domingo, 31 de mayo de 2015

Filosofía y cristianismo



 
 

El mensaje bíblico

Toda historia de la filosofía de la Edad Media presupone la decisión de abstraer esta filosofía del medio teológico en que ha nacido. Por esto, no hay por qué sorprenderse de las incesantes referencias que se hacen a problemas propiamente teológicos. La religión cristiana ha entrado en contacto con la filosofía en el siglo II, desde el momento en que hubo conversos de cultura griega. Pero el Cristianismo es una religión y, al usar ciertos términos filosóficos para expresar su fe, los escritores sagrados cedían a una necesidad humana, pero sustituían el antiguo sentido filosófico de estos términos por un sentido religioso nuevo. Es este sentido el que se les debe atribuir cuando se les encuentre en libros cristianos.

Reducida a lo esencial, la religión cristiana se fundaba sobre la enseñanza de los Evangelios, es decir, sobre la fe en la persona y en la doctrina de Jesucristo. Los Evangelios de Mateo, Lucas y Marcos anuncian al mundo una “buena nueva”. Porque ha nacido un hombre en circunstancias maravillosas: se llamaba Jesús; ha enseñado que era el Mesías anunciado por los profetas de Israel, e Hijo de Dios, y lo ha demostrado con sus milagros. Este Jesús ha prometido el advenimiento del reino de Dios para todos aquellos que se preparen a él con la observancia de sus mandamientos: el amor al Padre que está en los cielos; el amor mutuo de los hombres, hermanos desde ahora en Jesucristo e hijos del mismo Padre; la penitencia de los pecados; la renuncia al mundo y a todo lo que es del mundo, por amor al Padre sobre todas las cosas. El mismo Jesús ha muerto en la Cruz para redimir a los hombres; su resurrección ha demostrado su divinidad, y vendrá de nuevo, al fin de los tiempos, para juzgar a los vivos y a los muertos y reinar con los elegidos en su reino. Ni una palabra de filosofía en todo esto. Es una doctrina de salvación.


Los libros de la Biblia

Biblia en griego significa “libros”. Los libros de la Biblia se dividen en dos grandes grupos: a) los del Antiguo Testamento (redactados del -1300 al 100); b) los del Nuevo Testamento (del siglo I), centrados exclusivamente en el nuevo mensaje de Cristo. Los libros del Antiguo Testamento que la Iglesia católica reconoce como canónicos (que contienen la regla a la cual debe atenerse el creyente, en lo que concierne a las verdades de fe) son 46. Este canon, que ya se había consolidado entre los cristianos del siglo IV, fue ratificado por el Concilio de Trento. En cambio, los protestantes adoptaron el canon hebreo. Los judíos sólo admitieron 36 libros, dividiéndolos en Torah, Profetas y Libros, excluyendo a Tobías, Judit, Macabeos I y II, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc, e incluso una parte de Daniel, que son libros redactados originariamente en lengua griega.

Los libros del Nuevo Testamento reconocidos como canónicos son 27. , y se dividen de la siguiente forma. En la actualidad los expertos suelen considerar que la Carta a los Hebreos no fue escrita por Pablo. Los textos de la Biblia fueron redactados en hebreo, una parte reducida en arameo (dialecto hebreo) y en griego (algunos textos del Antiguo Testamento y todo el Nuevo; sólo el Evangelio de Mateo fue redactado en arameo y luego se tradujo al griego). Dos traduccio¬nes fundamentales han tenido una enorme importancia histórica. La traducción al griego de todo el Antiguo Testamento, llamada de los Setenta y que se inició en Alejandría bajo el reinado de Ptolomeo Filadelfo (-285 a -246). A partir del siglo II, la Biblia se tradujo también al latín. La traducción realizada por san Jerónimo entre el 390 y el 406 fue la que se impuso oficialmente por la Iglesia, y es conocida con el nombre de Vulgata.

Testamento es una traducción del griego diatheke e indica el pacto o alianza que Dios ofreció a Israel. En este pacto la iniciativa es unilateral, porque fue Dios quien lo ofreció, por pura benevolencia, como un don gratuito. En Génesis 9, después del diluvio, Dios dice a Noé y a sus hijos: “He aquí que yo establezco mi alianza con vosotros, y con vuestra futura descendencia, y con toda alma viviente que os acompaña... Establezco mi alianza con vosotros, y no volverá nunca más a ser aniquilada toda carne por las aguas del diluvio, ni habrá más diluvio para destruir la tierra”.

En Éxodo 24 se hace referencia a la alianza del Sinaí entre Dios e Israel, que iba a durar hasta la venida de Cristo: “Vino, pues, Moisés y refirió al pueblo todas las palabras de Yahvéh y todas sus normas. Y todo el pueblo respondió a una voz: ‘Haremos todo cuanto ha dicho Yahvéh’. Entonces escribió Moisés todas las palabras de Yahvéh; y, levantándose de mañana, alzó al pie del monte un altar y doce estelas por las doce tribus de Israel. Luego mandó a algunos jóvenes, de los hijos de Israel, que ofreciesen holocaustos e inmolaran novillos como sacrificios de comunión para Yahvéh. Tomó Moisés la mitad de la sangre y la echó en vasijas; la otra mitad la derramó sobre el altar. Tomó después el libro de la alianza y lo leyó ante el pueblo, que respondió: ‘Obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho Yahvéh’. Entonces tomó Moisés la sangre, roció con ella al pueblo y dijo: ‘Ésta es la sangre de la alianza que Yahvéh ha hecho con vosotros, según todas estas palabras”.

Y en el profeta Jeremías (31ss) se halla la promesa de una nueva alianza (la que debía ser inaugurada por Cristo): “He aquí que días vienen en que yo pactaré con la casa de Israel (y con la casa de Judá) una nueva alianza: no como la alianza que pacté con sus padres, cuando les tomé de la mano para sacarles de Egipto; que ellos rompieron mi alianza, y yo hice escarmiento en ellos. Sino que ésta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días: pondré mi ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que adoctrinar más el uno a su prójimo y el otro a su hermano, diciendo: ‘Conoced a Yahvéh’, pues todos ellos me conocerán del más chico al más grande cuando perdone su culpa y de su pecado no vuelva a acordarme”.

El autor de la Carta a los Hebreos (9,11) explica así el sentido que posee el nuevo testamento y la nueva alianza, ratificada con la venida de Cristo: “Pero presentándose Cristo como sumo sacerdote de los bienes futuros, a través de una tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo, penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Pues si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo! Por eso es mediador de una nueva alianza, para que, interviniendo su muerte para redención de las transgresiones de la primera alianza, los que han sido llamados reciban la herencia eterna prometida. Pues donde hay testamento se requiere que conste la muerte del testador, ya que el testamento es válido en caso de defunción, no teniendo valor en vida del testador. Así tampoco la primera alianza se inauguró sin sangre. Pues Moisés, después de haber leído a todo el pueblo todos los preceptos según la ley, tomó la sangre de los novillos y machos cabríos con agua, lana escarlata e hisopo, y roció el libro mismo y a todo el pueblo diciendo: ‘Esta es la sangre de la alianza que Dios ha ordenado para vosotros’. Igualmente roció con sangre la tienda y todos los objetos del culto; pues según la ley, casi todas las cosas han de ser purificadas con sangre, y sin efusión de sangre no hay remisión”. En Mateo (26,27), Cristo pronuncia estas palabras: «Tomó luego un cáliz y, dadas las gracias, se lo dio diciendo: “Bebed todos de él, porque ésta es mi sangre de la alianza (diatheke), que va a ser derramada por muchos para perdón de los pecados”.

El cristiano debe aceptar el Antiguo Testamento. Y Cristo fue categórico a este respecto: “No creáis que yo haya venido para abolir la Ley o los Profetas. En verdad os digo: pasarán el cielo y la tierra, pero no pasará ni una tilde ni un ápice de la Ley, hasta que todo se cumpla. El que viole uno solo de estos mandamientos, aunque sea el más pequeño, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será considerado el más pequeño en el reino de los Cielos”. Pero a muchos (como a los gnósticos) les pareció que el Dios de justicia del Antiguo Testamento les pareció a algunos que era diferente.al Dios de amor del Nuevo.


La palabra de Dios

En numerosos textos de la Biblia se hace referencia a la inspiración divina y a la orden de escribir formulada por el mismo Dios. En el libro del Éxodo puede leerse: “Yahvéh dijo a Moisés: ‘Escribe estas palabras...”. En Isaías (30,8) se afirma: “Ahora ven, escríbelo en una tablilla, grábalo en un libro...”. Juan, al comienzo del Apocalipsis (l,9ss), se expresa así: “Yo, Juan, vuestro hermano y compañero de la tribulación, del reino y de la paciencia en el sufrimiento en Jesús, me encontraba en la isla llamada Patmos, a causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús. Caí en éxtasis un día del Señor, y oí detrás de mí gran voz, como de trompeta, que decía: ‘Escribe en un libro lo que veas y envíalo a las siete iglesias...”.

En cuanto a la inspiración procedente de Dios, se lee en Jeremías: “Tú serás como mi boca”. En la Segunda carta de Pedro (1,20) se dice: “Pero, ante todo, tened presente que ninguna profecía de la escritura puede interpretarse por cuenta propia; porque nunca profecía alguna ha venido por voluntad humana, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo han hablado de parte de Dios”. Lucas (24,27) escribe que el Mesías, “empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las escrituras”. Y Pablo vuelve a reiterar: “Toda escritura está divinamente inspirada”.
Los mandamientos, además, han sido escritos directamente por Dios. En Éxodo, 24,12, se lee: “Dijo Yahvéh a Moisés: ‘Sube hasta mí, al monte; quédate allí, y te daré las tablas de piedra -la ley y los mandamientos- que tengo escritos para su instrucción”. Y en 34,1: “Dijo Yahvéh a Moisés: ‘Labra dos tablas de piedra como las primeras, sube donde mí, al monte y yo escribiré en ellas las palabras que había en las primeras que rompiste”.

La Biblia se presenta como palabra de Dios. Como tal, su mensaje es objeto de fe. Quien pretenda poner la fe entre paréntesis y leer la Biblia como científico puro, igual que se lee un texto de Platón o de Aristóteles, llevaría a cabo una operación contraria al espíritu de dicha escritura. La Biblia cambia de significado según sea leída creyendo que se trata de la palabra de Dios, o no creyéndolo. Pero el mensaje bíblico condicionó un horizonte imposible de relegar a segundo plano.


Dios creador

La filosofía griega había llegado a concebir la unidad de lo divino como la unidad de una esfera que por esencia admitía en su propio ámbito una pluralidad de entidades, de fuerzas y de manifestaciones, con grados y planos jerárquicos diferentes. No había llegado a concebir la unicidad de Dios. Pero con la difusión del mensaje bíblico en Occidente, se impone la noción de un Dios uno y único: “No tendrás otro Dios que no sea Yo”. Así, nace una nueva y radical concepción de la trascendencia y se elimina cualquier posibilidad de considerar como divino en el sentido fuerte del término a ninguna otra cosa (como los astros). La Biblia rechaza en bloque toda forma de politeísmo y de idolatría.

Por otra aprte, el mensaje bíblico habla de creación, se trata de un Dios creador: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Y los creó a través de su palabra. Dios dijo, y las cosas fueron. Al igual que las demás cosas del mundo, Dios creó directamente también al hombre: “Dios dijo: ‘Hagamos al hombre...”. Dios no se sirvió de algo preexistente, como el demiurgo platónico, ni tampoco se valió de intermediarios en la creación. Todo lo produjo de la nada. Dios crea libremente, mediante un acto de su voluntad, por causa del bien. Produce las cosas como un don gratuito. Lo creado es algo positivo. “Y vio Dios que era bueno”. La definición que Dios da de Sí mismo a Moisés, “Yo soy el que soy”, será interpretada en cierto sentido como la clave para entender ontológicamente la doctrina de la creación: Dios es el ser por su misma esencia, y la creación es una participación en el ser. Dios es el ser, y las cosas creadas tienen ser, pero no lo son (porque lo han recibido por participación).


El pecado y el amor cristiano

En la Biblia el hombre no es considerado como un elemento del cosmos, sino como una privilegiada criatura de Dios, hecha a imagen del mismo Dios y, por lo tanto, dominadora y señora de todas las demás cosas creadas por Dios. En el Génesis se lee: “Dijo Dios: “Hagamos al hombre a imagen nuestra, según nuestra semejanza, y domine en los peces del mar, en las aves del cielo, en los ganados y en todas las alimañas, y en toda sierpe que serpea sobre la tierra”. Y más adelante: “Entonces Yahvéh formó al hombre con polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente”. Puesto que el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios, debe esforzarse por todos los medios para asemejarse a El, pero no por medio del intelecto. Asemejarse a Dios, santificarse, significa hacer la voluntad de Dios, esto es, querer lo que quiere Dios. Y es esta capacidad de hacer libremente la voluntad de Dios lo que eleva al hombre por encima de las cosas.

La noción de un Dios que prescribe una ley moral (un Dios legislador) también es algo ajeno a todos los filósofos griegos. El Dios bíblico entrega al hombre la ley como mandato. Primero la impuso directamente a Adán y Eva: “Y Dios impuso al hombre este mandamiento: ‘De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio”. Más tarde, Dios escribe directamente los mandamientos. La virtud (el supremo bien moral) consiste en la obediencia a los mandamientos de Dios, y esta obediencia coincide con la santidad, virtud que la visión naturalista de los griegos colocaba en segundo plano. Por el contrario, el pecado (el supremo mal moral) consiste en una desobediencia a Dios, y se dirige contra Dios, al ir en contra de sus mandatos. La vida de Cristo, su pasión y su muerte, se desarrollan por completo bajo el signo de hacer la voluntad del Padre que lo ha enviado. También en el Nuevo Testamento, el objetivo supremo de la vida (el amor de Dios) coincide con cumplir la voluntad de Dios, con seguir a Cristo que ha llevado a cabo a la perfección dicha voluntad.

El pecado original, al igual que cualquier otro pecado, constituye una desobediencia, la desobediencia al mandato original de no comer el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. La raíz de esta desobediencia fue la soberbia del hombre, el no tolerar ninguna limitación, el rechazar los vínculos del bien y del mal (los mandatos), y por lo tanto, querer ser como Dios. A la culpa de Adán y Eva le sigue, en calidad de castigo divino, la expulsión del Paraíso terrenal con todas sus consecuencias. Entran así en el mundo el mal, el dolor y la muerte, el alejamiento de Dios. Y en Adán pecó toda la humanidad: con Adán, el pecado se introdujo en la historia de los hombres y, junto con el pecado, todas sus consecuencias.

Y así como la creación fue un don, al igual que fue un don la antigua alianza tantas veces traicionada por el hombre, la redención también constituyó un don, el más grande de todos. Dios se hizo hombre, y con su pasión y muerte redimió del pecado a la humanidad, y con su resurrección venció a la propia muerte, consecuencia del pecado. En la Carta a los romanos, Pablo escribe: “¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si nos hemos hecho una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya, también nos haremos por una resurrección semejante; sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado. Pues el que está muerto, queda exento del pecado. Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él. Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios. Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal de modo que obedezcáis a sus apetencias. Ni ofrezcáis vuestros miembros como armas de injusticia al servicio del pecado; sino más bien ofreceos vosotros mismos a Dios como muertos retornados a la vida; y vuestros miembros, como armas de justicia al servicio de Dios. Pues el pecado no dominará ya sobre vosotros, ya que no estáis bajo la ley sino bajo la gracia”.

La venida de Cristo, su pasión que sirvió para expiar el antiguo pecado que entró en el mundo con Adán, y su resurrección resumen todo el sentido del mensaje cristiano. El nuevo mensaje cristiano exige que el hombre coloque la fe por encima de la ciencia. Pablo en su Primera carta a los Corintios lo revela con toda claridad: “Pues el mensaje de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan es fuerza de Dios. Porque dice la escritura: ‘Destruiré la sabiduría de los sabios, y reprobaré la prudencia de los prudentes’. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el docto? ¿Dónde el sofista de este mundo? ¿Acaso no entonteció Dios la sabiduría del mundo? De hecho, como el mundo mediante su propia sabiduría no conoció a Dios en su divina sabiduría, quiso Dios salvar a los creyentes mediante la necedad de la predicación. Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles: mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres. ¡Mirad, hermanos, quiénes habéis sido llamados! No hay muchos sabios según la carne ni muchos poderosos ni muchos de la nobleza. Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo, para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es. Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios. De él os viene que estéis en Cristo Jesús, al cual hizo Dios para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención, a fin de que, como dice la escritura: ‘El que se gloríe, gloríese en el Señor’. Yo, hermanos, cuando fui a vosotros, no fue con el prestigio de la palabra o de la sabiduría a anunciaros el testimonio de Dios, pues no me precié de saber entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado. Y me presenté ante vosotros débil, tímido y tembloroso. Y mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la sabiduría, sino que fueron una demostración del Espíritu y del poder para que vuestra fe se fundase, no en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios. Sin embargo, hablamos de sabiduría entre los perfectos, pero no de sabiduría de este mundo ni de los príncipes de este mundo, próximo a desaparecer; sino que hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra, desconocida de todos los príncipes de este mundo, pues de haberla conocido no hubieran crucificado al Señor de la Gloria. Más bien, como dice la escritura, anunciamos ‘lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman. Porque a nosotros nos lo reveló Dios por medio del Espíritu’, y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios. En efecto, ¿qué hombre conoce lo íntimo del hombre sino el espíritu del hombre que está en él? Del mismo modo, nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado, de las cuales también hablamos, no con palabras aprendidas de la sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales en términos espirituales. El hombre naturalmente no capta las cosas del Espíritu de Dios; son necedad para él. Y no las puede entender, pues sólo el Espíritu puede juzgarlas. En cambio, el hombre espiritual lo juzga todo; y a él nadie puede juzgarle. Porque ¿quién conoció el pensamiento del Señor para instruirle? Pero nosotros poseemos el pensamiento de Cristo”.

De este mensaje, que se aparta de todos los esquemas tradicionales, nace una nueva antropología (que había sido ampliamente anticipada por el Antiguo Testamento). El hombre ya no es simplemente cuerpo y alma, sino que se añade una tercera dimensión: cuerpo, alma y espíritu. El espíritu consiste precisamente en esta participación en lo divino a través de la fe, la apertura del hombre a la palabra divina y a la sabiduría divina, que le colman de una nueva fuerza y le otorgan en cierto sentido una nueva estatura ontológica.

El nuevo concepto bíblico de “amor” (agape) es de una naturaleza distinta al eros griego. En primer lugar, el amor no es un ascenso del hombre, sino un descenso de Dios hasta los hombres. No es algo adquirido, sino un don. No es algo provocado por el valor del objeto al que se dirige sino, al contrario, algo espontáneo y gratuito. Es Dios el que ama, y el hombre sólo puede amar en la dimensión del nuevo amor si lleva a cabo una radical revolución interior y asimila su propia conducta a la de Dios. El amor cristiano carece de límites, es infinito: Dios ama a los hombres hasta el sacrificio de la cruz; ama al hombre incluso en sus debilidades. Es precisamente en éstas cuando el amor cristiano revela su grandeza desconcertante. En el Evangelio de Marcos aparece esta respuesta que Cristo formula ante la pregunta de un escriba que quería saber cuál era el primero de los mandamientos: “El primero es: Escucha Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos”.

El Evangelio de Mateo ofrece estas concreciones adicionales sobre la carencia de límites del amor cristiano: “Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”. Pues yo os digo: “Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos.” Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publícanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial”.

De acuerdo con la nueva escala de valores, es preciso retornar a la sencillez y a la pureza del niño, porque el que sea primero según el juicio del mundo, será el último según el juicio de Dios, y viceversa. De este modo, la humildad se convierte en la virtud fundamental para el cristiano: el camino estrecho que permite entrar al reino de los cielos. Cristo añade asimismo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”. Para el filósofo griego esto resultaba sencillamente incomprensible. Y caía por su base el ideal supremo del sabio helenístico que había comprendido la vanidad del mundo y de todos los bienes externos y del cuerpo, pero que se atribuía a sí mismo la certidumbre suprema, proclamándose autárquico, absolutamente autosuficiente y capaz de alcanzar por sí solo el fin último. Este ideal del hombre griego, que había creído con una extremada firmeza en sí mismo, más que en todas las cosas exteriores, era sin duda un ideal noble; pero el mensaje evangélico lo convierte en ilusorio, de una manera categórica. La salvación no puede venir de las cosas, pero tampoco de uno mismo.


Resurrección e historia

La noción de alma es una creación griega, pero en los textos sagrados el término no aparece en sus acepciones griegas. El cristianismo no niega que, al morir el hombre, sobreviva algo de él: al contrario, afirma expresamente que los muertos son acogidos en el seno de Abraham. Sin embargo, el cristianismo no insiste para nada en la inmortalidad del alma, sino en la resurrección de los muertos. Éste es uno de los signos distintivos de la nueva fe. Y la resurrección implica que también el cuerpo vuelva a la vida. Precisamente esto debía constituir un gravísimo obstáculo para los filósofos griegos: les parecía absurdo que aquel cuerpo que ellos consideraban como obstáculo y fuente de todas las negatividades y todos los males, tuviese que renacer. La reacción de algunos estoicos y epicúreos ante el discurso pronunciado por Pablo en el Areópago de Atenas resulta muy elocuente. Escucharon a Pablo mientras hablaba de Dios. Pero cuando empezó a hablar de la resurrección de los muertos, no le dejaron seguir hablando. Se narra en los Hechos de los Apóstoles: “Al oír la resurrección de los muertos, unos se burlaron y otros dijeron: ‘Sobre esto ya te oiremos otra vez’. Así salió Pablo de en medio de ellos”.

Pablo identifica el Reino de Dios con la comunidad de fieles, o sea, la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo. Y en la comunidad cristiana hay sitio para las más diversas tareas. La vocación es el llamado mediante el cual la gracia divina opera en cada uno con un don, conforme con su naturaleza. Y la armonía está dada por el amor (ágape, charitas). Esto muestra que el cristianismo ha venido a ser una comunidad histórica, cuya vida consiste en tratar de comprender la enseñanza y la persona de Cristo para realizar su significado.

Los griegos no poseyeron un sentido preciso de la historia, por lo que su pensamiento resulta substancialmente ahistórico. No les fue familiar la idea de progreso. Por lo contrario, una concepción de la historia se manifiesta en el mensaje bíblico y posee un carácter rectilíneo, no cíclico. En el transcurso del tiempo tienen lugar acontecimientos decisivos e irrepetibles, que constituyen una especie de etapas que señalan el sentido de la historia. El final de los tiempos es también el fin para el que han sido creados: el juicio universal y la venida del reino de Dios en su plenitud. De este modo la historia, que avanza desde la creación hasta la caída, desde la alianza hasta el tiempo de la espera del Mesías, desde la venida de Cristo hasta el juicio final, adquiere un sentido de conjunto y un sentido en cada una de sus fases. El cristiano, en la Iglesia de Cristo, vive la vida de Cristo en la gracia de Cristo.


Los Padres de la Iglesia

El cristianismo tuvo la necesidad de defenderse de los ataques de los adversarios (de los judíos, los paganos y de los herejes, sobre todo de los gnósticos) que deformaban el mensaje evangélico. En esta tarea hay que distinguir tres momentos: a) la época de los Padres apostólicos del siglo I (por estar relacionados con los apóstoles), que todavía no se plantean problemas filosóficos y se limitan a temas morales y ascéticos (Clemente Romano, Ignacio de Antioquía, Policarpo de Esmirna); b) la época de los Padres apologistas, que durante el siglo II defendieron el cristianismo contra los filósofos, pero usando conceptos filosóficos; c)    la época de la patrística en sentido estricto, que va desde el siglo III hasta los inicios de la edad media, y en la que los elementos filosóficos (platonismo) desempeñan un papel bastante notable. Los Padres de la Iglesia son todos aquellos pensadores, que han contribuido de forma determinante en la construcción del edificio doctrinal del cristianismo, aceptado y ratificado por la Iglesia. Y sin olvidar que su filosofía es siempre parte integrante de su fe.

Los principales problemas teológicos que exigieron la introducción de importantes nociones filosóficas fueron:
a) La formulación definitiva del dogma de la Trinidad no tuvo lugar hasta el año 325, durante el concilio de Nicea, después que se hubiesen descubierto y denunciado los opuestos peligros del adopcionismo (que consiste en considerar que Cristo no fue un hijo engendrado sino adoptado por Dios Padre), que comprometía la divinidad de Jesús, y del modalismo (que considera que las persnas de la Trinidad son modos de ser y funciones del único Dios);
b) El problema cristológico de la encarnación también requirió dedicación, superando escollos, sobre todo por el peligro de escindir las dos naturalezas (divina y humana) de Cristo, perdiendo su unidad intrínseca (como sucedió en Nestorio y el nestorianismo), o reduciendo ambas naturalezas a una sola (monofisismo). El concilio de Éfeso (431) condenó el monofisismo, y el de Calcedonia (451) condenó el nestorianismo, acuñando la fórmula “dos naturalezas en una sola persona, la de Jesús”;
c) Las relaciones entre la libertad y la gracia;
d) Las relaciones entre fe y razón, que se plantea en la escuela catequética de Alejandría y Agustín.

El texto básico para la racionalización y la sistematización de la doctrina y la filosofía cristianas fue el Prólogo del Evangelio de Juan (además de las Cartas de Pablo), donde se habla del Verbo o Logos divino, y se habla de Cristo como Logos: “En el principio era el Verbo y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. El estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por él y sin él no se hizo nada de cuanto existe. En él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron. [...] en el mundo estaba, y el mundo fue hecho por él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a todos los que lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; el cual no nació de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Y el Verbo se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. [...] Porque la Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado”.

El judío Filón de Alejandría (-15) puede ser considerado antecesor de los Padres. Entre sus obras destacan los tratados que constituyen un comentario alegórico al Pentateuco (La creación del mundo, Las alegorías de las leyes, El heredero de las cosas divinas, La emigración de Abraham y La mutación de los nombres). Filón intentó por primera vez una fusión entre filosofía griega y teología mosaica, creando así una filosofía mosaica. Filón llevó a cabo esta tarea mediante el método de la alegoría. Afirmó que la Biblia posee a) un significado literal, que no es el más importante, y b) un significado oculto, según el cual los personajes y los acontecimientos bíblicos son símbolos de conceptos y de verdades morales, espirituales y metafísicas. Estas verdades ocultas (que se sitúan en diferentes planos) requieren una peculiar disposición de ánimo (una auténtica inspiración) para poder ser captadas.

La filosofía mosaica de Filón implicó la adquisición de una serie de nuevos conceptos ignorados por el pensamiento griego, comenzando por la noción de creación. Dios crea la materia de la nada y luego imprime en ella la forma. Para crear el mundo físico, Dios crea previamente el cosmos inteligible (las ideas) como modelo ideal, y este cosmos inteligible no es más que el Logos de Dios en el acto de formar el mundo (las ideas platónicas se convierten así definitivamente en pensamientos de Dios presentes en el Logos de Dios y coincidentes con él). Filón distingue entre Dios y el Logos, considerando a éste como una hipóstasis, y lo denomina “Hijo primogénito del Padre increado”, “Dios segundo”, “Imagen de Dios”. En algunos pasajes llega a mencionarlo como causa instrumental y eficiente. En otros momentos, en cambio, habla de él como de un arcángel, mediador entre Creador y criaturas (en la medida en que no es increado como Dios, pero tampoco es creado como las criaturas mundanales), heraldo de la paz de Dios, conservador de la paz de Dios en el mundo.

El Logos de Filón además expresa los valores fundamentales de la Sabiduría bíblica y de la Palabra de Dios bíblica, Palabra creadora y activa. Por último, el Logos manifiesta también el significado ético de Palabra con la que Dios guía hacia el bien, el significado de Palabra que salva. El Logos indica una realidad incorpórea, metasensible, trascendente. Sin embargo, el mundo sensible se halla construido de acuerdo con el modelo inteligible, según el Logos. Por eso, existe un aspecto inmanente del Logos, consistente en la acción del Logos incorpóreo sobre el mundo corpóreo. El Logos es el vínculo que mantiene unido al mundo, el principio que lo conserva, la norma que lo rige.

Puesto que Dios no es finito, las manifestaciones de su actividad son innumerables, y Filón las llama potencias. Por lo general, sólo habla de las dos principales: la Potencia creadora, con la que el Creador produce el universo, y la Potencia regia, con la que el Creador gobierna lo que ha creado. Estas dos potencias corresponden a aquellos dos aspectos de la divinidad que la antigua tradición hebraica señalaba con los nombres de Elohim y Yahvéh (Elohim expresaba la potencia y la fuerza del bien, y por lo tanto, de la creación; Yahvéh era la fuerza legisladora y punitiva). El Logos es la fuente de las otras potencias y cumple la función de unificarlas.

Filón parece seguir en parte a Platón, distinguiendo en el hombre entre alma y cuerpo. Sin embargo, introduce en el hombre el espíritu, que procede de Dios. Según esta nueva perspectiva, el intelecto humano es corruptible, en la medida en que es intelecto terrenal, a menos que Dios le inspire una potencia de vida verdadera, que es el espíritu divino (pneuma). El elemento en el que vincula el hombre con lo divino ya no es el alma, sino el espíritu que emana directamente de Dios. El hombre posee una vida que se desarrolla en tres dimensiones: 1) la dimensión física puramente animal (cuerpo); 2) la dimensión racional (alma-intelecto); 3) la dimensión superior, divina, trascendente, representada por el espíritu. El alma-intelecto, que de por sí es mortal, se convierte en inmortal en la medida en que Dios le otorga su espíritu y ella se aferra al espíritu y vive según El. El alma ya no es inmortal por sí misma. Esta tercera dimensión procede de la interpretación de la doctrina de la creación.

La moral se transforma en algo inseparable de la fe y de la religión, y desemboca en una auténtica unión mística con Dios y en una visión extática. Del conocimiento de cosmos se debe pasar al conocimiento de uno mismo. El momento esencial, empero, es aquel en que uno se trasciende, cuando comprendemos que no es de uno nada de lo que se tienemos y se lo entrega a quien lo ha entregado. En ese preciso momento Dios se entrega a uno: “Él les otorga a cambio a Sí mismo en herencia”.


Bibliografía

GILSON, E., La filosofía en la Edad Media, Gredos, Madrid, 1976, traducción de Arsenio Pacios y Salvador Caballero

REALE, G. y ANTISERI, D., Historia del pensamiento filosófico y científico, Tomo primero: “Antigüedad y Edad Media”, Barcelona, Herder, 1995, traducción de Juan Andrés Iglesias

viernes, 29 de mayo de 2015

Ciencia y medicina en la antigüedad





La ciencia tuvo sus raíces históricas en la tradición técnica, en la que las experiencias y habilidades prácticas se transmitían y desarrollaban de una generación a otra. Esta tradición existía antes de que apareciese la civilización, tal como se puede colegir de la continuidad en el desarrollo de las herramientas empleadas por los hombres de la Edad de la Piedra y por sus prácticas de enterramiento, así como por las pinturas rupestres. En las civilizaciones de la Edad del Bronce, ambas tradiciones parecen haber estado en gran medida separadas, perpetuándose gracias a los artesanos y las corporaciones de escribas sacerdotales. Pero hasta antes del período histórico moderno, no se puede decir que existiese algo así como una tradición científica distinta de la de los filósofos, por una parte, y la de los artesanos, por la otra. Estas consideraciones filosóficas limitaron los importantes logros científicos de los antiguos griegos, de manera que sus dos principales sistemas astronómicos chocaban con observaciones conocidas en la Antigüedad.


La ciencia en Mesopotamia y Egipto

Los hombres del Paleolítico habían desarrollado una gran variedad de herramientas para trabajar diversos materiales y para construir armas con que capturar sus presas, mientras que los hombres del Neolítico generaron la agricultura sedentaria. Pero la Edad de Piedra agotó rápidamente la fertilidad de la tierra, aunque en menor grado en los valles del Indo, del Nilo, del Éufrates y Tigris, donde las inundaciones naturales de los ríos depositaban cada año una nueva capa de cieno fértil. En dichos valles florecieron comunidades y, merced al drenaje de zonas pantanosas y a la irrigación del desierto, aumentaron considerablemente las áreas de cultivo permanente. Durante el cuarto milenio a.C, los sumerios aparejaron los animales domésticos al arado recientemente descubierto, pasando del cultivo de parcelas a la agricultura. Construyeron vehículos de ruedas tirados por animales, barcos y emplearon la rueda de alfarero para fabricar cacharros de cerámica cocida. Hacia el -3000 habían alcanzado la metalurgia de la Edad del Bronce. Sabían que el cobre se podía obtener mediante la reducción de ciertos minerales en el fuego, que se podía fundir, moldeándolo en distintas formas, así como que se podía alear con estaño para producir el bronce, más duro y fusible.

El producto de estas artes técnicas era controlado y distribuido por una organización gobernada por escribas sacerdotales. Hicieron registros permanentes de los productos que pasaban por sus manos poniendo marcas en tabletas de arcilla que luego se cocían, conservándose para futuras consultas. Las marcas consistían en números y representaciones abreviadas de los productos enumerados (pictografía), que entraban o salían de los almacenes del templo. Con el tiempo, estos signos se simplificaron, adquiriendo la forma de ideogramas, realizándose además representaciones arbitrarias de cosas que no se podían pintar. En Sumeria, el número de símbolos se reducía haciendo que un ideograma representase no sólo el objeto descrito, sino también el sonido de su nombre. De este modo, una combinación de ideogramas llegó a representar una palabra compleja, una expresión, tornando superfluos un buen número de símbolos, y convirtiéndose en combinaciones de impresiones en forma de cuña (escritura cuneiforme). Los semíticos acadios del norte transcribieron fonéticamente su lengua a la escritura cuneiforme. Antes del -2500, los sumerios habían construido tablas de multiplicar que empleaban para determinar las áreas de los campos, multiplicando la longitud por la anchura, y para la estimación de los volúmenes de cosas tales como pilas de ladrillos, multiplicando longitud, anchura y altura.

Por otra parte, los egipcios no se hallaban familiarizados con las propiedades de los triángulos rectángulos que conocían los babilonios. A partir del -3000, los egipcios usaban un sistema numérico basado en el diez, representándose las unidades mediante un trazo que se repetía para denotar los números hasta el nueve, mientras que el diez, el cien y el mil se designaban con otros símbolos. En astronomía, los babilonios eran atentos observadores (nombraron las constelaciones); y los egipcios dividían en treinta y seis grupos las estrellas del cinturón ecuatorial celeste. Cada uno de los grupos estelares, cuando se elevaba sobre el horizonte justo antes del alba, indicaba el comienzo de cada uno de los periodos de diez días. Tal descubrimiento puede haberse realizado promediando a través de varios años el número de días que separan la inundación anual regular del Nilo con la que se iniciaba el año nuevo egipcio. Hacia el -2000 los egipcios regulaban su calendario por el orto de la estrella Sirio, que salía justo antes del alba por la época de la inundación del Nilo. En cambio, los babilonios carecían de un año oficial. Basaban sus mediciones del tiempo en el mes lunar, añadiendo de vez en cuando meses extra para mantener su calendario a tono con las festividades agrícolas estacionales. El año babilonio constaba de trescientos sesenta días, dividido en doce meses de treinta dias cada uno. También crearon la semana, bautizando los días por el Sol, la Luna y los cinco planetas; y dividieron el día en doce horas dobles, y la hora en minutos y segundos sexagesimales.

Las más precisas observaciones astronómicas realizadas en Mesopotamia se referían a los movimientos de los planetas. Y descubrieron que los eclipses lunares serían cada dieciocho años (ciclo sarónico). Consideraban que la Tierra y los cielos eran dos discos planos apoyados en el agua. Sobre la bóveda había más aguas, y más allá de las aguas se encontraba la morada de los dioses. En las concepciones egipcias el mundo parecía ser una caja rectangular con la tierra en el fondo ligeramente cóncavo y el cielo ligeramente abovedado. El Nilo fluía a través del centro de la Tierra, derivando al sur de un río universal que corría en torno a la Tierra.

Los escribas sacerdotales de Mesopotamia y Egipto registraban únicamente aquellas disciplinas que habían desarrollado ellos mismos: las matemáticas para la contabilidad y las mediciones de los campos, la astronomía para la confección de calendarios y pronósticos astrológicos, la medicina para curar las enfermedades y expulsar espíritus malignos. Rara vez registraban algún conocimiento relativo a artes químicas, metalurgia, teñido, etcétera, que pertenecían a los artesanos, que transmitían oralmente sus experiencias. Por la falta de contacto entre ellas, la tradición funcionarial como la artesanal se estancaron.

Los fenicios desarrollaron un alfabeto (-1300) a partir de la escritura jeroglífica egipcia. El posterior uso generalizado del hierro y de escrituras alfabéticas resultaron fuerzas disolventes en las antiguas civilizaciones del Bronce. Con el alfabeto, las personas que estaban fuera de las corporaciones funcionariales podían leer y escribir. El hierro era más abundante que el bronce, con lo que incluso la reja del arado podía ser de hierro. Las armas de hierro dieron a los bárbaros la fuerza para conquistar las culturas de la Edad del Bronce.


La ciencia helenística

Puesto que en otros apartados ya nos hemos referido a cada uno de los filósofos antiguos de Grecia en particular, se pasará directamente al desarrollo de la ciencia en la época helenística. Porque fue en este contexto cosmopolita donde se expandió la cultura helénica. Las obras de construcción de la ciudad de Alejandría (-332) se encontraban próxima a la desembocadura del Nilo. El peripatético Demetrio de Falero (-297), que por razones políticas había tenido que refugiarse en Alejandría, tuvo la idea de fundar algo que fuese como un Peripato. Llamó al propio escolarca del Peripato, Estratón de Lámpsaco, que se convirtió además en preceptor del hijo del rey. El propósito de Demetrio y de Ptolomeo consistía en reunir en una gran institución todos los libros y todos los instrumentos científicos necesarios para las investigaciones, con objeto de suministrar a los estudiosos un material que no habrían podido encontrar en ninguna otra parte. De esta manera nació el Museo (que significa institución consagrada a las Musas, protectoras de las actividades intelectuales), junto al cual se hallaba la Biblioteca. Con Ptolomeo II la Biblioteca llegó a la cantidad de 500.000 libros. La Biblioteca tuvo como directores a Zenodoto, Apolonio de Rodas, Eratóstenes, Arístides de Bizancio, Apolonio Eidógrafo, Aristarco de Samotracia.

Zenodoto, el primer bibliotecario, inició la sistematización de los volúmenes, pero fue Calimaco quien durante el reinado de Ptolomeo II (283-247) compiló los Pinakes (catálogos). En estos 120 libros fueron ordenados los volúmenes por sectores y por géneros literarios, ordenando alfabéticamente los autores, elaborando una breve biografía de éstos, sistematizando la producción de cada autor y solucionando los problemas causados por las atribuciones dudosas. Los Catálogos de Calimaco constituyeron la base de todo el trabajo posterior. En cambio Zenodoto preparó la primera edición de Homero y quizás fue quien se encargó de dividir en 24 libros la Ilíada y la Odisea. También Aristófanes de Bizancio (-257 a -180) y Aristarco de Samotracia (-217 a -145) prepararon ediciones de Homero. Aristarco descubrió y eliminó los versos interpolados. Dionisio de Tracia, discípulo de Aristarco, elaboró la primera Gramática griega. La interpretación alegórica de Homero y de otros poetas fue codificada por Crates de Mallos en Pérgamo. En este período se populariza también el género literario de la biografía.

Los libros de la Biblioteca de Alejandría consistían en rollos de papiro, muy incómodos de manejar. En Pérgamo, a este respecto, se produjo una revolución. Al haber prohibido los egipcios la exportación de papiros, que constituían entonces el material más precioso para la escritura, los sabios de Pérgamo (rival de Alejandría) prepararon un material que se mostró aún más idóneo para la escritura: el pergamino (siglo I). Y en el transcurso de los tres siglos siguientes se impuso definitivamente. Nació el códice de pergamino, y todo lo que ha llegado del mundo antiguo ha sido transmitido de esta forma.

Entre los griegos, fue la matemática la ciencia que gozó de mayor aprecio, desde Pitágoras hasta Platón. A Euclides (-330 a -277), uno de los primeros científicos que se trasladó a Alejandría, le correspondió construir la summa del pensamiento matemático griego a través de los Elementos. Se han conservado también otras obras de Euclides (los Datos, la Óptica, los Cálculos). Además del sistema axiomático y el método de la reducción al absurdo (elenchos, de Zenón, Gorgias y la dialéctica),
Euclides apela también al método de exhaustión: “Suponiendo que se nos han dado dos magnitudes desiguales, si se substrae de la mayor una magnitud más grande que la mitad, a lo que queda se le quita otra magnitud mayor que la mitad, y se continúa así sucesivamente, quedará una magnitud que será menor que la magnitud menor que se ha supuesto en un principio”. Por otra parte, Apolonio de Perga (-III) también estudió en Alejandría, pero enseñó en Pérgamo. Han llegado sus Secciones cónicas. El tema no era del todo nuevo, pero replanteó a fondo la cuestión, la expuso de manera rigurosa y sistemática, y se introdujo la terminología técnica para designar los tres tipos de secciones de cono: elipse, parábola, e hipérbole.

Arquímedes de Siracusa (-287 a -212) fue el más genial de los científicos griegos. Su padre, Fidias, era astrónomo. Viajó a Alejandría, pero no permaneció ligado al ambiente del Museo. Murió asesinado durante el saqueo de la ciudad por las tropas romanas mandadas por Marcelo. A pesar de que Marcelo había ordenado que se le conservase con vida, en señal de honor hacia el gran adversario que había defendido durante tanto tiempo la ciudad diseñando ingeniosísimas máquinas bélicas, un soldado le quitó la vida mientras se hallaba inmerso en sus estudios. Arquímedes quiso que sobre su tumba se grabase una esfera inscrita en un cilindro. Entre sus obras se hallan: Sobre la esfera y sobre el cilindro, Sobre la medida del círculo, Sobre las espirales, Sobre la cuadratura de la parábola, Sobre los conoides y los esferoides, Sobre el equilibrio de los planos, Sobre los cuerpos flotantes, El arenario y una obra Sobre el método, dedicada a Eratóstenes (conocido por aplicar las matemáticas a la geografía y haber dibujado el primer mapamundi ajustado al criterio de los meridianos y los paralelos).

Basándose en cálculos ingeniosos y elaborados con corrección metodo¬lógica Eratóstenes logró calcular también las dimensiones de la Tierra. El resultado que obtuvo fue una circunferencia de 250 000 estadios de exten¬sión (o de 252 000 estadios, según otras fuentes). En la antigüedad el valor del estadio no era siempre el mismo; sin embargo, si es cierto que el estadio adoptado por Eratóstenes fue el de 157,5 metros, la cifra resultan¬te es inferior en sólo unas cuantas decenas de kilómetros a la que se calcula en la actualidad.

En su escrito original Sobre la medida del círculo, Arquímedes habría llegado hasta el polígono de 384 lados. En su tratado de los Cuerpos flotantes, configuró las bases de la hidrostática. En las proposiciones 5 y 7 se leen los conocidos principios: “De las magnitudes sólidas, aquella que es más ligera que el líquido, cuando es abandonada en el líquido, se sumerge de modo que un volumen de líquido igual al de la parte sumergida, tenga el mismo peso que toda la magnitud sólida”; “las magnitudes más pesadas que el líquido, al ser abandonadas en este líquido, se desplazan hacia abajo, hasta el fondo, y resultarán tanto más ligeras dentro del líquido, cuanto sea el peso del líquido que tenga un volumen igual al volumen de la magnitud sólida”. En el Equilibrio de los planos estableció las bases teóricas de la estática y estudió las leyes de la palanca. El Arenario, por su parte, es importante para la aritmética griega. Arquímedes idea en él un sistema para expresar números muy grandes: calculó el número de granos de arena (de aquí el título) que habrían sido necesarios para colmar el cosmos. Por elevado que sea este número de granos de arena, siempre se tratará de un número determinado.

En sus investigaciones con frecuencia apelaba a un método inductivo e intuitivo (a través de la mecánica): construía modelos y luego pasaba a la constatación, demostrando con rigor lo que había obtenido por aquella vía. Al ser matemático, se consideraba que los estudios de ingeniería de Arquímedes eran algo marginal. Sin embargo, ideó las máquinas balísticas, una bomba de irrigación, utilizó espejos ustorios, construyó un planetario. Arquímedes también descubrió el peso específico (la relación entre peso específico y volumen): Hierón, rey de Siracusa, quiso ofrecer al templo una corona de oro. El orfebre, empero, quitó una parte del oro y la sustituyó por plata, que fundió con el resto del oro en una aleación. En apariencia, la corona era perfecta. Sin embargo, surgió la sospecha del delito y, al no poder Hierón justificar su sospecha, rogó a Arquímedes que solucionase el caso, reflexionando sobre lo que había pasado. Arquímedes empezó a pensar con intensidad y mientras se preparaba para tomar un baño, observó que al entrar en la bañera (que en aquella época no era más que una tina) salía agua en proporción al volumen del cuerpo que entraba. Intuyó así, de pronto, el sistema con el que se podría comprobar la pureza del oro de la corona. Arquímedes preparó dos bloques, uno de oro y otro de plata, ambos de igual peso que la corona. Los hundió a ambos en agua, midien¬do el volumen de agua que desplazaba cada uno y la diferencia relativa entre ambos. Luego, constató si la corona desplazaba un volumen de agua igual al desplazado por el bloque de oro. Si no ocurría esto, significaría que el oro de la corona había sido alterado. Debido al entusiasmo del descubrimiento se precipitó fuera de la tina de baño, y corrió a su casa completamente desnudo, gritando “¡Eureka!”.

Por otra parte, la concepción astronómica de los griegos fue geocéntrica. Se imaginaba que las estrellas, el Sol, la Luna y los planetas rotaban alrededor de la Tierra con un movimiento circular perfecto. En cambio, Aristarco supuso que las estrellas fijas eran inmutables y que la Tierra giraba alrededor del Sol, describiendo un círculo. Aristarco recoge la tesis de Heráclides Póntico, pero avanza más allá, al sostener que el Sol es el centro en torno al cual rotan todos los astros. Al parecer, concibe la idea de un cosmos infinito. Afirma que la esfera de las estrellas fijas era tan grande. El único astrónomo que aceptó la tesis de Aristarco fue Seleuco de Seleucia (-150). Por lo contrario, Apolonio de Perga y sobre todo Hiparco de Nicea recharazon la tesis, volviendo a imponer el geocentrismo que se mantuvo hasta Copérnico.


La ciencia en la época imperial

En el -145 se produce la primera gran crisis del Museo y de la Biblioteca. El rey Ptolomeo Physkon se encontró en un grave litigio con los intelectuales griegos por motivos políticos y, al no poder quebrar su resistencia, les obligó a abandonar Alejandría. Éste hecho señaló la ruptura de la gran alianza entre los representantes de la inteligencia griega y el trono egipcio, y abrió una fase de decadencia que se convirtió en irreversible. A continuación, el Museo y la Biblioteca reemprendieron sus actividades, pero en un tono notablemente menor. Más adelante, durante la campaña de César en Egipto es incendiada la Biblioteca. Octaviano conquistó Alejandría en el -30 y Egipto se convirtió en provincia del Imperio romano. Roma se había transformado en el nuevo centro.

Uno de los principales exponenentes de este período fue Ptolomeo de la Ptolemaida (alto Egipto, del 100 al 170). Entre sus obras se destaca la Composición matemática (Almagesto, con que fue bautizada por los árabes), la Hipótesis sobre los planetas, la Geografía, la Óptica, los Harmónicos, Sobre el juicio y sobre el hegemónico, y el Tetrabiblon. Ptolomeo situó de modo preciso su investigación en el ámbito del saber tal como había sido delimitado por Aristóteles. Por lo que respecta al mundo y la Tierra, son cinco sus tesis fundamentales:
1) el mundo (el cielo) es esferiforme y se mueve del mismo modo que una esfera;
2) la Tierra es esferiforme, porque el Sol, la Luna y las estrellas no salen y no se ocultan en el mismo momento para aquellos que se encuentran en distintos puntos de la Tierra: lo hacen antes para quienes habitan en los países de Oriente, y después para aquellos que habitan en los países de Occidente; además, quien navega hacia montes o lugares elevados, sea cual fuere su dirección de procedencia, ve cómo éstos aumentan progresivamente de altitud, como si surgiesen del mar;
3) la Tierra se halla situada en el medio del mundo;
4) la Tierra es como un punto, en comparación con la esfera de las estrellas fijas (la que abarca el cielo);
5) la Tierra no realiza ningún movimiento de lugar, es inmóvil, porque es el punto hacia el cual caen todos los cuerpos pesados; y se equivocan los que afirman que la Tierra gira alrededor del mismo eje desde Occidente hasta Oriente, llevando a cabo un giro cada día: si así fuese, el movimiento debería ser bastante violento (dado que se realiza en el lapso de un día)

Para Ptolomeo, el cielo está constituido por éter, de naturaleza esferiforme e incorruptible. El movimiento de las estrellas fijas se explica mediante el movimiento rotatorio uniforme de la esfera etérea concéntrica de las estrellas fijas. En cambio, los movimientos del Sol, la Luna y los otros cinco planetas se explican gracias a la hipótesis ya emitida por Hiparco y que resulta refor mulada con ingenio y completada hábilmente. Los dos puntos básicos son:
1) hay que tener en cuenta todos los fenómenos (las aparentes anomalías de los movimientos astrales);
2) hay que explicarlos en todos los casos limitándose a recurrir a movimientos uniformes y circulares, puesto que éstos son los movimientos apropiados a la naturaleza de las cosas divinas.

Los nuevos tipos de movimiento circular son:
1) los de las órbitas excéntricas, aquellas cuyo centro no coincide con el de la Tierra;
2) los de las órbitas epicíclicas, es decir aquellas que giran alrededor de un centro colocado sobre un círculo, que a su vez gira. El círculo rotante al que se refiere el epiciclo recibe el nombre de deferente. Los epiciclos situados sobre deferentes excéntricos con respecto a la Tierra y calculados en la cantidad y el modo convenientes, lograban explicar geométricamente todos los fenómenos, es decir, todas las aparentes irregularidades de los planetas. El movimiento de los planetas está causado por una fuerza vital, de la que están dotados por naturaleza. Esto servía para resolver el acostumbrado problema de los motores, al igual que las complejidades aristotélicas al respecto.

El fin de la ciencia helenística se provoca por la cosmovisión cristiana, que la consideraba un peligro. En el 391 el obispo Teófilo dio pábulo a un saqueo de la Biblioteca, que provocó nuevas y graves pérdidas. El golpe de gracia, vino de los mahometanos, que una vez conquistada Alejandría, decidieron en el 641 la total destrucción de la Biblioteca, al considerar por completo inútil cualquier libro que no fuese el Corán.


La medicina antigua

Mientras que los habitantes de Mesopotamia sobresalieron en el terreno de la astronomía, los egipcios resultaron mas hábiles en el campo de la medicina. Según la tradición, Imhotep fue el fundador de la medicina egipcia. En los textos médicos tanto de los egipcios como de los habitantes tardíos de Mesopotamia prevalecía la teoría demoníaca de la enfermedad. La propia enfermedad se personificaba como un espíritu maligno que el médico trataba de expulsar del paciente mediante el uso de eméticos y purgas o medicamentos revulsivos que hiciesen huir al demonio. Los primitivos textos médicos egipcios constan en gran medida de listas de recetas de drogas para el médico práctico, aludiéndose vagamente a diferentes enfermedades en lugar de describirlas con algún detalle. El papiro médico Ebers (-1600) brinda descripciones de unas cuarenta y siete enfermedades, exponiendo los síntomas pertinentes, seguidas de un diagnóstico y una prescripción. Los textos posteriores poseen un carácter más mágico, describiendo de qué modo se averiguaba la causa de la enfermedad mediante el examen de un augurio y cómo el paciente recibía un tratamiento que arrojaba al demonio de la enfermedad a una estatuilla de miga de pan que luego se quemaba, o bien a un animal, un ungüento o un amuleto.

No hay tratados egipcios o mesopotámicos sobre anatomía o fisiología, por más que los egipcios tienen que haber adquirido un conocimiento anatómico merced a la práctica de la momificación. Aun así, los signos jeroglíficos egipcios de los órganos corporales derivan de la anatomía animal y no de la humanidad. Asimismo, la cirugía parece haber sido un arte separado. Un rasgo notable de los escritos antiguos es la ausencia de textos químicos hasta una época relativamente tardía. En los papiros médicos se mencionan compuestos minerales a modo de drogas, hasta que la alquimia hizo su aparición en Alejandría.

Los sacerdotes fueron los que ejercieron la práctica médica más antigua. Según la mitología griega, el centauro Quirón fue el que enseñó a los hombres el arte de curar las enfermedades. Asclepio fue discípulo de Quirón y su símbolo fue la serpiente. Se le dedicaron templos en lugares saludables, así como rituales y cultos. Los enfermos eran llevados a esos templos y se curaban, mediante prácticas o ritos mágico-religiosos. Aparecieron gradualmente los médicos, que ejercitaban su arte en tiendas y en viviendas fijas o viajando de uno a otro sitio. Al lado de los templos de Asclepio surgieron escuelas para formar a dichos médicos, donde se reunían los enfermos.

Las escuelas médicas más famosas de la antigüedad surgieron en Crotona (donde se hizo famoso Alcmeón), en Cirene, en Rodas y en Cos, donde se hizo famoso Hipócrates (-460 a -370). Hipócrates enseñó medicina en Atenas. El Corpus Hippocraticum está constituido por más de cincuenta tratados. Entre sus libros se hallan: La antigua medicina, que es una especie de manifiesto que proclama la autonomía del arte médico; El mal sagrado, que es una polémica en contra de la mentalidad de la medicina mágico-religiosa; El pronóstico, que es el descubrimiento de la dimensión esencial de la ciencia médica; Los aires, las aguas y los lugares, en el que se evidencian los estrechos vínculos que existen entre las enfermedades y el medio ambiente; las Epidemias, que son una enorme colección de casos clínicos; los famosos Aforismos, y el celebérrimo Juramento.

El mal sagrado en la antigüedad consistía en la epilepsia, en la medida en que se la juzgaba comó resultado de causas no naturales y consecuencia de una intervención divina. Hipócrates demuestra la tesis siguiente de manera ejemplar:
a) La epilepsia es considerada como mal sagrado porque aparece como un fenómeno sorprendente e incomprensible,
b) En realidad existen enfermedades no menos sorprendentes, como ciertas manifestaciones febriles y sonambulismo. Por lo tanto, la epilepsia no es distinta de estas otras enfermedades,
c) La ignorancia ha sido la causa que ha impulsado a juzgar la epilepsia como mal sagrado,
d) En tal caso, aquellos que pretenden curarla con actos de magia son unos granujas y unos impostores,
e) Además, estos últimos se hallan en contradicción con ellos mismos, porque pretenden curar males que se juzgan como divinos mediante prácticas humanas; así, estas prácticas en vez de ser expresiones de religiosidad y devoción son impías y ateas, porque pretenderían ejercer un poder sobre los dioses.

¿Cuál es entonces la causa de la epilepsia? Se trata de una alteración del cerebro, que proviene de las mismas causas racionales de las que provienen todas las demás alteraciones patológicas, una adición o substracción de seco y húmedo, calor o frío, etc. Por lo tanto, concluye Hipócrates, “quien sabe determinar en los hombres, mediante la dieta, lo seco y lo húmedo, el frío y el calor, ése también puede curar este mal, si logra comprender cuál es el momento oportuno para un buen tratamiento, sin ninguna clase de purificación o magia”.

Hipócrates contempla al hombre dentro del conjunto de circunstancias al que pertenece naturalmente, es decir en el contexto de todas las coordenadas que configuran el ambiente en que vive: las estaciones, sus modificaciones y sus influjos, los vientos típicos de cada región, las aguas características de cada lugar y sus propiedades, la posición de los lugares, el tipo de vida de sus habitantes. El pleno conocimiento de cada caso individual depende, por lo tanto, del conocimiento del conjunto de estas variables, lo cual significa que para entender una parte es preciso entender el todo al cual esta parte pertenece. La naturaleza de los lugares y de los rasgos de éstos incide sobre la constitución y sobre el aspecto de los hombres y, por consiguiente, sobre su salud y sus enfermedades. Además, afirma que las instituciones políticas también influyen sobre el estado de salud y sobre las condiciones generales de los hombres: “Allí donde los hombres no son señores de sí mismos y de sus propias leyes, sino que están sujetos a déspotas, no piensan ya en cómo adiestrarse para la guerra, y sí en cómo parecer ineptos para el combate. La democracia, pues, templa el carácter y la salud, mientras que el despotismo produce el efecto contrario”.

La medicina, que surgió en el contexto del esquema general de racionalidad instaurado por la filosofía, pronto tuvo que marcar distancias con respecto a ésta, para no ser reabsorbida por ella. Por ejemplo, la escuela médica itálica había hecho uso de los cuatro elementos de Empédocles (agua, aire, tierra, fuego) para explicar la salud y la enfermedad, la vida y la muerte, cayendo en el dogmatismo que olvidaba la experiencia concreta y que Hipócrates considera muy perjudicial. La antigua medicina es una denuncia de este dogmatismo y reivindica para la medicina un estatuto antidogmático, independiente de la filosofía de Empédocles. Hipócrates no niega que estos factores intervengan en la aparición de las enfermedades y de la salud, pero intervienen de un modo muy diverso y estructurado, porque en la naturaleza todo se halla mezclado entre sí.

El conocimiento médico consiste en un conocimiento exacto y riguroso de la dieta más conveniente y de su justa medida. Esta precisión no puede derivar de criterios abstractos o hipotéticos, sino sólo de la experiencia concreta, de la sensación del cuerpo. El razonamiento, por consiguiente, no versará sobre la esencia del hombre en general, sobre las causas de su aparición, o cosas similares; tendrá que versar, en cambio, sobre qué es el hombre como ser físico concreto, que tiene relación con lo que come, con lo que bebe, con su régimen específico de vida, y factores de este tipo.

Hipócrates y su escuela no se limitaron a otorgar a la medicina el estatuto teórico de ciencia, sino que llegaron a determinar con una lucidez la dimensión ética del médico. El senti¬do del juramento se resume mediante la proposición que en términos modernos se expresaría así: “médico, recuerda que el enfermo no es una cosa, ni un medio, sino un fin, un valor, y por tanto condúcete en coherencia con ello”. He aquí el Juramento de Hipócrates en su integridad: “Juro ante Apolo médico y ante Asclepio y ante Higía y ante Panacea y ante los dioses todos y las diosas, llamándolos a testimonio, mantenerme fiel en la medida de mis fuerzas y de mi juicio a este juramento y a este pacto escrito. Consideraré a quien me ha enseñado este arte igual que a mis propios padres y pondré en común con él mis bienes, y cuando tenga necesidad de ello le reembolsaré mi deuda, y a sus descendientes los consideraré como hermanos y les enseñaré este arte, si desean aprenderlo, sin compensación alguna ni compromisos escritos; trasmitiré las enseñanzas escritas y verbales y cualquier otra parte del saber a mis hijos, así como a los hijos de mi maestro y a los alumnos que han subscrito el pacto y el jurado de acuerdo con la costumbre médica, pero a nadie más. Utilizaré la dieta para ayudar a los enfermos en la medida de mis fuerzas y de mi juicio, pero me abstendré de producir daño e injusticia. No daré a nadie ningún fármaco mortal, aunque me lo pida, ni jamás propondré tal consejo: igualmente, no daré a las mujeres pesarios para provocar el aborto. Conservaré puros y santos mi vida y mi arte. Tampoco operaré a quien sufra cálculos renales, sino que dejaré actuar a hombres expertos en esta práctica. A cuantas casas entre, iré a ayudar a los enfermos, absteniéndome de llevar voluntariamente injusticia o daño, y especialmente de todo acto de lujuria sobre los cuerpos de mujeres y hombres, libres o esclavos. Cuantas cosas vea y oiga en el ejercicio de mi profesión, e incluso fuera de ella, en mis relaciones con los hombres, si no tienen que divulgarse a los demás, las callaré como si fuesen un secreto sagrado. Si me mantengo fiel a este juramento y no lo olvido, que me sea dado gozar lo mejor de la vida y del arte, considerado con honor por todos y para siempre. En cambio, si lo transgredo y soy perjuro, que me suceda lo contrario a esto”.

La medicina hipocrática ha pasado a la historia como aquella que se basaba sobre la doctrina de los cuatro humores: sangre, flema, bilis y atrabilis. Ahora bien, en el Corpus Hippocraticum hay un tratado titulado “La naturaleza del hombre”, que codifica de forma paradigmática esta doctrina. Los antiguos lo consideraron como obra de Hipócrates, pero al parecer su autor fue Polibo, yerno de Hipócrates. Polibo combina la doctrina de las cuatro cualidades, que procedía de los médicos itálicos, con las doctrinas hipocráticas: el hombre está sano cuando estos humores se hallan recíprocamente proporcionados en propiedades y cantidades y la mezcla es completa. En cambio, está enfermo cuando hay un exceso o defecto y cuando desaparece aquella proporción. Con los distintos humores se corresponden las cuatro estaciones, así como el calor y el frío, lo seco y lo húmedo.
El gráfico siguiente sirve para ilustrar estos conceptos y añade algunas explicitaciones adicionales (el primer círculo representa los elementos de origen naturalista; el segundo, las cualidades que les corresponden; el tercero, los humores; el cuarto, las estaciones respectivas, que les son afines; los dos últimos, los temperamentos del hombre y su relativa disposición a las enfermedades. También se podrían agregar las correspondientes edades del hombre, pero es algo que resulta obvio, dada la perfecta coincidencia con las estaciones).


A posteriori, en el Museo se llevaron a cabo investigaciones muy importantes sobre anatomía y fisiología, gracias sobre todo a los médicos Herófilo de Calcedonia y Erasístrato de Ceos. La posibilidad de dedicarse a la investigación con el exclusivo propósito de incrementar el saber, los aparatos disponibles en el Museo, así como la protección de Ptolomeo Filadelfo (que autorizó la disección de cadáveres) hicieron que dichas ciencias realizasen progresos muy notables. Herófilo superó definitivamente la concepción según la cual el órgano central del cuerpo vivo era el corazón, demostrando que el cerebro constituía ese núcleo vital. Logró demostrar asimismo la distinción entre nervios sensitivos y nervios motores. Herófilo, recogiendo una idea de su maestro Praxágoras, estudió las pulsaciones e indicó su valor como síntoma para el diagnóstico. Por último, recogió la doctrina de los humores, de origen hipocrático.

Erasístrato distinguió entre arterias y venas, y afirmó que aquéllas transportaban el aire, mientras que las venas llevaban la sangre. Los historiadores de la medicina han explicado este equívoco, aclarando que a) con el término “arteria”, los griegos designaban también la tráquea y los bronquios; b) en los animales muertos sometidos a disección la sangre pasa de las arterias a las venas. Sus explicaciones fisiológicas adoptaron criterios inspirados en el mecanicismo, especialmente en el de Estratón de Lámpsaco. Por ejemplo, la digestión en su conjunto se explicaba en función de la mecánica de los músculos, mientras que la absorción de alimentos por los tejidos se atribuía al principio que pasó a la historia como principio del horror vacui, según el cual la naturaleza tiende a llenar cualquier vacío.

Ya Filino de Cos, discípulo de Herófilo, se separó del maestro y, bajo el influjo del escepticismo, dio pie a aquella escuela que recibirá el nombre de Médicos empíricos, que no admitían la importancia teórica de la medicina, confiando exclusivamente en la experiencia. Serapión de Alejandría consolidó esta corriente, que gozó de gran aprecio hasta que en la era cristiana se fundió por obra de Menodoto con el neoescepticismo.

La síntesis de la medicina antigua se logra con Galeno de Pérgamo (129 a 200). Estudió en su ciudad natal y más tarde en Corinto y en Alejandría. Volvió a Pérgamo y ocupó el cargo de médico de gladiadores. Estuvo algún tiempo en Roma y regresó para huir de una epidemia, y desde allí pasó a Esmirna, donde asistió a los cursos de Albino, representante del platonismo medio. El emperador Marco Aurelio lo llamó a Roma (168), invitándole a acompañarlo como médico personal suyo en la expedición contra los germanos. Una serie de acontecimientos obligaron a que el emperador, apenas hubo finalizado los preparativos de la campaña, regresase a Roma. Allí permaneció Galeno como médico personal de Cómodo, hijo del emperador. Como médico de palacio tuvo suficiente tiempo para dedicarse a sus investigaciones y a la redacción de sus principales libros.

El catálogo redactado por el propio Galeno en su obra Mis libros, aunque se limita a los encabezamientos generales bajo los cuales enumera y sistematiza sus distintos tratados, sirve para dar una idea acerca del carácter ingente de su obra escrita: 1) obras terapéuticas; 2) libros de doctrina sobre el pronóstico; 3) comentarios a Hipócrates; 4) libros polémicos contra Erasístrato; 5) libros referentes a Asclepíades; 6) libros sobre las divergencias con respecto a los médicos metódicos; 7) libros útiles para las demostraciones; 8) libros de filosofía moral; 9) libros referentes a la filosofía de Platón; 10) obras referentes a la filosofía de Aristóteles; 11) obras concernientes a las divergencias con la filosofía estoica; 12) obras relativas a la filosofía de Epicuro; 13) libros sobre argumentos gramaticales y retóricos. Entre las más conocidas de las obras que han llegado: Procedimentos anatómicos, Utilidad de las partes, Las facultades naturales, El método terapéutico, el Arte médica y Comentarios a Hipócrates.

Galeno quiere presentarse como restaurador de la antigua dignidad del médico, de la que Hipócrates había sido el ejemplo. En opinión de Galeno, los médicos de su tiempo habían olvidado a Hipócrates. A tales médicos les formula tres acusaciones:
1) ser ignorantes por: a) no poseer ya un conocimiento metódico de la naturaleza del cuerpo humano; b) no saber ya distinguir entre los géneros y las especies de las enfermedades; c) no poseer nociones claras de lógica, sin las cuales no pueden hacerse diagnósticos; porque si se ignoran estas cosas, el arte médica se convierte en una mera práctica empírica.
2) ser corruptos por: a) abandonarse a costumbres licenciosas; b) una sed insaciable de dinero; c) la pereza.
3) estar divididos en sectas: a) los dogmáticos defendían que la razón desempeñaba un papel decisivo en el conocimiento de los factores de salud y enfermedad; b) los empíricos sostenían que la pura experiencia era suficiente para el arte médica; c) los metódicos, que con algunas nociones esquemáticas muy sencillas (astricción y flujo) explicaban todas las enfermedades.

Por lo que respecta a la anatomía, Galeno logró una preparación muy sólida, gracias a la práctica asidua de la disección y la vivisección. Llegó a diseccionar un elefante. En lo concerniente a la doctrina de los elementos, de las cualidades y de los humores, Galeno toma el tratado Sobre la naturaleza del hombre, combinándolo con la doctrina de los temperamentos. De las cuatro cualidades (cálido, frío, seco y húmedo) y de los cuatro elementos, atemperados de forma conveniente, proceden todas las cosas. Este temperamento no es una simple mezcla, sino una mezcla que implica una total compenetración de las partes que se mezclan y no una mera yuxtaposición o emulsión de las partes. La calidad específica de cada cuerpo procede del buen temperamento de las cualidades opuestas, que coincide de forma substancial con lo que clásicamente se denominaba justa medida. El buen temperamento del hombre es una resultante del buen temperamento de las diversas partes del cuerpo. Los humores (la sangre, la flema, la bilis amarilla y la bilis negra) no son elementos originarios, sino que provienen de los primeros elementos y de sus cualidades. Cada uno de ellos posee la propiedad de ser húmedo, seco, cálido y frío, pero no en un sentido absoluto, sino en el sentido de que en cada uno prevalece una de estas características.

Todas las cosas se derivan de las cuatro cualidades que interactúan entre sí, mediante sus específicas facultades originarias (facultades productoras de calor, frío, sequedad y humedad). Sin embargo, todo organismo se engendra, se desarrolla y vive gracias a una serie de actividades específicas. Estas actividades son de acuerdo con una norma concreta de la naturaleza, que Galeno llama facultad. Tales facultades son numerosísimas: por ejemplo, la facultad hemopoyética en las venas, la facultad digestiva en el estómago, la facultad de latir en el corazón, etc. Galeno se propone estudiar y catalogar todas las facultades principales. Entre éstas, hay dos que aparecen como fundamento de todas las demás: la facultad atractiva, que atrae a sí lo que es apropiado, y la repulsiva o expulsiva, que expele aquello que no se halla dominado por el humor, o que resulta extraño. Esto se produce en el ámbito de una simpatía global de los diversos órganos y de las diversas partes entre sí.

Una segunda doctrina básica de Galeno consiste en recuperar la distinción platónica del alma dividida en tres partes: El alma racional o intelectiva tiene su sede en el cerebro, la irascible en el corazón, y la concupiscible en el hígado. El alma racional tiene su propio vehículo en el pneuma animal o psíquico (soplo, aire) que circula a través del sistema nervioso (el cual se alimenta del aire inspirado). Galeno menciona también un pneuma vital que circula en el corazón y en las arterias (producto del aire que respiramos y de la exhalación de los humores, en especial de la sangre), mientras que sugiere tímidamente la hipótesis de un pneuma natural que podría estar contenido en el hígado y en las venas, en el que circula la sangre proveniente de la nutrición. Esta recuperación de las tres partes del alma de Platón implica una materialización del alma.



Bibliografía

MASON, S., Historia de la ciencia, 1. La ciencia antigua, la ciencia en Oriente y en la Europa medieval, Alianza Editorial, Madrid, 1984, traducción de C. Solís Santos

REALE, G. y ANTISERI, D., Historia del pensamiento filosófico y científico, Tomo primero: “Antigüedad y Edad Media”, Barcelona, Herder, 1995, traducción de Juan Andrés Iglesias