domingo, 7 de diciembre de 2014

Historia contemporánea




1. Independencia de Norteamérica

En 1776, las Trece Colonias inglesas establecidas en América del Norte se levantaron contra la metrópoli. Eran New Hampshire, Massachussets, Connecticut, Rhode Island, New York, New Jersey, Pensilvania, Maryland, Delaware, Virginia, Carolina del Norte, Carolina del Sur y Georgia. Se extendían desde las fronteras de Canadá, que había sido dominio francés, hasta la península de La Florida, llegando a los Apalaches en el interior del continente. Los colonos eran puritanos ingleses, a los que se habían unido campesinos escoceses, irlandeses, alemanes, holandeses y protestantes franceses, que no sentían lealtad hacia la Corona británica. La obligación de abastecer a Inglaterra de materias primas y de comprar exclusivamente sus manufacturas fueron las causas del descontento. Las colonias tenían administraciones diferentes. Dirigidas por un gobernador, nombrado o aceptado por el monarca, en el siglo XVIII estaban organizadas como asambleas cuyos miembros eran elegidos entre los propietarios de bienes raíces. Esta casi autonomía frente a la metrópoli, los llevó a unos principios legales propios.

Francia e Inglaterra rivalizaban por conseguir el control de las colonias. Esta situación terminó en la Guerra de los Siete Años (1756-1763), que había enfrentado a Inglaterra y Prusia contra Austria, Francia y Rusia. Al finalizar la guerra quedó establecida la supremacía naval y el dominio colonial de Inglaterra. Pero los gastos ocasionados provocaron una mayor presión fiscal sobre las colonias. El decreto de Sugar Act (1764), gravó las importaciones de azúcar que los colonos adquirían en las Antillas. En 1765 se dictó la Stamp Act, un impuesto directo sobre todos los documentos legales y comerciales que se enviaban a las colonias, para el que no se consultó a las asambleas coloniales, como se hacía tradicionalmente. Se endureció la prohibición de establecerse en los territorios americanos conquistados a Francia, lo que impedía a los colonos la expansión hacia el norte. Y se cedía la Florida a España, frenando la expansión hacia el sur.

Se reunió un Congreso en Nueva York (1765) en el cual se rechazaron las imposiciones sin representación (los colonos no se sentían representados en el Parlamento de Londres) y aparecieron asociaciones radicales como “Los Hijos de la Libertad”. Se limitaron las importaciones inglesas y se abolió la Stamp Act. En 1767 el Parlamento de Londres creó nuevos impuestos sobre el vidrio, el plomo y el té, dando lugar a subversiones que culminaron en la matanza de Boston. Los colonos consiguieron que en 1770 fueran derogados. Desde 1772 se establecieron Comités de Correspondencia entre las distintas colonias. En 1774, el Parlamento de Londres votó la Québec Act, que garantizaba a los habitantes de Canadá el mantenimiento de su lengua, su religión y sus instituciones, por lo que las esperanzas de expansión se vieron de nuevo defraudadas. En 1774 los colonos convocaron el Primer Congreso Continental de Filadelfia, donde se proclamó una Declaración de Derechos de las Colonias.

Los primeros choques entre las tropas reales con las milicias de los colonos fueron en 1775. Los colonos vencieron al ejército inglés. Se celebró el Segundo Congreso Continental, en el que se decretó la formación de un ejército, al mando del terrateniente George Washington. Los ingleses enviaron su ejército para acabar con los rebeldes, dictaron el bloqueo marítimo y declararon el estado de rebelión de las colonias. Si hasta entonces los colonos se habían sentido súbditos de la Corona británica, el bloqueo les hizo exigir la independencia política. El 4 de julio de 1776, el Congreso aprobó el Acta de Independencia, documento redactado por Thomas Jefferson en el que se afirmaba que “todos los hombres son creados iguales (...) son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. (...) Los Representantes de los Estados Unidos de América (...) solemnemente hacemos público y declaramos: Que estas Colonias Unidas son, y deben serlo por derecho, Estados libres e independientes; que quedan libres de la lealtad a la Corona Británica, y que toda vinculación política entre ellas y el estado de la Gran Bretaña queda y debe quedar totalmente disuelta”. Los distintos estados fueron promulgando constituciones propias, que reconocían la soberanía popular y la división de poderes, de acuerdo con lo expuesto en la Declaración de Independencia. Sobre estas bases se fue organizando el sistema legislativo e institucional para la construcción de una organización estatal común, una república federal.

En el Congreso de 1777 se aprobaron los Artículos de Confederación y Unión Perpetua, por los cuales la única institución por encima de los trece Estados era el Congreso. Pero, una vez terminada la guerra, eran insuficientes. Se basaban en la buena voluntad, no podían garantizar los compromisos adquiridos ni hacer respetar los tratados de paz. Las relaciones comerciales y la libre circulación se veían coartadas por las rencillas y por las distintas leyes locales. Tras la derrota inglesa en Saratoga (1778), la contienda tomó un carácter internacional al firmar las colonias un tratado con Francia y España. El ejército británico se vio obligado a luchar en otros frentes lejanos como la India o el Caribe. En el tratado de Versalles de 1783 se reconocía la independencia de los Estados Unidos por parte de la Corona británica. En 1787 se reunió la Convención de Estados como Convención Federal. Fue elegido como presidente Washington. La tarea que se les había asignado era la de enmendar los artículos de la Confederación, pero prevaleció la opinión de implantar un nuevo gobierno nacional. Los estados tenían derecho a un voto, pero los grandes proponían una representación proporcional a la población y a los impuestos directos.

Se presentó la Transacción de Connecticut, con la que se crearían dos Asambleas, una como Cámara de los representantes, dando a cada Estado un número de diputados proporcional a la población; la segunda, el Senado con dos senadores por estado independientemente del tamaño o importancia de éste. La Constitución fue aprobada el 17 de septiembre de 1787, y no entró en vigor hasta el 4 de marzo de 1789. Se pueden destacar las ventajas conseguidas por los Estados del Norte en materias comerciales, y los del Sur en el mantenimiento de la esclavitud. Se creó una Federación, la soberanía popular pasó de las leyes de los estados a las leyes federales; los poderes ejecutivo, legislativo y judicial se mantuvieron totalmente separados y emanaban del pueblo. Estos poderes se controlaban mutuamente. El ejecutivo sería ejercido por un presidente elegido por cuatro años, mediante un sufragio indirecto. El Congreso, compuesto por el Senado y la Cámara de Representantes, ostentaría el poder legislativo. El poder judicial se confió a un Tribunal Supremo de nueve jueces, designados por el presidente de acuerdo con el Senado y sería el encargado de dirimir los conflictos entre el presidente y el Congreso. El Congreso podría proponer enmiendas, que a su vez tendrían que ser ratificadas por los Estados. El texto constitucional, el primero del mundo contemporáneo, fue redactado con la posibilidad de ser modificado por medio de enmiendas. Madison propuso una serie de enmiendas que constituían una garantía de las libertades humanas. Aseguraban la tolerancia religiosa, la libertad de pensamiento, de prensa, de reunión y la libertad del pueblo para llevar armas, constituyendo el conjunto más completo de garantías que ninguna sociedad había tenido hasta el momento.

Las primeras elecciones fueron ganadas por los hombres que habían participado en la redacción constitucional. George Washington fue designado de forma unánime por los electores escogidos por la nación. Estableció que los directores de los principales departamentos administrativos fueran responsables ante el presidente y no ante el Senado. Controló también las negociaciones diplomáticas. Jefferson fue nombrado Secretario de Estado. El Congreso aprobó una resolución por la que los Estados Unidos se harían cargo de todas las tierras cedidas para colonizarlas y organizarlas en Estados Republicanos, que luego serían miembros de la Unión Federal, con los mismos derechos. Fueron extendiéndose hasta el Pacífico y pasaron con el tiempo de trece a cuarenta y ocho estados (Alaska y Hawai se incorporaron en 1959). Wayne consiguió en 1795 convocar una conferencia de paz en Greenville a la que acudieron representantes de todas las tribus situadas entre los Grandes Lagos, el Misisipi y el Ohio. En la conferencia se firmó un tratado por el que los indios cedían territorios del Noroeste.

En torno a Jefferson y Hamilton, se formaron dos tendencias opuestas que se convertirían en los dos primeros partidos políticos, republicanos (luego demócratas) y federalistas (luego republicanos). Jefferson, rico plantador, dueño de esclavos, admirador de los filósofos franceses, era demócrata, partidario de un gobierno flexible ya que tenía confianza en el hombre y en la opinión pública. Hamilton, de origen humilde, admiraba la tradición británica y la aristocracia, no tenía confianza en los hombres por lo que consideraba indispensable la existencia de un gobierno fuerte que garantice el comercio. Hamilton proyectó la creación de un banco nacional, siguiendo el modelo del Banco de Inglaterra. Jefferson se oponía a este proyecto por considerar que la Constitución no lo autorizaba expresamente.

El mandato del presidente James Monroe (1817-1825) inició un plan de carreteras y canales para satisfacer la demanda de comunicaciones entre el este y el oeste. Se votaron aranceles proteccionistas para apoyar a las industrias del este. Los Estados del este producirían en sus fábricas las manufacturas que necesitaban los del sur y el oeste. Y los que se dedicaban a la agricultura venderían sus productos a los que se dedicaban a la industria. En 1823, el presidente Monroe pronunció en el Congreso un discurso cuyo contenido ha sido conocido con el nombre de Doctrina Monroe, en el que declaraba que: “Los continentes americanos (...) no deben ser considerados ya como objeto de futuras colonizaciones por parte de las potencias europeas (…). No hemos intervenido, ni en adelante intervendremos en las colonias o independencias actuales de cualquier potencia europea (...). En las guerras entre potencias europeas por cuestiones propias de ellas no hemos tomado nunca parte alguna, ni interesa a nuestra política que la tomemos. América para los americanos”.

En síntesis, los colonos se habían levantado contra la metrópoli y transformaron su sistema político basándose en las ideas de Locke y de los filósofos de la Ilustración como Montesquieu. En cambio, en Europa las primeras revoluciones no pudieron implantar definitivamente un nuevo sistema político. La llegada de Napoleón interrumpió el proceso revolucionario en Francia, y todos los países europeos sufrieron las consecuencias de su afán de dominio. Más tarde, la restauración de las antiguas monarquías impidió durante años la implantación del régimen liberal. La Revolución Americana tuvo una gran repercusión en Europa y aún más trascendencia en Iberoamérica. Con su triunfo quedaba demostrado que los valores políticos y sociales difundidos por los filósofos ilustrados podían hacerse realidad en una nueva experiencia.


2. Revolución Industrial

La Revolución Industrial supuso el fin de la economía del Antiguo Régimen y el paso al sistema capitalista. Los países europeos habían mantenido una economía basada casi exclusivamente en la agricultura y en el comercio: la industria no existía y los productos se fabricaban en talleres artesanales. Pero las innovaciones tecnológicas darán lugar a nuevos métodos de producción para el consumo en masa. Llevó al liberalismo, la libertad individual, la existencia de una constitución que dictaba los derechos y deberes de los ciudadanos, la separación de poderes, para evitar la tiranía, y el derecho al voto; y la falta de intervención del Estado en cuestiones sociales, financieras y empresariales.

Gran Bretaña fue el país donde se inició la Revolución Industrial. El gran desarrollo de su comercio, favorecido por su imperio colonial en Asia, América y África, le había proporcionado una acumulación de capitales dispuesta a ser utilizada en nuevas inversiones; además, existía una gran demanda de productos de uso común tanto en las propias islas como por parte de los habitantes de las colonias. También fue en Gran Bretaña donde se inventaron una serie de máquinas capaces de producir mucho más rápido y barato que los talleres artesanales. La industria textil fue el primer sector económico en el que se adoptaron los nuevos avances tecnológicos. A principios del siglo XVIII, los tejidos que se fabricaban en Europa tenían como materias primas la seda, el lino o la lana. La lana no era suficiente para el consumo interno y era preciso importarla de la India. En 1730, un relojero llamado John Kay, inventó la lanzadera volante, que reducía a la mitad el tiempo para elaborar una pieza de tela. En 1763, James Hargreaves construyó la spinning-jenny, un instrumento mecánico capaz de reproducir el trabajo de un hilador con la rueca y mover varios husos al mismo tiempo. Poco después surge la primera máquina, inventada por Richard Arkwright, accionada con fuerza hidráulica, con la que se pudo fabricar los primeros tejidos finos de algodón.

En 1769, la innovación de James Watt, perfeccionando los experimentos de Thomas Newcomen, fue definitiva al aplicarse a una máquina movida por vapor que podía adaptarse a los telares y a los husos. Esta nueva máquina se empezó a utilizar en las fábricas de algodón a partir de 1780. Watt buscó un método que independizara la vaporización y la condensación de los cilindros del condensador, con el fin de consumir menos energía. Al inventar un condensador independiente que estuviera constantemente frío, mientras que el cilindro se mantenía siempre caliente, consiguió un ahorro de energía. Así, se fueron mecanizando todos los procesos de la producción de tejidos como el cardado del algodón, la elaboración mecánica de los husos para la fabricación del hilo, el estampado, etc. El invento de la máquina de vapor fue aplicado en adelante en toda clase de motores. Arkwright, que había inventado la water frame, fundó en 1771 la primera fábrica en Inglaterra.

El campo se incorporó al proceso de la Revolución Industrial. La invención de un nuevo utillaje hizo más sencillo el trabajo. Los arados triangulares permitían remover la tierra con gran rapidez, la aparición de las máquinas aventadoras y bateadoras facilitaron las labores agrícolas. El conocimiento de la química del suelo fue primordial para la utilización de plantas escardadoras, que aportaban nitrógeno, permitían suprimir el barbecho continuado y plantar, alternando en un mismo campo, cultivos distintos como cereales y forrajes. La utilización de abonos hizo posible ampliar la producción para consumo humano y animal. Se consiguió un mayor rendimiento al adoptar cultivos foráneos. Con el crecimiento de los forrajes, con los cultivos de pastos de invierno para los animales, se pudo aumentar la ganadería, la cría selectiva de ganado y producir de forma masiva carne, lana y piel.

A partir de 1750, los terratenientes se esforzaron en cercar sus propiedades incluyendo las tierras comunes. Esta situación se legalizó gracias a las demandas presentadas ante el Parlamento. Los pequeños propietarios agrícolas que resistieron sin vender sus propiedades vieron disminuir sus ingresos. En Francia, al contrario, las tierras quedaron en manos de pequeños o medianos agricultores que vieron acrecentadas sus propiedades después de la Revolución Francesa por la abolición de derechos feudales y el reparto de fincas de los emigrados y de la Iglesia. Pese a no existir grandes capitales invertidos, se pusieron en práctica nuevas técnicas agrícolas que permitieron el abastecimiento del mercado interior. A partir de 1870 se llega a la Segunda Revolución Industrial, en la que nuevas formas de energía como el petróleo y la electricidad sustituirían al carbón, la leña y la tracción animal.

En Europa, la población pasó de 187 millones a 400 millones a comienzos del XX. Se produjo un descenso en la mortalidad. Los progresos de la medicina y de la cirugía fueron significativos. El uso de la anestesia y la generalización de las medidas higiénicas en los hospitales evitaron muertes y contagios. Por otra parte, se acometió la construcción de redes de alcantarillado y desinfección de aguas para el consumo en las ciudades. La revolución demográfica contribuyó a un espectacular incremento de la demanda de bienes de consumo, a una reserva de mano de obra barata y a la urbanización y colonización de nuevas tierras. Hubo movimientos migratorios, del campo a la ciudad, de gentes que buscaban trabajo en las fábricas, así como la emigración europea a otros continentes. Unos cuarenta millones de europeos abandonaron sus países entre 1800 y 1930. En su mayoría, fueron a Canadá y Estados Unidos. La mejora en los transportes se produce con la aparición del ferrocarril y con la navegación a vapor. La construcción de los caminos de hierro fue la gran empresa del siglo XIX. Junto con el desarrollo de las comunicaciones, se permitió la articulación de los mercados nacionales e internacionales.

El capitalismo se basaba en la propiedad privada de los medios de producción y en la explotación del proletariado, nueva clase social formada por obreros que vivían exclusivamente de su salario y que, en principio, se encontraban en una situación de miseria. Con salarios muy bajos, los obreros trabajaban en fábricas o en minas y con sus sueldos no alcanzaban para cubrir las necesidades primarias. Las mujeres y los niños debían trabajar también, pese a las malas condiciones laborales, para completar con sus escasos salarios las necesidades de la familia. El trabajo en las fábricas era sumamente nocivo: el contacto con los metales causaba enfermedades de pulmón; en las que se manipulaba fósforo se producían malformaciones óseas y en la minería había muchos accidentes mortales. El gobierno británico fue el primero en establecer leyes laborales. En 1819 se promulga la ley sobre el trabajo de los niños. En 1842 otra ley prohibiría el trabajo de mujeres y niños en las minas y en 1847 se reduce a diez horas la jornada laboral de las mujeres y de los niños en la industria textil. La protesta obrera no se plasmó de forma significativa hasta la década de 1830-1840, con huelgas pacíficas o ataques violentos como el ludismo (destrucción de las nuevas máquinas que ponían el peligro los puestos de trabajo), terminaron ante los duros castigos impuestos por el Parlamento británico (1812) que llegaron a la pena de muerte.


3. Revolución Francesa

El término Antiguo Régimen fue acuñado por Antoine Pierre Barnavé (1761-1793) y denominó así al sistema vigente antes de 1789. El sistema político preponderante durante el Antiguo Régimen fue la monarquía absoluta, que significaba la concentración del poder legislativo, ejecutivo y judicial en manos del rey que solamente estaba limitado, en algunos casos, por las leyes y privilegios de los reinos, o por la necesidad de contar con la aceptación de los súbditos para exigir impuestos. Existían además algunas otras formas de ejercicio del poder como la parlamentaria en Inglaterra desde la revolución de 1688, la electiva de Polonia o la ejercida en el Sacro Imperio Romano Germánico. También existían algunas repúblicas como Venecia o las Provincias Unidas (Holanda). Desde finales del siglo XV el absolutismo se refuerza con la crisis del feudalismo.

En el Antiguo Régimen prevalecía una economía tradicional intervenida por reglamentos, normas y costumbres que asfixiaban cualquier iniciativa privada, regulando el uso de la tierra, la calidad y el precio del trabajo. La mayor parte de las tierras estaban en manos de la Iglesia y de la nobleza, que no podían venderlas, repartirlas en herencia o donarlas. La escasez de tierras existentes en el mercado hacía que éstas alcanzaran unos precios inaccesibles para los campesinos y sólo pudieran adquirirlas algunos burgueses adinerados. La industria y las actividades artesanales estaban reguladas por los gremios o corporaciones. No permitían la competencia de los no agremiados y existía una jerarquía estructurada en aprendiz, oficial y maestro.

A partir de la segunda mitad del siglo XVIII, la mayor parte de los monarcas europeos influidos por la Ilustración promovieron reformas para mejorar las condiciones de vida de sus súbditos y los sistemas económicos en sus respectivos países. Esta forma de gobierno ha recibido el nombre de Despotismo Ilustrado. En general, mejoraron la burocracia, impulsaron la elaboración de censos, reorganizaron la Hacienda, el Ejército, mejoraron la educación y realizaron importantes estudios y proyectos de reforma. Ahora, uno de los cambios fundamentales que se produjo con las revoluciones fue el de respetar el derecho a la propiedad individual y la libertad casi absoluta del individuo para disponer de sus bienes. Todas las formas de propiedad del Antiguo Régimen que no se ajustaran a este nuevo concepto dejaban de estar protegidas por la ley. Así sucedió con los patrimonios de las instituciones eclesiásticas que fueron vendidos en pública subasta por el Estado. A este proceso de nacionalización y venta se le denominó desamortización. Los bienes de la nobleza perdieron también la protección que les proporcionaba la institución del mayorazgo, quedando sus propietarios libres para enajenar sus propiedades. La característica más destacada del Nuevo Régimen fue la desaparición de los estamentos, de forma que todos los ciudadanos fueran iguales ante la ley, tuvieran los mismos derechos y las mismas obligaciones. Pero el uso de la igualdad, sobre todo en el aspecto económico, haría que unos ciudadanos destacaran más que otros.

Las causas que desencadenaron la Revolución en Francia fueron muchas. Las condiciones se habían ido acumulando. La burguesía había conseguido enriquecerse y crecer, aunque continuaba privada de derechos políticos que le impedían hacerse con el poder; unido con la ruina del campesinado y de la población urbana, provocada por la crisis agraria, industrial y financiera. A finales del siglo XVIII existía una gran crisis económica en Francia. La gran mayoría de la población francesa, que pertenecía al Tercer Estado o “Estado llano”, entre el que se encontraba también la burguesía, experimenta un enorme descontento, no sólo por el deterioro de la administración estatal, sino en especial por la crisis de subsistencias provocada por las continuadas malas cosechas y agravada por el crecimiento demográfico desmesurado. El rey Luis XVI decidió (1780), subir los impuestos y reformar la Hacienda, que se hallaba en crisis constante hasta alcanzar la bancarrota en 1788. El 16 de junio de 1789, ante la negativa del Rey a aceptar la propuesta del Tercer Estado que pedía el aumento de sus representantes y la primacía del voto individual frente al voto por estamentos, el estado llano se constituyó en Asamblea Nacional y sus miembros se juramentaron para dar al pueblo una Constitución que fuera capaz de solucionar los problemas económicos, jurídicos, políticos y sociales que les afligían. Se produjo una auténtica revolución jurídica al sustituirse el concepto de absolutismo real por el de Soberanía Nacional.

El 9 de julio de 1789 la Asamblea Nacional tomó el nombre de Asamblea Constituyente porque se propuso redactar una Constitución o ley fundamental para organizar la monarquía francesa de otra manera. El Rey claudica e invita al clero y a la nobleza a unirse al Tercer Estado en la Asamblea. El pueblo de París se subleva y asalta la cárcel de la Bastilla, símbolo de la tiranía real. El clima revolucionario se contagia a todas las poblaciones francesas. Los campesinos se levantan contra los señores asaltando y destruyendo muchas mansiones. El Rey tuvo que huir de Versalles y se refugió en el palacio de las Tullerías, en París, donde se sentía mejor protegido. La Asamblea votó el 4 de agosto de 1789 la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que proclamaba los principios fundamentales de Libertad, Igualdad y Fraternidad. Después se elaboró la Constitución Civil del Clero con el fin de conseguir la desamortización y nacionalización de los bienes de la Iglesia para hacerla depender del Estado. Así quedaron abolidos los privilegios de la nobleza y del clero y el absolutismo real fue sustituido por un régimen de Monarquía constitucional.

El 3 de septiembre se aprobó la Constitución de 1791 que establecía el régimen de Monarquía constitucional y la división de poderes: el ejecutivo para un rey hereditario, con poderes muy recortados; el judicial sería independiente y el legislativo, con gran capacidad de actuación, estaría en poder de una Asamblea de diputados elegidos por sufragio restringido (sólo podían votar los varones mayores de 25, que poseían un mínimo de fortuna). La Constitución garantizaba la libertad económica, abolía los monopolios, los privilegios económicos y los gremios y sentaba el principio de la libre iniciativa en la creación de empresas y en las relaciones laborales. En el aspecto administrativo, los empleos públicos se abrían a todos los ciudadanos. La Asamblea Constituyente se disolvió tras proclamarse la primera Constitución, dando paso a la Asamblea Legislativa que tenía como finalidad redactar las nuevas leyes. La compusieron 263 diputados de derecha, defensores de la Monarquía constitucional, y 136 diputados de izquierda, divididos en jacobinos (extremistas) y girondinos. Ambos grupos eran partidarios de la república como sistema de gobierno. Otros 300 diputados fueron considerados de centro por no pertenecer a ninguno de los grupos anteriores.

La nobleza y el alto clero animaban a la contra-revolución y solicitó la intervención armada de las Monarquías europeas. Se constituyó la Comuna de París, compuesta por los sans-culottes (revolucionarios ardientes que llevaban el pantalón del pueblo y no el aristocrático), que se rebeló contra la Constitución de 1791, y se decidió elegir una nueva Asamblea. El 10 de agosto de 1792 asaltó el palacio de las Tullerías para detener al Rey. Toda la familia real fue conducida al Temple (antigua residencia de los Templarios derruida en 1811) como prisionera del pueblo. Los jacobinos (Robespierre, Danton y Marat) procedieron a destituir a Luis XVI y a convocar elecciones para reunir una Convención Nacional que lograra cambiar el régimen de Monarquía constitucional por una República democrática. El primer acto de la Convención al constituirse el 21 de septiembre de 1792       fue proclamar la República. Los girondinos se hicieron con el poder y se encontraron obligados a condenar al Rey, declarado culpable de conspirar contra la libertad pública y atentar contra la seguridad nacional. El emperador de Austria y el rey de Prusia en agosto de 1791 se habían declarado en guerra contra el nuevo régimen francés y se dispusieron a liberar a Luis XVI. Para vencer al gobierno revolucionario se había formado una coalición antifrancesa. El pueblo francés se apresuró a alistarse en milicias de voluntarios para defender su nuevo régimen republicano. Mientras tanto, el 21 de enero de 1793 Luis XVI fue guillotinado por la presión popular.

Ante tantos conflictos internos y externos, la lucha política entre jacobinos y girondinos alcanzó su punto más alto en 1793, hasta que los girondinos perdieron el poder. Los jacobinos, liderados por Robespierre, se convirtieron en los dirigentes de la Convención apoyados por la Comuna, guillotinaron a muchos girondinos. Se había impuesto “La Dictadura del Terror” y los jacobinos tuvieron que elaborar una nueva Constitución para afirmar el régimen republicano. Esta nueva Constitución recogía principios políticos tan avanzados como la elección por sufragio universal directo, el poder ejecutivo elegido por la Asamblea entre los candidatos de los departamentos, los derechos de trabajo. Se introdujo un nuevo calendario basado en la climatología y en la agricultura, y el año 1793 fue considerado Año I. Los años comenzaban el 21 de septiembre (en honor a la primera República). Se suprimió la religión y se dio culto a La Razón, se elaboró una ley de precios y salarios y se formó un nuevo ejército, con servicio militar obligatorio, que continuó conquistando territorios extranjeros.

Con el empleo masivo de tropas se hicieron posible las batallas ofensivas. Las operaciones móviles, con líneas de tiradores, mostraron una gran eficacia frente a los ataques en formación cerrada. El nuevo ejército nacional francés se hizo invencible y de él surgió Napoleón Bonaparte. Robespierre, consiguió todo el poder en abril de 1794 al anular la Constitución de 1793 y a sus propios partidarios: Danton fue guillotinado y Marat asesinado por una activista girondina. Se consiguió dar el golpe de estado el 27 de julio de 1794, dominando así la Asamblea y guillotinando a Robespierre. Se elaboró una nueva Constitución que defendía los intereses burgueses y establecía el sufragio restringido. Se organizó la separación de los Poderes: ahora el Legislativo recaía en dos Cámaras (Consejo de Ancianos y Consejo de los 500) y el Ejecutivo estaba detentado por un Directorio compuesto por cinco miembros renovables uno cada año. Al Terror jacobino sucedió el Terror blanco. El 5 de octubre de 1795, los partidarios de la monarquía prepararon una marcha sobre las Tullerías, que fue sofocada por Bonaparte.

El Directorio intentó imponer una república de orden apoyado en una base social reducida: la burguesía propietaria y notable, que se oponía a la aristocracia como a la democracia popular y al jacobinismo. No obstante, tampoco pudo conseguir la paz exterior e interior. Bonaparte, después de desposarse con Josefina, recibió del Directorio el mando de Italia, donde obtuvo grandes victorias. Enviado a Egipto, tomó Alejandría y El Cairo. El golpe de estado del 18 Brumario (10 de noviembre de 1799) había puesto fin a la etapa del Directorio y dio paso al Consulado, que dejaba en manos de Napoleón las riendas del poder. El poder ejecutivo lo comenzaron a ejercer tres cónsules: el ex abate Sieyés y Ducos, anteriores miembros del Directorio, junto con Napoleón Bonaparte. Se puso en marcha la redacción de una nueva Constitución. La nueva Constitución lo situó a Bonaparte al frente del gobierno, con amplios poderes. Pasó de Primer Cónsul a Cónsul Vitalicio y a nombrarse en 1804 Emperador de Francia y de los países conquistados.

Francia, tras haber salido victoriosa en 1797 contra la Primera Coalición antifrancesa, entre 1798 y 1800 se enfrentó a la Segunda Coalición. En 1802 se firmó la Paz de Amiens, que deshacía la Segunda Coalición y detenía por el momento a Inglaterra. En 1801 Napoleón había alcanzado también la paz religiosa al firmar el Concordato con el Papa Pío VII. La mayoría de los estados europeos ya estaban sometidos al poder francés: Austria había firmado la paz con Napoleón, cediéndole el control del centro de y del norte. España había suscrito una alianza con Napoleón, y Portugal, principal país aliado de Gran Bretaña, quedó sometido en 1801 (guerra de las Naranjas). La guerra naval entre Francia e Inglaterra llevó en 1805 a la formación de la Tercera Coalición contra Napoleón, compuesta además de Gran Bretaña, por Rusia, Austria, Nápoles y Suecia. La derrota de la escuadra franco-española el 20 de octubre de 1805 en la batalla de Trafalgar (Cádiz), puso fin al plan de desembarco francés en las Islas Británicas. En 1806 se formó la Cuarta Coalición (Inglaterra, Rusia y Prusia), finalizando con la Paz de Tilsit de 1807: Prusia quedó desmembrada y Rusia, al verse aislada, tuvo que aliarse con Francia. Sólo restaba Inglaterra como principal enemiga. Napoleón recurrió al arma económica: el comienzo de los bloqueos que le llevaron a ocupar España, Portugal, Toscana y los Estados Pontificios. En 1809 se formó la Quinta Coalición antifrancesa entre Gran Bretaña y Austria. Tras la derrota austríaca se firmó la Paz de Viena en octubre de 1809.

En 1804, Napoleón había dictado una nueva Constitución para solucionar los problemas internos y externos. El gobierno ya no lo detentaría un triunvirato de cónsules sino que lo ejercería un emperador. El 2 de diciembre de 1804, Napoleón se coronó a sí mismo emperador de los franceses, en presencia del papa Pío VII. Finalizó el período de la Primera República Francesa y comenzó el Primer Imperio Napoleónico. Para obtener la aceptación de sus partidarios, Bonaparte sustituyó la antigua nobleza hereditaria por una nueva, que conseguía sus títulos por méritos propios, de guerra o por servicios al Estado. Así nombró príncipes, duques, marqueses y condes a sus generales y mariscales. Convirtió a sus hermanos en reyes: José, rey de Nápoles primero y después rey de España; Luis, de Holanda; Jerónimo, de Westfalia y a su cuñado Joaquin Murat le concedió el ducado de Berg y más tarde el reino de Nápoles. También instituyó la Legión de Honor, la más alta condecoración francesa hasta la fecha.

En 1810 ya había sido ratificada por el Papa la anulación de su matrimonio con Josefina, que no había podido tener hijos suyos. La Archiduquesa María Luisa, hija del emperador de Austria-Hungría, Francisco de Habsburgo, fortalecería la unión con Austria. La Emperatriz tuvo su primer y único hijo en marzo de 1811. Desde su nacimiento se le otorgó el título de Rey de Roma, como símbolo del poder imperial más prestigioso de la historia de Occidente. El principal problema de Napoleón era no poder conquistar Inglaterra por mar, por lo que decidió estrangularla económicamente. Pero la marina británica era muy fuerte y se había desplegado por todos los continentes, impidiendo también que Francia recibiera por vía marítima mercancías de las colonias o de sus Estados aliados.

En 1813 comienza a hacerse efectiva la rebelión de Europa. Suecia y Rusia rompen su alianza con Francia; el Zar temía el gran poder militar y económico que el Imperio francés estaba desplegando por Europa. Napoleón, entonces, decidió la conquista de Rusia. Mientras, se estaba organizando entre Gran Bretaña y Rusia la formación de la Sexta Coalición. Los rusos adoptaron la táctica de guerrillas que ya se había empleado en España, y sin enfrentarse al ejército francés en campo abierto, iban minando su retaguardia. Cuando Napoleón, tras su conquista de Borodino, cerca de la capital rusa, llegó a Moscú en septiembre de 1812, se encontró con una ciudad arrasada e incapaz de alimentar y cobijar a las tropas francesas. No había contado con el clima invernal de la estepa rusa. Ordenó la retirada pero ya el hielo y la nieve se habían apoderado del largo camino de vuelta. De los seiscientos mil, apenas regresaron cien mil. En octubre de 1813, Austria, Prusia, Suecia, Rusia e Inglaterra se volvieron a unir en la Séptima Coalición, que derrotó en Leipzig al ejército francés en la Batalla de las Naciones. Así, Francia fue invadida y París ocupado el 31 de marzo de 1814. Napoleón tuvo que rendirse y fue deportado a la isla mediterránea de Elba.

La paz se estableció por el Primer Tratado de París, firmado el 30 de mayo de 1814, en el que Talleyrand negoció la vuelta de Francia a sus fronteras de 1792 y la devolución del trono francés a los Borbones, restaurando como rey de Francia a Luis XVIII, hermano de Luis XVI. No obstante, la fragilidad del nuevo rey provocó el descontento del pueblo francés que ya suspiraba por Napoleón. Éste, se escapó de su encierro de Elba, desembarcó en Cannes (sureste francés) en marzo de 1815 y se volvió a proclamar Emperador de los franceses. Pero el nuevo Imperio sólo duró cien días, ya que las potencias europeas derrotaron definitivamente a Napoleón en junio de 1815 en Waterloo. El Emperador abdicó y los ingleses le deportaron a la isla de Santa Elena en el Atlántico africano, donde murió cinco años después. Las potencias europeas se propusieron restaurar el Antiguo Régimen. Pero la arbitraria división de Europa, que había nacido en 1815 en el Congreso de Viena para liquidar la Revolución Francesa y el Imperio Napoleónico, pero la imposición de soberanos sobre distintas nacionalidades y pueblos, traería consigo un resurgimiento del movimiento nacionalista. Había un intento de solidaridad entre las monarquías europeas ante el enemigo común (los liberales). Cualquier intento de revolución en un país europeo debía ser sofocado por las fuerzas que determinará el Directorio. Por primera vez estas fuerzas tenían un carácter multinacional.

La nueva distribución del mapa europeo resultó conflictiva. Inglaterra, que contaba con una gran armada y Rusia, que tenía un importante ejército, trataban de imponer su superioridad. Entre Prusia y Austria surgió una gran rivalidad por el interés en dominar los territorios alemanes. Así, en los estados alemanes y en los de la península italiana se desarrolló un intenso sentimiento nacionalista unificador. Lo mismo sucedió en el Imperio austríaco. Se ha denominado revoluciones burguesas a los levantamientos políticos, militares y sociales que tuvieron lugar en distintos países europeos en tres ciclos consecutivos: 1820-1823,1830-1833 y 1848. El detonante fue algo distinto en cada país. En 1825 tuvo lugar en Londres una grave crisis financiera. En Francia, se produce a partir de 1826 una intensa crisis económica que provocó revueltas campesinas, hasta llegar a su punto culminante en 1829. En Italia los movimientos revolucionarios van en contra de la presencia austríaca y del poder temporal de los papas. En 1831 se constituyen las provincias Unidas Italianas, pero Austria sofoca la insurrección y repone a los gobernantes. En Alemania tienen lugar levantamientos en varios Estados del centro. Las primeras revoluciones liberales tuvieron como escenario el sur de Europa y en general no llegaron a resultados positivos, salvo en Grecia.

En agosto de 1830 se inicia la revolución en la ciudad de Bruselas, con la expulsión de las tropas holandesas. La situación internacional favoreció la independencia de Bélgica ya que Francia e Inglaterra, que rivalizaban en el comercio con Holanda, apoyaron el movimiento revolucionario en oposición a Rusia, que apoyó a Holanda. El nuevo Estado promulgó una Constitución liberal en 1830 y el primer monarca fue Leopoldo de Sajonia Coburgo, tío de la reina Victoria de Inglaterra. Europa, tras la oleada revolucionaria de 1830, quedó dividida en dos grupos de países: el liberal, formado por Gran Bretaña, Francia, Bélgica y Portugal y el absolutista compuesto por Austria, Rusia, Prusia, España y el resto de los Estados que dominaban la Europa central y oriental.

En 1824, a la muerte de Luis XVIII, hereda en Francia el trono su hermano el ultramontano Carlos X, quien inicia su reinado con medidas autoritarias. El Rey, haciendo uso de su legítimo derecho, disuelve el Parlamento en 1830 y convoca nuevas elecciones que dan el triunfo a una mayoría de diputados independientes, contrarios a la política de Carlos X. Siguiendo los consejos del gobierno, el monarca decide suspender el régimen constitucional y gobernar por decreto, anulando las últimas elecciones. Las calles de París son tomadas. Los revolucionarios desafían al ejército y a la policía, que se niega a disparar un solo tiro. Carlos X abdica precipitadamente y huye a Inglaterra. Luis Felipe de Orleans, pariente de los Borbones, descendiente de Luis XIII, que había servido en el ejército republicano de 1792 y estaba ligado a la alta burguesía era la persona apropiada. Se acogió a la fórmula del liberalismo doctrinario. Dispuso que la pertenencia a la Cámara de los Diputados dejara de ser hereditaria, con gran disgusto para la mayor parte de la antigua nobleza, sino elegida por sufragio censitario. Por su parte, los radicales exigían el sufragio universal y una república mientras que los liberales sólo solicitaban una ampliación del electorado. Ante estas circunstancias, el Rey y su primer ministro Guizot, se negaron a cualquier tipo de cambio. Una nueva revolución, la de febrero de 1848, destronó a otro monarca y huyó a Inglaterra.

La burguesía reivindicaba un papel en el gobierno a la medida de su peso en la economía. El sistema de 1815 había caducado así como la precariedad del equilibrio político. En la Europa central y oriental, a la lucha por la libertad se unió un componente nacionalista. Se sucedieron en pocos días levantamientos populares, barricadas, insurrecciones, cambios políticos y represiones gubernamentales. Sólo el imperio ruso y Gran Bretaña se libraron del contagio. Aunque los gobiernos de 1850 y 1860, a pesar de ser hostiles a la revolución, satisfacieron algunas de sus reivindicaciones. Muchos pueblos de Europa deseaban las mismas cosas: gobierno constitucional, la independencia y unificación de los grupos nacionales, el fin de la servidumbre y de las obligaciones señoriales que aún existían. Y los elementos a combatir también eran bastante comunes: la iglesia católica y la extendida influencia de los Habsburgo.


4. Los Estados Nacionales

En el mundo del siglo XIX, el principio de autodeterminación será un concepto de suma trascendencia y, a partir de la Primera Guerra Mundial, el principal argumento de los nacionalismos sin Estado para alcanzarlo. Pueblos pequeños y medianos se consideraban a sí mismos como naciones, con derecho a sus propias soberanías e independencia. Excepto el imperio turco, que a lo largo del siglo XIX se va desprendiendo de jirones de su territorio, y que se convertirán en países independientes como Grecia, Bulgaria, Serbia o Rumania, el resto de los estados tienden a la unificación, a crear entidades mayores. Italia, Alemania, Suiza o Austria-Hungría iniciarán un proceso de unidad e independencia nacional que concluirá con el nacimiento de nuevos estados-nación. Al establecerse el principio de soberanía nacional como única detentadora del poder, las revoluciones estaban sentando las bases del nacionalismo, una de las fuerzas de movilización social y política más importante de la edad contemporánea.

Aquel primer nacionalismo era una mezcla de ideas que procedían de las de los conservadores y de las de los liberales. Los primeros insistían en que había que preservar las instituciones peculiares de cada lugar, las costumbres, la cultura. Los segundos proponían una mayor libertad del individuo frente al intervencionismo burocrático del estado. En Gran Bretaña y España los parlamentarios se unieron para oponerse a la posible autocracia monárquica. Los ingleses se negaron a perder sus históricas libertades parlamentarias y los españoles dictaron su propia constitución en 1812 tomando como modelo la francesa de 1791, aunque de sus sentimientos contrarrevolucionarios sacaron la máxima fuerza para restaurar al clero y a los Borbones. En Italia, la ocupación napoleónica que duró desde 1796 a 1814 estimuló la idea de unidad nacional, al acabar con la lealtad a los ducados, a los príncipes extranjeros y al papado. Con diferencia, el movimiento nacional de mayor fuerza fue el alemán, que se reveló no sólo contra la dominación francesa sino contra la influencia de la cultura gala, que regía la vida cortesana desde un siglo atrás. Cada pueblo que comparte un mismo lenguaje tiene su propio espíritu: el Volksgeist. Esta intuición se expresaba a través de las artes, tradiciones, costumbres, instituciones e ideas de cada nación, enraizada en un pasado intemporal, que daría lugar a una comunidad vital de lengua, raza y religión. El pueblo, que ya no es una vulgar multitud, se siente partícipe de una comunidad. La nueva realidad política sería la consecuencia de un contrato social por el que la sociedad civil, poseedora de la soberanía, hace depositaría de ésta al Estado.

Italia, a mediados del siglo XIX, estaba formada por un conglomerado de estados, principados, reinos extranjeros, ducados y marcas de distintos tamaños que habían sido ordenados y reordenados tanto por Napoleón como por el Congreso de Viena. Desde 1815, la única monarquía natural de Italia era la de Cerdeña, también llamada de Saboya o Piamonte, que reinaba al noroeste de la península. Más al este se situaban Lombardía y Venecia, que desde 1814 pertenecían al imperio austríaco. Al sur de Lombardía, se encontraba el ducado de Toscana, con su capital, Florencia, rodeada de una serie de pequeños ducados, como Módena, Parma o Lucca, regidos por príncipes austríacos, que se extendían hasta lindar con los estados septentrionales. El centro de la península la ocupaban los Estados Pontificios; al sur se hallaba el reino de Nápoles o de las Dos Sicilias, gobernado desde 1735 por una rama de los Borbones. Los Estados Pontificios separaban este norte productor del pobre, y  era un obstáculo para la unificación: Pío IX identificaba nacionalismo con liberalismo.
, hasta condenarlo en los documentos pontificios.

Durante el proceso revolucionario de 1830 los italianos no mostraron ningún sentimiento común frente a los pequeños levantamientos contra los soberanos. Aún así, Mazzini funda en 1831 la Joven Italia, con la que pretende incitar a las masas para liberarse de los austríacos y favorecer la unificación. No ocurre lo mismo a partir de 1848; tras la ocupación de Ferrara por tropas austríacas, los sardos deciden ayudar a los milaneses. En pocas semanas se produce la unión de Piamonte, Lombardía y Venecia. Pero el desconocimiento del terreno por parte de los piamonteses, quienes ignoran dónde tenían los austríacos atrincherados sus destacamentos, lleva al ejército al desas¬tre. Víctor Manuel II descubre la dificultad de la unificación sin la ayuda extranjera y decide intervenir en la guerra de Crimea (1853- 1856) para presentar sus exigencias en la mesa de la paz. Tras la revolución de 1848 y el establecimiento de la República Romana encabezada por Mazzini que obligara al Papa a abandonar sus territorios, la intervención del ejército francés en 1850 permite el regreso del pontífice, quien inicia una política conservadora frente al movimiento italiano. Víctor Manuel II solicita al Papa que le conceda el gobierno efectivo de sus marcas. Camilo Cavour será nombrado por Víctor Manuel II primer ministro de Piamonte en 1852. Cavour era consciente de que para expulsar a los austríacos debía incitar a los franceses. Su plan maestro consistió en provocar deliberadamente a Austria, tras haberse asegurado el apoyo de los galos. Cavour promueve en los territorios papales movimientos populares, que solicitan su incorporación al reino de Piamonte-Lombardía.

La anexión del sur de Italia será obra de un marino sardo que había luchado en la independencia de Uruguay, vivido en Estados Unidos y formado parte del triunvirato de la república Romana de 1849: Giuseppe Garibaldi. Para llegar de Nápoles a Roma, Garibaldi tendría que soslayar la defensa francesa del papado. Pero Cavour se le adelanta, conduce al ejército sardo por los Estados Pontificios hacia Nápoles sin acercarse a Roma y conquista el territorio que Garibaldi deseaba convertir en república. El enemigo de los reyes, Garibaldi, consintió en recorrer las calles de Nápoles en coche descapotable junto a Víctor Manuel II. Un plebiscito confirmaba la unión del norte y el sur. Excepto Roma y Venecia, en 1861 se proclamaba formalmente el reino de Italia bajo la corona de Víctor Manuel II. En 1866 se uniría Venecia, como premio a la ayuda de Italia a Prusia en la guerra contra Austria. Roma será anexionada en 1870, tras la caída del Segundo Imperio Francés y la retirada de las tropas galas del Vaticano, después de la victoria prusiana frente a Napoleón III en Sedán y Metz.

En breve, la unificación presentará unos aspectos positivos, como el uso de la moneda única, el código penal uniforme y la supresión de aranceles. Pero los nacionalistas más recalcitrantes consideraban la unión inconclusa. Miraban hacia el Trentino, Trieste, algunas islas dálmatas, Niza o Saboya como territorios desgajados. De este modo comienza el discurso de la Italia irredenta, el nacimiento de una serie de reclamaciones, semillas de la Segunda Guerra Mundial. Por otra parte, la ocupación de Roma abrirá una inmensa brecha entre el estado italiano y el papado, entre los católicos y el gobierno. Pío IX decidió permanecer en reclusión perpetua dentro del Vaticano tras la pérdida de sus territorios. Hasta 1929, gobernando Benito Mussolini, el papado no reconocerá al estado italiano.

Por otra parte, en el siglo XIX, el Sacro Imperio Romano Germánico aún era un manto que cubría desde Alsacia a Polonia y desde los Países Bajos a los Balcanes. El mundo alemán del siglo XIX no tenía fronteras tangibles, los pequeños estados eran conscientes de la existencia de otros estados, de otras naciones, pero no de Alemania. Tras el Congreso de Viena de 1815, la Confederación Germánica queda constituida por 39 estados, de los cuales Austria y Prusia aparecen como los más poderosos, seguidos de Baviera, Wurtemberg, Hannover y Sajonia, hasta llegar a los más pequeños, las ciudades libres de Hamburgo y Francfort. El único órgano comunitario era una Dieta federal presidida por el emperador de Austria, quien se empeña en mantener un status quo que le beneficia para conservar un imperio multinacional que incluía además Hungría, Bohemia e Italia.

En 1834, bajo la hegemonía de Prusia, se establece una unión aduanera, el Zollverein, entre los estados del norte de Alemania. Entonces se industrializa la zona del Ruhr. En 1835 se inaugura la primera línea ferroviaria Nuremberg-Fürth y, poco después, sin tener en cuenta las divisiones políticas, todo el norte de Alemania se halla recorrida por una tupida red de ferrocarriles. Con la revolución liberal y la formación de la Asamblea de Frankfurt, los nacionalistas habían ansiado la unificación alemana de un modo constitucional. Después de intentar derribar distintos gobiernos, en 1850 se restablece la Confederación Germánica. Renania. En 1850 Federico Guillermo IV promulga una Constitución, de las más progresistas del momento, para apaciguar las diversas regiones de Prusia. Su parlamento, formado por dos cámaras, elegía por sufragio universal masculino a la cámara baja según el pago de impuestos, lo que daba a los grandes terratenientes e industriales una posición especial de privilegio dentro del gobierno. A mediados del siglo XIX, Prusia aumenta ostensiblemente su producción de maquinaria y de extracción de minerales, lo que la convierte en una potencia dentro de la propia Alemania. El poder económico reforzó la conciencia política de la burguesía liberal, que creará en 1861 el partido Progresista Alemán. El nuevo primer ministro, nombrado en 1862, Bismarck, aceptará el reto y gobernará durante cuatro años sin contar con la aprobación parlamentaria del presupuesto, modernizando el ejército y preparando a Prusia para hacer de ella un modelo.

Bismarck no era nacionalista, era prusiano, y no comprendía ni el mundo alemán ni el occidental que le parecían revolucionarios, turbulentos, librepensadores y materialistas. Consideraba ignorantes e irresponsables a los cuerpos parlamentarios como órganos de gobierno. El liberalismo, la democracia y el socialismo le repugnaban. Prefería enaltecer el deber, el servicio, el orden y el temor de Dios. La idea de la unificación alemana se desarrolló en su pensamiento gradualmente, como condición necesaria para el fortalecimiento de Prusia. Bismarck se va a ocupar de desacreditar y aislar a Austria frente a la diplomacia internacional. El resultado será que en 1866 Prusia está en guerra con todos los estados alemanes, a los que vence sin ninguna dificultad. Bismarck dicta una nueva constitución para la Confederación, que ostenta una estructura federal. El jefe hereditario será el rey de Prusia, los ministros son responsables ante él. El parlamento se divide en dos cámaras. Para gran disgusto de Marx, los socialistas llegan a un entendimiento con Bismarck, dispuestos a aceptar la Confederación Alemana del Norte a cambio de un sufragio democrático. Por su parte, Bismarck conseguía la aprobación popular de su naciente imperio. En el salón de los Espejos del palacio de Versalles, mientras los cañones alemanes apuntaban hacia París, Bismarck hizo proclamar el 18 de enero de 1871 el Imperio alemán. Así, el rey Guillermo I de Prusia recibía el título hereditario de emperador de Alemania.

En Francia, la revolución de 1848 logró la expulsión del trono de Francia del rey burgués Luis Felipe de Orleans y la proclamación de la Segunda República francesa, con el restablecimiento del sufragio universal masculino y la garantía de las libertades individuales. Durante un lustro, la sociedad francesa viviría sumida en frecuentes tensiones entre monárquicos, divididos entre legitimistas (partidarios de la dinastía borbónica), orleanistas (que apoyaban a Luis Felipe de Orleans) y bonapartistas. Estos grupos se enfrentaban a los republicanos moderados y radicales, y todos ellos contra los socialistas (Proudhon), protagonistas de la Revolución de febrero de 1848. La Constitución del 48 logró abolir la esclavitud en los territorios de Francia. Este experimento republicano quedó sofocado por el advenimiento de un régimen autoritario, el Segundo Imperio francés, impuesto por el mismo presidente de la Segunda República francesa, Luis Napoleón Bonaparte. La burguesía francesa ya estaba cansada de revoluciones y luchas proletarias.

La dictadura imperial de Napoleón III duraría casi 18 años, de diciembre de 1852 hasta septiembre de 1870. El afán imperialista de Napoleón III con la culminación de la conquista de Argelia y la expansión colonial en China e Indochina en 1858, y su empeño en apoyar los movimientos nacionalistas de los Balcanes, Italia y Alemania, llevaron a Francia a involucrarse en varios conflictos armados. A partir de 1867 la política interior y exterior de Napoleón III había entrado en crisis. Las críticas al régimen aumentaban por la contradicción entre una política liberal en el exterior (apoyo a los nacionalismos) y la dictadura en el interior. En un plebiscito celebrado en 1870, el Imperio liberal obtiene el 83% de los votos. Francia ya estaba preparada para cambiar de régimen. Tras la derrota frente a Prusia, la captura de Napoleón III y la consiguiente pérdida de Alsacia y Lorena (importantes centros textil y metalúrgico, respectivamente) a favor de Alemania, el 4 de septiembre de 1870 se proclama la Tercera República francesa y se forma un gobierno de Defensa Nacional. En 1871 Bismarck impone a Francia la celebración de elecciones para reunir una Asamblea Nacional que firmase los tratados de paz y respaldase las indemnizaciones de guerra. El 1 de marzo entraron los alemanes en París y se produjo una insurrección proletario-socialista en la capital. El Gobierno de Thiers se vio obligado a huir a Versalles, mientras la Comuna de París se hacía fuerte y proclamaba un manifiesto donde figuraba el proyecto de la formación de un Estado francés compuesto por una federación de comunas libres y autónomas y la separación de Iglesia y Estado

Con la derrota francesa ante Prusia y aniquilada la Comuna de París, la Asamblea francesa se propuso buscar un tipo de régimen que pudiera aglutinar a todas las fuerzas políticas. Ante el desprestigio a que habían llegado muchas casas reinantes en Europa, la Asamblea monárquica se pronunció por un régimen republicano conservador. Se dictó la Constitución de 1875 que se diferenciaba de las anteriores por su brevedad, ausencia de declaración de derechos y por su espíritu de transacción. Con la Constitución de 1875 el régimen republicano triunfaba, aunque la carencia de programas fijos por parte de los partidos originó la formación de mayorías inconstantes y gobiernos inestables (50 gobiernos hasta 1914).


5. Primera Guerra Mundial

A finales del siglo XIX y comienzos del XX la diplomacia europea tuvo como principal objetivo la formación de grandes alianzas. Este periodo es conocido como la Paz Armada. En él se formaron dos bloques antagónicos: la Triple Alianza (Alemania, Italia y Austria-Hungría) y la Triple Entente (Rusia, Francia y Gran Bretaña), que acabarían enfrentándose en la Primera Guerra Mundial. El complejo sistema de alianzas diseñado en su inicio (Triple Alianza) por el Canciller alemán Otto von Bismarck tenía como propósito mantener aislada a Francia. El sistema bismarckiano consolida el II Reich alentando o moderando las tensiones europeas y estableciendo alianzas defensivas. Con la subida al trono alemán del emperador Guillermo II en 1888 se produjo la caída de Bismarck. En estos momentos afloran una serie de enfrentamientos entre Rusia y Austria por la rivalidad territorial en los Balcanes (la mayor parte de esta zona se encontraba bajo el Imperio otomano), las agitaciones nacionalistas en los imperios austro-húngaro y turco, las rivalidades anglo-rusas en el Mediterráneo oriental y entre Italia y Austria por los territorios de Istria y Trento. El Emperador alemán pretendía convertir a su país en una gran potencia mediante la adquisición de territorios en África y Asia, objetivo que Gran Bretaña, poseedora del mayor imperio colonial, no estaba dispuesta a consentir. Por otra parte, en 1902 Italia había llegado a un acuerdo secreto de no agresión con Francia y en 1911 declaró la guerra al Imperio turco. Italia abandonó la Triple Alianza para unirse a la Triple Entente y así poder declarar la guerra al Imperio austro-húngaro, que estaba ocupando territorios del norte de Italia.

Desde comienzos del siglo XX las potencias mundiales se enfrentaron a dos grandes crisis internacionales: las coloniales entre Alemania y Francia por el dominio de Marruecos, y las balcánicas de origen nacionalista, entre Austria-Hungría y Rusia por el predominio en la zona. Todas estas crisis han sido consideradas como las causas profundas de la Primera Guerra Mundial. El detonante surgió cuando, e heredero del trono de Austria-Hungría, el archiduque Francisco Fernando, sobrino del emperador Francisco José, fue asesinado junto a su esposa el 28 de junio de 1914 en Sarajevo (Bosnia) por un nacionalista serbio. Inmediatamente, Austria aprovechó la situación para culpabilizar a Serbia e imponerle unas reparaciones inaceptables. Ante la negativa del gobierno serbio, Austria le declaró la guerra el  28 de julio de 1914. Rusia concedió su apoyo a los serbios. Gran Bretaña también entró en guerra contra Alemania por invadir los alemanes Bélgica, con el fin de conquistar Francia desde el norte. Una vez iniciada la guerra entre Alemania y Austria contra Serbia, Rusia, Francia y Gran Bretaña, se unieron a la Triple Entente Bélgica, Portugal, Rumania, Grecia, Italia y Japón. Al “bloque germano” le apoyaban Turquía y Bulgaria. En 1917 entró en guerra Estados Unidos al lado de los aliados contra Alemania, lo que ocasionó la mundialización de la Gran Guerra, que se desarrolló en dos frentes: el occidental, entre Francia y Alemania; y el oriental, entre Rusia y Alemania.

La Gran Guerra había puesto fin a cinco siglos de expansión y hegemonía de Europa en el mundo. De ella surgió un mundo distinto como consecuencia de la caída de los centenarios imperios multinacionales, la revolución soviética, la recomposición de los imperios coloniales y el diseño de un nuevo orden internacional. El 18 de enero de 1919 comenzó la Conferencia de Paz de París, en el palacio de Versalles, con la asistencia de setenta representantes de las veintisiete naciones vencedoras y presidida por el primer ministro francés, George Clemenceau. También se sentaron las bases para que una Sociedad Internacional velara por el cumplimiento de las condiciones de paz. En ese momento nació la Sociedad de Naciones. Los países vencedores decidieron establecer acuerdos de paz con cada país vencido. A lo largo de un año se fueron estableciendo los tratados: a) la paz de Versalles se firmó con Alemania en junio de 1919, y se basó en el respeto de las nacionalidades, la democracia y el castigo a Alemania; algunos países adquirieron territorios (Serbia se convirtió en Yugoslavia con la adquisición de Eslovenia, Croacia y Bosnia-Herzegovina); b) la paz de Saint-Germain se suscribió con Austria en septiembre de 1919, y se declaró independientes a Yugoslavia, Hungría, Checoslovaquia y Polonia; c) la paz de Neuilly se suscribió con Bulgaria en noviembre de 1919, que tuvo que ceder a Grecia la Tracia mediterránea; d) la paz de Sévres, ratificada en agosto de 1920, obligaba a Turquía a que sus estrechos fueran internacionalizados; Armenia consiguió la independencia e Irak, Palestina, Transjordania, Chipre y Arabia pasaron a depender de Gran Bretaña; Siria y el Líbano de Francia; el sur de Anatolia, el Dodecaneso, Rodas y Adalía de Italia, Ksmirna, Tracia, Gallipoli y las islas egeas no italianas se concedieron a Grecia; el Kurdistán consiguió la autonomía.

Alemania fue la gran derrotada. Perdió territorios fundamentales como Alsacia y Lorena, el Sarre, Renania, todas sus colonias y quedó desarmada, desmilitarizada y arruinada. Las condiciones tan humillantes que se impusieron a los alemanes fueron la causa del renacer nacionalista que veinte años más tarde provocaría la Segunda Guerra Mundial. Terminada la contienda, se plantearon graves problemas en todos los países en ella implicados: desmovilización, reconstrucción de la industria, superación de las dificultades económicas, creación de puestos de trabajo, restablecimiento del orden público, deudas de guerra, etc. Los pueblos esperaban de sus gobernantes rápidas soluciones, al tiempo que las controversias entre los partidos políticos aumentaban su desconfianza hacia los sistemas parlamentados. Sin embargo, por el momento, el triunfo de las armas se identificaba con el triunfo de la democracia. Desaparecieron las dinastías de los Habsburgo, Romanov, Hohenzollern y de los sultanes otomanos. En lugar de las diecisiete monarquías y tres repúblicas europeas de 1914, se cuentan, en 1919, trece repúblicas y trece monarquías.


6. Revolución Rusa

Rusia inició en las últimas décadas del siglo XIX una serie de transformaciones sociales y económicas que implicaron el cambio de una economía de base agrícola a otra en la que la industrialización ganaba terreno. Los zares mantuvieron un poder absolutista hasta el año 1905, momento en el que se acometieron algunas reformas liberales que resultaron insuficientes. La participación de Rusia en la Primera Guerra Mundial, con la oposición mayoritaria del pueblo ruso, y las derrotas sufridas por el ejército provocaron un primer levantamiento en febrero de 1917, que significó el fin del régimen zarista. Un nuevo levantamiento en octubre del mismo año, esta vez dirigido por los bolcheviques, supuso la instauración del primer régimen comunista en el mundo.

A finales del siglo XIX, Rusia era un país atrasado. Sin embargo, hubo una cuestión que difirió del resto del continente: la importante concentración de trabajadores que se dio en las fábricas rusas. Casi la mitad de los obreros trabajaban en empresas de más de 500 operarios. Con la falta de derechos sindicales y de huelga de los trabajadores rusos, cualquier protesta, y la consiguiente represión, implicaba graves enfrentamientos con empresarios y poderes públicos. En 1901, se fundó el partido Social Revolucionario, que defendía principalmente los intereses de los campesinos, a quienes señalaba como sujetos de la futura revolución. Por su parte, los socialdemócratas pensaban, de acuerdo con las ideas de Marx, que el proletariado urbano era la auténtica clase revolucionaria, llamada a dirigir la sociedad que nacería tras el fin del capitalismo. En 1903, el partido Social Demócrata quedó dividido en dos fracciones, la bolchevique (mayoría) y la menchevique (minoría). Entre los bolcheviques se encontraba Vladimir Ilich Ulianov, más conocido por Lenin, que defendía la actuación de una minoría para dirigir el partido, mientras que los mencheviques apostaban por un partido más amplio y menos centralizado.

Los bolcheviques querían llevar a cabo una revolución socialista e implantar la dictadura del proletariado, mientras que los mencheviques estaban dispuestos a colaborar con liberales y demócratas para realizar los cambios necesarios en la sociedad.
Tanto el partido Social Revolucionario como el Social Demócrata actuaban en la clandestinidad, y sus militantes solían ser jóvenes intelectuales que pertenecían a las clases alta y media. Las derrotas sufridas por el ejército ruso en su guerra colonialista contra Japón, en 1904, actuaron como desencadenante. Los obreros rusos realizaron una serie de peticiones que pretendían hacer llegar al Zar en persona. En un domingo de enero de 1905, una manifestación de 200.000 ciudadanos se dirigió hacia el Palacio de Invierno en San Petersburgo, residencia oficial de los zares. Los trabajadores solicitaban la jornada de 8 horas, el incremento del salario, la sustitución de funcionarios corruptos y la formación de una asamblea constituyente elegida democráticamente. El ejército ruso que custodiaba el palacio disparó contra la multitud causando la muerte a unas trescientas personas e hiriendo a más de mil. Esta jornada se conoce como el domingo sangriento, y fue el inicio de una serie de huelgas y levantamientos revolucionarios.

El partido Social Demócrata organizó soviets (consejos) de trabajadores en las principales ciudades y promovió una huelga general. El Zar prometió la concesión de libertades, la promulgación de una constitución y la creación de una asamblea con poderes legislativos. Nicolás II no cumplió sus promesas. La entrada de Rusia en la Primera Guerra Mundial no contó con el apoyo decidido de la inmensa mayoría de la población, por lo que las derrotas en el campo de batalla, las pérdidas territoriales, la muerte de al menos dos millones de soldados rusos, acompañadas de una grave crisis económica, la escasez de alimentos y la acción decidida de los revolucionarios rusos provocaron la revolución de 1917. La revolución de febrero fue una revolución democrática, pero derivó, por el impulso decidido de los dirigentes bolcheviques, hacia la instauración de un régimen comunista. La población se movilizó provocando motines y huelgas en la capital, Petrogrado. El Zar intentó reconducir la situación y hacerse con el control el poder, pero los soldados de Petrogrado se habían sumado a la revolución, por lo que Nicolás II, sin la ayuda del ejército, tuvo que abdicar el 17 de marzo de 1917.

Frente al poder del gobierno provisional se alzaba el poder del soviet de Obreros. La decisión del gobierno de no poner fin a la presencia rusa en la guerra mundial fue un hecho decisivo. Lenin defendió el fin inmediato de la participación en la guerra y exigió que todo el poder pasara a los soviets. La influencia de los bolcheviques iba en ascenso, así el soviet de Petrogrado, que desde el principio estuvo en manos de social-revolucionarios y mencheviques, pasó a estar dominado por los bolcheviques, que colocaron como presidente a Liova Davidovich Trotski. El 10 de octubre, Lenin imponía sus tesis revolucionarias en el Comité Central del partido bolchevique, que decidía llevar a cabo la insurrección para alcanzar el poder. En los días 24 y 25, la Guardia Roja dirigida por Trotski, junto con los marinos de la base de Kronstadt y grupos de soldados y obreros simpatizantes de los bolcheviques ocuparon los lugares claves de la ciudad, como la oficina de teléfonos, las estaciones de ferrocarril o las instalaciones eléctricas. Por último, la sede del gobierno, el Palacio de Invierno, fue ocupada el día 25, mientras que Kerensky huía con destino a EE.UU.

El Congreso de los Soviets nombró un nuevo gobierno, bajo el nombre de Consejo de Comisarios del Pueblo. Lenin fue el presidente, mientras que los restantes ministerios estuvieron ocupados, entre otros, por Trotsky, en Asuntos Exteriores; Stalin, en Nacionalidades; Lunacharsky, en Cultura; Antonov Ovseenko, como ministro de Guerra o Rykov, en Interior. Lenin presentó sus dos primeras medidas: las negociaciones para la consecución de una paz justa sin anexiones ni indemnizaciones y la confiscación de la propiedad de la tierra sin compensaciones para su distribución entre los campesinos.
Tras el triunfo de la revolución, el gobierno celebró las elecciones para la Asamblea Constituyente el 12 de noviembre de 1917. Los bolcheviques obtuvieron el 25% de los votos, mientras que los social-revolucionarios consiguieron el 60%. La Asamblea se constituyó en enero de 1918, e inmediatamente Lenin la disolvió. El líder comunista no había llevado a cabo la revolución para establecer un régimen democrático, sino para instaurar la dictadura del proletariado. Desde este momento, fueron prohibidos los partidos liberales y constitucionalistas, que pasaron a formar parte de las filas de la contrarrevolución, mientras que los mencheviques y social-revolucionarios mantuvieron la legalidad durante algunos meses. En marzo de 1918, el partido bolchevique pasó a denominarse Partido Comunista. En junio de 1918, el gobierno restablecía la pena de muerte y, al mes siguiente, era ejecutada toda la familia real rusa.

Rusia pasaba a denominarse República Soviética Federal Socialista Rusa. Nombre que mantuvo hasta 1922, momento en el que pasó a denominarse Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), al unirse a Rusia las repúblicas de Ucrania, Bielorrusia y las del Cáucaso, Armenia, Georgia y Azerbaiján. Una nueva constitución, aprobada en 1924, mantenía en esencia el articulado de la constitución de 1918, salvo el reconocimiento del derecho de las repúblicas de abandonar la unión o la posibilidad de futuras anexiones. La Constitución señalaba como objetivo prioritario el establecimiento de la dictadura del proletariado. Los órganos de representación comenzaban con la elección, exclusivamente por parte de obreros y campesinos, de los soviets locales. Sus representantes acudían al siguiente nivel, los soviets provinciales, donde se elegían a los delegados que estarían presentes en el soviet de la República correspondiente, que, a su vez, enviaban sus delegados al Congreso de soviets de toda la Unión, máximo órgano legislativo. Este Congreso elegía al Consejo de Comisarios del Pueblo, órgano ejecutivo del poder. La Constitución soviética, a diferencia de las constituciones liberales, no garantizaba los derechos y libertades de los ciudadanos ni reconocía la separación de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. En 1936, se aprobó una nueva constitución más liberal que la anterior de 1924, que declaraba las libertades normales que disfrutaban los ciudadanos en occidente. A diferencia del sistema indirecto de la ley anterior, la nueva constitución posibilitaba que todos los ciudadanos, sin diferencia de clases, pudieran elegir sus representantes en los soviets superiores.

Pero el auténtico poder en la URSS se encontraba en el partido comunista. En la cúspide se encontraba el Comité Central, que constaba con una secretaría general, con un comité político, el Politburó, y un comité de organización, el Orgburó. Los militantes del partido se encontraban en todos los niveles de las instituciones del estado. Con la muerte de Lenin en 1924 se iniciaba un período de lucha interna por el poder en el Partido Comunista. Iósip Stalin y León Trotski, antiguos bolcheviques, eran los principales candidatos. Trotski era partidario de continuar la revolución mundial. Stalin defendió el socialismo en la URSS antes que promover levantamientos en otros países. Por otro lado, Trotski criticaba el estancamiento y la burocratización que estaba sufriendo el partido, y apostaba por la recuperación de los valores que habían hecho posible la revolución de 1917. Era partidario de una revolución permanente que mantuviera a los militantes comunistas siempre alertas ante los peligros de la acomodación en los cargos estatales. Trotski abogaba por un cambio urgente hacia la colectivización agraria y un proceso rápido de industrialización, mientras que Stalin defendía el abandono de la economía de mercado de forma más paulatina. Trotski fue perdiendo los apoyos de los viejos camaradas bolcheviques al mismo ritmo que Stalin afianzaba sus redes de poder. En julio del año siguiente, el Comité Central condenaba a Trotski, junto con otros dos viejos bolcheviques, Kamenev y Zinoviev, por desviacionismo ideológico. En fin, en 1927, el XV Congreso del Partido Comunista se decantaba abrumadoramente por Stalin. Trotski fue enviado, en primera instancia, a Siberia. En 1929, era expulsado de la URSS y, tras su paso por varios países europeos, recaló en México, donde realizó una importante labor propagandista contra su viejo camarada.

En 1929, se aprobaba el I Plan Quinquenal. El objetivo era la industrialización del país y la colectivización de la tierra, todo ello mediante la planificación económica, alternativa soviética a la economía de mercado. Se iniciaba en cada fábrica mediante la realización de estudios técnicos en los que se consignaba la cantidad a producir, la mano de obra necesaria, el salario a pagar, etc. El estado creó una agencia, llamada Gosplan, que centralizaba toda la información recibida y decidía el volumen de la producción en cada artículo. Fue necesaria la importación de maquinaria. Los planes siguientes intentaron disminuir las importaciones. La producción de la industria rusa creció de una forma exponencial y logró la emigración del campo a la ciudad. La población nunca pudo disfrutar de artículos de consumo. La propaganda estatal fue clave para mantenerla ilusión de una población que tenía puestas sus esperanzas en un futuro sin restricciones. El estado señalaba como modelo social a seguir la de aquellos trabajadores que lograban aumentar la producción.


7. Entreguerras

La adopción de la democracia como nuevo sistema político en la mayoría de los países europeos fue una de las consecuencias de la Primera Guerra Mundial. Se fue fortaleciendo la conciencia nacional y el principio de la autodeterminación de los pueblos. La destrucción de los Imperios Alemán, Austro-Húngaro, Ruso y Turco conllevó la creación de nuevos estados que se convirtieron en repúblicas con gobiernos constitucionales y democráticos. Al período que transcurre entre uno y otro conflicto mundial (1919-1939) se le ha dado el nombre de “entreguerras”. Ha sido la etapa en que la civilización y la conciencia europea entraron en crisis por la dislocación de los principios sobre los que había descansado el progreso de la sociedad liberal y burguesa. Los gobiernos fascistas y el imperialismo militarista desafiaron el orden establecido que había surgido de los tratados de paz de París, lo que acabó por desembocar en el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Durante la primera etapa posbélica (1918-1923) las relaciones internacionales estuvieron dominadas por el espíritu de Versalles, aunque en la primavera de 1921, se formó una alianza entre Checoslovaquia, Yugoslavia y Rumania, la Pequeña Entente, para defenderse de las pretensiones húngaras de recuperar sus territorios perdidos. También se fueron organizando otras alianzas para evitar posibles expansionismos: Polonia se alió con Francia en contra de Alemania, y Yugoslavia con Francia en contra de Italia. Así, la alianza de la Pequeña Entente con Francia desde 1924, supuso un sistema de seguridad que colocaba a Checoslovaquia frente a Alemania y Austria, a Rumania contra Hungría y Rusia (que se había apropiado de la Besarabia rumana) y a Yugoslavia frente a Italia y Grecia. A estas alianzas se opusieron Hungría, Gran Bretaña (que no deseaba el protagonismo diplomático de Francia y necesitaba vía libre por el Mediterráneo), Grecia e Italia. Estos cuatro países formaron también su propio sistema de alianzas. La Sociedad de Naciones (SDN) se encontraba impotente para resolver las disensiones políticas que se estaban produciendo entre sus miembros.

Durante la segunda etapa posbélica (1923-1929) predominó la prosperidad general y la estabilidad, período también denominado los felices años veinte. Debido a la transformación de las industrias bélicas en industrias de paz, la producción fue aumentando, sobre todo la de la industria automovilística que se vio favorecida por la producción de petróleo, acero, caucho y construcción de carreteras. Francia e Inglaterra se beneficiaron de las reparaciones de guerra alemanas y fueron reduciendo el desempleo y la inflación. La URSS salió a flote por la imposición de la Nueva Política Económica y los planes quinquenales. A pesar de que Francia había conseguido la supremacía en Europa, no se sentía segura frente a Rusia y Alemania, países que estaban resurgiendo aunque con grandes esfuerzos.

En gran parte de Europa y Asia, poco tiempo después de finalizado el conflicto mundial, se fueron estableciendo sistemas autoritarios por golpes de estado, guerras civiles o voluntades populares. Las dictaduras fascistas de Italia y Alemania propiciaron regímenes dictatoriales conservadores en la mayor parte de la Europa oriental meridional. La República turca se fundó al deshacerse el autocrático Imperio otomano por la desmembración de sus antiguos dominios y a consecuencia de la Gran Guerra. Los países asiáticos más relevantes, Japón y China, también se vieron influidos por las potencias occidentales y por los regímenes dictatoriales.

Tras la Primera Guerra Mundial, el vacío de poder por el hundimiento de los viejos regímenes y las antiguas clases dirigentes dio la oportunidad de triunfar a los movimientos fascistas. Estos constituyen la versión conservadora del estado totalitario nacido para subordinar el individualismo y la libertad a la omnipotencia del poder estatal. El fascismo nació de la guerra, condujo a la guerra y pereció en la guerra. Como resultado de ésta, el fascismo quedó desacreditado para siempre, además de por su derrota, por las atrocidades perpetradas por los nazis. Tal vez convenga recordar que en este periodo de entreguerras la amenaza para las instituciones liberales provenía de la derecha, dado que, años después, desde 1945 hasta 1989 se daba por sentado que el peligro para la sociedad que conocemos provenía del comunismo. La novedad del fascismo consistió en que, una vez en el poder, se negó a respetar las normas del juego político y, cuando le fue posible, impuso una autoridad absoluta. La transferencia total de poder o la eliminación de adversarios llevó más tiempo en Italia (1922-1928) que en Alemania (1933-1934), pero una vez conseguida, ya no hubo límites internos para detener el avance de una dictadura desmedida de un líder populista supremo. El resto de los gobernantes que impusieron un régimen autoritario en su país, por lo general, no tenían una ideología concreta, más allá del anticomunismo y los prejuicios de clase. Pocos de ellos llegaron a obtener un apoyo popular importante.

El fascismo surge como reacción frente al liberalismo, contra los movimientos socialistas obreros en ascenso y contra la corriente de extranjeros que se desplazan por diferentes países en busca de las mejores condiciones laborales. La defensa de la raza se convierte en algo prioritario. El nombre de fascismo procede del movimiento italiano que originó el fenómeno creado por el periodista del ala izquierda del Partido Socialista Italiano, Benito Mussolini (1883-1945), quien rompe con el pacifismo tradicional de su partido al convertirse en un ardiente partidario de la participación de Italia en la Primera Guerra Mundial, en la que combatirá como soldado. Mussolini, tras ser expulsado del partido socialista, funda en 1919 en Milán, los fasci di combattimento, que agrupan a nacionalistas y excombatientes. Éstos se oponen a la violencia de los movimientos obreros revolucionarios, y enseguida reciben la ayuda de la burguesía en contra de los núcleos izquierdistas cada vez más organizados. En 1922 Mussolini ordena a sus milicias que bien uniformadas y encuadradas marchen sobre Roma. El gobierno declara el estado de sitio. Las fuerzas de la derecha y el ejército obligan al rey Víctor Manuel II que encargue a Mussolini la formación de un nuevo gobierno. Este recibe plenos poderes del Parlamento y, tras el enfrentamiento con las otras fuerzas políticas, Mussolini lo disuelve. El Rey acepta ser una figura decorativa, consciente de que su supervivencia en el trono depende del sistema fascista. De hecho, será Mussolini, que ya ha adoptado en 1926 el título de duce —procedente del término latino dux, conductor— el auténtico jefe del Estado, además de presidente del Consejo de Ministros, ministro de Exteriores, de Interior, del Ejército, de la Marina, Comandante en jefe de las milicias y jefe del Partido Fascista. También disuelve los partidos, los sindicatos y organizaciones no fascistas. Establece una férrea censura de prensa y crea una policía política.

El régimen fascista de Mussolini fue el primer régimen autoritario europeo que no respondía ni a los principios monárquicos tradicionales ni a la ideología marxista. Combatió con éxito a la camorra napolitana y a la mafia siciliana. Logró consolidarse y convertirse en modelo para otros países. Pero el impacto más destructivo del fascismo en la historia europea no se debió a su variante italiana, sino a la alemana. La república de Weimar era poco más que el imperio derrotado y sin el Káiser. En la Alemania de los años veinte, muchos grupos sociales se sienten ligados a la monarquía y adoptan actitudes reaccionarias, hasta asesinar a políticos burgueses por ser acusados de alta traición. Al ser elegido en 1925 como presidente el mariscal Hindenburg, apoyado por las fuerzas nacionalistas parece llegar a su fin el experimento liberal republicano. Además, la crisis del 29 afecta gravemente a Alemania, al estar su economía muy unida a la norteamericana. La Gran Depresión hizo imposible mantener el pacto tácito entre el Estado, los patronos y los obreros organizados. La industria y el gobierno consideraron que no tenían otra opción que la de imponer recortes económicos y sociales, y el desempleo generalizado hizo el resto.

El Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán o partido nazi, fundado en 1920, aglutinaba a trabajadores en paro y a excombatientes que habían luchado en la guerra mundial y que habían sido empleados para combatir a los espartaquistas, la liga comunista. En julio de 1921, un austríaco, Adolf Hitler (1889-1945), establecido desde joven en Alemania y que había luchado en el ejército alemán, es nombrado jefe de este partido. Para él, el espíritu de camaradería, la exaltación y el heroísmo de los años de la guerra constituían los mejores momentos de su vida. Entendía que la crisis en la que vivía su nación era el resultado de una traición de los gobernantes en connivencia con otros países y que la democracia había sido impuesta por sus enemigos para debilitarla. En enero de 1923 los franceses ocupan la cuenca del Ruhr y confiscan las minas por incumplimiento de los pagos de las indemnizaciones de guerra. El gobierno alemán aconseja resistencia pasiva. Para compensar a los industriales por la parálisis de la producción, se genera una intensa emisión de moneda que provoca una inflación insostenible. Aprovechado esta coyuntura, en noviembre de 1923, Hitler y su partido intentan dar un golpe de estado en Munich, pero fracasa y es encarcelado. En este periodo escribe la obra que recogerá su ideario político: Mein Kampf (Mi lucha). Al salir de la cárcel un año después, el partido nazi se organiza en torno a su líder. Se crean las SA —una especie de milicia.

Los elementos específicos del nazismo eran el antisemitismo y el racismo presentes ya en el programa del partido redactado en 1920. Estaban convencidos de la superioridad de la raza aria y que el enemigo oculto de su grandeza eran los judíos. Creían que éstos estaban detrás del capitalismo internacional y del comunismo. El nacionalismo de Mussolini tenía unas bases puramente históricas, mientras que el de Hitler se fundamentaba en la idea de raza, en erróneas interpretaciones de la genética y de las teorías evolucionistas de Darwin que llevaban a la conclusión de que había razas superiores e inferiores y la guerra entre los pueblos. En las elecciones de 1930 el partido nazi consigue 107 diputados ya que su propaganda va en contra de la democracia y de los acuerdos de Versalles. Hitler barre toda oposición. Se declara al partido comunista fuera de la ley, con el pretexto del incendio del Reichtag del que se les acusa, llevándose a cabo una dura represión contra los comunistas y los socialdemócratas por la policía secreta del Estado recién creada, la GESTAPO. Se convocan nuevas elecciones que entregan el triunfo al partido nazi al alcanzar 228 diputados. En estas circunstancias Hitler ya puede instaurar su idea de Estado. Establece un gobierno totalitario, que denominará III Reich desafiando los acuerdos internacionales al incumplir lo pactado en 1919. El 15 de septiembre de 1935 se adoptan las Leyes raciales de Nuremberg que declaran a los judíos ciudadanos de segunda clase perdiendo sus derechos civiles y prohibiendo los matrimonios mixtos. Los medios de comunicación son controlados por Goebbels, ministro de Propaganda, un virtuoso de la manipulación.


8. Segunda Guerra Mundial

El ascenso de Estados Unidos, la Unión Soviética y Japón al rango de potencias mundiales inicia un nuevo periodo en la política internacional. Ninguna de las tres naciones se mostraba satisfecha con el reparto del mundo que habían hecho los europeos. Desde la invasión de Polonia por Alemania el 1 de septiembre de 1939 hasta la rendición de Japón, el 2 de septiembre de 1945, tras el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki el 6 y el 9 de agosto respectivamente por los norteamericanos, fueron 61 los estados enzarzados en la mayor carnicería de la historia de la humanidad. Esta guerra de aniquilación se basó en el llamado cálculo racional. La ciencia y la tecnología se aplicaron con los fines más letales conocidos. Se recurrió a los bombardeos aéreos indiscriminados, al asesinato impersonal de la cámara de gas y a la ejecución de pueblos enteros. El único objetivo de ambos bandos fue la victoria o la rendición tota! que arruinó tanto a vencedores como a vencidos.

La inestabilidad instituida tras la Primera Guerra Mundial, tanto en Europa como en Asia, se manifestaba en el desacuerdo de los diferentes países con el nuevo orden mundial. Sobre todo Alemania. Sus partidos políticos consideraban el Tratado de Versalles como injusto e inaceptable. Los restantes gobiernos también eran conscientes de que los acuerdos no eran una base estable para la paz. De hecho, Estados Unidos no los firmó, y en el momento que unos y otros comenzaron a violarlos, se convirtieron en papel mojado. Japón e Italia, aunque integrantes del bando ganador de la Primera Guerra Mundial, tampoco aceptaron el nuevo orden internacional. Japón era la mayor potencia naval del Extremo Oriente, tras desaparecer la URSS del mapa por sus problemas internos y la perdida por el Imperio Británico de su poderío marítimo. El Imperio del Sol Naciente era consciente de su vulnerabilidad al carecer de los recursos naturales necesarios para su crecimiento: deseaba crear un imperio terrestre en territorio chino. Italia, por su parte, se sentía agraviada al no recibir de los aliados los territorios prometidos en 1915 por su adhesión. El sistema de seguridad mutuo, la Sociedad de Naciones fracasó.

En enero de 1942, 26 naciones, incluidas Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética, de toda América, Europa y Asia se alineaban contra el Eje. Derrotarían a Hitler con toda seguridad, siempre y cuando continuasen luchando el tiempo suficiente. Pero hasta agosto de 1942 los aliados tendrán que vivir tres campañas determinantes: las operaciones anfibias del Japón en el Pacífico, la ofensiva terrestre alemana contra la URSS y la campaña submarina contra Gran Bretaña. Fueron los momentos más bajos para los aliados puesto que los alemanes llegaron hasta el Cáucaso y los japoneses hasta la India; en África, las fuerzas del Eje se acercaban a Alejandría. La posibilidad de una estrategia global fascista parecía posible: un movimiento de tenaza que envolviera el Próximo Oriente, desde el Nilo y el Cáucaso, para seguir hacia la India y unirse allí a los japoneses. Británicos y soviéticos estaban en un aprieto y aceptaron como correcta la decisión de Estados Unidos de conceder prioridad a Europa y el Mediterráneo y limitarse a un trabajo de contención en el Pacífico. Allí, en cinco meses los japoneses conseguirían sus principales objetivos. Los aliados tardarían cuatro años en recuperarlos.

Entre julio y agosto de 1945, a punto de finalizar la Segunda Guerra Mundial, se celebró la Conferencia de Postdam, donde los jefes de los gobiernos de Inglaterra, Estados Unidos y la URSS trataron la nueva ordenación económica y territorial del mundo. Durante la misma se produjeron una serie de divergencias por el problema del reparto de Alemania y de la administración económica y política de los países vencidos. Sin embargo, todas las potencias aliadas estuvieron de acuerdo en continuar perteneciendo a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) como organismo que asegurara la paz mundial. La ONU había sido fundada en la Conferencia de San Francisco del 26 de junio de 1945 sobre la base del Pacto de Washington del 1 de enero de 1942, suscrito por las 26 naciones enfrentadas por entonces contra las potencias del Eje.

En 1949 Alemania había quedado dividida territorial e ideológicamente de una forma definitiva. El sistema de control de las cuatro potencias se quebró casi tan pronto como se había establecido, pues resultaba imposible gobernar el país de común acuerdo. Estados Unidos y la Europa occidental prodigaron el dinero con el fin de impedir su colapso económico y establecieron un nuevo sistema político para que, cuando menos, la zona occidental del país no sucumbiera al comunismo sino que se convirtiera en parte de la recién inventada «Europa del Oeste». El gobierno de la mitad occidental de Alemania con un régimen democrático formó desde mayo de 1949 la República Federal Alemana, con capital federal en Bonn. En este Estado democrático, afín al bloque aliado, también se encontraba Berlín-Oeste, que pese a estar situado en la zona de la Alemania del Este constituía el único enclave capitalista en la Europa socialista de 1949. La República Democrática Alemana (RDA), con capital en Berlín-Este, fue creada en octubre de 1949 bajo la influencia de la URSS y con un sistema comunista en su organización política y económica. Los países bajo el telón de acero y sobre todo la URSS, para recuperar la totalidad de Berlín y demostrar su negativa a la reforma monetaria impuesta en Alemania del Oeste por los Estados democráticos, habían establecido en junio de 1948 un cerco a la parte occidental de Berlín. La población berlinesa pudo sobrevivir gracias al puente aéreo establecido por EE.UU. y Gran Bretaña para hacer llegar los víveres necesarios.


Bibliografía

MARTÍNEZ, J. (coord.), Historia contemporánea, Valencia, 2006