20 Aguas distintas fluyen sobre los que entran en los mismos ríos. Se esparce y... se junta... se reúne y se separa... se acerca y se va.

211Fr. 80, Orígenes, c. Celsum, VI 42 Conviene saber que la guerra es común (a todas las cosas) y que la justicia es discordia y que todas las cosas sobrevienen por la discordia y la necesidad.

212 Fr. 53, Hipólito, Ref. IX 9, 4 La guerra es el padre y el rey de todas las cosas; a unos los muestra como dioses y a otros como hombres, a unos los hace esclavos y a otros libres.

213 Aristóteles, Et. Eudem. H 1, 1235  Heráclito censura al autor del verso «ojalá que la discordia despareciera de entre los dioses y los hombres», pues no habría escala musical sin notas altas y bajas, ni animales sin macho y hembra, que son opuestos.

226 Fr. 94, Plutarco, de exil. II 604 El sol no sobrepasará sus medidas; si lo hiciera, las Erinias, ejecutoras de la Justicia, lo reducirían a ellas.

206 Fr. 102, Porfirio, in Iliadem 4, 4 Para dios todas las cosas son hermosas, buenas y justas, pero los hombres han supuesto que unas son justas e injustas otras.

227 Fr. 41, Diógenes Laercio IX 1 Una sola cosa es la sabiduría: conocer con juicio verdadero cómo todos las cosas son gobernadas a través de todas las cosas.

249 Fr. 44, Diógenes Laercio, IX 2 Es necesario que el pueblo luche por la ley como si se tratara de la muralla (de la ciudad).

241 Fr. 5, Aristócrito, Theosophia 68 Vanamente se purifican de los delitos de sangre manchándose con sangre, como si el que se ha metido en el barro pretendiera limpiarse con barro. Loco le parecería al que le viera intentando hacer esto. Dirigen también súplicas a estas estatuas como si se pudiera conversar con las casas, sin conocer la verdadera naturaleza de los dioses ni de los héroes.

248 Fr. 43, Diógenes Laercio, IX 2 Hay que extinguir la insolencia más que un incendio.


Pitágoras de Samos

261 Heródoto II, 123 Los Egipcios son, además, los primeros que han sostenido la doctrina de que el alma del hombre es inmortal y de que, cuando el cuerpo perece, aquélla se introduce en otro animal que esté naciendo entonces y de que, después de haber completado el ciclo de todos los animales de tierra firme, de los del mar y de los volátiles, se reintroduce en el cuerpo de un hombre en el momento de nacer, y de que su ciclo se completa en un período de 3.000 años. Hay griegos que han adoptado esta doctrina, unos antes y otros mas tarde, como si fuera de su propia invención y, aunque conozco sus nombres, no los escribo.

285 Porfirio, Vida de Pitágoras 19 (DK 14, 8a) Lo que decía a sus compañeros nadie puede decirlo con seguridad; pues el silencio entre ellos no era el corriente. Sin embargo, todos llegaron a conocer que sostenía primero, que el alma es inmortal, segundo, que se transformaba en otra clase de seres vivos y también que los seres retornaban cada ciertos ciclos y que nada era absolutamente nuevo y, por fin, que todos los seres vivos debían considerarse emparentados. Parece que Pitágoras fue el primero en introducir estas creencias en Grecia.

260 Jenófanes fr. 7, Diógenes Laercio VIII, 36 “Dicen que, al pasar en una ocasión junto a un cachorro que estaba siendo azotado, sintió compasión y dijo: “deja de apalearle, pues es el alma de un amigo la que he reconocido, al oír sus alaridos”.


Los pitagóricos

430 Aristóteles, Met. A 5, 985 b 23 (DK 58 b 4 y 5) …los llamados pitagóricos se dedicaron a las matemáticas y fueron los primeros en hacerlas progresar; absortos en su estudio creyeron que sus principios eran los principios de todas las cosas. Puesto que los números son, por naturaleza, los primeros de estos principios, en los números creían también ver muchas semejanzas con los seres existentes y con los que están en formación —más que en el fuego, la tierra o el agua (siendo tal modificación de los números la justicia, tal otra el alma y el intelecto…); puesto que veían que los atributos y las relaciones de las escalas musicales eran expresables en números y que parecía que todas las demás cosas se asemejaban, en toda su naturaleza, a los números y que éstos parecían ser los primeros en toda la naturaleza, supusieron que los elementos de los números eran los elementos de todos los seres existentes y que los cielos todos eran harmonía y número. Y cuantas propiedades de los números y escalas pudieron demostrar que concordaban con los atributos, las partes y la disposición total de los cielos, las reunieron y las ajustaron a su esquema; y, si en alguna parte, había algún espacio intermedio, hacían prestamente adiciones, de modo que toda su teoría fuera coherente... Es evidente, pues, que estos pensadores creen también que el número es el principio material de las cosas y el que forma sus modificaciones y estados permanentes, que los elementos del número son lo par y lo impar, que de éstos el primero es ilimitado y el segundo limitado y que la unidad procede de ambos (porque es, a la vez, par e impar), que el número procede de la unidad…

431 Aristóteles, Met. M 6, 1080 b 16 (DK 58 b 9) También los pitagóricos creen en una sola clase de número: el matemático; sólo que dicen que no está separado, sino que de él se componen las sustancias sensibles ...y creen que éstos no se componen de unidades abstractas; sino que suponen que las unidades tienen magnitud espacial.

442 Aristóteles, Met. N 3, 1091 a 12 (DK 58 b 26) Extraño es atribuir también generación a los seres eternos, mejor dicho, es uno de los imposibles. No es necesario dudar sobre si los pitagóricos les atribuyen o no generación; pues abiertamente afirman que, una vez consolidada la unidad, bien a partir de planos, de la superficie, de un germen o de elementos que no pueden expresar, al punto la parte mas próxima de lo ilimitado comenzó a ser arrastrada hacia adentro y a ser limitada por el límite.

443 Aristóteles, Fis. A 6, 213 b 22 (DK 58 b 30) Los pitagóricos sostuvieron también que existe el vacio y que se introduce en los cielos desde el aliento ilimitado, que, por así decirlo, inhala también al vacío (sc. además de aliento). El vacío define la naturaleza de las cosas, como si fuera un cierto elemento separador y delimitador de los términos sucesivos en una serie. Esto acontece primeramente en los números, pues el vacío distingue su naturaleza.

432 Aristóteles, Met. M 8, 1083 b 8 (DK 58 b 10) …no es correcto hablar de magnitudes espaciales indivisibles; y aun cuando pudiera haber magnitudes de este tipo, las unidades al menos no tienen magnitud. ¿Cómo es posible que una magnitud conste de indivisibles? Y el número aritmético al menos consta de unidades abstractas, mientras que estos pensadores identifican el número con los seres reales. Aplica, en cualquier caso, sus proposiciones a los cuerpos como si estuvieran compuestos de estos números.

433 Aristóteles, Met. N 5, 1092 b 8 (DK 45, 3) Nada se ha precisado sobre la manera en que los números son las causas de las sustancias y del ser: si a) como límites (a la manera en que las líneas lo son de las magnitudes espaciales): así fijaba Eurito los números de cualquier cosa… imitando las figuras de los seres vivos con guijarros, como los que reducen los números a las formas del triángulo y del cuadrado; o, b) porque la harmonía es una relación de números, ¿lo es también el hombre y cualquier otro ser?

438 Aristóteles, Met. A 5, 486 a 22 (DK 58 b 5) Otros miembros de la misma escuela dicen que los principios son diez y los disponen por columnas de pares correlatos: limite e ilimitado, impar y par, uno y múltiple, derecho e izquierdo, masculino y femenino, estático y dinámico, derecho y curvo, luz y obscuridad, bueno y malo, cuadrado y oblongo. Este es el modo en que parece que Alcmeón de Cretona concibió la cuestión y o bien él tomó esta idea de ellos o ellos la tomaron de él, pues se expresó de una manera semejante a la de ellos. Dice, en efecto, que la mayoría de los hechos humanos son duales, aunque no se refiere a oposiciones definidas como los pitagóricos, sino a cualquiera (blanco y negro, dulce y amargo, bueno y malo, grande y pequeño)…

310 Aecio V, 30,1 (DK 24 B 4) Alcméon sostiene que la mantenedora de la salud es la “ igual distribución de las fuerzas, de lo húmedo y de lo seco, de lo frío y de lo caliente, de lo amargo y de lo dulce y de las demás, mientras que la “supremacía” de una de ellas es la causa de la enfermedad; pues la supremacía de una de ellas es destructiva. La enfermedad sobreviene directamente por el exceso del calor o del frío, indirectamente por exceso o deficiencia de nutrición; y su centro son bien la sangre, la médula o el cerebro. Surge, a veces, en estos centros, desde causas externas, de ciertas humedades, del ambiente, del agotamiento, de la privación o de causas semejantes. La salud, por otra parte, es la mezcla proporcionada de las cualidades.

450 Aristóteles, de anima A 2, 404 a 16 (DK 58 B 40) Algunos de ellos dijeron que el alma es las partículas que hay en el aire y otros que es ella la que las mueve. Hablan de partículas, porque es evidente que están siempre en constante movimiento, aun cuando haya calma completa.

451 Aristóteles, de anima A 4, 407 b 27 (DK 44 a 23) Otra teoría nos ha sido transmitida sobre el alma... Dicen, en efecto, que es una cierta clase de harmonía; porque la harmonía es una mezcla y composición de contrarios y el cuerpo está compuesto de contrarios.

453 Aristóteles, de anima A 2, 405 a 29 (DK 24 a 2) También Alcmeón parece haber sostenido sobre el alma una opinión muy similar a la de éstos (Tales, Diógenes de Ápolonia y Heráclito); pues dice que es inmortal, debido a su semejanza con los inmortales, y que esta cualidad la tiene por estar siempre en movimiento; pues todo lo divino está siempre en constante movimiento — la luna, el sol, las estrellas y el firmamento entero.

455 Alcmeón fr. 2 Alcmeón afirma que los hombres mueren, porque no son capaces de juntar el principio con el fin.

446 Aristóteles, de caelo B 13 La mayoría de los pueblos dice que la tierra está situada en el centro del universo... pero los filósofos itálicos, llamados pitagóricos, sostienen lo contrario. Dicen que en el centro está el fuego y que la tierra es una de las estrellas, que, con su movimiento circular en torno al centro, da origen a la noche y al día. Se imaginan, además, otra tierra en oposición a la nuestra, a la que llaman anti-tierra.

449 Aristóteles, de caelo B 9, 290 b 12 (DK, 58 b 35) De todo esto se deduce claramente que la teoría de que el movimiento de las estrellas produce una harmonía, porque los sonidos que producen son concordes, no es cierta, a pesar de la gracia y la originalidad con que ha sido expuesta. Algunos creen que el movimiento de los cuerpos de tamaño tan grande debe producir un sonido, ya que, en efecto, lo hace el movimiento de los cuerpos terrestres, inferiores en tamaño y en velocidad. Cuando el sol, la luna y todas las estrellas, tan numerosas y tan grandes, se mueven con un movimiento tan rápido, es imposible que no produzcan un sonido inmensamente grande. Partiendo de esta argumentación y de la observación de que sus velocidades, medidas por sus distancias, tienen las mismas relaciones que las de las concordancias musicales, afirman que el sonido emitido por el movimiento circular de las estrellas es harmónica. Mas, como parece absurdo que nosotros no oigamos esta música, lo explican diciendo que el sonido está en nuestros oídos desde el momento mismo de nuestro nacimiento, de modo que no se distingue de su contrario, el silencio, puesto que el sonido y el silencio se distinguen por contraste mutuo. A los hombres les sucede, pues, lo mismo que a los herreros, que están tan acostumbrados al ruido que no se dan cuentan de él.


Filolao de Crotona

424 Fr. 1, Diógenes Laercio VIII, 85 La naturaleza en el mundo advino harmónica a partir de ilimitados y limitantes, tanto el universo todo como lo que contiene.

426 Fr. 3, Jámblico, in Nicomachum p. 7 Pues no habrá nada que pueda conocer, en principio, si todos los entes son ilimitados.

427 Fr. 4, Estobeo, Anth. 1 Todos los entes conocidos tienen, en verdad, número; pues sin él nada se puede pensar o conocer.

428 Fr. 5, Estobeo, Ani. I 21 El número tiene dos formas especiales, impar y par, y una tercera, derivada de la combinación de ambos, par-impar. Cada forma tiene muchas manifestaciones, que cada ser individual revela en su propia naturaleza.

429 Fr. 6, Estobeo, Anth. 1, 21 Respecto a la naturaleza y la harmonía esta es la posición. El ser de los objetos, por ser eterno, y la naturaleza misma admiten el conocimiento divino, pero no el humano —salvo que no fuera posible que cualquier ser existente y que conocemos haya llegado al ser sin la existencia de los seres de los que se compone el universo, los limitadores y los ilimitados. Y, puesto que los principios no fueron semejantes ni de la misma clase, sería imposible que se ordenaran en un universo sin que harmonía hubiera sobrevenido —fuere como fuere su llegada al ser—. Los seres semejantes y de la misma clase no necesitan de harmonía, pero preciso es que la harmonía haya juntado a los desemejantes, de clase diferente y de orden desigual, si es que deben mantenerse en un universo ordenado.


Jenófanes de Colofón

174 Aristóteles, Met. A 5, 986 b 21 Jenófanes, el primero de ellos en postular la unidad (pues se dice que Parménides fue discípulo suyo), no clarifico nada, ni parece que trato la naturaleza de ninguna de éstas, sino que, con sus ojos puestos en el universo entero, dice que lo Uno es dios [mismo].

170 Fr. 23 y 14 Clemente, Strom. v 109 (Existe) un solo dios, el mayor entre los dioses y los hombres, no semejante a los mortales ni en su cuerpo ni en su pensamiento. Pero los mortales se imaginan que los dioses han nacido y que tienen vestidos, voz y figura humana como ellos.

171 Fr. 26 + 25, Simplicio, Fís. 23, 11 + 23, 20 Siempre permanece en el mismo lugar, sin moverse para nada, ni le es adecuado el cambiar de un sitio a otro, sino que, sin trabajo, mueve todas las cosas con el solo pensamiento de su mente.

172 Fr. 24, Sexto, adv. math. IX 144 Todo él ve, todo él piensa y todo él oye.

181 Fr. 29, Simplicio, Fís. 189, 1 Tierra y agua son todas cuantas cosas nacen y crecen.

182 Fr. 33, Sexto, adv. math. X 34 Pues todos hemos sido hechos de tierra y agua.

184 Hipólito, Ref. I 14, 5 Jenófanes cree que está teniendo lugar una mezcla de la tierra con el mar y que, con el tiempo, aquélla quedara disuelta por la humedad y se apoya en las siguientes pruebas: que en tierra adentro y en los montes se encuentran conchas y que, en las canteras de Siracusa, se halló una impresión de pez y de algas, en Paros otra de laurel en el interior de una roca y en Malta figuras planas de toda clase de seres marinos. Todas estas cosas, dice, se originaron, cuando todas ellas, tiempo ha, estuvieron cubiertas de barro y la impresión se secó en él. Todos los hombres perecen cuando la tierra es arrastrada hacia el mar y se convierte en barro; comienza, a continuación, una nueva generación y todos los mundos tienen este mismo principio.

186 Fr. 34, Sexto, adv. math. VII 49 y 110 Ningún hombre conoció ni conocerá nunca la verdad sobre los dioses y sobre cuantas cosas digo; pues, aun cuando por azar resultara que dice la verdad completa, sin embargo, no lo sabe. Sobre todas las cosas [o sobre todos los hombres] no hay más que opinión.

188 Fr. 18, Estobeo, Ant. I 8, 2 Ciertamente los dioses no revelaron todas las cosas desde el principio a los hombres, sino que, mediante la investigación, llegan éstos con el tiempo a descubrir mejor.


Parménides de Elea

288 Fr. 1 Sexto adv. math. VII (vv 1-30) Las yeguas que me transportaban me llevaron tan lejos cuanto mi ánimo podría desear, cuando, en su conducción, me pusieron en el famosísimo camino de la diosa, que guía al hombre que sabe a través de todas las ciudades. Por este camino era yo llevado; pues por él me acarreaban las hábiles yeguas que tiraban del carro, mientras unas doncellas mostraban el camino. Y el eje rechinaba en los cubos de las ruedas ardiente, pues lo presionaban fuertemente a uno y otro lado dos ruedas bien torneadas, cuando las hijas del Sol, después de abandonar la morada de la Noche y quitados los velos de sus cabezas con sus manos, se apresuraron a llevarme a la luz. Allí están las puertas de los caminos de la Noche y del Día, que sostienen arriba un dintel y abajo un umbral de piedra. Elevadas en el aire, se cierran con grandes puertas y la Justicia, pródiga en castigos, guarda sus llaves alternativas. Rogándole las doncellas con suaves palabras, hábilmente la convencieron de que les desatara rápidamente de las puertas el fiador del cerrojo; y éstas, tras hacer girar alternativamente sobre sus goznes los ejes de bronce, provistos de remaches y clavos, originaron, al abrirse, una inmensa abertura. A su través, en derechura, conducían las doncellas el carro y las yeguas por un ancho camino. Y la diosa me recibió benévola, cogió mi mano derecha con la suya y me habló con estas palabras: “Oh joven, compañero de inmortales aurigas, que llegas a nuestra morada con las yeguas que te transportan, salve, pues no es mal hado el que te impulsó a seguir este camino, que está fuera del trillado sendero de los hombres, sino el derecho y la justicia. Es preciso que te aprendas todo, tanto el imperturbable corazón de la Verdad bien redonda, como las opiniones de los mortales, en las que no hay verdadera creencia. Sin embargo aprenderás también cómo lo que se cree debería ser aceptable, porque penetra totalmente todas las cosas”.

291 Fr. 2, Proclo, in Tim. I, 345, 18; Simplicio, in Phys. 116, 28 (versos 3-8) Pues bien, yo te diré (y tú, tras oír mi relato, llévatelo contigo) las únicas vías de investigación pensables. La una, que es y que le es imposible no ser, es el camino de la persuasión (porque acompaña a la Verdad); la otra, que no es y que le es necesario no ser, ésta, te lo aseguro, es una vía totalmente indiscernible; pues no podrías conocer lo no ente (es imposible) ni expresarlo.

292 Fr. 3, Clemente Strom. VI, 23; Plotino V, I, 8 Pues lo mismo es ser pensado y ser.

293 Fr. 6, Simplicio in Phys. 86, 27-8; 117, 4-13 Lo que puede decirse y pensarse debe ser, pues es ser, pero la nada no es. Esto es lo que te ordeno que consideres, pues esta es la primera vía de investigación de la que intento apartarte y después de aquella por la que los hombres ignorantes vagan, dicéfalos; pues la incapacidad guía en su pecho el pensamiento errante; son arrastrados, sordos y ciegos a la vez, estupefactos, gentes sin juicio, que creen que ser y no ser son lo mismo y no lo mismo; el camino que todos ellos siguen es regresivo.

294 Fr. 7, Platón, Sofista 242 A (versos 1-2) Pues nunca se probará que los no entes sean; mas tu aparta tu pensamiento de esta vía de investigación y no permitas que el hábito, hijo de la mucha experiencia, te obligue a dirigirte por este camino, forzándote a usar una mirada vacilante o un oído y una lengua plenos de sonido sin sentido, sino que juzga racionalmente la muy discutida refutación dicha por mí.

295 Fr. 8, 1-49 Simplicio, in Phys. 78, 5 Permanece aún una sola versión de una vía: que es. En ella hay muchos signos de que, por ser ingénito, es también imperecedero, entero, monogénito, inmóvil y perfecto.  Ni nunca fue ni será, puesto que es ahora, todo entero, uno, continuo. Pues ¿qué nacimiento podrías encontrarle? ¿cómo y de dónde se acreció? No te permitiré que digas ni pienses de “lo no ente”, porque no es decible ni pensable lo que no es. Pues, ¿qué necesidad le habría impulsado a nacer después más bien que antes, si procediera de la nada? Por tanto, es necesario que sea completamente o no sea en absoluto. Ni la fuerza de la convicción permitirá jamás que de lo no-ente nazca algo además de ello. Por eso, la Justicia no afloja sus cadenas para permitir que nazca o que perezca, sino que las mantiene firmes; la decisión sobre estas cosas se basa en esto: es o no es. Pero se ha decidido, como es necesario, abandonar una vía por impensable y sin nombre (pues no es el verdadero camino) y que la otra es y es genuina. Y ¿cómo podría lo que es ser en el futuro? ¿Cómo podría llegar al ser? Pues, si llegó a ser, no es, ni es, si alguna vez va a llegar a ser. Por tanto, queda extinto el nacimiento y la destrucción es inaudita. Ni está dividido, pues es todo igual; ni hay más aquí, esto impediría que fuese continuo, ni menos allí, sino que está todo lleno de ente. Por tanto, es todo continuo, pues lo ente toca a lo ente. Mas inmutable dentro de los límites de poderosas cadenas existe sin comienzo ni fin, puesto que el nacimiento y la destrucción han sido apartados muy lejos y la verdadera creencia los rechazó. Igual a sí mismo y en el mismo lugar está por sí mismo y así quedará firme donde está; pues la poderosa Necesidad lo mantiene dentro de las cadenas de un límite que por todas partes lo aprisiona. Por ello es correcto que lo que es no sea imperfecto; pues no es deficiente — si lo fuera, sería deficiente en todo. Lo mismo es ser pensado y aquello por lo que es pensamiento, ya que no encontrarás el pensar sin lo que es en todo lo que se ha dicho; pues ni es ni será algo fuera de lo que es, dado que el Hado lo encadenó para que fuera entero e inmutable. En consecuencia, ha recibido todos los nombres que los mortales, convencidos de que eran verdaderos, le impusieron: nacer y perecer, ser y no ser, cambio de lugar y alteración del color resplandeciente. Pero, puesto que es límite último, es perfecto, como la masa de una esfera bien redonda en su totalidad, equilibrado desde el centro en todas sus direcciones; pues ni mayor ni menor es necesario que sea aquí o allí, ya que ni es lo no-ente, que podría impedirle llegar a su igual, ni existe al modo que pudiera ser más aquí y menos allí, pues es todo inviolable, porque, por ser igual a sí mismo por todas partes, se encuentra por igual dentro de sus límites.

300 Simplicio, in Phys. 30, 14 Parménides transita de los objetos de razón a los objetos sensibles, o, como él mismo afirma, de la verdad a la opinión, cuando dice: “Aquí termino mi fidedigno discurso y pensamiento sobre la verdad; aprende, de ahora en adelante, las opiniones de los mortales escuchando el orden engañoso de mis palabras”.

302 Fr. 8, 53-61; Simplicio, in Phys. 38, 28 Pues decidieron dar nombre a dos formas, de las que necesariamente no deben nombrar más que a una —y en esto es en lo que están extraviados— y las juzgaron opuestas en su aspecto y le asignaron signos diferentes entre sí — a una el fuego etéreo de la llama, apacible y muy ligera, igual a sí misma por doquier, pero no igual a la otra; la otra, empero, es en sí misma lo opuesto, noche oscura, densa de aspecto y pesada. Yo te revelo el orden completo verosímil para que nunca te aventaje ninguna opinión de los mortales.

303 Fr. 9; Simplicio, in Phys. 180, 8 Pero, puesto que todas las cosas han sido llamadas luz y noche y a cada una le ha sido asignado lo que le corresponde a sus potencias, todo está lleno de luz y de noche sombría a la vez, ambas iguales, puesto que ninguna de las dos participa de la nada.

312 Fr. 19, Simplicio, de cáelo 558, 8 Así, según la opinión, estas cosas llegaron a ser y son ahora y, tras su maduración, acabaran en el futuro; los hombres les impusieron un nombre para distinguir a cada una.


Zenón de Elea

315 Fr. 3, Simplicio, In Phys. 140, 28 Demostrando, una vez más, que, si hay muchas cosas, éstas deben ser limitadas e ilimitadas, Zenón escribe textualmente: “Si hay muchas cosas, es necesario que sean tantas cuantas son, ni más ni menos que éstas. Pero, si son tantas cuantas son, serán limitadas”. “Si hay muchas cosas, los entes son ilimitados; pues, hay siempre otros entre los que son y, de nuevo, otros entre éstos. Y así, los entes son ilimitados”.

316 Frs. 2 y 1, Simplicio, in Phys. 139, 9 y 140, 34 En este argumento demuestra que lo que no tiene magnitud, ni solidez, ni masa, no podría ni siquiera existir. “Porque, dice, si se añadiera a cualquier otra cosa existente, no lo haría en nada mayor, ya que, si no tuviera magnitud alguna y se añadiera (lo que se añadió) no podría aumentar en magnitud. Y, por tanto, lo añadido no sería, en realidad, nada. Si, al quitársele la otra cosa, no adviene más pequeño y, si, al añadírselo de nuevo, no va a aumentar, es evidente que lo que se añadió no era nada, ni tampoco lo que se quitó”. Zenón dice así, no por abolir lo Uno, sino porque cada una de las cosas infinitas tiene magnitud, puesto que siempre hay algo delante de lo que se toma, a causa de la división infinita; lo demuestra, después de haber demostrado que posee magnitud, puesto que cada una de las pluralidades es la misma para sí misma y una”.

317 Aristóteles, Fís. Z 9, 239 (DK 29 A 25) Cuatro son los argumentos de Zenón sobre el movimiento que crean dificultades a los que tratan de resolver los problemas que plantean. El primero afirma la no existencia del movimiento sobre la base de que el móvil debe llegar a la mitad del camino antes de llegar al final. El segundo es el llamado de Aquiles y consiste en lo siguiente: el corredor más lento no será nunca adelantado por el más rápido; pues es necesario que antes llegue el perseguidor al punto de donde partió el perseguido, de modo que es preciso que el más lento vaya siempre algo delante. Este argumento es el mismo que el que se basa en la bisección, pero se diferencia de él en que no divide en mitades las magnitudes añadidas. El tercero es el ya mencionado sobre que la flecha en movimiento esta en reposo. Ello se debe a que supone que el tiempo consta de “ahoras”, pues, si no se admite este supuesto, no se sigue la conclusión. Pero esto es falso, pues el tiempo no se compone de “ahoras” indivisibles, como tampoco ninguna otra magnitud. El cuarto argumento es el relativo a dos filas de móviles, iguales en número y tamaño, que se mueven, en un estadio, con la misma velocidad y en dirección contraria y que parten los unos desde el final del estadio (en dirección hacia nosotros) y los otros desde el centro (alejándose de nosotros). Cree que, en este caso, la mitad del tiempo es igual al doble del mismo. El error de su razonamiento radica en creer que un cuerpo en movimiento emplea el mismo tiempo en pasar, a la misma velocidad, a un cuerpo móvil que a un cuerpo del mismo tamaño en reposo; y esto es falso. Supongamos, e. g., que A, A... son los cuerpos de igual tamaño en reposo; B, B... los cuerpos que, partiendo desde el centro, son iguales en número y tamaño a AA; y r, r... los cuerpos que, partiendo del final, son iguales en número y magnitud a aquéllos (sc. los As) e iguales en velocidad a los Bs. Sucede entonces que el primer B y el primer r llegan al final al mismo tiempo, puesto que se mueven paralelos (sc. los Bs y los Gs). Sucede también que r (sc. la primera G) ha pasado ya todos los Bs, pero el B (sc. el primer B ha pasado sólo a la mitad (de los que pasa, sc. los As); de modo que el tiempo empleado es sólo la mitad, porque cada uno está al lado del otro durante el mismo tiempo. Se sigue, a la vez, que el primer B ha pasado todos los rs, porque el primer r y el primer B estarán en metas opuestas al mismo tiempo, dado que ambos están un tiempo igual al lado de los As. Este es, pues, su razonamiento y resulta ser falso, por lo que ya hemos dicho .

320 Aristóteles, Fís. Z 2, 233 a 21 (DK 29 A 25) Por lo que también el argumento de Zenón es falso al afirmar que no es posible recorrer las cosas infinitas o entrar en contacto separadamente con ellas en un tiempo finito. Pues de dos maneras se dice que son infinitos la longitud, el tiempo y, en general, todo lo que es continuo: o respecto a su divisibilidad, o respecto a sus extremos. Mientras que no es posible entrar en contacto con las cosas cuantitativamente infinitas en un tiempo finito, sí que lo es respecto a la divisibilidad; pues también el tiempo es, en este sentido, infinito; de manera que se recorre lo infinito en un tiempo infinito y no en uno finito y se entra en contacto con las cosas infinitas no mediante momentos finitos, sino numéricamente infinitos.

324 Fr. 4, Diógenes Laercio IX, 72 Zenón anula el movimiento cuando dice: “lo que se mueve, ni se mueve en el lugar en que está ni en el que no está”.

330 Eudemo, ap. Simplicium in Phys. Como cuenta Eudemo, Zenón, el amigo de Parménides, trató de demostrar que no es posible que los entes sean plurales, porque no existe lo “uno” en los entes y la pluralidad es una colección de unidades”.


Meliso de Samos

526 Fr. 2, Simplicio, in Phys. 29, 22 y 109, 20 Puesto que no llego a ser, sino que es, siempre era y siempre será y no tiene ni principio ni fin, sino que es ilimitado. Pues, si hubiera llegado a ser, tendría un principio (ya que habría comenzado a ser alguna vez) y un fin (porque habría cesado en el ser en algún momento). Pero, dado que ni comenzó ni llegó a un fin, era siempre y siempre será y no tiene ni principio ni fin; pues lo que no es todo, no puede ser siempre.

531 Fr. 6, Simplicio, de caelo 557, 16 Pues, si lo fuera (infinito), sería uno; porque, si fueran dos, los dos no podrían ser infinitos, sino que se limitarían mutuamente.

533 Fr. 7, Simplicio, in Phys. 111, 18 Así pues, es eterno, ilimitado, uno y todo semejante. No podría perder nada, ni hacerse mayor, ni reordenarse ni sentir dolor ni angustia, pues si experimentara algo de esto, no seguiría siendo uno. Ya que si cambiara, seria necesario que lo que es no fuera semejante, sino que lo que era antes pereciera y lo que no es llegara a ser. En efecto, si fuera a llegar a ser diferente en un solo pelo en un periodo de 10.000 años, perecería entero en todo el tiempo; ni tampoco es posible que sea reordenado, porque el orden (kosmos) anterior no perece ni llega a ser un orden que no es. Y, puesto que nada es añadido o destruido o se cambia ¿cómo podría ser reordenado lo que es?, pues si, en verdad, llegara a ser diferente en cualquier aspecto, sería reordenado por este medio. Tampoco siente dolor, pues no sería completo, si sintiera dolor, ya que un ser sufriente no podría ser siempre, ni tiene un poder igual a lo que está sano; ni sería semejante, si sintiera dolor, pues lo sentiría a causa de que perdiera algo o se le añadiera algo y no seguiría siendo semejante. Ni lo sano podría sufrir, porque, en ese caso, lo que es perecería y lo que no es llegaría a ser.

534 Fr. 7, Simplicio, in Phys. 112, 6 1 Nada suyo está vacío, pues lo que está vacío no es nada; en consecuencia, lo que no es nada, no podría existir. Tampoco se mueve, pues no puede ceder en ninguna parte, sino que está lleno, ya que, si estuviera vacío, se retiraría hacia lo vacío, pero puesto que no existe tal cosa vacía, no tiene por donde ceder. (Lo denso y lo raro no podrían existir, porque lo que es raro no puede estar tan lleno como lo que es denso, sino que lo que es raro, por eso mismo, adviene más vacío que lo que es denso). Este es el criterio para distinguir lo que está lleno de lo que no lo está: si algo cede o se acomoda, no está lleno, pero, si nada cede o se acomoda, está lleno; por tanto, es necesario que esté lleno, si no está vacío. Si, pues, está lleno, no se mueve

537 Fr. 8, Simplicio, de caelo 558, 21 Este argumento, pues, es la prueba más poderosa de que sólo existe lo uno; pero también son pruebas las siguientes: si, en efecto, existiera una pluralidad, cada ser plural tendría que ser como es mi descripción de lo uno. Pues si existe la tierra y el agua, el aire y el fuego, el hierro y el oro, si unos seres están vivos y otros muertos, si unas cosas son negras y blancas y existen realmente cuantas cosas afirman los hombres, si todo es así y nosotros vemos y oímos rectamente, es necesario que cada una de estas cosas sea tal cual antes dijimos y que no cambie ni se altere, sino que cada una sea siempre exactamente como es. Ahora bien, afirmamos que vemos, oímos y comprendemos rectamente y, sin embargo, creemos que lo caliente se convierte en frío y lo frío en caliente, lo duro en blando y lo blando en duro, que el ser vivo muere y que nace del que no tiene vida; que todas estas cosas cambian y que lo que fueron y lo que ahora son no se parecen en nada. Creemos que el hierro, que es duro, se desgasta por el contacto de los dedos y que lo mismo acontece con el oro, la piedra y todo lo que nos parece que es duro, y que la tierra y la piedra se forman del agua. Ahora bien, estos hechos no concuerdan entre sí, ya que, tras haber dicho que había muchas cosas que eran eternas y que tenían formas y fuerza propias, creemos que experimentan alteración y que cambian de lo que vemos en cada instante. Es evidente, pues, que no vemos rectamente y que no tenemos razón al creer que todas estas cosas son plurales. No cambiarían si fueran reales, sino que cada una sería lo que creemos que es, ya que nada es más fuerte que la verdadera realidad. Pero si resulta que han cambiado, lo que es ha perecido y lo que no es ha llegado al ser. En consecuencia, si hubiera una pluralidad, las cosas deberían ser tales cual es precisamente la naturaleza de lo uno.

538 Simplicio, in Phys. 109, 34 (fr. 9) Pues si fuera, debe ser uno; y, al ser uno, no debe tener cuerpo. Pero, si tuviera solidez, debería tener partes y ya no seguiría siendo uno.


Empédocles de Acragas

346 Fr. 6, Aecio, I, 3, 20 Escucha primero las cuatro raíces de todas las cosas: Zeus resplandeciente, Hera dadora de vida, Edoneo y Nestis, que con sus lágrimas empapa las fuentes de los mortales.

348 Fr. 17, 1-13, Simplicio, in Phys. 158 Un doble relato te voy a contar: en un tiempo ellas (las raíces) llegaron a ser sólo uno a partir de una pluralidad y, en otro, pasaron de nuevo a ser plurales a partir de ser uno; dúplice es la génesis de los seres mortales y doble su destrucción. A la una la engendra y la destruye su reunión y la otra crece y se disipa a medida que nacen nuevos seres por separación. Jamás cesan en su constante intercambio, confluyendo unas veces en la unidad por efecto del Amor y separándose otras por la acción del odio de la Discordia. Así, en la medida en que lo uno ha aprendido a desarrollarse a partir de lo múltiple y la pluralidad surge de nuevo de la división de lo uno, de la misma manera nacen y no tienen una vida estable. Y en la medida en que jamás cesa su continuo intercambio, así también existen inmóviles siempre en su ciclo.

349 Fr. 17, verso 14, Simplicio, in Phys. 158, 13 Todos ellos son iguales y coetáneos, aunque cada uno tiene una prerrogativa diferente y su propio carácter, y prevalecen alternativamente, cuando les llega su momento. Nada nace ni perece fuera de ellos ¿Cómo podría, de hecho, ser destruido totalmente, puesto que nada está vacío de ellos? Porque, sólo si estuvieran en un constante perecer, no serían. Y ¿qué es lo que podría acrecer todo esto? ¿De dónde podría venir? Sólo ellos existen, pero penetrándose mutuamente, se convierten en cosas diferentes en momentos diferentes, aunque son continuamente y siempre los mismos.

350 Fr. 8, Plutarco, adv. Colotem 1111 Otra cosa te diré: ningún ser mortal tiene nacimiento, ni existe el fin de la muerte detestable, sino sólo la mezcla y el intercambio de lo que está mezclado —a esto es a lo que llaman nacimiento los hombres.
 
356 Fr. 23, Simplicio, in Phys. 159, 27 Como cuando los pintores, hombres sumamente expertos en su arte, toman en sus manos, para modelar exvotos (tablillas votivas), pigmentos de muchos colores, y mezclando harmónicamente más cantidad de unos que de otros, producen de ellos formas que semejan todas las cosas, formando árboles, hombres, mujeres, fieras, grandes aves, peces que viven en el agua y a los dioses de larga vida, los más honrados; de la misma manera no dejes que el engaño subyugue tu mente y piensa que hay otras fuentes de todas las incontables cosas mortales que vemos con claridad y sábete muy bien que esta narración proviene de un dios.

358 Frs. 27 y 31, Simplicio, in Phys. 1183, 28 Eudemo entiende que la inmovilidad se aplica a la Esfera en la supremacía del Amor, cuando todas las cosas están mezcladas —”allí ni se distinguen los rápidos miembros del sol”, sino que, como dice “tan adherida está a la densa obscuridad de Harmonía, una esfera redonda, que se regocija en su gozosa soledad”. Pero, cuando la Discordia comienza a prevalecer, de nuevo, surge entonces, una vez más, el movimiento en la Esfera: “pues todos los miembros, uno a uno, del dios comenzaron a agitarse”.

360 Fr. 35, Simplicio, de caelo 529, 1 (versos 1-15), in Phys. 32, 13 (versos 3-17) Pero ahora voy a retornar a la vía de los cantos que antes enumeré, extrayendo de mi discurso otro discurso. Una vez que la Discordia llegó al abismo inferior del torbellino y el Amor estuvo en medio del remolino, todas las cosas convinieron en la unidad bajo su acción, no enseguida, sino que se congregaron desde direcciones diferentes según su voluntad. Mientras se estaban mezclando, brotaron innumerables clases de seres mortales; pero muchas quedaron sin mezclarse, alternando con los que estaban siendo mezclados todos los que la Discordia, aún en lo alto, retenía, pues aún no se había retirado toda irreprochablemente a los límites extremos del círculo, sino que seguía aún en alguno de los miembros, mientras que de otros ya se había retirado. Y a medida que huía hacia adelante, la perseguía sin cesar una benévola corriente inmortal del intachable Amor. Al punto se hicieron mortales los seres que antes habían aprendido a ser inmortales y los que antes estuvieron sin mezclarse se mezclaron entonces, cuando cambiaron sus caminos. A medida que estos seres se mezclaban, fluían innumerables especies de seres mortales, dotados de toda clase de formas, una maravilla digna de contemplarse.

361 Aristóteles, Met. A 4, 985 a 25 (DK 31 A 37) Cuando el universo es descompuesto en sus elementos por la Discordia, el fuego se constituye en un todo y lo mismo los demás elementos, pero cuando vuelven a unirse bajo el influjo del Amor, es necesario que las partes se disgreguen desde cada uno de los elementos.

375 Aecio, v 19, 5 (DK 31a 72) Empédocles sostuvo que las primeras generaciones de animales y plantas no fueron completas, sino que constaban de miembros disyectos sin unir; las segundas, nacidas de la unión de dichos miembros, fueron seres fantásticos; la tercera generación fue la de las formas totalmente naturales; la cuarta no surgió ya de sustancias homeomeras como la tierra y el agua, sino por mezclamiento, como resultado unas veces de la condensación de sus alimentos y otras debido a que la hermosura de la hembra excitaba el apetito sexual; las diversas especies de animales se distinguieron por la calidad de sus mezclas...

376 Fr. 57, Aristóteles, de caelo r 2, 300 b 30 (v. 1) y Simplicio, de caelo 587, 1 (vv. 2, 3) Brotaron sobre la tierra numerosas cabezas sin cuellos, erraban brazos sueltos faltos de hombros y vagaban ojos solos desprovistos de frentes.

377 Fr. 59, Simplicio, de caelo 587, 20 Pero a medida que un elemento divino se iba mezclando más y más con el otro, continuamente se iban uniendo al azar, donde cada uno se encontraba, y además fueron naciendo sin cesar otros más.

379 Fr. 61, Eliano, Nat. anim. XVI 29 Nacían numerosos seres con dos cabezas y dos pechos, seres bovinos con rostros humanos y viceversa, creaturas, mezcla de elementos masculinos y femeninos y dotados de partes estériles.

380 Aristóteles, Fís. B 8, 198 b 29 (DK 31 b 61) Por tanto, donde todas las cosas acontecieron como si en su génesis estuvieran orientadas a un fin determinado, estos seres sobrevivieron, a pesar de estar por azar constituidos de un modo apto; pero las creaturas en que no se dio esta circunstancia, perecieron y siguen pereciendo como dice Empédocles que les acontece a los seres bovinos con rostro humano.

383 Fr. 82, Aristóteles, Meteor. 9, 387 b 4 Una misma cosa son el pelo, las hojas, los espesos plumajes de las aves y las escamas que nacen sobre los pesados miembros.

384 Fr. 83, Plutarco, de fortuna 3, 983-84 Pues algunos seres están provistos de cuernos, dientes y aguijones, “pero los erizos tienen cerdas punzantes en sus espaldas”.

388 Fr. 22, Simplicio, in Phys. 160, 26 Pues todos éstos —el sol brillante, la tierra, el cielo y el mar—, junto con sus propias partes, son los que están diseminados en los seres mortales. De la misma manera, cuantos seres son más adecuados para la mezcla se aman mutuamente, una vez que Afrodita los ha hecho semejantes, mientras que son muy hostiles los que están más separados entre sí por el nacimiento, mezcla o formas modeladas, no acostumbradas a juntarse y renuentes a las sugerencias de la Discordia, porque les dio el nacimiento.

390 Platón, Menón 76 c (DK 31 A 92) ¿Estás de acuerdo con Empédocles en que los seres emiten ciertos efluvios? ¿ Y que tiene poros a cuyo través caminan los efluvios? ¿Y que algunos efluvios se ajustan a algunos poros, mientras que son demasiado pequeños o demasiado grandes? ¿ Y no es verdad que hay algo a lo que llamas vista?

391 Teofrasto, de sensu 7 (DK 31 a 86) Empédocles sostiene la misma teoría respecto a todos los sentidos; afirma que la percepción surge, cuando alguna cosa encaja en los poros de alguno de los sentidos. Ningún sentido puede juzgar los objetos de otro, ya que los poros de algunos son demasiado anchos y los de otros demasiado estrechos para el objeto percibido, de manera que unos objetos pasan a su través sin tocar, mientras que otros no pueden, en modo alguno, entrar.

392 Teofrasto, de sensu 9 (DK 31 a 86) La misma teoría sustenta sobre la sabiduría y la ignorancia. La sabiduría, que se identifica o es muy afín a la percepción, surge a través de las cosas iguales y la ignorancia a través de las desiguales. Porque, después de haber enumerado cómo conocemos cada cosa por su equivalente, añadió al final: “Y todas las cosas fueron compuestas convenientemente de estos (elementos) y por su medio piensan, gozan y sufren”. Y ésta es, sobre todo, la razón por la que piensan con la sangre; ya que en ella más que en las demás partes están mezclados los elementos.

393 Fr. 109, Aristóteles, Met. B 4,1000 b 6 Pues con la tierra vemos la tierra, con el agua el agua, con el aire el aire brillante y con el fuego el fuego destructor; con el Amor vemos al Amor y a la Discordia con la funesta Discordia.

394 Fr. 105, Porfirio, ap. Stobaeum, Anth. i 49 El corazón, que vive en el piélago de la sangre latidora, donde está especialmente lo que los hombres llaman pensamiento; pues la sangre que circunda el corazón de los hombres es su pensamiento.

342 Fr. 2, Sexto, adv. math. VII, 123 Angostos son los recursos esparcidos por el cuerpo y muchas son las miserias que golpean dentro y embotan el pensamiento. Los hombres contemplan en su vida sólo una breve parte de ella, después rápidos en su morir se van volando como el humo, persuadidos sólo de que cada cual es arrastrado en todas direcciones, según su suerte. Pues, ¿quién se vanagloria de haber encontrado el todo? Estas cosas no deben ser vistas ni oídas así por los hombres ni captadas por el pensamiento. Tú, pues, ya que te has apartado a este lugar, aprenderás: el ingenio humano no puede alcanzar más allá.

396 Fr. 133, Clemente, Strom. v, 81, 2 Es imposible acercarnos lo divino con la fuerza de nuestros ojos o asirlo con las manos, aunque es ésta la principal vía de persuasión que penetra la mente de los hombres.

343 Fr. 3, verso 9, Sexto, adv. math VII, 125 Mas ea, observa con todas tus fuerzas cómo se manifiesta cada cosa, sin confiar más en la vista que en el oído, ni en el oído rumoroso por encima de las declaraciones de la lengua, ni niegues fiabilidad a ninguno de los otros miembros (órganos, partes del cuerpo) por los que hay un camino para entender, sino aprehende cada cosa por donde es clara.


Anaxágoras de Clazomene

467 Fr. 1, Simplicio, Fb. 155, 26 Juntas estaban todas las cosas, infinitas en número y pequeñez: ya que también lo pequeño era infinito. Y mientras todas estaban juntas, nada era visible a causa de su pequenez; pues el aire y el éter las tenían sujetas a todas, siendo ambos infinitos; puesto que éstos son los máximos ingredientes en la mezcla de todas las cosas, tanto en número como en tamaño.

468 Fr. 4 (mitad posterior), ibid. 34, 2 Pero antes de que estas cosas fueran separadas, mientras todas estaban juntas, no era visible ningún color tampoco; pues se lo impedia la mezcla de todos los colores, de lo húmedo y lo seco, de lo cálido y lo frío, de lo brillante y lo tenebroso, de la mucha tierra dentro de la mezcla y de las semillas innumerables, desemejantes entre sí. Tampoco ninguna de las demás cosas son parecidas unas a otras. En este caso debemos suponer que todas las cosas están dentro del todo.

472 Fr. 3, Simplicio, Fís. 164, 17 Pues tampoco existe la parte más pequeña de lo que es pequeño, sino que siempre hay una más pequeña, ya que es imposible que lo que es deje de ser. Igualmente hay siempre algo más grande que lo que es grande. Y es igual en número a lo que es pequeño; cada cosa, respecto a si misma, es grande y pequeña.

473 Fr. 5, ibid. 156, 10 Y cuando estas cosas han sido así separadas, es necesario conocer que todas no son ni menos ni más (pues no es posible que sean más que todas las cosas), sino que todas las cosas son siempre iguales.

476 Fr. 12, Simplicio, Fís. 164, 24 y 156, 13 Todas las demás cosas tienen una porción de todo, pero la Mente es infinita, autónoma y no está mezclada con ninguna, sino que ella sola es por sí misma. Pues, si no fuera por sí misma, sino que, si estuviera mezclada con alguna otra cosa, participaría de todas las demás, pues en cada cosa hay una porción de todo, como antes dije; las cosas mezcladas con ella le impedirían que pudiera gobernar ninguna de ellas del modo que lo hace al ser ella sola por sí misma. Es, en efecto, la más sutil y la más pura de todas; tiene el conocimiento todo sobre cada cosa y el máximo poder. La Mente gobierna todas las cosas que tienen vida, tanto las más grandes como las más pequeñas. La Mente gobernó también toda la rotación, de tal manera que comenzó a girar en el comienzo. Empezó a girar primeramente a partir de un área pequeña, ahora gira sobre una mayor y girará sobre otra aún mayor. Conoce todas las cosas mezcladas, separadas y divididas. La Mente ordenó todas cuantas cosas iban a ser, todas cuantas fueron y ahora no son, todas cuantas ahora son y cuantas serán, incluso esta rotación en que ahora giran las estrellas, el sol y la luna, el aire y el éter que están siendo separados. Esta rotación los hizo separarse. Lo denso se separa de lo raro, lo cálido de lo frío, lo brillante de lo tenebroso y lo seco de lo húmedo. Hay muchas porciones de muchas cosas, pero ninguna está separada ni dividida completamente de la otra salvo la Mente. La Mente es toda semejante, tanto en sus partes más grandes como en las más pequeñas, mientras que ninguna otra cosa es semejante a ninguna otra, sino que cada cuerpo singular es y fue más manifiestamente aquello de lo que más contiene.

477 Fr. 13, Simplicio, Fís. 300 y cuando la Mente inició el movimiento, estaba separada de todo lo que era movido y todo cuanto la Mente movió quedó separado; mientras las cosas se movían y eran divididas, la rotación aumentaba grandemente su proceso de división.

481 Fr. 6, Simplicio. Fís. 164 Ya que no es posible que exista la parte más pequeña, nada puede ser separado ni llegar al ser por sí mismo, sino que todas las cosas deben estar juntas como lo estuvieron originariamente. En todas hay muchos ingredientes, iguales en número, tanto en las más grandes como en las más pequeñas de las que están siendo separadas.

482 Fr. 11, ibid. 164 En cada cosa hay una porción de todo salvo de la Mente; y hay algunas en las que también está la Mente.

483 Fr. 4 (primera fase), Simplicio, Fís. 34, 29 Siendo estas cosas asi, debemos suponer que hay muchas cosas de todo tipo en cada cosa que se está uniendo, semillas de todas las cosas bajo toda clase de formas, colores y gustos...

484 Fr. 10, escolio in Gregor. Nac., XXXVI 911 ¿Pues como podría nacer el pelo de lo que no es pelo y la carne de lo que no es carne?

485 Aristóteles, Fís. A 4, 187 a 23 Difieren, sin embargo, entre sí en que Empédocles supone un ciclo de tales cambios y Anaxágoras, en cambio, una sola serie. Éste, a su vez, postuló un número indefinido de principios, a saber, las homeomerías y los opuestos (conjuntamente), mientras que Empédocles postuló solamente los llamados “elementos”. Parece que Anaxágoras sostuvo esta teoría porque aceptó como verdadera la común opinión de los físicos de que nada llega al ser partiendo de lo que no es (tal es la razón por la que emplean la frase “todas las cosas estaban juntas” y reducen a un cambio de cualidad el nacimiento —la llegada al ser— de cualquier cosa, mientras que otros hablan de combinación y de separación). Llegan, además, a la misma conclusion partiendo del hecho de que los opuestos proceden unos de otros; el uno debe haber existido ya en el otro; porque, si todo lo que llega al ser procede de lo que es o de lo que no es, y es imposible que surja de lo que no es (en esta opinión están concordes todos los físicos), creyeron que se seguía necesariamente el otro extremo de la alternativa, a saber, que las cosas llegan al ser a partir de las cosas que existen y ya presentes, pero que son imperceptibles a nuestros sentidos debido a la pequenez de su tamaño. Y porque observaban que todo procedía de todo, afirman que todo está mezclado en todo. Las cosas se manifiestan, sin embargo, diferentes entre sí y reciben nombres distintos según la naturaleza de la cosa que numéricamente predomina entre los innumerables constitutivos de la mezcla. Porque nada, dicen, es completamente blanco, negro, dulce, carne o hueso, sino que opinan que la naturaleza de una cosa es la de su mayor ingrediente.

494 Aristóteles, de cáelo T 3, 302 a 28 (Anaxágoras y Empédocles sostienen opiniones contrarias sobre los elementos. Éste afirma que el fuego y los demás de la lista son los elementos de los cuerpos y que todas las cosas se componen de ellos. Anaxágoras, en cambio, sostiene lo contrario. Afirma que los elementos son las sustancias homeómeras (p. e., carne, hueso, etc.), mientras que el aire y el fuego son mezclas de dichas sustancias y de todas las demás semillas, pues cada uno de ellos consta de partículas invisibles reunidas. Por esta razón, todas las cosas surgen de estos dos -pues fuego y éter son sinónimos en Anaxágoras.

497 Aecio, 1, 3, 5 (DK 59 A 46) Puesto que el alimento contiene partes que son iguales a las que produce, las llamó homeomerías y dijo que eran los primeros principios de las cosas existentes.

508 Ar., de part. nn. A10, 687 a 7 (DK 59 A102) Anaxágoras afirma, pues, que el hombre es el más sabio de los seres vivos debido a que tiene manos.

509 Fr. 21, Sexto, adv. math. VII 90 A causa de la debilidad de nuestros sentidos no somos capaces de juzgar la verdad.

510 Fr. 21 a, ibid. VII 140 Las apariencias son una visión de las cosas oscuras. (Lo que se ve abre la visión de lo invisible.)

511 Teofrasto, de sensu 27 y ss. (DK59a92) Anaxágoras piensa que la percepción nace por obra de los opuestos, porque ¡o igual no es afectado por lo igual..., pues lo que está tan caliente o tan frío como nosotros, ni nos calienta ni nos enfría al acercarnos a ello, ni podemos reconocer lo dulce o lo amargo por su igual, sino que conocemos lo frío por lo caliente, lo potable por lo salado, lo dulce por lo amargo en proporción a nuestra deficiencia de cada uno de ellos. Pues todas las cosas están ya en nosotros... y toda percepción va acompañada de dolor, consecuencia que podría parecer que se sigue de esta hipótesis; porque todo lo desigual produce dolor al tocarlo; y la presencia de este dolor se hace más patente por una duración excesiva o por un exceso de sensación.


Arquelao de Atenas

514 Simplicio, Fís. 27, 23 Los primeros principios, las homeomerías, son infinitos en número y diferentes en especie.

515 Hipólito, Ref. I 9 Arquelao defendió que había una cierta mezcla inmanente en la Mente desde el principio. El origen del movimiento se debe a la mutua separación de lo caliente de lo frío; lo caliente se mueve, mientras que lo frío se mantiene quieto. Cuando el agua se licúa, fluye hacia el centro, donde se quema completamente y se convierte en aire y tierra; el aire es llevado hacia arriba y la tierra ocupa una posición debajo. Dice que la Mente es innata a todos los animales igualmente, pues cada animal la usa, aunque unos con más rapidez y otros con menos.


Los atomistas

545 Aristóteles, de gen. el corr. A 8, 325 a 2 (DK 67 a 7) Leucipo creyó tener argumentos concordantes con la percepción sensorial y que no hacen desaparecer el nacimiento, la destrucción, el movimiento o la pluralidad de los entes. Concuerda con las apariencias en este aspecto, pero a los que sostienen la Unidad les concede que no habría movimiento sin vacío y afirma que el vacío es no-ser y que ninguna parte de lo que es es no-ser —porque lo que es en sentido estricto está completamente lleno. Pero un ser así, dice, no es uno; hay un número infinito y son invisibles a causa de la pequeñez de sus partículas. Se mueven por el vacío (pues el vacio existe) y cuando se juntan, originan la llegada al ser y, cuando se separan, causan la destrucción. Son operativas y pasivas según el contacto que les acontezca tener (el contacto no las hace unas) pero, cuando se componen y entremezclan, generan algo. De lo que es verdaderamente uno no podría llegar a ser la pluralidad, ni una unidad de lo que es verdaderamente una pluralidad —es imposible— . La disolución y la destrucción y, de manera similar, el crecimiento, acontecen cuando objetos sólidos se introducen a través del vacío.

548 Aristóteles, Met. T 5, 10097 Y, de nuevo, las mismas cosas les parecen a muchos animales sanos completamente opuestas a lo que nos parecen a nosotros, ni el mismo individuo emite siempre los mismos juicios sobre el modo en que se le manifiestan las cosas en lo tocante a la percepción sensorial. No resulta claro cuál de ellos es verdadero y cuál falso, porque no son más verdaderos unos que otros, sino que son por igual. Esta es la razón por la que Demócrito al menos afirma que nada es verdadero o que no nos es patente.

549 Demócrito fr. 9, Sexto, adv. math. VII 135 Demócrito, en ocasiones, niega a los sentidos la realidad fenomenología y dice que ninguno de ellos se manifiesta concorde con la verdad, sino sólo de acuerdo con la opinión. Lo que de verdad subyace a la realidad de los entes es que son átomos y vacío.

554 Demócrito fr. 11, Sexto, adv. math. VII, 138 Pero, en los Cánones, dice que hay dos clases de conocimiento, el uno por los sentidos y el otro por mediación del intelecto. Llama legítimo al que se genera a través del intelecto y atestigua su fiabilidad para el juicio de la verdad; denomina bastardo al que surge por mediación de los sentidos y le niega la infalibilidad en la discriminación de lo que es verdadero. Dice: “Hay dos formas de conocimiento, uno legítimo y otro bastardo. Al bastardo pertenece todo este grupo: la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto. El otro es legítimo y está separado de aquél”.

555 Aristóteles, Met. A 4, 985 b 4 (DK 67 a 6) Leucipo y su compañero Demócrito sostuvieron que los elementos son lo lleno y lo vacío, a los cuales llamaron ser y no ser, respectivamente. El ser es lleno y sólido; el no ser es vacío y sutil. Como el vacío existe no menos que el cuerpo, se sigue que el no ser existe no menos que el ser. Juntos los dos, constituyen las causas materiales de las cosas existentes. Y así como quienes hacen una sola la sustancia fundamental, derivan las otras cosas de las modificaciones sufridas por aquélla, y postulan la rarefacción y la condensación como origen de tales modificaciones, así también estos hombres decían que las diferencias entre los átomos son las causas que producen las otras cosas. Según ellos, dichas diferencias son tres: forma, orden y posición; el ser, dicen, sólo difiere en “ritmo, contacto y revolución”; 'ritmo' corresponde a la forma, 'contacto' al orden y 'revolución' a la posición: porque A difiere de N en la forma, como AN de NA en el orden, y Z de N en la posición.

556 Aristóteles, Sobre Demócrito, ap. Simplicium, de caelo 295, 1 (DK 68 a 37) Demócrito... denomina al espacio con los siguientes nombres: el vacío, nada y lo infinito, mientras que a cada sustancia individual la llama algo, lo compacto y lo ente. Cree que las substancias son tan pequeñas que son capaces de eludir nuestros sentidos, aunque poseen toda clase de formas, figuras y diferencias de tamaño. De este modo, puede él, partiendo de ellas como si fueran elementos, producir por agregación tamaños perceptibles a nuestros ojos y a los demás sentidos.

557 Simplicio, de caelo 242, 18 (DK 67 a 14) Estos (Leucipo, Demócrito, Epicuro) decían que los primeros principios eran infinitos en número y creían que eran átomos indivisibles e impasibles debido a su naturaleza compacta y su carencia de vacío; afirmaban que su divisibilidad les venía del vacío existente en los cuerpos compuestos...

558 Simplicio, in Phys. 925,10 (DK. 67 A13) Leucipo y Demócrito sostienen que no es sólo su impasibilidad la causa de que los cuerpos primarios no puedan dividirse, sino también su pequeñez y carencia de partes.

560 Simplicio, in Phys. 28, 8 (tomado de Teofrasto) Leucipo postuló un número infinito de elementos en movimiento perpetuo (los átomos) y sostuvo que el número de sus formas era infinito, debido a que nada es más de tal naturaleza que de tal otra.

583 Aristóteles, Sobre Demócrito, ap. Simplicium, de caelo 295,11Al moverse [los átomos] colisionan y se entrelazan de tal manera que se unen en un estrecho contacto mutuo, pero no llegan a generar de ellos, en realidad, una sustancia de ningún tipo; pues es de una ridícula ingenuidad el (suponer) que dos o más cosas puedan alguna vez llegar a convertirse en una. Atribuye el que los átomos se mantengan juntos durante cierto tiempo al entrelace y asimiento mutuo de los cuerpos primarios; ya que algunos son angulosos, otros ganchudos, otros cóncavos, otros convexos y otros, en fin, tienen otras innúmeras diferencias; así, pues, piensa que se vinculan unos a otros y se mantienen juntos hasta que una necesidad más poderosa proveniente de lo circundante los sacude y los dispersa hacia afuera.

585 de an. A 2, 405 Demócrito dice que la figura esférica es la más móvil de todas; lo mismo la mente y el fuego.

568 Aristóteles, Fis. B 4,196 a 24 Hay algunos que atribuyen al azar la causa tanto de este firmamento como de todos los mundos: pues del azar nacen el remolino y el movimiento que, mediante separación, llevó al universo a su orden actual.

575 Simplicio, de caelo 712, 27 (DK68a61) Los seguidores de Demócrito creen que todas las cosas tienen peso y que el fuego, expulsado, por tener menos peso, por las cosas que poseen más, se mueve hacia arriba y, por eso, parece ligero.

574 Teofrasto, de sensu 61 (DK 68) Demócrito distingue lo pesado y lo ligero por su tamaño... Sin embargo, en los cuerpos compuestos, es más ligero el que contiene mayor vacío y más pesado el que contiene menos.

588 Aecio, IV 8, 10 Leucipo, Demócrito y Epicuro dicen que la percepción y el pensamiento surgen cuando entran imágenes del exterior, pues nadie experimenta ninguno de ellos sin la percusión de una imagen.

589 Teofrasto, de sensu 50 (DK 68 a 135) Demócrito explica la visión mediante la imagen visual, que describe de un modo particular; no surge ésta directamente en la pupila, sino que el aire existente entre el ojo y el objeto de la visión es comprimido y queda marcado por el objeto visto y por el vidente, pues todas las cosas emiten siempre alguna clase de efluvio. Después este aire, que es solido y de variados colores, aparece en los ojos húmedos; éstos no admiten la parte densa, pero lo húmedo pasa a su través.

593 Demócrito fr. 3, Estobeo, Anth. IV, 39, 25 Preciso es que quien quiera tener buen ánimo no sea activo en demasía, ni privada ni públicamente, ni que emprenda acciones superiores a su capacidad natural. Debe, más bien, tener una precaución tal que, aunque el azar le impulse a más, lo rechace en su decisión y no acometa más de lo que es capaz, pues la carga adecuada es más segura que la grande.


Bibliografía

KIRK, C. S., RAVEN, J. E. y SCHOFIELD, M., Los filósofos presocráticos, Editorial Gredos, traducción de Jesús García Fernández (versión digital)