miércoles, 26 de agosto de 2015

El método científico (3° parte)






Metódo hipotético deductivo

La concepción hipotética de la ciencia supone admitir que la mayoría de los enunciados científicos, en un momento determinado de la historia, son aceptados por los hombres de ciencia a título de hipótesis y no de enunciados justificados. Trabajar con hipótesis o conjeturas es admitir que se está concibiendo visiones provisorias de la realidad, susceptibles de ser mejoradas, corregidas o cambiadas, según las circunstancias. La historia de la ciencia ha demostrado que es conveniente concebir a la ciencia de esta manera, porque aun las mejores teorías científicas han terminado por ser reemplazadas por otras a las que se las ha considerado más eficaces o abarcativas. Entonces, se puede caracterizar a la hipótesis como:

1) Un enunciado afirmado o formulado por alguien, un hombre de ciencia o una comunidad científica, en cierto lugar, en ciertas circunstancias y en cierto momento de la historia.

2) Cuando se propone una hipótesis, para quien la formula se halla en “estado de problema”: se ignora su valor de verdad, es decir, no está verificada ni refutada. Si se la pudiera verificar, dejará de ser una hipótesis y se convertirá en un enunciado verdadero (conocimiento científico probado); pero en ciertos enunciados está totalmente vedada tal prueba o verificación. Podría ocurrir, por otra parte, que se pudiese probar la falsedad del enunciado hipotético. En tal caso, el enunciado también deja de ser una hipótesis.

3) Quien formula la hipótesis, pese a que ésta se encuentra en estado de problema, supone que ella es verdadera “para ver qué pasa” en consecuencia.

El primer paso en la historia de la ciencia que lleva a proponer una hipótesis es la existencia de problemas, aunque esto no niega que, en algunos casos, una hipótesis pueda surgir por razones psicológicas totalmente independientes de la existencia de algo intrigante. A veces, frente a un problema, no siempre hay una única hipótesis posible que lo resuelva o sea pertinente para investigarlo. Cuantos más modelos se propongan, más posibilidades habrán de encontrar una presunta verdad que se admitirá como guía de investigaciones posteriores. De todos modos, hay criterios que permiten decidir si una hipótesis es mejor que otra y, por tanto, cuál de ellas ha de ser escogida por la comunidad científica. Porque todas las hipótesis tienen carácter provisorio y es necesario aceptar que la mayoría de ellas serán refutadas y abandonadas en el futuro. Incluso puede suceder que algunas, repudiadas en cierto momento histórico, vuelvan a ser tenidas en cuenta en una etapa posterior.

Ahora, proponer simplemente una hipótesis no es sinónimo de haber obtenido conocimiento. A continuación, parece razonable tratar de analizar qué se deduce lógicamente de ella. La hipótesis puede producir nuevas hipótesis y, por otra parte, llevar a obtener cierto tipo de enunciado observacional que permita controlar la hipótesis por medio de la experiencia. A partir de una hipótesis H1 (hipótesis de partida) se obtienen, por razonamientos deductivos, nuevos enunciados H2, H3 y H4 (hipótesis derivadas). Porque la deducción de hipótesis derivadas tiene un interés explicativo y sistemático. Por otra parte, se requiere algún componente metodológico adicional que permita estimar la excelencia o las falencias de las hipótesis obtenidas con este método, y cuya misión radicará en comparar lo que tales hipótesis afirman con lo que en realidad ocurre.

Si de la hipótesis original se logra obtener, luego de deducir y deducir, algún enunciado empírico básico de primer nivel, parecería que la hipótesis inicial esta implicando afirmaciones acerca de lo observable. Se llamará a éstos enunciados “consecuencias observacionales” de la hipótesis. Por lo que, parece conveniente llevar a cabo la comparación entre lo que afirman estas consecuencias observacionales y lo que muestra la base empírica. En este punto, el científico debe apartarse momentáneamente de la estructura deductiva descrita y realizar observaciones, espontáneas, sistemáticas o provocadas por medio de experimentos. Se llamará “observaciones pertinentes” a aquellas que se efectúen con el fin de averiguar cuál es el grado de acierto o desacierto de las consecuencias observacionales deducidas de una hipótesis.

Entonces, en el caso de que alguna observación pertinente no coincida con la consecuencia observacional, entonces la hipótesis de partida será refutada. A la inversa, si la observación pertinente coincide con lo afirmado por la consecuencia observacional, en cambio, de ello no se puede afirmar la verdad de la hipótesis de partida: porque de premisas falsas se puede obtener una conclusión verdadera. Por lo que, en este caso, el conocimiento sigue igual, en estado de problema. Lo único que se puede afirmar es que se ha puesto en aprietos a la hipótesis inicial y ésta, por el momento, salió airosa. Esta operación, que implica poner a prueba una hipótesis examinando una consecuencia observacional de la misma, se llama “contrastación de la hipótesis”.

Como resultado de la operación de contrastar una hipótesis se obtiene o bien refutación y abandono de la misma, o bien, su conservación y supervivencia. Lo que la contrastación no puede garantizar es la verificación de la hipótesis, sino algo más débil que, según Popper, se llama “corroboración”. En esto consiste, en principio, el método hipotético deductivo en su “versión simple”, pues aquí subyace la idea de que una sola consecuencia observacional adversa basta para aniquilar a una hipótesis y desterrarla del ámbito de la ciencia –algo que Imre Lakatos llamaría “refutacionismo ingenuo”. En la actividad científica real no se procede de esta manera, ya que ningún científico estaría dispuesto a desechar una hipotésis porque haya sufrido el traspié de una sola refutación.

La operación de contrastación no aumenta en ningún sentido (ni absoluto ni probabilístico) el conocimiento de la verdad de la hipótesis. Por ello, lo único que Popper acepta, desde un punto de vista pragmático, es que, si se ha contrastado varias veces una hipótesis y ésta ha resistido todos los intentos de refutarla, se puede afirmar que es “fuerte”. Pero entonces es necesario repetir el proceso de contrastación, esta vez con otra consecuencia observacional.  Además, no se debe dejar de lado que, en la práctica científica concreta, las hipótesis suelen estar acompañadas de muchas otras hipótesis y teorías presupuestas, por lo cual la contrastación afecta a la vez, globalmente, a todo ese presunto conocimiento. En particular, una teoría no es una estructura de pensamiento que pueda considerarse por separado de otras presuposiciones.

La versión simple del método hipotético deductivo (hasta aquí desarrollado) ha merecido objeciones, basadas en que no refleja la complejidad de la estrategia científica real. Porque los enunciados utilizados en el curso de dicha operación incluyen muchos otros además de los específicos de la teoría que se está considerando. A propósito de la base empírica de la ciencia y las experiencias cruciales, cuando se contrasta o emplea una teoría, se presupone la existencia de un marco teórico que la “rodea” y que está constituido por hipótesis y teorías presupuestas. Basta advertir que en muchas hipótesis de una teoría aparecen palabras cuyo significado se conoce de antemano porque provienen de otras teorías (términos presupuestos). Por lo tanto, se llamarán “teorías presupuestas” a todas aquellas que, por razones de vocabulario o por necesidades de la deducción a partir de las hipótesis fundamentales de la teoría específica en estudio, intervienen en la contrastación o desarrollo de esta última.

Pero las hipótesis sobre el material de trabajo no sólo provienen de un conocimiento anterior. A veces es necesario hacer suposiciones un tanto improvisadas, ad hoc, en el momento mismo en que se diseña y realiza una experiencia. Por ejemplo, un químico puede ser empleado por una fábrica de específicos farmacéuticos para que efectúe el control de calidad utilizando ciertas drogas y, en principio, no saber si se trata o no de drogas en completo estado de pureza. Por tanto, admite (hipotéticamente) que trabajará con drogas puras. Si luego se presentaran inconvenientes, podría quedar en evidencia que esta hipótesis no es correcta, pero es evidente que el químico no cuestiona desde un cormenzo la hipótesis de que ha recibido drogas puras para utilizar en su tarea. Las hipótesis subsidiarias son aquellas suficientemente corroboradas y aceptadas que expresan el conocimiento anterior del material de trabajo. Y las hipótesis auxiliares son las que se aceptan provisional y transitoriamente porque sin ellas no puede avanzar la investigación.


La investigación científica

En el desarrollo de la investigación científica surge el problema de cómo demarcar entre una hipótesis de carácter estrictamente científico, de otra que sea una especulación filosófica o metafísica. Este es el llamado “problema de la demarcación”, que consiste en hallar un criterio que trace la línea fronteriza entre la ciencia y aquello que no lo es. Una corriente como la inductivista señalará la diferencia entre afirmaciones científicas y metafísicas atribuyendo carácter científico a ciertos enunciados únicamente si éstos se hallan justificados según el método inductivo. La tendencia epistemológica conocida como “positivismo lógico” o “empirismo lógico”, que tuvo su máxima expresión en el famoso Círculo de Viena en la década de los treinta, distinguía entre hipótesis científicas y metafísicas mediante un criterio que sería aproximadamente el siguiente: una hipótesis tiene sentido si existe un procedimiento de verificación que pueda, mediante operaciones prácticas, decidir sobre su verdad o falsedad. Si tal método de verificación no existe, la hipótesis será metafísica y un sin-sentido.

En cambio, Popper niega que los metafísicos carezcan de sentido. No obstante, para él, sólo si la hipótesis tiene consecuencias observacionales, que permiten ponerla a prueba mediante la operación de contrastación, entonces es científica. Si la contrastabilidad está vedada, la hipótesis toma un carácter más especulativo porque se carece de procedimientos para controlarla, lo cual la vuelve metafísica. En ciertas ocasiones, Popper pone un énfasis especial en la refutabilidad de las hipótesis y afirma que una hipótesis es científica si es refutable. Esto significa que, ante una hipótesis, se debe poder indicar con precisión qué tendría que suceder para declararla refutada. No pretende afirmar que la hipótesis será refutada, sino que se debe estar en condiciones de describir situaciones en las cuales, durante su control, se la debería dar por refutada. Dicho de otro modo, la refutabilidad significa poder imaginar observaciones pertinentes que llevarían a declarar refutadas ciertas consecuencias observacionales de la hipótesis. Para ello es necesario que existan tales consecuencias; y, por tanto, decir que una hipótesis es contrastable o decir que es refutable son maneras, con énfasis diferentes, de afirmar que tiene consecuencias observacionales que permiten su control.

En muchos casos, una hipótesis o una teoría (conjunto de hipótesis) aparecen en virtud de un problema que hay que resolver. Para detallar todo lo que puede ocurrir en tal ocasión, se puede señalar una serie de etapas que describen en sucesión histórica distintos pasos de una investigación típica:
1) se hallan observaciones intrigantes, donde se capta que algo funciona de una manera diferente a la esperada o en forma desconcertante, como para dirigir la atención al caso;
2) se busca obtener, si es posible, más casos o datos observacionales, con el fin de asegurar que lo que llamó la atención se repite;
3) el problema es por qué existen esos casos intrigantes recogidos en la etapa 2 y cuál es la causa de que se presente tal fenómeno
4) el investigador formula una hipótesis que trata de resolver el problema planteado en la etapa anterior (entre las etapas 3 y 4 deberían señalarse una serie de subetapas en las que influyen procesos psicológicos, presiones sociales y prejuicios ideológicos responsables de que el investigador hayan elegido esa hipótesis y no otra)
5)  una vez formulada la hipótesis corresponde deducir nuevos enunciados
6) resultan de la etapa 5 las hipótesis derivadas
7)  se obtiene consecuencias observacionales, si es que la hipótesis las posee
8) se trata de obtener observaciones pertinentes
9) conduce a decidir si hubo corroboración o bien refutación de la hipótesis formulada en la etapa 4: si se obtiene refutación, la hipótesis debe ser abandonada; en cambio, si lo que se obtiene es corroboración, el proceso histórico debería proseguir. 10) obtención de nuevas observaciones pertinentes
11) nueva corroboración de la hipótesis o su refutación; y así sucesivamente mientras exista corroboración: si en alguna etapa aparece una refutación, el proceso termina con la eliminación de la hipótesis, sino, debería continuar indefinidamente

Después de la etapa 10, en que la comunidad científica acepta una hipótesis o una teoría (lo cual no significa que la considere epistemológicamente verificada, sino “justificada con fines prácticos y hasta nuevo aviso”) acontece lo que, en forma resumida, se puede llamar su contrastación tecnológica, clínica o práctica.


Epistemología alternativa I: Kuhn

En la década del ‘60 se publicaron libros y artículos que pasaron a formar parte de lo que se denominó la “nueva epistemología”. El más popular de los “nuevos epistemólogos” es Thomas S. Kuhn, cuyo libro de 1962, La estructura de las revoluciones científicas, imprimió un giro copemicano a la epistemología contemporánea y la desplazó de su posición logicista tradicional a otra de carácter más sociologista y vinculada con la historia de la ciencia. Kuhn comenzó su carrera como físico, pero luego, por razones circunstanciales, se interesó por la historia de la ciencia, momento en el que advirtió que lo que había sucedido en los períodos más característicos del desarrollo de la ciencia no parecía corresponder exactamente a lo que los epistemólogos tradicionales le habían enseñado.

Kuhn desarrolla su propuesta en relación con las ciencias físicas y químicas, y muy poco en relación con la biología o las ciencias sociales. Según Kuhn, hay que distinguir en el desarrollo de las ciencas etapas que luego se repiten cíclicamente. En la etapa 1, que puede llamarse precientífica no puede decirse que una determinada ciencia se haya constituido de una manera normal. Hay que admitir que en esta etapa existen investigadores, estudiosos y hombres de ciencia, que toman en consideración ciertos problemas y tratan de resolverlos. Habrá distintos enfoques y escuelas para el abordaje de tales problemas, pero lo que ocurre es que no existe consenso ni unanimidad en la comunidad constituida por las personas dedicadas a tales menesteres. De hecho, se trata de individuos aislados que tienen poca comunicación entre sí. Cada uno de ellos tiene su propio equipo de conceptos para elaborar sus hipótesis, su particular lenguaje y su peculiar valoración en cuanto a la importancia o trivialidad de los problemas que analizan.: al ser conceptuados de modo no coincidente, recortan el universo en unidades, objetos, propiedades y relaciones de naturaleza muy diversa. A esto se agrega que tampoco son comunes los instrumentos de los que dispone cada científico para sus investigaciones.

En esta etapa, gran parte del esfuerzo que los científicos destinan a argumentar y discutir con otros consiste en tratar de persuadir al contendor de que los fundamentos en los que se apoyan para su actividad son los únicos válidos. La discusión científica es fundamentalmente de naturaleza filosófica. Las dificultades en combatir el anarquismo correspondiente a esta etapa se advierten con claridad en el campo de las ciencias sociales, en el que se comprueba la existencia de una enorme cantidad de discusiones sobre fundamentos, principios y orientaciones generales entre las distintas escuelas e investigadores.

A través de su experiencia con los científicos sociales, Kuhn creyó encontrar los conceptos claves que podían revelar cuál es el motor histórico que permite a la ciencia atravesar distintas etapas. Luego de aquella etapa 1 de preciencia se accedería a la segunda “etapa del logro" (etapa 2). De pronto, un científico, debido a circunstancias que pueden variar según el contexto histórico, realiza un descubrimiento, escribe un tratado, diseña un instrumento o artefacto, acuña un nuevo concepto o formula una teoría que tiene un peculiar éxito para resolver problemas no resueltos por los individuos o las escuelas aisladas de la etapa precientífica. Este éxito desencadena, casi inmediatamente la “etapa de conversión” (etapa 3), en la que, paulatinamente, la comunidad científica que corresponde a la disciplina científica se convence o persuade de lo adecuado del logro obtenido en la segunda etapa.

El proceso de conversión puede continuar hasta que desaparecen todos los científicos portadores de las posiciones anteriores. El consenso caracteriza a la etapa 4 de “ciencia normal”. La labor científica se hace mucho más potente y expeditiva en esta etapa que en las etapas anteriores. Aquí Kuhn introduce el concepto de paradigma, que parecería ser el logro que motiva la transición de la etapa 1 a la etapa 4. El paradigma estaría caracterizado por el aporte científico que motivó el cambio, y el “estilo de trabajo” adoptado por la comunidad científica en imitación y reflejo de aquel empleado por el científico que consiguió el logro. Un paradigma sería un logro científico consensualmente adoptado por una comunidad científica como guía sistemática para la realización de sus tareas, logro que posibilita la práctica normal de la ciencia. La expresión clave es “logro científico”, indicativa de que no cualquier aporte adoptado por unanimidad constituye un paradigma en el sentido que interesa a la epistemología y a la historia de la ciencia, sino porque tiene peculiar eficacia para resolver problemas.

El estado de ciencia normal, realizado con la guía de un paradigma, es deseable porque garantiza una eficacia que en la etapa 1 no se había alcanzado. En esta etapa la ciencia muestra, como empresa comunitaria, un éxito en la resolución de problemas que otras empresas no tienen, lo cual pone en evidencia lo que el paradigma implica, como motor de la investigación, para la actividad científica.

Una característica del paradigma, según Kuhn, es su invisibilidad. Para recurrir a una metáfora: una persona que utiliza anteojos mira a través de ellos, pero no los utiliza para mirarlos. Si se está contemplando la realidad a través de un paradigma, se observan entidades y situaciones a través de él, pero no se tomará conciencia del mismo mientras se investiga. Salvo que haya una situación de crisis, nadie tiene interés en discutir el paradigma porque el paradigma está fuera de cuestión: una vez adoptado, él es la llave maestra para la inspección del mundo.

Cuando se constituye un paradigma, el descubrimiento de un hecho es un “logro” si y sólo si implica, de alguna manera, la necesidad de cambiar de teoría. Ahora, Kuhn no identifica al paradigma con la teoría, pues el paradigma implica todo un sistema de conceptos, de articulación de la experiencia, de métodos y de valores. Admite, sin la menor duda, que en el curso de la investigación normal se proponen hipótesis y se realizan contrastaciones; pero, a diferencia de Popper, no considera asunto de ética científica la contrastación indefinida de una teoría con el fin de agredirla en la búsqueda de refutaciones. Porque, para Kuhn, tal cosa no acontece en la práctica científica real.

Entonces, en cuanto a su noción de paradigma, la posición kuhniana es fundamentalmente sociologista, pues lo concibe como una estructura en la que, parcialmente, puede haber elementos lógicos, pero que es adoptada por la comunidad científica por un peculiar tipo de conducta social, el consenso o compromiso. La aceptación del paradigma y la unanimidad con que se lo utiliza en las investigaciones científicas se alcanza por medio de una suerte de “iluminación” y no como consecuencia de una actividad crítica basada en argumentaciones lógico-empíricas. Kuhn no tiene, en el fondo, ningún prejuicio contra la aplicación de los métodos inductivos e hipotético deductivo en tanto éstos sean simples instrumentos para la investigación normal. Gran parte de la actividad científica, afirma, no se relaciona con la aplicación de métodos inductivos o del método hipotético deductivo, sino con el ajuste o articulación del paradigma. A primera vista, esta afirmación parecería contradecir aquella según la cual el paradigma es invisible, pero tal contradicción es sólo aparente. Porque, junto con el paradigma, se aceptan ciertas “fallas” en el mismo, pero se admite a la vez que podrán ser corregidas. Volviendo a la metáfora de los anteojos, se trataría, no de criticarlos sino de mantenerlos limpios por medio de una gamuza y así mejorar la visión. El científico kuhniano sería una especie de simpático oportunista capaz de utilizar múltiples recursos para lograr que el paradigma, al que no cuestiona, le brinde el máximo provecho y le permita resolver la mayor cantidad posible de problemas.

En la concepción de Kuhn, llega un momento en que los inconvenientes internos planteados por la experiencia dentro de un paradigma comienzan a generar una situación de tal naturaleza que acaban por provocar un colapso, ahora sí considerado como tal por razones externas. Ante tales inconvenientes, se originaría un proceso de crisis por el cual quienes practican una ciencia en el periodo de ciencia normal pueden, de pronto, sentir una insatisfacción acerca de lo que hacen, y ésta expresa un cuestionamiento respecto de toda una visión del mundo y de los instrumentos paradigmáticos que se están utilizando. En el método hipotético deductivo, estas etapas de crisis y de cambio son concebidas como resultado de refutaciones (versión simple) o de una serie de refutaciones que originan una “situación de escándalo” (versión compleja). Aquí habría cierta analogía entre la posición de Kuhn y la de Popper.

Esta etapa 5 “de las primeras anomalías” surge cuando algún aspecto de la investigación no puede ser articulado con el paradigma; aunque su naturaleza puede ser muy diversa. Puede tratarse del comportamiento anómalo de una situación experimental, de la inoperancia de un modelo planetario para predecir la posición de los astros o de un problema que, por la naturaleza lógica del mismo, debió haberse resuelto. Frente a tales inconvenientes, la actitud inicial de los científicos no consiste en cuestionar el paradigma, sino en denegarlos e ignorarlos.

Un ejemplo que cita Kuhn, a propósito de una investigación realizada por psicólogos, cuenta que a una serie de observadores se les entregó un mazo de naipes franceses previamente mezclado y se les solicitó que los inspeccionaran en busca de algo particular que pudieran advertir en las cartas. Realmente había en el mazo cartas anómalas que ordinariamente no existen, tales como un seis de corazones negro, un as de pique rojo o alguna figura que no coincide exactamente con las J, Q y K habituales. Curiosamente, en los primeros intentos ningún observador detectó en las cartas nada anormal. Pero en cuanto alguno de los sujetos de la experimentación advirtió una anomalía, inmediatamente las advirtió todas. En ciertos casos, algunos informaron que sospechaban la presencia de algo extraño, pero sin poder señalar en qué consistía, a la vez que manifestaban un estado de angustia y nerviosidad. Lo interesante aquí es que detectar una anomalía no parece tan fácil, sobre todo si disponemos de un “paradigma” que indica qué tipo de cartas existen en el mazo normal.

Los científicos, en muchas ocasiones, tienen la propensión a tomar el inconveniente como una mera perturbación y no como una falla de sus teorías. Kuhn afirma que en esta etapa 5 quien por primera vez señala una anomalía no tiene reconocimiento comunitario. La actitud general de los miembros de la comunidad científica frente al episodio es declarar que el denunciante es un mal científico porque no ha procedido según las normas del paradigma. Esta etapa 5 puede dar lugar a una etapa 6 en la que las anomalías se presentan con frecuencia y ya no se las puede denegar. Es una “etapa de crisis”, por cuanto la situación comienza a producir cierta insatisfacción. Sin embargo, el ingreso a las etapas 5 y 6 no involucra todavía el abandono del paradigma, a menos que la naturaleza y gravedad de las anomalías conduzca a una “etapa de emergencia”, que es la etapa 7. Esta ya, decididamente, pone en peligro al paradigma, que ahora es contemplado críticamente. El paradigma comienza a resquebrajarse en “subparadigmas” y se advierte una señal inequívoca de la crisis: empiezan a aparecer nuevamente las discusiones epistemológicas, las cuestiones de principio o de fundamento de la ciencia.

Curiosamente, hasta que no se produce una situación totalmente intolerable y aparece la propuesta de un nuevo paradigma, la comunidad científica, con mucha razón desde el punto de vista práctico, no abandona el paradigma en crisis. Sólo cuando de pronto algún científico realiza una transformación de la manera de pensar habitual, cambia conceptos, principios, modos de entender y valorar la experiencia y hasta el manejo de los instrumentos, puede comenzar la superación de la crisis: ha nacido un paradigma alternativo. Esta sería la etapa 8, una nueva “etapa del logro” que repite, aunque en una situación histórica distinta, lo que ocurrió en la etapa 2. A partir de aquí habrá una reiteración: este nuevo logro llevará a la etapa 9, una “nueva etapa de conversión” en que los partidarios del viejo paradigma se irán convirtiendo al nuevo; y cuando la conversión es general y se alcanza el estado de unanimidad y de consenso, se accede a la etapa 10, en que se practicará ciencia normal regida, esta vez, por el nuevo paradigma.

Las etapas 8, 9 y el comienzo de la 10 constituyen una “revolución científica”, el tercero de los conceptos centrales de la epistemología de Kuhn. Tal como él la describe, la historia de una ciencia consistiría en una etapa 1 de preciencia, seguida por un avance hacía la etapa 4 (propuesta de un paradigma, conversión, ciencia normal), y luego por un proceso que abarca desde la etapa 5 hasta el comienzo de la 10 (aparición de anomalías, crisis, revolución, propuesta de un nuevo paradigma, conversión al mismo y nuevo período de ciencia normal). La etapa 11 correspondería a la aparición de las primeras anomalías del nuevo paradigma, la 12 a la acumulación de las mismas, la 13 a una nueva situación de emergencia, y así sucesivamente, en ciclos que históricamente se reiterarían a través de períodos de ciencia normal interumpidos por revoluciones.


Kuhn y Popper

Al igual que Popper, Kuhn es discontinuistas. Porque Popper afirma en su teoría una suerte de “catastrofista”, al pensar que es natural, dada la elevada probabilidad de que todo esquema conceptual o teórico no coincida enteramente con la estructura de la realidad, que periódicamente acontezca el derrumbe de teorías de gran prestigio. No obstante, en el paradigma de Kuhn se hallan no sólo teorías, sino también todo un lote de conceptos, valoraciones, modos de entender, dividir y clasificar la experiencia y sus datos, etcétera, necesarios para la tarea de articulación. Como afirma Kuhn, cambiar de paradigma no es sólo cambiar un sistema de conjeturas, sino además alterar drásticamente la visión del mundo. Por otra parte, las ideas de Kuhn tienen mayor pertinencia histórica (o, al menos, más amplitud en su alcance) que el pensamiento popperiano, porque se puede analizar con ellas tanto las ciencias fácticas como el desarrollo de la matemática y de la lógica.

Un punto más parece separar a Kuhn de Popper. Para Popper, la experiencia no está ligada en principio a las teorías científicas y ni siquiera se la concibe como un fenómeno psicológico. Popper intenta, por diferentes razones, “despsicologizar” la noción de experiencia y llega a decir, por ejemplo, que la observación es una peculiar relación física de ubicación, situación mutua o contacto entre objetos físicos, uno de los cuales es el observador y el otro es lo observado. Desde el punto de vista de Kuhn, que no hace cuestión acerca de la naturaleza metafísica u ontológica de la observación, lo importante es que la experiencia no es un acontecimiento físico que, como tal, ocurre independientemente de un sistema de creencias u opiniones. Popper afirma que observar es colocarse en una peculiar relación física con otro objeto y que ello acontecerá independientemente de las teorías que sustente el observador; éstas, en todo caso, intervienen para permitir que el observador se coloque en la situación física apropiada. En cambio, para Kuhn, la experiencia sucede efectivamente en determinadas situaciones en que nosotros nos ubicamos ante las cosas; pero, en cierto sentido, lo que resulta de ello es un continuo dividido en partes discretas por el paradigma y nuestro pensamiento. Cada uno de esos sectores se corresponde con un concepto clasificatorio o una noción que, indudablemente, está relacionada con el paradigma.

La inconmensurabilidad de los paradigmas es la tesis kuhniana según la cual la forma en que el paradigma divide, clasifica y articula la realidad a través de la teoría central, el sistema de valores, el equipo de conceptos, el tipo de instrumentos empleados, etcétera, impide a los “no conversos” comprender qué discuten los “conversos” y viceversa, y por tanto dialogar, por carencia de un lenguaje común. Por tanto, el “no converso” no estará en condiciones de criticar, aceptar u objetar lo que sostiene el “converso”. De aquí resultaría que cada paradigma, hablando metafóricamente, se transforma en una suerte de compartimento estanco y no hay modo de salir de él para discutir con quien habita el compartimento vecino. Esta posición ha sido calificada por algunos de “irracionalista”.

Indudablemente, esta tesis “fuerte” de Kuhn conduce a consecuencias muy serias. Una de ellas es que no existiría un lenguaje básico o neutral con el cual se podrían desarrollar las discusiones lógicas y argumentativas que llevarían a adoptar uno otro paradigma. Cada especialista se hallaría, en cada momento histórico, encasillado en su propio paradigma, y por tanto podría hablarse de un universo de “conversos” y otro de “no conversos”. Estos últimos tienen la posibilidad de captar el nuevo paradigma, pero en cada caso particular se verá si el “no converso” se instala o no en la nueva galaxia que se le propone. Kuhn afirma incluso que, una vez concretada una revolución científica, quienes persisten en no adherir al nuevo paradigma serán considerados ajenos a la comunidad científica. La inconmensurabilidad de los paradigmas impediría la posibilidad de discusiones neutrales, pues un lenguaje “neutral” estaría inserto en una especie de paradigma absoluto desde el cual se podrían discutir los demás.

Prosiguiendo con el Kuhn “fuerte”, es oportuno mencionar que este epistemólogo considera que palabras como “realidad” no desempeñan papel alguno en ciencia. En tanto filósofo no niega que haya una realidad, pero considera que el científico discute los hechos tal como se le presentan a través de un paradigma. Por consiguiente, no hay para la ciencia una realidad entendida en sentido absoluto e independiente de la labor del científico. Kuhn lo dice, aproximadamente, en estos términos: “En toda revolución científica, el mundo deja de ser lo que era y pasa a ser otro mundo, un mundo nuevo”. Pero este aspecto del Kuhn “fuerte” introduce un grave problema. Kuhn sostiene que el concepto de “verdad” es totalmente inútil en ciencia. Porque no hay para la ciencia una realidad independiente del paradigma con la que se puedan comparar las proposiciones que se enuncian: no se puede abandonar el paradigma para captar la realidad con la que se quiere comparar los enunciados, lo cual aniquila la concepción semántica de la verdad, aquella de Aristóteles.

Más alarmante es la posición que el Kuhn “fuerte” tiene con respecto de la idea de progreso. Porque no parece que se pueda concebir algo semejante al progreso, entendido como un acercamiento por proximaciones sucesivas a la realidad. Kuhn sólo aceptaría que el desarrollo de la ciencia es una secuencia histórica en la cual, a través de revoluciones científicas, los paradigmas se sustituyen por otros “mejores”. Esta valoración surgiría de la comparación entre el éxito de la ciencia normal regida por un paradigma y el de la ciencia normal regida por el siguiente. Aquí “mayor éxito” significaría mayor eficacia en la resolución de problemas, teóricos o prácticos.


Epistemología alternativa II: Lakatos

Imre Lakatos nació en Hungría, estudió filosofía con Georg Lukács y ejerció funciones administrativas y de investigador durante un período en el cual sostuvo las tesis oficialistas del régimen comunista. A principios de los años 50 estuvo en prisión y en 1956 huyó de su país y se doctoró en Cambridge. Proveniente del marxismo, se convirtió en un furioso antimarxista. Se llamaba en realidad Samuel Lipsitz, pero adoptó el seudónimo que empleara durante su participación en la resistencia antinazi. (“Lakatos” significa candado). En Berkeley sostuvo intensas discusiones con Feyerabend, a raíz de las cuales se desafiaron mutuamente a exponer por escrito sus puntos de vista.

En un comienzo, Lakatos fue discípulo de Popper. Sin embargo, sus escritos manifiestan la extraña paradoja de comenzar apoyándose en ideas que atribuye a Popper para desarrollar, a continuación, tesis tales en las que el pensamiento popperiano parece quedar anulado por argumentos incontestables. En todo caso, la obra de Lakatos se relaciona con el método hipotético deductivo en versión compleja.

La unidad de análisis de Lakatos es lo que llama un “programa de investigación”, noción que tiene a la vez componentes sociológicos y lógicos, y que parece haberse originado en una conjunción de aspectos kuhnianos y popperianos. Su artículo más importante, “El falsacionismo y la metodología de los programas de investigación” fue publicado en 1970, en la antología La crítica y el desarrollo del conocimiento científico.

Un programa de investigación semeja, en cierto sentido, un contrato por el cual una comunidad científica (no toda ella, sino un grupo determinado) decide proceder, en sus investigaciones y en la exposición de las mismas, según un estilo y procedimientos particulares. En primer lugar, el programa se apoya en una teoría o en varias, que la comunidad científica se compromete a no alterar ni abandonar. De acuerdo con los términos del contrato, las hipótesis de esta teoría no se modificarán “cueste lo que cueste”, lo cual implica ya una decisión bastante “fuerte” en cuanto al uso del método hipotético deductivo en versión compleja. Seguramente habrá inconvenientes con ella, pero se supone que se los podrá remediar, por ejemplo, introduciendo cambios en las hipótesis auxiliares o, incluso, discutiendo el carácter de la experiencia como fuente genuina de observaciones que merezcan ser tenidas en cuenta.

La teorías centrales que los partidarios del programa están dispuestos a defender se denominan el “núcleo duro” (hard core) de tal programa. El núcleo duro esta rodeado por lo que se denomina un “cinturón de seguridad”, conjunto de hipótesis auxiliares potenciales que se almacenan con el fin de emplearlas toda vez que sea necesario, en ocasiones en que el núcleo duro sea víctima de una aparente refutación. En tal sentido, el cinturón protege de las refutaciones a la teoría central del programa y permite que la investigación prosiga sin necesidad de poner a aquélla en duda. Lakatos llama “heurística positiva” a la estrategia por la cual se inventan, de antemano, más y más hipótesis auxiliares protectoras del núcleo, y “heurística negativa” a la decisión metodológica de proteger la teoría central por medio de oportunas hipótesis de esa naturaleza.

Si el contrato de esa comunidad científica no se pone en duda, el proceso puede proseguir indefinidamente, ya que no existe un término final para semejante encadenamiento de etapas desde el punto de vista lógico. Lo que ocurrirá, tarde o temprano, es que proseguir indefinidamente por este camino puede ser experimentado como una tarea estéril, con lo cual acontecerá una “situación de escándalo” que obligará a cambiar de programa, lo cual implica modificar el núcleo duro. Lakatos supone la ocurrencia de una situación competitiva en la que hay dos programas en disputa y entonces resulta que uno de ellos se muestra más eficaz para resolver problemas que el rival. Aquí no se presenta la dificultad kuhniana de que los problemas sólo pueden ser contemplados internamente dentro de cada paradigma. Lakatos acepta que hay un lenguaje ordinario con el cual nos comunicamos independientemente del programa elegido, y por tanto podemos discutir acerca de la conveniencia de escoger entre uno u otro.

La cuestión de decidir entre programas de investigación se resuelve por consideraciones de eficacia y conveniencia. El programa más ventajoso en materia de descubrimientos y resolución de problemas es denominado por Lakatos “programa progresivo”, mientras que el otro, menos eficaz, merece el mote de “regresivo”. Lo que ocurre es que, cuando un progra¬ma llega decididamente a un estado regresivo, gran parte de la comunidad “rompe el contrato” y adhiere a uno nuevo, vinculado a la defensa de un nuevo núcleo duro y a un nuevo programa. Lakatos insiste, sin embargo, en la posibilidad de que, en algunas de las peripecias de la historia científica, un programa regresivo se vuelva de pronto progresivo. Un ejemplo de ello es la aceptación del programa heliocéntrico por Copérnico, propuesto en la antigüedad por el astrónomo alejandrino Aristarco de Samos sin repercusión en aquel entonces.

Lakatos reconoce que es habitual el cambio de hipótesis auxiliares y la decisión de proteger el núcleo duro, pero también admite que éste podría ser modificado por relaciones originadas en la experiencia. En algunos pasajes parece coincidir con Kuhn en cuanto a que la experiencia no es absoluta y depende del marco teórico (aunque Kuhn hablaría aquí de dependencia de la observación con relación al paradigma). Pero, Lakatos piensa que un fenómeno conceptuado de cierto modo según el núcleo duro que orienta la investigación puede refutar otras hipótesis del núcleo a través de consecuencias que se deriven de ellas. Si un programa se vuelve regresivo, será en parte debido a que ciertas observaciones han mostrado la inoperancia del mismo, en el sentido de que las contradicciones entre teoría y observación no se pueden superar ni aun empleando las más sofisticadas hipótesis auxiliares.

Aunque la noción de “núcleo duro” es menos totalizadora y ceñida que la de “paradigma”, la manera en que Lakatos describe el comportamiento de la comunidad científica le debe mucho a Kuhn: ésta formula un compromiso contractual, adopta un núcleo y desarrolla el programa a partir de la terca admisión de que aquél es inviolable; luego se asiste a la competencia entre programas progresivos y regresivos, etcétera. En cambio Lakatos utiliza ideas popperianas cuando acepta que la investigación científica se lleva a cabo por medio de teorías, que precisamente la orientan, hasta que los inconvenientes obligan a modificarlas y cambiar el núcleo duro. Sin embargo, Lakatos cree que la razón por la cual se cambia un programa por otro no parece estar relacionada de manera directa con refutaciones, razonamientos y demás cuestiones argumentativas, sino, más bien, con cuestiones de eficacia y de capacidad de producción de conocimiento.

Lakatos propone una peculiar manera de concebir a la historia de la ciencia para realizar la tarea epistemológica, basada en su distinción entre lo que llama historia interna e historia externa de la ciencia. La “historia interna” de una disciplina o de una teoría científica incluye aquellas variables que se declaran pertinentes para el análisis de las cuestiones metodológicas viculadas, por ejemplo, a un cambio de teoría en un momento determinado. Pero hay otros factores que no provienen del mundo específico de la ciencia y que, sin embargo, pueden promover o impedir el cambio de teoría, a los quee Lakatos incluye en lo que llama “historia externa”. A este ámbito pertenecería las ideologías, los prejuicios y en general ciertos factores culturales, económicos y sociales.


Epistemología alternativa III: Feyerabend

Paul Feyerabend acabó constituyendo en el ámbito de a filosofía de la ciencia una posición tan extrema y opuesta que merece el apelativo, por él empleado, de “anarquismo metodológico”. Cabe destacar que, en un principio, Feyerabend comenzó siendo también una suerte de popperiano disidente e inquieto por los problemas epistemológicos que plantea la física moderna, y por ello conviene dividir la evolución de su pensamiento en dos etapas. La primera es aquella en que se lo puede ubicar como un crítico original de las tradiciones surgidas del rígido empirismo del Círculo de Viena, de las tesis hipotético deductivistas o de la teoría hempeliana de la explicación científica. La segunda, en la que drásticamente acepta su “anarquismo metodológico”, está ligada al texto Contra el método. En un libro posterior, La ciencia en una sociedad libre, persistió en sus críticas, ya no contra la metodología científica tradicional, sino también contra la ciencia misma y la comunidad científica por entero.

El primer Feyerabend critica la manera tradicional de diseñar el método hipotético deductivo, la noción de teoría y la objetividad popperiana de la base empírica. Feyerabend acepta que el desarrollo científico está ligado a la noción de teoría y a la aparición en la historia de la ciencia de un encadenamiento de teorías en que algunas suceden a otras por ser más adecuadas. Sin embargo, propone una alteración al método hipotético deductivo: en lugar de implementar para cada teoría un proceso de contrastación continua, que puede acabar inesperadamente en una refutación o proseguir sin límites en un encadenamiento infinito de corroboraciones sucesivas, Feyerabend propone su puesta a prueba por competencia. Frente a una nueva teoría, o a una vieja teoría sometida a crítica, lo que se debe hacer en primera instancia es enumerar todas las teorías alternativas que en principio pudieran explicar los mismos fenómenos problemáticos.

Si de la competencia surgiese que algunas de las alternativas son más adecuadas que la propuesta, ésta no adquiriría su carta de ciudadanía científica. En caso contrario, dada la notable ventaja expuesta por la nueva teoría en aspectos explicativos, predictivos y prácticos frente a las alternativas, se justificaría de un modo racional la persistencia en su empleo. Esta idea de competencia entre teorías, según Feyerabend, supone un criterio de justificación mucho más amplio y rico que el mero análisis de una teoría aislada y su comparación constante con la realidad. S

La segunda contribución de este primer Feyerabend es haber insistido en que no existen datos empíricos independientes de las teorías científicas. Además, Feyerabend piensa que el vocabulario de una teoría científica adquiere su sentido por las relaciones mutuas entre las nociones con las que se constituye el lenguaje de aquélla. Dicho de otra manera, cada teoría emplea un vocabulario propio y el sentido de este vocabulario aparece definido o constituido por las relaciones entre los términos empleados impuestos por las propias hipótesis de la teoría. También supone que todas las palabras, no solamente las teóricas sino además las del vocabulario empírico, adquieren sus propiedades semánticas por la estructura interna de la teoría tal como las imponen sus hipótesis fundamentales. Pero, si esto es así, ¿cómo pueden ser comparadas las teorías?

Para el segundo Feyerabend, la clave del método científico y de la teoría del conocimiento en general reside en que, frente a todo conjunto de proposiciones admitidas momentáneamente como cuerpo de conocimiento, el primer paso metodológico a seguir es negarlas. Esta especie de recurso dialéctico, que Feyerabend parece haber tomado de Hegel, se fundamentaría en la convicción de que, como toda teoría resulta a la larga parcial o totalmente equivocada y no refleja la realidad, es conveniente negarla en virtud de que así se ofrecerían vías diferentes y enriquecedoras de pensamiento y de conceptuación. Puesto que en materia metodológica han fracasado todos los intentos de ceñir los procedimientos de la ciencia a un molde conceptual preciso y definido, todo proceder es adecuado en asuntos científicos, y por ello Feyerabend afirma: anything goes (“todo vale”).

La negación metódica no significa haber probado la tesis contraria a aquella que estamos negando. En tal sentido, el escepticismo metodológico es, curiosamente, una defensa en contra del dogmatismo, una precaución que se debe tomar para que el hecho de adoptar una teoría o un sistema de creencias no haga olvidar que, si así se ha procedido, es porque su negación, hasta el momento, no ha proporcionado nada mejor.        

Esta posición nihilista de Feyerabend se agrava cuando subraya que las teorías y los cuerpos de conocimientos son la expresión de una de las tantas comunidades presentes en la sociedad, la comunidad científica. Con resonancias de Nietzsche, Feyerabend entiende como reivindicaciones en favor de la democracia y de la libertad el señalar que la comunidad científica es “una más” de las tantas, cada una identificada por sus sistemas de valores, por su práctica y por su modo particular de insertarse en la sociedad. Aquí Feyerabend pone el énfasis en aspectos de la actividad científica que considera negativos y que, a su juicio, provienen del equívoco status que la sociedad actual ha otorgado a la ciencia. No sólo le atribuye a ésta el haber producido instrumentos que al ser aplicados a la tecnología han llevado a usos alarmantes y perjudiciales para la especie humana, sino también el haber desarrollado entre los científicos el propósito oculto de conservar beneficios económicos ligados a su prestigio: las tecnologías contemporáneas han sido utilizadas prioritariamente para crear focos de belicismo y para ampliar la coerción social. En una sociedad libre a la Feyerabend, se pondría coto a las investigaciones científicas y se redistribuirían los recursos nacionales para que médicos alternativos y otros ciudadanos pudiesen tener su oportunidad gnoseológica y práctica.



Síntesis de: KLIMOVSKY, Gregorio, Las desventuras del conocimiento científico. Una introducción a la epistemología, Buenos Aires, A-Z Editora, 1997