domingo, 26 de octubre de 2014

Periodización del pensamiento hindú



Contactos de Occidente con la filosofía india

Los griegos fueron los primeros en acercarse al pensamiento de la India. Las informaciones de que Licurgo, Pitágoras, Demócrito, Fedón y Aristóteles viajaron a la India y aprendieron de los hindúes, son de valor dudoso; al igual que la anécdota del músico Aristoxenos, según la cual Sócrates se habría encontrado en Atenas con un hindú. Por el contrario, seguro es que los filósofos griegos entraron en contacto con los sabios hindúes a partir de la expedición de Alejandro. Onesicrito, un oficial de Alejandro y discípulo de Diógenes el cínico, ofrece información de su encuentro con un asceta indio. Uno de éstos, Kalanos, se unió al ejército del rey y después, en Persia, se dejó quemar vivo en una hoguera en medio de un despliegue de gran pompa, ante el ejército reunido. Su muerte por el fuego fue objeto de múltiples comentarios. En el séquito de Alejandro se encontraban también Anaxarco, adherido a la doctrina de Demócrito, y su amigo Pirrón de Elis. Según Diógenes Laercio, Pirrón habría llevado una vida solitaria. Se habría quedado impresionado al oír a un hindú denostar a Anaxarco, porque éste, en lugar de mejorar a otros con la enseñanza, servía en la corte del rey. En vista de que Pirrón también realizaba en la vida práctica su abstención escéptica, al señalar como meta del sabio la indiferencia frente a la existencia y la serenidad de ánimo. Pero debe pensarse en este caso menos en influencias budistas que en alguna forma antigua del escepticismo hindú.

La fuente principal de la cual los antiguos sacaban sus conocimientos sobre la India era el libro de Megastenes, que del -302 al -291 vivió en la corte del rey hindú Candragupta (Sandrokottos) como embajador del Seleuco Nikator. Allí habla de dos clases de sabios hindúes, los brahmanes y los sarmanes (diversas clases de ascetas). Megastenes da algunos datos sobre las doctrinas de filósofos indios, aunque es difícil referirlos a determinados sistemas hindúes. Hegesandro narra que Amitrojates (Amitragháta, más conocido como Bindusára), el hijo de Candragupta, le pidió a Antíoco Soter que le enviara vino dulce, higos secos y sofistas griegos. Pero Antíoco le habría contestado que debía renunciar a lo último, pues de acuerdo con la ley griega no era posible vender sofistas. El hijo de este rey indio, Ashoka, se vanagloria en su decimotercer edicto en roca por haber enviado embajadores del Budismo a Antíoco Theos (Asia Menor), a Ptolomeo Filadelfo (Egipto), a Antígonas Gonatas (Macedonia), a Magas (Cirena) y a Alejandro (Epiro). En época posterior había reyes greco- indios, que gobernaban en la frontera noroeste y veneraban a dioses hindúes. El más famoso, Menandro, que reinó en Kabul alrededor del año -150, aparece en la obra páli Las preguntas de Milinda, en conversación con el monje budista Nágasena.

En la época del Imperio romano las relaciones entre la India y el Occidente fueron intensas, tal como lo acreditan las monedas romanas que se han encontrado en el sur de la India. Bajo Augusto fue a Europa un asceta indio, Zarmanochegas (Shramanácárya, “Maestro de monjes mendicantes”), y se dejó quemar vivo en Atenas. Apolonio de Tyana (en Capadocia), un neopitagórico que vivió bajo Nerón, habría tenido en la India conversaciones filosóficas con brahmanes, como se informa en su biografía redactada por Flavio Filostrato. El gnóstico Bardesanes (154-222) recibió de una embajada india enviada al emperador Antoníno Pío una serie de informaciones sobre religiones indias, que pueden haber influido en sus propias doctrinas. Así, Clemente de Alejandría (muerto alrededor del 215) menciona a Buda y describe un stûpa (arquitectura para la conservación de reliquias). También Plotino sabía mucho acerca de la sabiduría hindú. Se narra que en el año 243 se unió al ejército del emperador Gordiano III, que marchaba contra los persas, con la esperanza de poder estudiar de este modo la sabiduría persa e india en sus fuentes. San Jerónimo (muerto en el 420) puede decir de Buda que, de acuerdo con la opinión de los gimnosofistas, habría nacido del costado de una virgen. El cínico Salustio osaba que, al igual que un faquir, podía hacerse insensible a la acción de las llamas. Se movía en un círculo de conjurados paganos, donde podía trabar amistad con brahmanes. La alimentación de estos consistía únicamente en arroz, dátiles y agua.

Si bien existe una serie de informaciones de escritores antiguos, según las cuales los griegos y los romanos entraron en contacto con la sabiduría india; en cambio, no se poseen datos de que los antiguos indios tuvieran conocimiento de la filosofía de Occidente. Esto puede tener su razón en que los hindúes generalmente no se ocupan de las concepciones de los pueblos extranjeros. Por ejemplo, en los textos filosóficos del siglo XVI no se menciona al Islam, aunque desde hacía tiempo estaba establecido en vastas zonas de la India. El conocimiento de Aristóteles, que llegó a la tierra del Ganges a través de la teología islámica, no llegó a ejercer influencia sobre la filosofía de los hindúes.

Durante la Edad Media cesó la conexión entre la India y el Occidente. En vista de que la teología cristiana elevaba la pretensión de tener la verdad, no podía tener ningún interés en la filosofía india. Característico de esta época es la pregunta planteada por Dante de cómo puede acomodarse a la bondad y justicia de Dios que un indio virtuoso, que nunca ha oído hablar de Cristo y no ha recibido el bautismo, pueda ser condenado. También Marco Polo no deja de recalcar, con ocasión de la descripción de Buda, que hubiese podido ser un gran santo si hubiese sido cristiano. El descubrimiento de Vasco de Gama de la ruta marítima hacia las Indias orientales (1498) volvió a atar más firmemente los vínculos sueltos desde casi un milenio entre la India y Occidente. Se recibió información sobre las religiones de la India, aunque se limitaban a descripciones del hinduismo popular, mientras que los sistemas filosóficos no recibían ninguna atención.

Si bien Bailly comparó la concepción de Malebranche de que nosotros vemos todo en Dios con la doctrina del Vedánta relativa a la unidad de todo; y L. Büchner y W. Ostwald hacen resaltar el parentesco de los resultados de la moderna filosofía de la naturaleza con la doctrina del Vaisheshika. Sin embargo, sólo en la época  de la Ilustración se empezó a dedicar atención a esos sistemas. Digna de mención es la carta del 23 de noviembre de 1740 del Padre Pons de Careical, publicada en las Lettres édifiantes. En esta carta se menciona a los jainas y budistas; y se trata las enseñanzas del Nyáya, del Vedánta y del Sánkhya. Incluso se proporciona para el silogismo el empleo clásico del humo y del fuego; y para el error (maya), el ejemplo del palo que yace en el suelo y que uno toma por una serpiente.

Una idea del conocimiento que se tenía alrededor del 1750 lo proporcionan las secciones de la Historia critica philosophiae, de Jakob Brucker. La traducción al latín de los Upanishads por Anquetil Duperron marcó un adelanto (Estrasburgo 1801-1802). Este trabajo atrajo a Shopenhauer, que lo calificó de “consuelo de su vida y de su muerte”. Duperron no conocía el sánskrito, por lo que su traducción descansaba sobre la traducción persa. La primera obra que fue traducida directamente del sánskrito a una lengua europea fue el Bhagavad-gítá, puesta en inglés por Charles Wilkins (1785). La primera exposición de los sistemas filosóficos de los hindúes la dio H. T. Colebrooke en 1824, en sus Essays on the Philosophy of the Hindus. En Alemania la atención hacia estos temas fue de Herder y el libro de Friedrich Schlegel, Über die Sprache und Weisheit der Inder (1808). Después del nombramiento de August Wilhelm von Schlegel en la cátedra de Bonn (1818), la indología se estableció en las universidades y encontró sus primeros investigadores en Otmar Frank, L. Poley, entre otros. Numerosas referencias aparecen en las obras de Schelling, Hegel y Schopenhauer; también en las exposiciones de Max Müller y Paul Deussen.  

Artur Schopenhauer reconocía que lo mejor de su propio desarrollo se debía, después de la impresión del mundo concreto, a las obras de Kant y de Platón así como a los libros sagrados de los hindúes. Concuerda con el Vedánta idealista y con el budismo, así en la consideración a-histórica del proceso cósmico, en el convencimiento de la carencia de sentido y del carácter doloroso de la existencia, en la aceptación de la reencarnación en formas siempre renovadas, en la alta apreciación del ascetismo y en la esperanza de que existe una liberación. Con el Vedánta de Shankara él tiene en común la concepción ilusionista básica y la doctrina de la unidad de todo; del budismo toma el ateísmo y la negación de almas inmateriales, inalterables en su sustancia.

La doctrina de Karl Christian Friedrich Krause (1781- 1832), según la cual Dios es el ser sin más ni más y lo Absoluto que está por encima de toda oposición, al cual le están subordinados el espíritu y la naturaleza, y en función del cual ambos se ordenan, está cerca de la concepción de muchos filósofos del Vedánta. El término creado por él de panteísmo es en realidad la designación más adecuada para una concepción que, como aquella de la Gitá, reúne en sí teísmo y panteísmo, al expresar que el mundo está encerrado en Dios, pero que Dios como persona lo trasciende.

Sólo desde que los ingleses organizaron la educación superior de acuerdo con modelos de su país, la filosofía occidental fue también estudiada en la India. La familiaridad con los métodos de investigación occidentales ha hecho también que los eruditos indios escriban ahora la historia de su filosofía de acuerdo con los principios científicos modernos.

En la historia de la filosofía india aparecen en mayor o menor grado todas las tendencias de la historia de la filosofía europea: realismo e idealismo; materialismo, espiritualismo, dualismo, monismo, ateísmo, panteísmo, teísmo, determinismo e indeterminismo; subjetivismo y objetivismo. A los hindúes les falta una palabra que corresponda a la expresión filosofía. El término que más se acerca es ánvishikí vidyá (ciencia examinadora), el cual se encuentra en el Tratado de Política de Kautilya (siglo –III) y sirve como designación para la investigación que mediante el pensamiento lógico llega a sus resultados. Esta palabra se convirtió en un sinónimo de tarka-shástra (enseñanza fundada en el razonamiento), que designa sólo al sistema Nyáya, el cual se ocupa de Lógica y Dialéctica. También la palabra átma-vidyá (ciencia del. Sí- mismo) abarca una parte de lo que se atribuiye a la filosofía. Un sistema filosófico aislado se llama en sánscrito darshana (opinión, punto de vista); pero falta un término para la totalidad de cosmovisiones; aunque como sustituto de ese término se usa ahora la expresión tattva'vidyá-shástra (doctrina de la ciencia de la verdad).

Un sistema filosófico completo comprende también en la India más o menos las mismas disciplinas que uno occidental (teoría del conocimiento, lógica, metafísica, filosofía de la naturaleza, psicología, ética y doctrina de la salud). Por el contrario, la estética y la doctrina del Estado no han sido tratadas por los filósofos hindúes dentro de sus sistemas. Tampoco los indios podían crear una filosofía de la historia porque les era ajeno, al igual que a los pensadores de la antigüedad clásica, la representación, proporcionada a Occidente por el Cristianismo, de un proceso evolutivo único, que el mundo recorre entre su creación y su fin, ya que ellos consideraban el devenir cósmico como un proceso que constantemente se reproduce, que no puede conducir jamás a un fin último (sub specie aeternitatis).

Frecuentemente se dice de la filosofía hindú que no merece ser colocada al lado de la europea, porque ella rara vez se eleva a la creación de conceptos, o porque en ella la necesidad de fundamentar los conocimientos mediante pruebas está poco desarrollada. Esto es inexacto. La lectura del comentario de los Vedánta-sútras por Shankara y Rámanuja, los trabajos sobre el Sánkhya de Vácasparimishra y Vijñánabhikshu, la Nyaya-siddhánta-muktávalí de Vishvanátha Pañcánada, muestran que esa opinión está equivocada. Además, con tan poca razón se puede establecer una diferencia entre filosofía hindú y filosofía occidental afirmando que la primera es especulación religiosa y mística, y la segunda el resultado de una investigación científica libre de presunciones. Porque con ese criterio, entonces se debe eliminar como no perteneciente a la filosofía la mayor parte de aquello que los pensadores occidentales han enseñado sobre el mundo y lo que está más allá del mundo. Por el contrario, si se entiende por filosofía el esfuerzo en constituir, mediante la observación reflexiva de las cosas, una concepción cerrada del mundo y reglas para la conducta práctica de la vida, entonces esta definición amplía del concepto se aplica de igual manera a la India y a Occidente. Es exacto que los hindúes, en cuanto la parte más religiosa de la humanidad, han hecho valer en la mayoría de sus sistemas concepciones religiosas, mientras que en Europa, sobre todo desde la época de la Ilustración, han prevalecido cada vez con mayor fuerza aquellos sistemas a los cuales les falta un objetivo religioso.

Una diferencia más profunda entre la filosofía hindú y la occidental consiste en que la primera, desde la época de los Upanishads hasta el presente, se levanta sobre la base de una única concepción metafísica básica. Todos los pensadores hindúes creen que el orden cósmico natural es al mismo tiempo un orden cósmico moral y que este hecho se expresa en la circunstancia de que cada acto, cada palabra y cada pensamiento deben encontrar una compensación que corresponda a su calidad moral. Cada acción necesariamente, además de su efecto momentáneo y visible, da origen a otro efecto no visible, el cual se revela en esta vida o en una existencia futura. El hindú admite así una causalidad moral, la cual funciona por sí misma y con la misma regularidad que la causalidad natural. Más aún, el total de las acciones realizadas en una vida es la causa del surgimiento de una nueva vida, en la cual ellas encuentran su recompensa o su castigo (karma). La cadena de las reencarnaciones no tiene comienzo; y no tiene tampoco fin en el curso usual de las cosas. Por consiguiente, la teoría del karma implica la aceptación de la eternidad del proceso cósmico; pero lleva también a la creencia de que, fuera de nuestro mundo, se dan otros mundos numerosos, en los cuales un karma, que en este mundo y en las condiciones actuales no puede encontrar una compensación adecuada, obtiene su recompensa o su castigo.

Ahora, sobre esa metafísica básica, mientras que los budistas, los jainas y los adherentes de la Mimánsá y del Sánkhya clásico consideran la ley cósmica como inherente al cosmos en virtud de su naturaleza, los creyentes en un dios consideran que el dios personal eterno es el creador de esa ley, de la misma manera que el creador del mundo; y, para los adherentes a la doctrina de la unidad acósmica de todo, esa ley tiene, como el mundo múltiple, sólo una realidad relativa, ya que el ser verdadero sólo le corresponde a lo Absoluto eterno e inalterable.

En Occidente, solamente los pensadores cristianos se encuentran sobre la base de una concepción básica unitaria. Pero hay una diferencia entre la concepción cristiana y la india. Porque para los cristianos el ordenamiento cósmico reposa sobre la voluntad de Dios; y no hay ninguna compensación. Dios distribuye el premio y el castigo según su parecer. El mundo ha sido creado de la nada por Dios en un momento determinado. El proceso cósmico tiene sólo una duración temporalmente limitada, y encontrará su fin en una catástrofe natural; después del cual, por el poder de Dios, surge un nuevo mundo, libre de la maldición de los pecados. Esta terminación del curso actual del mundo coincide con el retorno de Cristo, la resurrección de los muertos y el Juicio Final, y es el comienzo de la perfección eterna de todas las cosas. A la imagen hindú a-histórica del mundo se contrapone aquí una imagen histórica.

En oposición a los indios, enseña el Cristianismo una culpa colectiva de la humanidad por causa del pecado de Adán y una liberación colectiva merced al sacrificio de Cristo. Mientras que el hindú ve en todos los seres vivos, desde el tallo de hierba hasta el dios Brahmá, una serie escalonada de seres individuales sometidos a la metempsicosis; para los cristianos las plantas y los animales no tienen un alma eterna y por consiguiente no están incluidos en el proceso de salvación. La teoría hindú incluye también a los dioses y a los demonios en el ciclo de las reencarnaciones, mientras que, según la concepción cristiana, los ángeles y los demonios son espíritus de un género especial creados por Dios y, por cierto, pueden ejercer una influencia sobre el destino humano. También para el cristiano la tierra es el único escenario del proceso cósmico y de la salvación, en tanto que para los hindúes sólo representa un pequeño punto del todo.

Por último, al igual que los filósofos antiguos y medievales, los hindúes no consideran que su tarea consista únicamente en proporcionar un conocimiento acerca de la naturaleza de la realidad, sino que persiguen fines prácticos. La corrección de un sistema se ve en la vida del filósofo que representa ese sistema. Vale destacar que para las elaboraciones de la metafísica hindú, las concepciones de los pueblos del cercano Oriente (egipcios, babilonios, asirios, israelitas, persas) no constituyeron factores determinantes, mientras que, por otro lado, el mundo de representaciones de los drávidas del Ganges careció de significado para Occidente.


Sobre los períodos de la filosofía hindú

Si se considera la historia de la filosofía occidental y de la hindú, se presenta como diferencia que, en la de Occidente se distinguen tres períodos, mientras que en la India el curso del desarrollo conduce ininterrumpidamente desde el más lejano pasado hasta la actualidad. Con todo, las tres fases de Occidente no se reemplazan directamente una a otra, sino que el período subsiguiente se yuxtapone al anterior y combate sus realizaciones. Pero en la India aún hoy los Vedas y las Upanishads son textos sagrados, y las doctrinas de las escuelas filosóficas antiguas son textos básicos normativos. El acatamiento de la tradición se origina en que la personalidad de los filósofos desaparece detrás de los sistemas. Casi nada se sabe de sus biografías y lo que se informa acerca de ellos es intrascendente.

La división de Deussen en filosofía védica antigua (-1500 a -1000), védica joven (-1000 a -500) y postvédica (desde el -500), le concede a las doctrinas de la época más antigua demasiado valor y deja fuera de consideración las transformaciones que han tenido lugar desde el -500. Más adecuado resulta distinguir los tres períodos siguientes: a) época védica (desde los primeros comienzos de la especulación filosófica hasta el -500, época de la aparición de Mahávíra y de Buda); b) época del surgimiento y elaboración de los grandes sistemas del Brahmanismo y Budismo; y c) época postclásica o hinduísta, en la cual los antiguos sistemas son relegados a un segundo plano y pasa a primer plano la metafísica del Vedánta ilusionista y de las sectas vishnuitas y shivaitas. Esta agrupación no es completamente satisfactoria, pues al lado de las doctrinas védicas de la época antigua se dieron otras, de las cuales no ha llegado ningún documento. Y, además, la filosofía védica también encontró expresión después del 550; y la filosofía de las sectas recibió una elaboración mucho antes del 1000. Con todo, esta división se justifica porque el primer período debe su nombre a que los escritos védicos constituyen las únicas fuentes de las que se puede sacar información. El segundo período está caracterizado por la lucha de las escuelas brahmánicas y budistas; el tercero porque, después de la desaparición del Budismo del continente indio, las formas de culto del Hinduismo constituye el criterio de su fe para casi todos los indios no convertidos al Islam.

En los tres períodos el sánskrito es el idioma de la literatura filosófica, aunque existen diferencias: en el período védico el sánskrito era todavía un idioma vivo; luego, en la época clásica, los dialectos indios (cercanos al sánskrito) llamados intermedios, eran las lenguas de uso diario y se usan para fines literarios. Y en el último período nacen, al lado de la literatura en sánskrito, literaturas en idiomas indios nuevos, los cuales en el vocabulario y en la sintaxis revelan influencias no-arias.

La historia de la filosofía india tiene dos ventajas sobre la filosofía occidental. Primeramente, que sus comienzos se dejan seguir hasta una época de la que no ha llegado nada literario de Europa; y, en segundo lugar, porque tiene un carácter impersonal objetivo, en cuanto que presenta una historia de ideas y sistemas filosóficos que corren uno al lado del otro y surgen el uno del otro, mientras que las formas personales de cada uno de los pensadores pasan al fondo. Por eso se deja exponer fácilmente, en corto espacio, sinópticamente. La carencia de datos cronológicos precisos hace imposible una cronología exacta.


I. Período Védico

1. La época de los himnos a los dioses (-1000)

Las informaciones más antiguas del pensamiento filosófico indo-ario se encuentran en el Rig Veda y Atharva Veda, dos colecciones de himnos a los dioses y cantos mágicos destinados al culto. En su parte principal, esos textos van más allá del año -1000, pero no se puede determinar si los poemas más antiguos fueron compuestos en -1250, -1500, -2000 o antes.

Estos poemas tienen una cosmovisión de pensamiento mítico- mágico, donde no existe la división entre animado e inanimado, personas y cosas, sustancias y cualidades, espíritu y materia, abstracto y concreto. El hombre es considerado en medio de esta multitud de sustancias vivas como un ser en el cual, mientras él permanece en la tierra, se han introducido manifestaciones parciales de diversas divinidades (Sol, Fuego, etc.). En el momento de la muerte éstas lo abandonan y se reúnen con sus formas primordiales (dios del sol, dios del fuego). Subsiste con todo la esencia propia del muerto, un doble de su forma corpórea, hecho de materia sutil y con la naturaleza de una sombra. Este alter ego es en verdad sólo una imagen sin fuerzas del difunto cuando vivía; pero como no se da una sustancia completamente carente de vida, está dotado de una cierta capacidad para pensar, sentir, querer y actuar. En posesión de estas funciones, puede vagar en el mundo, por lo menos en las cercanías de su hogar anterior, y puede ser puesto en condiciones de ingresar al mundo celestial. Para estar allí, las facultades corporales y espirituales le deben ser reintegradas, lo que puede tener lugar por el poder de seres sobrenaturales o con la realización de ritos sagrados por parte de los que le sobrevivieron.

Hay una ley cósmica que se manifiesta con fuerza incontenible en la naturaleza, en la moralidad y en el culto. Este rita (orden) lleva a una cooperación armónica de las numerosas fuerzas de la existencia y posibilita la mantención de los ordenamientos morales y rituales. A veces aparece como una potencia impersonal, otras como un ser dotado de rasgos personales. En muchos himnos es celebrado como el principio cósmico más alto, del cual dependen los dioses; en otros es designado como el medio con cuya ayuda los dioses Varuna y Mitra mantienen en orden al mundo. Así se manifiestan aquí ya en germen las dos concepciones que combaten entre sí en toda la filosofía ulterior: la opinión de que el mundo es regido por una ley impersonal, a la que también los dioses obedecen (Budismo, Jainismo, Mimánsa, Sánkhya clásico); y la concepción de que un ser personal dirige el proceso del mundo mediante una ley que proviene de él.

En medio de las especulaciones llenas de contradicciones acerca del surgimiento del mundo, se distinguen las que enseñan que el mundo surge de un principio último. En el célebre himno 10.129 del Rigveda se expone que, antes de que existiesen el ser y el no ser, sólo existía el Uno, que por su propia fuerza respiraba sin aire en medio de un vacío indeterminado que lo envolvía. En este Uno surge mediante un acaloramiento (tapas, “la meditación del asceta  que se absorbe en su pensamiento”) el deseo amoroso (káma); éste tiene como consecuencia la división del Uno en un principio masculino y femenino, con cuyo acoplamiento surge el mundo de la multiplicidad. En las estrofas finales se expresa la opinión de que nadie puede decir algo acerca de la creación de los seres individuales (visrisliti), incluso los dioses no sabrían decirlo, ya que ellos mismos surgieron gracias a esa creación; el guardián (adhyaksha) que mora en el más alto cielo sería el único que podría saber sobre la creación individual, pero tal vez él tampoco sabe.

En otro himno tardío (Rv. 10.90) se pone en relación con el sacrificio el antiguo mito de Ymir sobre el gigante primordial (purusha), de cuyos miembros surgen las partes constitutivas del mundo, los animales, los hombres y los dioses. Mientras que tres cuartas partes permanecen en el cielo como lo inmortal, una cuarta parte se transforma en el mundo. Luego, en una forma contradictoria para nuestros conceptos, se describe cómo los dioses ofrecen al purusha como sacrificio en honor del purusha, y cómo del purusha muerto como animal sacrificatorio surgen los himnos y fórmulas del Veda, los animales, las castas de los hombres y los dioses del universo así como la atmósfera, el cielo, la tierra y las regiones del espacio. La divinidad, que es una y que existe verdaderamente, es al mismo tiempo trascendente al mundo e inmanente en él. El mundo, con todo lo que existe en él, es una transformación del Uno eterno. Si bien en este himno prevalece la idea de que la multiplicidad era originariamente una unidad, en otros se expresa la opinión de que aun ahora es todavía una unidad en cuanto que una esencia divina es su fundamento (Rv. 1.164).


2. La época mística del sacrificio (-1000 a -750)

Mientras que la mayor parte del Rigveda parece pertenecer todavía a la época en que los arios, que habían inmigrado a la India a través de los desfiladeros montañosos del noroeste, estaban establecidos aún en la cuenca del Indo; en cambio los himnos del último de los diez libros del Rigveda, la mayoría de los himnos mágicos del Atharvaveda y las fórmulas sacrificiales del Yajurveda son de un período en el cual los arios extienden su soberanía hacia el este y se establecen como una casta alta, sobre una población esclavizada por ellos. En la época de los textos de los Bráhmanas (-1000), la sede principal de las tribus arias es la planicie fértil y calurosa del Ganges. Allí desarrolló el sistema religioso-social, que se caracteriza por la estructura de las castas y por la primacía de los brahmanes. Se trata exclusivamente de una literatura ritualista, que tiene que ver con la ciencia sagrada del sacrificio, tal como lo indica su nombre Bráhmana.

Los sacrificios, que los sacerdotes debían realizar, son descritos con detalle, pero al mismo tiempo se les estudia en su significado simbólico y en relación a la recompensa que se puede esperar con su ejecución. Ahora no son los dioses, sino el sacrificio, que se ha convertido de un medio para conseguir un determinado fin, en un fin de sí mismo. Los dioses han sido degradados y convertidos en fuerzas sobrenaturales de las cuales se sirve el sacerdote, que domina la ciencia del sacrificio, para alcanzar los fines más variados.

Los Bráhmanas se ocupan de establecer las partes constitutivas del hombre. Se encontró la fórmula para la diferenciación de lo visible y de lo invisible en él, en las expresiones rüpa (forma) y náma (nombre). Bajo el término “nombre” se entendió la denominación ligada al individuo, y después lo sensorialmente no perceptible que existe en él. Frecuentemente se indica cinco factores inmortales que condicionan el proceso vital, mientras están en el cuerpo: pensamiento (manas), palabra, respiración (prána), vista y oído. Las cinco partes constitutivas mortales son pelo, piel, carne, huesos y médula. Son considerados como divinidades, que se introdujeron y  en el momento de la muerte regresan a sus formas originarias (luna, fuego, viento, sol, direcciones del espacio), para ser devueltas al hombre que murió y resucita en el cielo.

Sobre las concepciones acerca del mundo celestial, que se vislumbra como recompensa para los buenos por sus sacrificios y sus acciones pías, y para los héroes muertos en el campo de batalla, aparece la opinión de que puede agotarse la fuerza de las buenas acciones y es posible morir en el más allá. Esta nueva muerte no es un aniquilamiento final, sino que tiene como consecuencia un nuevo nacimiento en el más allá. En algunas indicaciones parece deducirse que también se tenía por posible un renacer en este mundo. Y de los malos se describe los castigos en prisiones bajo tierra.

Aquí no se da todavía ningún sistema propiamente dicho, y las ideas individuales coexisten unas al lado de las otras sin una conexión visible. La concepción de que en el mundo actúan conjuntamente una pluralidad de sustancias vivas que no pueden ser ya analizadas, constituye la base de la imagen del mundo de los Bráhmanas. El número de las sustancias es mucho más grande, ya que el ritual ha agregado numerosas hipóstasis.  

Como en los himnos, se expresa que muchos elementos de la existencia son partes de un todo más grande: la muerte, que se presenta dividida en innumerables seres, es en realidad sólo un dios imperecedero y sobrenatural, que se multiplica. Por el hecho de que muchos dioses están conectados con numerosas manifestaciones terrestres, el número de las entidades es limitado. Las fuerzas de la existencia, que existen independientemente la una de la otra, se sostienen mutuamente, como el cielo y la tierra; o se sustituyen la una a la otra, como el día y la noche. Mediante la reunión de dos factores se produce algo nuevo: el cielo y la tierra producen la lluvia. En otras partes se presenta la teoría de la evolución, que hacer surgir de lo más fino lo más grueso, mediante un proceso de la condensación (por ejemplo, la serie agua, espuma, barro, arena, guijarros, piedra, tierra, oro). Se admite la aparición de nuevos factores sobre la base de condiciones regulares, como la primavera que enciende las estaciones, y éstas producen las plantas, etc.

A esta concepción radical-pluralista se le opone una concepción monista, la cual, edificada sobre la primera, trata de llegar a un último fundamento del mundo. En numerosos mitos de naturaleza se expone que Prajápati, el “Señor de las criaturas” emitió de sí el mundo. La palabra para “crear” significa “lanzar, verter, enviar”. Generalmente en estos pasajes se narra que Prajápati practica tapas, es decir, se acalora (auto-mortifica) y entonces de sí mismo deja salir el mundo o lo fabrica midiéndolo (nirmá). La concepción predominante es la de una emanación del todo de la divinidad, no la creación a partir de la nada o de una materia primordial que existe al lado del creador. Asimismo, se dice que el creador se agotó tanto con su trabajo que se siente vacío y de nuevo debe ganar fuerzas. Prajápati a veces es sólo el creador, pero parece que no se preocupado por su obra; otras veces se le atribuye también el ordenamiento de las formas de vida, y finalmente aparece como el padre que ayuda. En otros mitos, se dice que Prajápati surgió sólo con ocasión del comienzo del mundo, y se dan, como fundamento primordial de todo ser, otras entidades divinas (aguas primordiales, fuerzas abstractas de la existencia como el no-ser o el ser o el pensamiento).

La búsqueda por un principio último del mundo encontró su satisfacción en dos conceptos: Brahma, que designa la palabra sagrada del Veda, la fórmula mágica plena de eficacia, la fuerza que se encarna en esa fórmula y finalmente la potencia sobrenatural que está en la base de todo sacrificio y constituye la sustancia primordial de todo ser; y el Átman, que es el núcleo de toda personalidad, lo que queda cuando se aleja de ella todo lo accidental, su verdadero sí-mismo. Estos dos conceptos, que provienen de diferentes dominios del pensamiento, son identificados en algunos textos de los Bráhmanas.


3. La época de las Upanishads (-750 a -550)

Las Upanishads (Enseñanzas secretas) son tratados filosóficos que afirman ser obras anexas a los cuatro Vedas, en igual forma que los Bráhmanas, y, por consiguiente, se considera que pertenecen a la revelación sagrada (shruti). Su número es muy grande. Son obras en prosa con sólo algunos versos intercalados, donde los más variados problemas unas veces son expuestos y otras veces son dilucidados mediante discusiones. Entre las personas que toman parte en la discusión aparecen sabios brahmanes, reyes, miembros de la nobleza guerrera, shüdras y mujeres. Al lado de pasajes en los que, como los Bráhmanas, el sacrificio es relacionado mediante extrañas identificaciones y etimologías con manifestaciones cósmicas; existen otros que subordinan al conocimiento filosófico todo lo relativo al culto. Ocupan un gran lugar especulaciones en las cuales se trata de las diferentes fuerzas de la existencia y de los factores de la vida, que son puestos en relación mutua.

La tarea principal de las Upanishads es la exposición de una doctrina de la unidad del todo, en la cual Brahma o el Atman son la esencia última del mundo en su totalidad y de cada ser particular. Es el fundamento sobre el cual están construidos todos los sistemas Vedánta (dando a entender que las Upanishads están al final del Veda y son su coronación). En ellas aparece por primera vez la enseñanza de que el hombre, después de su muerte, en razón de los actos (karma) que llevó a cabo en su vida, renace en este mundo en una nueva forma. A causa de esa doctrina, se tornó caduca la antigua concepción de que el muerto perdura más allá de la muerte, como una esencia sutil de la forma corpórea que poseía mientras vivía. Ahora se debía admitir que lo inmortal en el muerto podía asumir una forma completamente nueva. De modo que ya no se podía considerar como algo constante aquello que, de acuerdo con el Veda, subsiste cuando el cuerpo penetra en la tierra. Sólo subsisten las acciones del muerto y ellas son las causas exclusivas de qué factores de vida se reúnan para constituir un nuevo ser individual. En el momento de la muerte las partes constitutivas individuales del muerto se introducen en el correspondiente elemento cósmico (el aliento en el viento, el pensamiento en la luna, el Sí- mismo en el espacio, etc.), pero su acción (karma) hace que el muerto renazca como un ser bueno o malo.

Por otra parte, la “enseñanza de Yájnavalkya2, en Brihadáranyaka 4.3.1 y 4.4.1, le está cercana. Ella no acepta ningún alma individual, imperecedera, simple, la cual pasa de existencia en existencia, sino que ve el núcleo más profundo de un ser individual en su verdadero sí-mismo (átman) que es idéntico al sí-mismo del todo. El karma de una persona que muere es la causa de que el sí-mismo individual, cuando ha penetrado en el sí-mismo cósmico, no pueda permanecer en él, sino que debe asumir siempre nuevamente una forma parcial individual.

El cambio de la concepción de un «alter ego» del muerto poseedor de la forma corpórea del difunto, en la de un alma que se considera hecha de una materia sutil, se hace presente en la “enseñanza de los cinco fuegos”, que se esfuerza por conjugar la nueva teoría de la reencarnación con las concepciones de los Bráhmanas acerca de la subida del muerto al cielo. Los que en razón de su karma deben reencarnarse llegan, después de haber atravesado diversas estaciones de paso, a la luna, en donde gozan la recompensa de sus buenas acciones por un tiempo limitado. En seguida regresan por el mismo camino, a través de diversas etapas intermedias, a la tierra. Como lluvia llegan a las hierbas y penetran en el semen de un ser, que los transmite en la matriz que les corresponde.

Las teorías diferentes en sí de la doctrina del átman y de la doctrina de los cinco fuegos fueron amalgamadas una con otra, de modo muy variado en los ulteriores sistemas del Vedánta.

Los textos más antiguos de las Upanishads no hacen distinción entre animado e inanimado. En el estilo de los Bráhmanas se dice en la Chándogya 6.2.3: “el ser tomó la decisión: quiero ser múltiple, quiero propagarme, y dejó salir de sí el calor; el calor pensó lo mismo y produjo de sí el agua”. Los elementos primordiales son designados como divinidades (devatá). También la forma más antigua de la teoría del alma (la de los cinco fuegos), no ve todavía que las almas transmigren algo diferente de los elementos cósmicos, en los cuales penetran. Pero, luego, la elaboración de la idea de que mónadas personales pueden establecerse temporalmente en elementos de la naturaleza, hizo que se pudiese desarrollar la concepción de que entidades dotadas de una voluntad independiente son algo diferente de las cosas móviles en las cuales penetran.

Ciertamente, el portador de lo personal en un ser individual es el purusha (hombre en el hombre), del tamaño de un pulgar, que mora en el corazón y es más sutil que el cuerpo. Pero lo mismo cabe decir de las facultades de ver, oír, pensar, porque también éstas son algo hecho de materia fina, que se unen con el alma para servirle de órganos del conocimiento. Incluso, cuando en la enseñanza acerca del átman de Yájnavalkya se designa a la conciencia como el verdadero sí-mismo, éste no es algo que exista por sí, completamente distinto de todo lo otro; sino como algo que es más fino e íntimo, y del cual surgió lo material en un proceso de condensación. Sólo poco a poco, a partir de las concepciones de que existe un último e imperecedero sustrato de la personalidad, un alma individual, y que la última esencia de la misma es algo espiritual, se desarrolló la opinión de que el hombre está compuesto de dos partes constitutivas completamente distintas entre sí.

Este proceso llevó también a la liberación del dios del sustrato natural, que originariamente le era idéntico. Los dioses sólo tienen las funciones de protectores, realizan la vigilancia sobre determinadas manifestaciones del proceso cósmico, pero son completamente diferentes de estas manifestaciones. Parece que en “la doctrina de los cinco fuegos” el principio de la compensación kármica no ha sido aplicado aún a los celestiales, que tienen sus tronos en mundos superterrestres.

Resulta relevante notar que los sistemas clásicos admiten que las mónadas espirituales circulan en el sansára, sin que se haya dado un comienzo para ello, ya que cada existencia tiene como presupuesto las acciones de otra existencia, y por eso ninguna puede ser la primera. Si la cadena de las reencarnaciones no tiene comienzo, entonces el proceso cósmico tampoco lo tiene. Existen así dos posibilidades: o bien el mundo es eterno e imperecedero, prescindiendo de las situaciones cambiantes que se dan en él (sostenido por Mímánsá y jainas); o bien el mundo surge y perece en un ciclo constante (opinión de los sistemas brahmánicos y el budismo). Mientras que los que se adherían a la eternidad del mundo descartaban todos los numerosos mitos cosmogónicos, los que se adherían al surgimiento periódico del mundo podían conservarlos. Ahora, si la doctrina de la reencarnación llevaba a la admisión de la carencia de comienzo del mundo, por otro lado, ella es la causa de la creencia en una pluralidad de mundos. Porque el número de las acciones buenas o malas es tan grande que la tierra sola no basta para proporcionar las posibilidades de compensación. A partir de las concepciones simplistas del mundo superior (cielo), mundo intermedio (tierra) y mundo inferior (infierno) se desarrolló una complicada cosmología.

Apenas la doctrina de las reencarnaciones condicionadas por el karma tomó posesión, se debió preguntar qué finalidad tenía el constante cambio del nacer y del morir. El conocimiento acerca de la transitoriedad de la vida dejó madurar la esperanza de que existía una condición que está para siempre sustraída a todo devenir y morir. Ya que la acción produce el Karma, que conduce a una nueva existencia, las buenas acciones no pueden poner fin a la cadena de los nacimientos. Sólo el abstenerse de actuar, el liberarse de los deseos asegura que este alto fin pueda ser alcanzado. La ascesis es el medio que pone un término a las existencias. En las Upanishads las ideas acerca de la liberación son muy diversas. Para Yájnavalkya la salvación consiste en la indisoluble identificación con el átman; para el representante de la doctrina de los cinco fuegos consiste en la eterna supervivencia del alma en los mundos de Brahma.  


II. Período clásico o brahmánico-budista

1. La época de Mahavira y de Buda (-550 a -326)

El foco de la vida espiritual, que desde la época de los himnos constantemente se había desplazado hacia el este y que en las Upanishads ya había abarcado Benares y Mithila, se encuentra ahora completamente en el este del continente. El escenario es la región de Magadha (ahora Bihar). Aquí existían poderosos reinos y repúblicas de aristócratas con magníficas ciudades. Si en las Upanishads la aldea era el telón de fondo para las discusiones llevadas a cabo en el sagrado idioma sánskrito, ahora lo es la ciudad con una fastuosa corte real, con un comercio e industria altamente desarrollados. Si hasta este momento la filosofía había sido una enseñanza secreta, que era trasmitida por los sacerdotes a sus discípulos, ahora se convierte en un asunto de las personas inquietas de todas las condiciones. Se crearon órdenes de monjes y monjas. Al lado del diálogo, la corta exposición en prosa y el poema breve, aparece el discurso didáctico de amplias pinceladas que se esfuerza mediante numerosas repeticiones en inculcar de la forma más intensa determinados pensamientos en el oyente.

Los conceptos aislados con los cuales se opera pierden lo vago e indeterminado que se adhería hasta ese momento y toman una forma más delimitada. En lugar de la desenfrenada fantasía en la apreciación de la conexión de los acontecimientos se presenta un esfuerzo consecuente por separar lo que se corresponde y lo que no se corresponde y por derivar, de acuerdo a ciertas normas, determinados efectos de determinadas causas. La diferenciación entre animado, dotado de personalidad e inanimado está ahora realizada. La espiritualización de la concepción de la vida encuentra su expresión más característica en el esfuerzo por analizar el mundo interior mediante determinados métodos de contemplación (yoga). Los problemas cosmológicos y ritualistas retroceden en importancia frente a las grandes cuestiones de la ética

La crítica que estos movimientos realizaban de las concepciones que venían del pasado era demasiado enérgica como para poder ser silenciada (como los brahmanes sobre las cuestiones védicas). Se afirma la oposición a las enseñanzas y ordenamientos de los brahmanes; y se fundan escuelas que perjudican gravemente la pretensión de la totalidad de la casta sacerdotal. Ahora coexisten tres enseñanzas diferentes. De los dos movimientos antibrahmánicos, el Budismo se encuentra más próximo a la antigua concepción védica en cuanto que acepta un ilimitado número de factores de la existencia (dharmas).

Pero un dharma es sólo un elemento que carece de vida. Todos los seres vivientes, hasta los dioses, son combinaciones de dharmas. No se da ninguna sustancia permanente que tenga cualidades, sino sólo cualidades aisladas, separadas, que se han reunido para formar una unidad pasajera, fenoménica; no existen almas simples, que permanecen inalterables en su ser, que constituyen el substrato de la vida espiritual, sino sólo sentimientos, pensamientos, actos de voluntad, etc., que actúan conjuntamente. Para esta forma de concepción no se da en el mundo empírico ningún ser permanente, sino sólo un incesante devenir. Ahora, este devenir tiene lugar estrictamente en forma regular. En lugar de las vagas representaciones de la causalidad de la época antigua hace su aparición una elaborada teoría del “surgimiento en dependencia funcional”. Pero este fraccionamiento del yo y del mundo en factores de corta duración, que cooperan entre sí, es dado como base para una enseñanza de salvación. Y como el ordenamiento cósmico natural es también moral, se afirma una retribución kármica de todo acto y se enseña un progreso por etapas hacia la liberación, que consiste en la total eliminación de error de la existencia de un sí-mismo permanente.

Por el contrario, la enseñanza de Mahavira distingue, de Gautama Buddha, entre almas eternas espirituales (jíva) y materias inanimadas, en sí igualmente eternas. La línea de división entre ambas está trazada de tal modo que se acepta que en los conglomerados de tierra, agua, fuego, aire, habitan numerosas almas, las cuales conjuntamente tienen a estos elementos como cuerpo. La representación védica de que las cualidades de un ser, sus pasiones, su destino constituyen sustancias que le están adheridas, es conservada, pero interpretada a la luz de las nuevas concepciones en el sentido de que estas potencias son partículas de materia sutil, que penetran en el alma. La tarea de la liberación sólo puede consistir en impedir el ingreso de mala sustancia kármica en el alma y en eliminar la materia ya existente, mediante la obtención de la correcta visión de las cosas y la autodisciplina. La salud es alcanzada cuando el alma liberada de la materia sube a la cúspide del mundo, para permanecer allí para siempre como un individuo purificado, en una quietud inalterable y en una pura espiritualidad.

Mientras que de este modo el pluralismo védico era renovado; las antiguas concepciones no por eso desaparecieron. Al lado de la explicación pluralista del mundo, que encontró después en la llamada Mímánsá su elaboración sistemática (la palabra aparece ya en los Bráhmanas, pero como nombre de un sistema ritual-filosófico es mucho más moderno), el monismo de las antiguas Upanishads afirmaba su lugar. En las Upanishads intermedias el monismo es elaborado en la separación de lo animado e inanimado. Ahora se admitía que el ser primordial se manifiesta bajo dos formas: primeramente, como espíritu, como la conciencia más íntima de todo ser vivo; y, en segundo lugar, como la materia primordial, que es el substrato no sólo del mundo hecho de materia tosca, sino también de todas las facultades psíquicas y órganos. De esta manera se conservaba la antigua representación de que lo espiritual constituye la forma más sutil de la manifestación de lo Absoluto y la material la forma más tosca; más tarde aparece la concepción de que el espíritu y la materia tienen su origen en Brahma, pero son entre sí completamente diferentes.

El método que una serie evolutiva, que comienza con el espíritu universal y conduce, a través de los sustratos sutiles de la actividad intelectual, hasta los elementos toscos, es denominado Sánkhya (número). El Sánkhya es utilizado como método por la doctrina de la unidad de todo de las Upanishads y por el Vedánta; sólo más tarde la palabra es utilizada como denominación de un sistema filosófico autónomo.


2. La época de los Mauryas y de los Shungas (-326 a -1)

En el año -326 penetró Alejandro el grande en el noroeste de la India e incorporó las provincias limítrofes a su imperio greco-persa. En el -322, Candragupta fundó la dinastía de los Mauryas, la que desde Pátaliputra (hoy día Patna) dominó toda la India del norte y el Afganistán. Este emperador tenía como canciller al brahmán Kautilya, autor de una obra sobre política, con consejos similares a los de Maquiavelo. En esta obra son mencionados como métodos de investigación el Sánkhya, el Yoga y el Lokáyata; y se introduce los puntos de vista según los cuales debe proceder una exposición científica. Después Candragupta habría renunciado al trono, se habría convertido en asceta jaina y habría muerto por inanición voluntaria. Le siguió en el trono su hijo Bindusára (298-273, cuyo descendiente, Ashoka (273-232 a.C.), fue protector del Budismo, que se esforzó por difundirlo mediante misioneros fuera de la India. Después de la muerte de Ashoka el imperio se fragmentó. El año -185 se estableció sobre el trono de Magadha la dinastía de los Shungas, la cual habría iniciado una fuerte reacción brahmánica. Fue derribada alrededor del -73 por la casa real de los Kánvas, la cual reinó hasta el año -28.

El Jainismo y el Budismo en este período ordenaron en colecciones las exposiciones oralmente trasmitidas de sus fundadores. Muchas nuevas concepciones fueron agregadas a las ideas de los maestros y surgieron diferencias acerca de la autenticidad de las tradiciones, con lo que se produjeron facciones. Entre los jainas se originaron diferencias acerca de algunos puntos de la dogmática. Se dividió el Jainismo en las dos confesiones de los Digambaras y de los Shvetámbaras. , que se ha conservado hasta la actualidad, se reveló como cargada de consecuencias. Los que permanecieron en Magadha habrían redactado el Canon; y abandonaron la prescripción de Mahavira de que los ascetas debían andar desnudos. Ellos declararon obligatoria la práctica seguida por Parshva, el precursor de Mahavira, de llevar vestidos blancos; mientras que los monjes en Maisur consideraban el andar desnudos como requisito imprescindible de verdadero renunciamiento al mundo.

Entre los budistas, a los cien años de la muerte de Buda, existían dos direcciones: los Sthaviravádins (doctrinas de los monjes más antiguos) y los Mahásánghikas (miembros de la gran comunidad). De ambos grupos surgieron más escuelas. La tendencia cada vez más marcada entre los Mahásánghikas de elevar a Buda a una esfera trascendente y concederle a todo lo empírico sólo un significado relativo, preparó el surgimiento del “Gran Vehículo”.

En el seno del Brahmanismo subsistió más tiempo el sacrificio védico, pero la religiosidad viva se volcó cada vez más al culto de Shiva, Vishnu y otros dioses, los cuales se originaban en las creencias de la población pre-aria. Las concepciones que se habían desarrollado en las Upanishads, a partir de la doctrina de la unidad del todo, encontraron una nueva elaboración en los libros de leyes y en las partes filosóficas del poema épico Mahábhárata. Entre éstas, la Bhagavad-gíta (enseñanza secreta proclamada por el excelso Krishna), )» ha sido de importancia por cuanto se revela que: 1) la liberación no sólo está al alcance de aquellos que reconocen al dios universal, en el cual todo está radicado y del cual todo sale, sino también de aquellos que lo veneran, con piadosa devoción (bakti), como un señor personal, lleno de compasión, que está frente al hombre en una relación de yo y tú; 2) el dios universal es Vishnu y se manifiesta en la tierra en forma humana como Krishna; 3) el renunciamiento al mundo no es el único camino para la salvación; porque el cumplimiento del deber sin pensar en uno y un noble estado de ánimo, que no se aferra al mundo y mantiene una serenidad espiritual carente de pasiones, aseguran igualmente la liberación de las cadenas del sansára. Así aparece la vida práctica, que había sido relegada por la moral ascética, y se coloca al lado del ideal quietista un ideal activista.

Para el desarrollo del pensamiento filosófico fue de importancia el surgimiento de la Gramática. El trato con los textos védicos sagrados había inducido a los indios a analizar el lenguaje y a reflexionar acerca de la relación entre una cosa y su nombre. Del interés por la palabra surgió una ciencia autónoma, que encontró su exposición en el tratado de Pánini (siglo -IV.), en la obra de Kátyáyana que lo explicaba y en el “Gran comentario” (Mahábháshya) de Patanjali (siglo -II). Los “Ocho libros de reglas gramaticales” de Pánini están compuestos en breves aforismos, que tienen la forma de fórmulas algebraicas. El método de sintetizar el contenido de un sistema en breves axiomas, y de aclararlos luego con comentarios, sirvió de ejemplo para las más diversas ciencias. Luego, todas las construcciones metafísicas fueron expuestas en sütras (aforismos) y bháshyas (comentarios). Kátyáyana enseña la conexión original entre una palabra y su significado. Establece que la palabra designa la especie (ákriti) y no la cosa individual, y afirma que la palabra existe eternamente, por lo que, cuando es pronunciada, no nace sino que solamente se manifiesta. Estos principios constituyen el fundamento metafísico de la Mimánsá, la filosofía del ritual védico formulada en los sütras de Jaimini. Por otro lado, Patanjali clasifica las palabras en sustantivos, adjetivos y verbos y abre con ello el camino para una diferenciación ontológica de las cosas, cualidades y acciones. Con ello estaban dados los presupuestos para una doctrina de las categorías, que fue efectuada por el Vaisheshika.


3. La época de la ascensión del gran vehículo (1 a 250)

El Budismo había sido una enseñanza salvífica individual, a través del autoperfeccionamiento; pero en este momento se transforma en una religión que quiere convertir a sus adeptos en un Bodhisattva (un aspirante a la condición de Buda), y para ello se brinda como posibilidad la ayuda de santos celestiales. En lugar de la concepción de los pocos Budas, que se extinguieron para siempre en el nirvana y no intervienen más en los acontecimientos del mundo, apareció la creencia en un número infinito de ellos, que reinan en las esferas celestiales y ayudan a los seres en la liberación del sansára. Esta nueva tendencia, “el gran vehículo” (maháyána) para la salvación, no eliminó las escuelas anteriores pero las calificó como “el pequeño vehículo” (hináyána). Los principios del Maháyána podían armonizarse con las enseñanzas del antiguo budismo acerca de la pluralidad de los factores de la existencia. Pero esta filosofía, que enseñaba que los individuos no poseen un ser verdadero ya no satisfacía el saber de una época que había recibido impresiones de la doctrina de la unidad de todo de las Upanishads. Así la especulación del Maháyána pasó del pluralismo al monismo, aunque un monismo que entró en oposición con la teoría realista de Brahma. Pues el Maháyána niega toda realidad verdadera a los dharmas. El absoluto que queda liberado de todas las manifestaciones pasajeras es por tal motivo un vacío insustancial, que se deja determinar sólo negativamente, ya que toda tentativa por encerrarlo en palabras debe detenerse siempre en algo limitado y relativo. Estos temas aparecen elaborados en los sutras de la “Perfección del conocimiento” y encuentra después su elaboración sistemática en la llamada “doctrina del medio” de Nágárjuna (siglo -II).

Contra los budistas combatían los representantes de la ortodoxia védica, como lo prueban las explicaciones que son citas de un antiguo comentador de los Mímánsá-sütras. La innovación más importante dentro de la filosofía Brahmánica de esta época aparece en dos nuevos sistemas: el Vaisheshika de Kanáda y el Nyáya de Gotama. El primero es una filosofía de la naturaleza sobre una base atomista; y el segundo se ocupa de la lógica. El Vaisheshika se distingue de otros sistemas porque considera las sustancias, las cualidades y movimientos (actividades) como pertenecientes a categorías ontológicas diferentes y, dentro de cada uno de estos grupos, reduce todo lo que se puede experimentar a un pequeño número de realidades. Las relaciones, en las cuales las realidades pueden estar unas frente a otras, son incluidas bajo tres categorías más amplias: generalidad, particularidad e inherencia. Con ello se constituía un pluralismo, que intentaba explicar el proceso del mundo a partir de una multiplicidad de realidades ya irreductibles. Kanáda, al enseñar la naturaleza física del sonido y deducir de ahí que éste no podía ser eterno, pudo demostrar que el vínculo entre una palabra y su significado reposa sobre una convención, lo que contribuyó a que las teorías de los gramáticos y mímánsakas cayesen en descrédito. La concepción de que el Veda es eterno y de origen sobrehumano, a cuya fundamentación estas teorías servían, no fue afectada por las doctrinas de Kanáda, pues éste enseñaba que un ser sobrehumano proclama el Veda en el comienzo de cada período cósmico de la misma forma.


4. La época de los Guptas (250 a 500)

Después del 300, un rey Candragupta fundó una dinastía que dominó gran parte de la India del norte. En vista de que todos los reyes de esta dinastía llevan los nombres de dioses hindúes con el aditamento de gupta, esta casa real es designada la de los Guptas. Bajo estos príncipes altamente cultivados, no sólo el pueblo gozó de bienestar sino que la vida espiritual se desarrolló. A esta época pertenece el poeta más grande de la India, Kalidasa, y tiene lugar la actividad de Buddhaghosa, el gran comentador de los textos pális, y de Vasubandhu, compositor del Abhidharma-Kosha (Dogmática del Pequeño Vehículo). Luego se hizo mahayanista y defensor de la “Enseñanza de sólo la conciencia”, que era propiciada por su hermano Asanga. Esta doctrina es un idealismo subjetivo que niega la realidad del mundo exterior y considera todas las experiencias de un individuo como rayos de conciencia que se continúan en una cadena ininterrumpida. Este “Vijnánaváda de la Escuela Yogá- cára enseña, como la “Enseñanza del medio”, una verdad inferior práctica y otra más alta monista que se realiza en el Yoga, pero caracteriza al Absoluto como una realidad en sí, como lo espiritual puro, uno, no diferenciado.

Al lado de los problemas de la metafísica, ocupan a los pensadores budistas ahora los de la lógica. Dignága (discípulo de Vasubandhu), con ocasión de su disputa con el Nyáya, se convierte en el fundador de una lógica budista. Entre los jainas esto tuvo lugar con Umásváti, en su concisa Dogmática.

Las variadísimas enseñanzas de las Upanishads habían sido mezcladas de múltiples maneras, en el Mahábhárata, en los Puránas y en otros libros populares. Se había formado así un número de escuelas, que debían esforzarse por exponer sus concepciones sistemáticamente. Esto llevó a que surgiesen nuevos sistemas, que se independizaron del Vedánta. El Sánkhya de la época antigua había sido una forma del Vedanta: las almas individuales y la naturaleza primordial eran diferentes manifestaciones del ens realissimum único. Pero ahora se constituyó un nuevo Sánkhya (clásico), que consideraba tan profunda la diferencia entre lo espiritual, es decir lo consciente, y lo no-espiritual, es decir la naturaleza primordial activa y sus productos, que ya no hacía derivar a ambos de un ser primordial, sino que establecía un dualismo donde la unión entre ambas es concebida como irreal. El escrito principal es la Sánkhya-Káriká de Ishvarakrishna. Los sicólogos del Yoga trataron de utilizar para sus fines los nuevos fundamentos que el Sánkhya dio a la doctrina del alma. El Yogasütra de Pantajali fue una nueva redacción de textos de meditación.

El texto básico del Vedánta, el que dictó la norma de autoridad en todas las épocas posteriores, el Brahma-sütra de Bádaráyana, surgió cuando ya existían el Sánkhya clásico y la doctrina budista de “Sólo la conciencia”, puesto que el Brahma-sütra los combate. Enseña una transformación de Dios en mundo y una liberación en la que se conserva la individualidad de las almas.


5. La época de la gran expansión cultural (500 a 750)

Después de la caída del reino Gupta, el emperador Harsha (606-647) dominó sobre gran parte del continente del Ganges. Existían colonias en Indochina y en Indonesia, donde se construyeron edificios brahmánicos y budistas. Numerosos misioneros indios viajaron a la China, al igual que de China fueron a la India peregrinos a las universidades budistas. El Maháyána encontró en el 552, en el Japón, y en 650, en el Tibet, nuevos territorios para expandirse.

Entre los budistas, Dharmamrti llevó adelante las investigaciones lógicas de Dignága y representó un criticismo que diferencia entre la percepción pura sensorial y las construcciones del pensamiento (que a partir de ese dato real construye representaciones subjetivas).

Prabhákara (siglo VII) fundó una escuela de la Mimánsa, que tomó la doctrina de las categorías del Nyáya-Vaisheshika en una forma modificada, y dio un lugar en su sistema a la idea de la liberación. También una rica literatura popular en sánskrito e idiomas dravídicos se ocupaba en la difusión del Vedánta y en el cultivo de las concepciones de las escuelas vishnuístas y shivaístas.

Pero la vida espiritual de este período recibió su sello mediante el surgimiento del Tantrismo y del Shaktismo. El Tantrismo es una ciencia secreta del rito, el cual con la ayuda de ceremonias especiales y de actos sagrados, ante todo mediante la utilización de sílabas, palabras y fórmulas (mantra) místicas, quiere alcanzar efectos mágicos y obtener un contacto con lo trascendente. El Shaktismo es una doctrina que atribuye una función preminente en el proceso cósmico y en el proceso de la salvación a fuerzas (shakti) representadas como diosas. La influencia más fuerte la ejercieron sobre el Shivaísmo, el Vishnuísmo y el Budismo Maháyána.


6. La época de la contrarreforma brahmánica (750 a 1000)

El Budismo se encontraba ya en una situación de retroceso. Las grandes masas, así como los dirigentes espirituales de la India se apartaban, aunque el budismo intentase el encuentro a partir de las doctrinas tántricas y shákticas. La creencia en un señor del mundo, personal y eterno, que desde la época de las Upanishads y de la Gitá había atraído, se convertía en la convicción predominante. Esta tendencia teísta se muestra en la elaboración que experimentó la idea de dios en el Nyáya-Vaisheshika y en el Yoga clásico, así como en los sistemas idealistas del Brahmanismo. Los Vedánta, profundamente influidos por la “Enseñanza del medio” de los budistas, que negaban toda realidad verdadera al transitorio mundo empírico, y por la teoría de los Vijnánavádins, que reconocía un ser verdadero sólo a la conciencia pura, ahora interpretaron la doctrina del átman en el sentido de que él es la única realidad inalterable, mientras que la multiplicidad sólo representa una apariencia falsamente impuesta. El primer maestro que expuso un Vedánta transformado fue Gaudapáda, el gran Shankara (788-820), discípulo del discípulo de Gaudapáda, llamado Govinda. Se esforzó por demostrar que esta enseñanza estaba de acuerdo con las Escrituras en su comentario de los Brahmasütras.

En Cachemira, Vasugupta fundó (siglo IX) un sistema shivaíta (la llamada “Doctrina del re-conocimiento”), que concibe el proceso cósmico como la objetivación de los pensamientos de lo Absoluto, del dios Shiva, uno en todo. En más o menos la misma época surgió el vasto Yoga-vásishta, que abarca 24.000 estrofas, en el cual se explica el acontecer ilusorio del mundo como un movimiento que se produce en lo Absoluto. En esta época, el brahmán Vácaspatimishra comentó las obras del Nyáya, del Sánkya, del Yoga, de la Mímánsá y del Vedánta (Shankara).


III. El período postclásico o hinduista

1. La época de la escolástica sectaria (1000 a 1200)

Con el retroceso del Budismo en su propia patria, decayó el contacto que habían mantenido con el Lejano Oriente, Indochina e Indonesia. La fuerza nuevamente surgida del Islam penetró en el continente. Muchos budistas emigraron al Tíbet y Nepal. La caída del Budismo liberó a la especulación brahmática de su más importante adversario, pero también el Jainismo se apartó de la discusión filosófica. Así ahora el Brahmanismo, o Hinduísmo, tal como se acostumbra en llamarlo, se convirtió en el único portador del espíritu indio. Esto se manifestó no sólo en la agudización del sistema de las castas, sino que las distintas sectas de los adeptos de Vishnu y Shiva se esforzaban por demostrar su ortodoxia mediante comentarios de los textos sagrados reconocidos por los brahmanes. El Jainismo produjo en este período el Hemacandra (1089-1172), que es considerado el más grande representante de su doctrina. Y los seis sistemas (darshana) brahmánicos se ocuparon de la filosofía en muy diferentes grados. Mientras que la Mimánsá, el Sánkhya y el Yoga seguían siendo cultivados en la forma tradicional, el Nyáya fue objeto de transformaciones. Primero se efectuó su fusión con el Vaisheshika, y luego, Gangesha fundó (s. XII) la escuela del nuevo Nyáya (navanyáya).  

El sistema predominante fue el Vedánta no-dualista (advaita) de Shankara. El Ve dánta desde la época de las Upanishads ha poseído siempre para los hindúes una fascinante fuerza de atracción. Pero lo que le dio a la enseñanza de Shankara su significación especial fue que la doctrina de la unidad de todo no sólo era sostenida y explicada a partir de los textos sagrados sino que también era demostrada con todos los recursos de una teoría del conocimiento, de una lógica y de una dialéctica.

Contra el Vedánta acósmico de Shankara se levantó una oposición cada vez más violenta en círculos que se atenían al Vedánta tradicional. No les bastaba que Shankara dejase que la pluralidad de las almas individuales y la veneración de Vishnu o Shiva como amos tuviesen valor desde el punto de vista del conocimiento, pero para luego calificarlas de ilusorias. Estos pensadores se aferraban a la idea de que Brahma se había transformado en el mundo y que las mónadas espirituales aun en el estado de la liberación mantienen una existencia individual. Rámánuja (1050-1137) fue el primero que opuso a los comentarios de Shankara comentarios propios de los Brahma-sütras y de la Gitá, los cuales enseñan un Vedánta realista y vishnuísta.


2. La época de la primacia islámica (1200 a 1526)

En el año 1206 Kutb-ud-dín Aibak, el virrey de Mohamed Ghorí, después de la muerte de éste se hizo sultán de Delhi y abrió con ello una larga serie de gobernantes mahometanos, que residieron en la ciudad real india. Después surgieron en las distintas regiones del continente del Ganges estados islámicos. Característico de esta época es que, cuando ella terminaba, la relación tensa entre los hindúes y los conquistadores mahometanos había mejorado tanto que entre los fieles surgió la necesidad de comparar entre sí ambas formas de creencia y comprenderlas como formas diversas de un monoteísmo místico. El principal representante de un movimiento de esta naturaleza fue el tejedor Kabír (1440 hasta 1518), el cual en sus estrofas compuestas en hindi popular unió la idea de la filosofía popular vishnuita con doctrinas sufis. Un contemporáneo más joven que él fue Nának (1469-1538), el fundador de la secta de los sikhs, la cual hasta ahora florece en el Penjab.


3. La época de los grandes mogoles (1526 a 1761)

En 1526 penetró Baber, rey de Kabul, en el norte de la India con un ejército de 12.000 hombres, derrotó al sultán de Delhi y fundó una dinastía, que fue dueña del trono del Hindustán hasta 1857. En la época brillante de los Grandes Mogoles la cultura islámica en la India llegó a su máximo esplendor. El pensamiento del Islam no ejerció en la mayoría de las veces ninguna influencia sobre el Hinduísmo. El Vedánta de Shankara siguió a la cabeza de todos los sistemas ortodoxos. Su último representante Appayadikshita (1600) dio en su Siddhántalesha una visión panorámica de las distintas soluciones que surgieron en el interior de la escuela de Shankara acerca del problema de Brahman y maya.

Continuaron las luchas de las sectas por hacer triunfar la creencia de que Vishnu o bien Shiva era el más grande eterno dios, y sus esfuerzos por demostrar que ese era el verdadero Vedánta. con no disminuida vehemencia. A las filosofías sectarias se agregaron otras (Shri-vaishnava, Madhva, Nimbárka, Vallabhácárya, Caitanya, Shaiva, Virashaiva, etc.). Todas estas escuelas sostenían contra Shankara la realidad del mundo y enseñaban que el alma individual en el estado de liberación conserva su individualidad. Con excepción de Madhva, para el cual Dios es el conductor todopoderoso de la materia y de las almas que son diferentes de él, eternas y existentes en sí, todas las escuelas enseñan que todos los espíritus y todo lo no-espiritual han salido de Dios, pero poseen con todo una cierta limitada existencia particular.

Muchas veces se ha intentado interpretar los seis sistemas ortodoxos como elementos de una doctrina unitaria, que progresa escalonadamente. Así Vijnánabhikshu (siglo XVI) sostiene en sus escritos consagrados a los Brahma-sütras, Sánkhya-sütras y Yoga-sütras, la siguiente concepción: el Vedánta originario, proclamado por las Upanishads, la Gítá y los Brahmasütras, ofrece la verdad en su integridad, al enseñar un Dios personal, una pluralidad de almas y una materia real. La teoría ilusionista de Shankara debe ser desechada; la palabra «máyá» es usada en los textos sagrados sólo como denominación de la materia primordial, real, pues está sometida a una transformación permanente. El Nyáya-Vaisheshika enseña una forma inferior de verdad, al exponer que el alma es diferente del cuerpo etc. pero activa, y que siente alegría y dolor etc. El Sánkhya significa, frente a este punto de vista, adecuado sólo para los hombres que están todavía adheridos a lo empírico, ya que muestra que el alma es sólo una luz de conciencia sumida en la quietud y que las cualidades que le son atribuidas no le pertenecen en realidad, sino que deben ser asignadas a la naturaleza primordial. Para inducir a los que buscan la liberación a profundizar con todas sus energías en el conocimiento de la diferencia de alma y materia, el Sánkhya deja completamente de lado la idea de Dios, su ateísmo es por eso sólo una exageración unilateral, que debe ser completada.


4. La irrupción de ideas occidentales (1757 a la actualidad)

Cuando el Imperio mogol empezó a derrumbarse a mediados del siglo XVIII, la Compañía Británica de las Indias Orientales logró colocar bajo su administración cada vez mayores zonas y finalmente someter a su dominio toda la India. Después de la sublevación de 1857 la corona británica ocupó el lugar de dicha Compañía y el 28 de abril de 1876 la reina Victoria tomó el título de Emperatriz de la India. La introducción del inglés como medio de la enseñanza superior (1835) y la fundación de universidades (1857) inglés produjeron una difusión creciente de las ideas occidentales. El conocimiento de la filosofía india ganó en difusión, pero el sánskrito fue cada vez más relegado. En época más reciente se han manifestado en la India también filósofos con trabajos en inglés. Algunos tratan de conciliar las antiguas tradiciones con las exigencias de los nuevos tiempos. Aurobindo Gosh (1872-1950), trató en su Life Divine de realizar una síntesis en la cual las ideas indias de la transmigración de las almas, de los avatáras y de la evolución tendiente a un perfeccionamiento espiritual mediante un nuevo Yoga, están combinadas con las ideas del superhombre, la liberación cósmica y la realización de un cielo en la tierra. Sarvapalli Radha- Krishnan (nacido en 1888) parte del Vedánta de Shankara, y se esfuerza por conseguir en la Mística la conciliación sobrenacional e interconfesional entre la fe y la sabiduría del Este y del Oeste. El 15 de agosto de 1947 Inglaterra renunció al dominio sobre la India y el subcontinente fue dividido entre el Estado islámico del Pakistán y el Bhára», que en su 90 por ciento es hindú y abrió nuevas posibilidades en las universidades al estudio del antiguo pensamiento indio.

Bibliografía


GLASENAPP, H., La filosofía de los hindúes, Barcelona, Barral Editores, 1977, traducción de Fernando Tola

domingo, 19 de octubre de 2014

Historia de la Edad Media


1. La expansión del cristianismo
2. Las migraciones germánicas
3. Imperio Romano de Oriente
4. Imperio Persa
5. Islam
6. Imperio Bizantino (dinastías)
7. Imperio Carolingio
8. Feudalismo
9. Las segundas invasiones (siglos VIII a X)
10. La restauración imperial europea del milenio
11. Expansión y cisma de la Iglesia (siglos VIII-XV)
12. Monarquías y Papado de Europa Occidental (siglos XI y XII)
13. Comercio
14. Las Cruzadas
15. La Europa del siglo XIII
16. Imperio Germánico
17. La guerra de los cien años
18. La crisis social de la Baja Edad Media (XIV-XV)
19. Bizancio ante los avances mongol, latino y turco


El concepto de Edad Media fue creado en el siglo XV para describir un periodo de tiempo anterior, considerado como la fase intermedia entre la época dorada de la Antigüedad y el renacer de la tradición clásica con el Renacimiento. Parte de esta teoría fue elaborada por los humanistas italianos estudiosos del latín clásico de los romanos. En el siglo XVII, el concepto quedó definitivamente consagrado en el manual de historia publicado por el holandés Cristóbal Keller, de la Universidad de Halle. El inicio de la Edad Media se sitúa a comienzos del siglo V, por los desplazamientos de tribus germánicas hacia Occidente (406-409), que condujeron al destronamiento del último emperador romano, Rómulo Augústulo, por Odoacro (476). Tras las migraciones, los pueblos bárbaros se fueron estableciendo en el occidente europeo con un sistema político de reinos, que fragmentaron las tierras del antiguo imperio. El final de la Edad Media se da con la conquista de Constantinopla por los turcos en 1453, que marca la destrucción definitiva del Imperio Bizantino; aunque en España se suele considerar también la fecha de 1492, que señaló el comienzo del genocidio español y europeo en América. La historia de la Edad Media ha sido subdividida a su vez en: Alta Edad Media, época de transición entre las civilizaciones antiguas (romana, persa, etc.) y las medievales, que va desde fines del siglo III/IV hasta el siglo IX; Plena Edad Media, del X al XIII; Baja Edad Media, entre los siglos XIV y XV, en el comienzo del Renacimiento.


1. La expansión del cristianismo

La Iglesia, que en los primeros tiempos carecía de organización y estructura propias, se inspiró en la organización administrativa del Imperio, siendo la ciudad (civitas) el núcleo fundamental de la estructura administrativa, a fin de que en ella residiera el obispo (episcopus). Es el lugar donde el obispo tiene su cátedra y desde la que se controla todo el territorio adscrito a la misma, que pasa a denominarse diócesis. Varias diócesis forman una provincia eclesiástica, al frente de la cual está el metropolitano (arzobispo en occidente). Muchos de estos obispos pertenecían a la antigua clase senatorial y eran detentadores de un patrimonio considerable que cedían, a su muerte, a la Iglesia. Las catedrales y las iglesias se convierten también en lugares de asilo y beneficencia. Los obispos extienden su poder sobre los poblados del territorio diocesano creando parroquias rurales, al frente de las cuales nombran presbíteros que transmiten sus órdenes y acuerdos a la población.
Debido al creciente poder que van adquiriendo los obispos, los reyes bárbaros y los emperadores controlaron su elección. El metropolitano o arzobispo solía reunir a los obispos de su provincia en asambleas (sínodos) en las que se acordaban las directrices a seguir por todos ellos en lo referente a moral, costumbres, ritos.

El Imperio de Oriente estaba dividido en cinco grandes territorios administrativos, llamados diócesis, cada una de las cuales incluía varias provincias, que correspondían más o menos con las metrópolis eclesiásticas. A efectos puramente eclesiásticos la diócesis de Egipto, que incluía seis provincias, pasó a formar el Patriarcado de Alejandría; la diócesis de Oriente, que incluía quince provincias, formó el Patriarcado de Antioquía, y las diócesis de Asia, Ponto y Tracia, formaron el Patriarcado de Constantinopla. El Concilio de Constantinopla (381) estableció la estructura eclesiástica del Imperio y acordó que los obispos de una determinada diócesis civil, que correspondía a un patriarcado, no podían inmiscuirse en los asuntos de otra diócesis. El patriarca de Alejandría gozó de un gran prestigio por su doctrina. Se remontaba sus orígenes al apóstol San Marcos, comprendía más de cien obispados. Se destacó en la defensa de la ortodoxia contra los arríanos, siendo san Atanasio su principal figura. El patriarca de Antioquía siempre vio discutida su posición por el obispo de Jerusalén, hasta que éste se convirtió en Patriarca. Remontaba su origen a San Pedro, que estuvo en dicha ciudad antes de dirigirse a Roma. El patriarca de Constantinopla debía tal honor a que era obispo de la Nueva Roma. La iglesia ortodoxa tenía que afirmarse porque surgían numerosas líneas de pensamiento heterodoxo, conocidas como herejías.

Por lo que a Occidente se refiere, hay que señalar que la estructura eclesiástica no siguió los pasos de Oriente y las diócesis civiles del Imperio no dieron lugar a patriarcados, excepto Roma y Cartago que abarcaba seis diócesis civiles. Los obispos de Cartago se vieron superados por las querellas donatistas y por la invasión vándala. La conquista musulmana a finales del siglo VII hizo que desapareciera todo vestigio de esta Iglesia. El Papa de Roma es obispo de la “Sede Apostólica”, y funda directamente su autoridad en San Pedro, como se encarga de recordar continuamente en sus Decretales. Los demás patriarcas le reconocen una primacía honorífica por este hecho, pero en la práctica conservan una autonomía total. La primacía de los Papas alcanzó su cénit con San León I Magno (siglo V). Los Papas de Roma, debido a la lejanía del poder imperial, empezaron a perfilar la doctrina de la delimitación de poderes: el espiritual para el Papa y el temporal para el Emperador. El papa Gelasio I (492-496), en una carta dirigida al emperador Anastasio (494) le explica que sólo Roma puede juzgar a los obispos y patriarcas, sin necesidad de que ningún concilio lo autorice y que sus sentencias son inapelables. Esta es la teoría “de las dos espadas". Mientras que los patriarcas de Constantinopla eran elegidos casi siempre por el emperador, los papas de Roma se elegían en medio de grandes presiones y, antes de ser consagrados, debían obtener la aprobación del emperador bizantino a cambio de la cual pagaban una tasa, que fue abolida por Constantino IV (680). Más tarde subsistió la obligación de comunicar el nombre del elegido. La conquista del norte de Italia por Carlomagno puso fin a esta práctica.

El donatismo fue una herejía surgida en el norte de África, a principios de! siglo IV. Su principal valedor fue el obispo Donato de Cartago (312). Los donatistas formaban una secta de carácter rigorista que se oponía a la vida relajada del clero y hacía depender la eficacia de los sacramentos de la pureza del que los administraba. Si al principio surgió como un cisma en la Iglesia norteafricana acabó, con el tiempo, convirtiéndose en una auténtica herejía que dividió dicha Iglesia hasta la llegada de los vándalos y volvió a resurgir con gran fuerza tras la conquista de Justiniano. Otra herejía surgida en Occidente fue el pelagianismo que toma el nombre de su creador Pelagio, laico de origen irlandés, para quien todos los hombres nacían sin el pecado original, pues el pecado de Adán no se transmite al resto de la humanidad. Por lo que el bautismo era un sacramento superfluo. El hombre, obrando rectamente y de acuerdo con su conciencia, podía alcanzar la vida eterna. Pelagio se convierte así en el primer defensor de la sola fides que posteriormente defendió Lutero. Doctrina impregnada de estoicismo, fue condenado en el Concilio de Cartago de 418 por San Agustín. El priscilianismo tomó su nombre de Prisciliano, gallego del siglo IV, que fue obispo de Avila. Su doctrina, que contenía vestigios gnósticos y maniqueos, se difundió por Galicia y Lusitania. Fue acusado de brujería y decapitado en Tréveris en 385.

Las herejías que tuvieron más calado dogmático fueron las que surgieron en Oriente, donde para condenarlas se reunieron los primeros Concilios Ecuménicos. El arrianismo toma su nombre de Arrio, un presbítero de Alejandría (311) que estructuró dicha doctrina, que había sido formulada inicialmente en Antioquía. Según esta doctrina, de las tres personas que forman la Trinidad, el Hijo había sido creado por el Padre antes de todos los tiempos y, aunque era una criatura superior, no podía ser igualado en divinidad al Padre, por lo que se convertía de esta manera en una especie de semidiós. Constantino, que basaba la unidad del Imperio en el cristianismo, se vio obligado a intervenir y convocó un Concilio en Nicea (Asia Menor) el año 325. De allí salió el Credo o Símbolo de Nicea diciéndose del Hijo que fue “engendrado, no creado, consustancial al Padre”. Entre los numerosos acuerdos que se tomaron, se establecieron las normas para calcular la fecha de la Pascua de Resurrección. Se acordó que se celebraría, teniendo en cuenta el calendario lunar, entre el 22 de marzo y el 25 de abril, y concretamente debía ser el primer domingo siguiente al plenilunio posterior del equinoccio de primavera. En el año 325 el equinoccio de primavera cayó el 21 de marzo y, en 1582 el papa Gregorio XIII corrigió el adelanto de 10 días que se había acumulado con el tiempo, suprimiendo ese año 10 días del calendario. Es el famoso calendario que rige actualmente en todo el mundo. El arrianismo desapareció tras la conversión de los visigodos al catolicismo.

El nestorianismo fue una herejía según la cual Cristo poseía dos naturalezas, una divina y otra humana, ambas completas pero separadas, aunque la naturaleza humana prevalecía sobre la divina. Según esta doctrina, María había engendrado un hombre en el que habitó la naturaleza divina. Su creador fue el monje Nestorio, de origen sirio, que llegó a ser patriarca de Constantinopla en el 428. A esta teoría se opuso el patriarca Cirilo de Alejandría, que defendió la tesis de una única persona con dos naturalezas, divina y humana a la vez, sin separación y sin confusión entre ellas. De este modo María, la madre de Jesús, se convertía en madre de Dios. Esta fue la doctrina oficial que se promulgó en el Concilio Ecuménico celebrado en Éfeso (431). El nestorianismo se refugió en la Persia sasánida y se difundió por Irak, India y China, donde aún subsiste. El monofisismo contribuyó a debilitar internamente el Imperio. El alejandrino Eutiques llevó la doctrina de Cirilo de Alejandría a sus últimas consecuencias y defendió que las dos naturalezas de Cristo estaban fundidas, aunque la divina se sobreponía a la humana. Fue reconocido como doctrina oficial en el Concilio de Éfeso del año 449, hasta que finalmente fue condenado por Concilio. Numerosos obispos sirios, alejandrinos y armenios se opusieron a este Concilio y dieron origen a un cisma que llega a nuestros días. Así nació la Iglesia Ortodoxa Copta, que se extiende por Egipto, Etiopía y Eritrea; la Iglesia Ortodoxa Siria o Jacobita, que toma su nombre del Obispo de Edesa, Jacobo Baradai, que se extiende por Líbano, Siria e Irak, y la Iglesia Ortodoxa de Armenia, que se extiende por Armenia y por los países de la diáspora armenia.

Tras la conquista bizantina de Italia en tiempos de Justiniano, la Iglesia de Italia, con el Papa a la cabeza, vuelve a sufrir la intromisión del emperador. En este contexto surgió la figura del papa San Gregorio (540-604). Pertenecía a una rica familia patricia romana. Fue elegido papa en el año 590 y tuvo que negociar la retirada de las tropas lombardas del rey Agilulfo que asediaban Roma (593). Los acuerdos firmados con Agilulfo fijaron la frontera entre el reino lombardo y las tierras del Ducado o Tuscia Romana que, posteriormente, constituirían el núcleo del futuro Patrimonio de San Pedro. También Gregorio envió a la isla de Bretaña, en el año 596, al monje Agustín (primer arzobispo de Canterbury), que logró la conversión del rey de Kent, Ethelberto. San Gregorio dictó numerosos normas para que el clero respetara la disciplina eclesiástica; dirigió la labor evangelizadora de los benedictinos y fue el creador del canto gregoriano, usado desde entonces en la liturgia católica, que fue desplazando al canto ambrosiano o milanés, creado por el obispo San Ambrosio de Milán dos siglos antes.

El monacato surgió en Oriente, hacia la segunda mitad del siglo III, entre los cristianos que deseaban llevar una vida contemplativa y de sacrificio imitando a Cristo. Se trataba de personas que, a título individual, abandonaban su familia y se retiraban al desierto o hacia lugares inhóspitos donde poder aislarse de la gente y dedicarse con más intensidad al ejercicio de la oración y de la ascesis. Ningún lugar ofrecía mejores condiciones que los desiertos egipcios, cerca de Tebas, o el desierto de Nitria, cerca de Alejandría. Surge así el anacoreta, que vive aislado y habita cuevas buscando su perfección interna, sin necesidad de comunicarse con otras personas y sin estar sujeto a ningún tipo de regla. San Antonio el Anacoreta (281 -356) podría ser un buen representante, aunque se sitúa en una etapa intermedia entre el anacoreta puro y el monje que vive en comunidad, ya que junto a él se instalan una serie de anacoretas que reciben instrucción sobre cómo afrontar la vida y defenderse de las acechanzas del demonio. Los anacoretas, en general, tienen una extracción social baja, son muy crédulos, desdeñan toda clase de especulación teológica. Será el egipcio San Pacomio el primero que, hacia el año 330, viendo los peligros que para el alma tenía la vida aislada de los eremitas, fundó una comunidad de cenobitas (del griego en común) donde el trabajo manual y el estudio de la Biblia fueran su norma de vida. En Palestina, Siria, el Sinaí y Armenia se desarrolló otro tipo de monacato intermedio, las lauras, propiciado por San Hilarión. Sus monjes vivían durante la semana aislados en chozas y cuevas, pero se reunían los domingos para celebrar la liturgia y comer juntos, tras lo cual volvían a su vida de aislamiento. Otra variedad de monjes fueron los llamados estilitas, como San Simeón que vivió durante 40 años en lo alto de una columna. El verdadero fundador de] monacato oriental fue San Basilio, obispo de Cesarea (329-379), cuya regla sigue aún vigente entre los monjes ortodoxos y sirvió de modelo a San Benito. La regla huye de las mortificaciones excesivas, insiste en el trabajo manual e intelectual, y sujeta al monje al mando de un superior

En Occidente el monacato surgió en época más tardía y fue introducido por personas que habían estado en contacto con el monacato oriental. San Agustín fue el principal impulsor del monacato norte africano. En la Galia fue san Martín de Tours quien introdujo la vida cenobítica hacia mediados del siglo IV. Los principales focos monásticos se encontraban en Irlanda y Gran Bretaña. Este monacato se caracterizaba por su alto nivel cultural y rigorismo. Sus figuras más destacadas fueron San Patricio y San Columbano. El italiano San Benito de Nursia (Norcia), nacido a finales del siglo V, tras unos inicios de vida anacoreta, fundó después el célebre monasterio de Monte Casino, entre Roma y Nápoles. Allí redactó su famosa Regula monaehorum. Se trataba de una regla que concede una gran importancia a la vida intelectual y manual del monje (ora et labora). Abandona las prácticas rigoristas y pone su acento en el ejercicio del canto divino. El abad, cuyo cargo era vitalicio, es el jefe de la comunidad y todos le deben obediencia ciega. El monje tenía reglamentada toda su vida y se adscribía a un monasterio para toda la vida. Los monjes benedictinos, puestos al servicio del Papado, fueron unos eficaces instrumentos en el campo evangelizador. Desde sus monasterios instalados en las campiñas y zonas rurales de Europa, con sus scriptoria, con la práctica de la liturgia romana y con su organización, contribuyeron en gran medida a la formación de la idea de pertenencia a un mundo común, que era el resultado de la fusión de lo germano, lo romano y lo cristiano: Europa.


2. Las migraciones germánicas

Desde el 392, el cristianismo es la religión oficial del Imperio. En el siglo V, los cristianos son mayoría en el Imperio y los emperadores ven en su religión un factor de cohesión del mismo, aunque muchas veces serán víctimas de sus disputas teológicas y tendrán que adherirse a una determinada facción enfrentándose a la rival. Cuando se produzca el desastre de Adrianópolis (378) o el saqueo de Roma por Alarico (410), serán varios los autores paganos que achaquen el origen de estos males a la difusión del cristianismo y al abandono de la cultura romana. Si la Iglesia podía contribuir a reforzar el Imperio, como pensaron Constantino y sus sucesores, el ejército, por el contrario, podía contribuir a debilitarlo. En los primeros siglos, el ejército imperial estaba compuesto fundamentalmente por soldados romanos, provenientes de todo el Imperio, pero desde la época de Constantino y especialmente de Teodosio, se van integrando en él elementos bárbaros, debido a la extensión del limes (frontera) y al hecho de que los romanos podían librarse del servicio militar mediante el pago de un rescate en metálico. En el 395, a la muerte de Teodosio, el Imperio se divide definitivamente en Oriente, bajo la gobernación de Arcadio, y Occidente, bajo la de su hermano Honorio.

El limes del Imperio Romano en muchos lugares estaba fortificado y protegido por torres de defensa, pero en otros era permeable por el abandono y los escasos medios de defensa. Tras de él estaban apostados numerosos pueblos, que recibían el apelativo de bárbaros. En la frontera oriental (Éufrates) se encontraban los persas, que utilizaba los mismos métodos de combate y buscó la sincronía en sus ataques con otros pueblos bárbaros. Los eslavos eran un enemigo en potencia. En !as costas del Mar del Norte estaban establecidos los anglos y sajones. En la península de Jutlandia y en la desembocadura del Elba, los jutas y frisones; y en Gran Bretaña e Irlanda los pictos y escolas. Todos estos pueblos se hallaban en la Edad del hierro, poseían una organización tribal y formaban federaciones de clanes. La tierra era la única fuente de riqueza. En la desembocadura del Rin se hallaban los francos; entre el Rin y el Danubio, a los alamanos; y en el Danubio medio, a los cuados y marcomanos. Junto al Elba había pueblos mejor estructurados, con reyes a la cabeza y practicantes del arrianismo. Se trataba de burgundios, vándalos y lombardos. Tras el Danubio, en las llanuras rumanas y rusas, se hallaban los visigodos y ostrogodos que, tras un largo aprendizaje junto a los alanos, se habían convertido en expertos jinetes. Finalmente, en las fronteras romanas de África, había diferentes pueblos beréberes, que no representaban ningún peligro importante.

Todos estos pueblos mantenían un contacto fluido con el Imperio, mediante contactos comerciales y sirviendo como soldados. La falta de coordinación entre ellos y la fascinación que Roma ejercía, hacía que todo se mantuviera en equilibrio.
Todo este estado de cosas cambió cuando hizo su aparición en la escena un pueblo extraño venido de las estepas del Asia Central, los hunos. Se trataba de un pueblo de nómadas, de corta estatura, que no practicaba ningún tipo de agricultura. Eran hábiles jinetes que pasaban la vida a caballo, cuyas técnicas gozaban de una extraordinaria movilidad frente a la lentitud de maniobra de las legiones romanas. Su hogar lo constituyen las grandes tiendas de pieles y fieltro montadas sobre sus carros. Desprecian la vida urbana y siembran el terror por donde pasan. Estaban asentados en las estepas del mar de Aral y del lago Baikal. Pero en el siglo IV, se pusieron en movimiento hacia Occidente, rodeando el mar Caspio por el norte y empujando a los alanos hacia el oeste. Tras cruzar el Don, derrotaron a los ostrogodos (374) que, a su vez, desplazaron a los visigodos hacia la frontera del Danubio.

Los visigodos, en parte romanizados y de religión arriana, cruzaron el Danubio (376) y se instalaron en la Mesia (Bulgaria), tras pactar con el emperador Valente su establecimiento como campesinos, su sometimiento a las leyes romanas y servir con sus armas en el ejército imperial. Estallaron las revueltas y el emperador Valente, que se hallaba en Antioquía tuvo que volver a Constantinopla. Falto de tropas y sin esperar los refuerzos que su colega Graciano traía desde la Galia, presentó batalla a los visigodos en 378, siendo completamente derrotado y perdiendo la vida en el campo de batalla. Los visigodos pactaron con el nuevo emperador Teodosio un nuevo tratado (382), estableciéndose en Mesia. Tras la muerte de Teodosio (395), Alarico, rey de los visigodos, reclamó a Arcadio el título de magister militum y, al serle negado, amenazó a Constantinopla. El Emperador no tuvo más remedio que considerar la amenaza y le otorgó el título. En el 401 invadió el norte de Italia, siendo rechazado por el vándalo Estilicón, general del joven Honorio. El asesinato de Estilicón, víctima del recelo antigermano, y el establecimiento de Honorio en Rávena, dejaron libre a Alarico el camino hacia Roma, que fue tomada y saqueada en 410. Su sucesor Ataúlfo reemprendió el camino hacia el norte y en el 412 entró en la Galia. Los visigodos se fueron extendiendo por la Galia e intervenían en Hispania para frenar a los suevos de Galicia. Eurico (466) es el rey más importante de este periodo tolosano. A su muerte (484) el reino visigodo se extendía a ambos lados de los Pirineos, pero su arrianismo lo enfrentaba a sus súbditos católicos galos e hispanos. La ocupación de Aquitania, Aubernia y Provenza despertó el recelo y el apetito de francos y burgundios. De esta manera el joven e inexperto Alarico II, hijo de Eurico y yerno del ostrogodo Teodorico, se vio enfrentado a los francos de Clodoveo que lo vencieron y mataron (507). La pronta intervención de los ostrogodos retrasó la caída del reino tolosano. La continua presión expansionista de los francos hizo que los visigodos fueran trasladándose a España. Hasta los reinados de Leovigildo (568) y su hijo Recaredo (586) no adquirieron los visigodos el pleno dominio de la Península, tras incorporar el reino suevo, recobrar gran parte de la Bética de manos bizantinas y lograr la unidad religiosa, luego de la conversión al catolicismo.

Por otra parte, la presión de los hunos había obligado a los alanos a desplazarse hacia las llanuras de Hungría, donde se hallaban asentados los vándalos asdingos. Tras intentar cruzar el Danubio (401) defendido por las tropas de Estilicón, avanzaron hacia el Rin arrastrando a los vándalos silingos y suevos que se hallaban asentados sobre el Maine. En el 406, estos pueblos atravesaron el Rin por Maguncia, pues se hallaba escasamente defendido por los francos ripuarios que estaban establecidos allí como federados. Recorrieron y asolaron la Galia, desprovista de tropas imperiales desde que Estilicón las había retirado para defender Italia de los ataques de Alarico (401). Tras un lento avance por la Galia, saquearon la Aquitania y se dirigieron a Hispania, atravesando los Pirineos en el otoño del 409. Tras llegar a un acuerdo con los representantes del emperador (411), los suevos y vándalos asdingos se asentaron en Galicia y norte de Portugal; los alanos en la Lusitania y Cartaginense y los vándalos silingos en la Bética que, a raíz de este hecho, cambiaría su nombre por Andalucía. El incumplimiento de los pactos por parte de estos pueblos y los numerosos saqueos que llevaron a cabo, hizo que el Imperio encargara al rey visigodo Valia que sometiera a silingos y alanos. Gran parte de la Península volvía de nuevo al dominio teórico de Roma. Para alejar a los visigodos de España, tras sus campañas, fueron acantonados en Aquitania (418), estableciendo su capital en Tolosa. Tras la marcha de los visigodos, los vándalos asdingos y los alanos, al mando de Gunderico, se apoderaron de la Bética y, tras aprender en pocos años las técnicas náuticas, se apoderaron de las Baleares y cruzaron el Estrecho (429), al mando de Genserico. En el asedio de la ciudad de Hipona (430) murió su obispo san Agustín. Genserico entró al servicio del Imperio, estableciéndose en la Numidia. Tras romper este pacto conquistó Cartago, Sicilia y Cerdeña. Mientras que otros pueblos bárbaros federados reconocían la ficción del Imperio, Genserico constituyo el primer reino independiente. Los sucesores de Genserico, fervientes arríanos y antirromanos, mandaron al destierro a numerosos católicos al tiempo que confiscaban sus tierras, desatando crueles persecuciones contra obispos y sacerdotes. La llegada al trono de Hilderico (523), favorable a un entendimiento con los católicos y de una aproximación a Constantinopla, desató la reacción del bando opuesto que lo depuso y encarceló (530), dando lugar a la intervención de Justiniano, lo que supuso el final de dicho reino.

Rota la frontera del Rin (406), todo el norte de la Galia quedó expuesto al avance de los pueblos. De los varios pueblos que la cruzaron hay que destacar a los francos, divididos en salios y ripuarios (o renanos), porque fueron el único pueblo bárbaro que no perdió contacto con su lugar de origen. Los francos salios, tras enterrar a su rey Childerico en Tournai (481), eligieron por rey a su hijo Clodoveo, el verdadero fundador del reino franco. Su primer objetivo fue acabar con la presencia de las tropas romanas en la Galia. Después le tocó el turno a los alamanos, que fueron derrotados en Tolbiac (496), y quedaron unidas entonces las dos ramas de los francos. El pagano Clodoveo fue bautizado al catolicismo (499), convirtiéndose en el primer rey bárbaro que abrazó el catolicismo. Los obispos católicos y los galorromanos bajo el dominio visigodo vieron en él su salvación. Su campaña contra los visigodos se convirtió así en una guerra de liberación. Sus hijos sometieron a los burgundios (523), turingios (531), alamanes (536) y bávaros (555). Clotario I se había convertido a su muerte (561) en el monarca bárbaro más poderoso, extendiendo sus dominios por la Galia, excepto Septimania, en poder de los visigodos y Germania; desde el Mar del Norte hasta el Mediterráneo y desde el Atlántico hasta el Rin.

Y los burgundios, que se hallaban instalados en la orilla derecha del Rin, ante la presión de los hunos se dirigieron hacia Occidente, siendo vencidos por Aecio en el 436. La muerte del rey Gunther está narrada en el poema épico Los Nibelungos. Se instalaron en la Saboya francesa hacia el 443. Por lo que a Gran Bretaña se refiere, la presencia romana siempre fue débil. Las últimas tropas romanas abandonaron la isla en el 407 cuando el usurpador Constantino, en su enfrentamiento con el emperador Honorio, las trasladó a la Galia. La población bretona se vio sobrepasada tras la llegada de celtas y escotos procedentes de Irlanda, que ocuparon la costa occidental desde Cornualles hasta Escocia, y por germanos (anglos, sajones y jutos) procedentes de Dinamarca, que ocuparon la costa oriental. Las continuas masacres de bretones dieron lugar a su emigración hacia la actual Bretaña francesa. Hasta su conversión al cristianismo, en tiempos de San Gregorio Magno, los anglosajones estuvieron al margen de las corrientes políticas y culturales del resto de Europa.

Otro territorio que se perdió para el Imperio fue la Panonia (Hungría), que estaba ocupada por los ostrogodos desde que en el 380 Teodosio permitió que se instalaran allí. Tras su derrota en el año 451, los ostrogodos se dirigieron a la Mesia, siendo ocupada Panonia por los gépidos, que se instalaron allí hasta que éstos a su vez fueron vencidos por ávaros y lombardos. Los ostrogodos habían quedado acantonados (483) en la Mesia Inferior al mando de su rey Teodorico. Luego se asentaron en el norte de Italia siguiendo el régimen de la hospitalitas, mediante el cual obtuvieron la tercera parte de los grandes dominios rurales. Teodorico respetó siempre la ficción imperial y acuñó sus monedas con la imagen del emperador. Fue un gran admirador de la civilización romana y dejó su administración en manos de romanos (Casiodoro, Boecio). Su reino se extendía desde el Ródano hasta el Danubio, incorporando toda Italia y parte de Panonia y Dalnracia. En materia religiosa, aun cuando era arriano, siguió siempre una política de tolerancia hacia los católicos, lo que le granjeó la simpatía del Papado. Hizo de Rávena la capital del reino y allí levantó palacios e iglesias (San Apolinar Nuevo). En el 535 se justificó la intervención bizantina y la desaparición del reino (562). Las ofensivas visigodas que intentaron recuperar el territorio se sucedieron bajo Sisebuto (612-621) y Suintila (621-6311. El primero tomó Málaga y Cartagena, y el segundo aprovechó las dificultades del Imperio en Oriente para acabar con la presencia bizantina en Hispania.

A finales del siglo IV los hunos estaban instalados en las llanuras de Ucrania y Rumania. Aun cuando bandas de hunos entraban en el Imperio, su relación con Arcadio y Estilicón, y luego con Aecio, fue buena. Se sabe que contingentes de hunos servían como mercenarios en los ejércitos romanos. Hacia el 405 entraron en Hungría y desalojaron a los vándalos asdingos, ocupando sus territorios. En el año 446 Atila asesinó a su hermano Bleda y quedó como rey único. Posteriormente, reclamará en matrimonio a Honoria, hermana del emperador Valentiniano III y exigirá la mitad del Imperio. Entró en negociaciones con el rey visigodo Teodoredo, establecido en Tolosa, a fin de formar una pinza entre ambos para acabar con el Imperio. Atila tenía a su servicio a germanos, griegos y romanos. En la primavera del 451 cruzó el Rin y se apoderó de Metz, Reims y Troyes y puso sitio a Orleáns. Aecio, con un ejército de bárbaros lo derrotó en los Campus Mauriacus, a unos 20 kilómetros de Troyes, donde murió el rey visigodo. Atila volvió a la carga, arrasando Aquilea y llegando a las puertas de Milán y Pavía. El emperador Valentiniano III se trasladó a Roma donde el papa San León Magno, al frente de una embajada de ciudadanos romanos, compró la retirada de Atila. Su imperio, presa de las luchas por la sucesión entre sus hijos, entró en crisis y desapareció al poco tiempo. Los pueblos sometidos (gépidos, ostrogodos y sármatas), recobraron su libertad. Lo que quedó de los hunos se aposentó en las llanuras al norte del Mar Negro, divididos en cutrigures y utrigures, hasta su completa aniquilación por los avaros en el siglo VI.

Valentiniano III, celoso de los triunfos de Aecio, lo mató con sus propias manos (454). Después el emperador caía asesinado a su vez por un soldado de Aecio (455). El Imperio de Occidente entró en una lenta agonía. Nueve emperadores se sucedieron en el trono, hasta que el 4 de septiembre de 476 el magister militum Odoacro depusiera al joven Rómulo Augústulo, desterrándolo a Campania con una buena pensión. Remitió las insignias imperiales al emperador Zenón de Oriente, significándole que con un único emperador en Oriente y con un magister militum en Occidente era suficiente. La realidad era que el poder de Roma subsistía únicamente en Oriente y en Italia.

Entre romanos y bárbaros, la lengua fue uno de los elementos diferenciadores, aunque pronto el latín se introdujo con bastante rapidez entre ellos. Al verse inmersos en una cultura superior, fueron muchos los reyes bárbaros que tuvieron preceptores y secretarios romanos. Otro elemento diferenciador fue el Derecho. Los pueblos bárbaros se regían por leyes orales. Este tipo de justicia nada tenía que ver con la complejidad del sistema romano y con la amplia compilación de leyes romanas. Los litigios entre romanos y bárbaros iban en aumento, por lo que se acudió al principio de personalidad de las leyes frente al de la territorialidad de las mismas, propio del derecho romano. Todo esto motivó que pronto se pusieran por escrito las leyes de los distintos pueblos bárbaros y, para que fueran comprendidas por todos, se redactaron en latín, excepto las anglosajonas. Cada pueblo tuvo sus propias leyes: los visigodos, el Código de Enriar, los francos, la Ley Sálica; los burgundios, la Ley Gambeta; los lombardos, el Edicto de Rotario, etc. Para los romanos, que vivían bajo el dominio visigodo, se promulgó el Breviario de Alarico, bajo los ostrogodos, el Edicto de Teodorico y bajo los burgundios, la Ley romana de los burgundios. Un tercer factor importante de diferenciación entre romanos y bárbaros fue la religión. La mayoría de los pueblos bárbaros profesaba el arrianismo y algunos de ellos el paganismo (francos, anglos, sajones y jutos). Los bárbaros arrianos se mostraron tolerantes con sus súbditos católicos, excepto los vándalos, que los persiguieron violentamente.

Por último, cabe destacar la actuación de los pueblos eslavos. Su hábitat originario se sitúa en el territorio entre el Elba, Oder, Vístula y Bug, limitado al norte por el Báltico. Los primeros movimientos conocidos de los eslavos hacia el Este y el Sur fueron contenidos por los baltos, fineses y godos, a mediados del siglo III. Los godos destruyeron el poder de los sármatas, pero los antas lograron organizar a las tribus eslavas en el solar de lo que es hoy Ucrania. Sin embargo, hubo que esperar a la emigración masiva de los godos, ante el empuje de los hunos, para que este pueblo se pudiera consolidar en el Dniéper medio, sometiendo a las tribus eslavas de esta zona. Cuando el poder huno se deshizo, las tribus eslavas ocuparon los antiguos territorios de las tribus germánicas y fueron avanzando hacia Occidente. Durante el siglo VI continuó su avance hasta el Danubio y la costa del Báltico. Al marchar los lombardos hacia Italia (568), un pueblo turco (los ávaros), se instaló en el Danubio medio, frenó la expansión eslava hacia el Sur, y sometió a las tribus eslavas meridionales a su poder. Aunque éstas continuaron realizando pequeñas incursiones en territorio bizantino, tuvieron que esperar a hacer un frente conjunto para penetrar con fuerza en el Imperio de Oriente. Durante la gran invasión del año 580 se fundó el primer establecimiento propiamente eslavo en suelo griego, y la deportación de población de lengua latina y griega al Norte del Danubio, para contribuir a colonizar el territorio ávaro. La derrota de los ávaros por los bizantinos frente a los muros de Constantinopla (626) permitió la sublevación de varias tribus eslavas. Algunas de ellas lograron independizarse, al mando de Samo, un mercader franco, y extendieron su dominio por el Danubio superior y medio, estableciendo la capital en Nitra. Samo repartió el reino eslavo entre sus hijos, pero poco después (679) cayeron bajo el dominio del pueblo turco de los búlgaros, que conquistaron las tierras eslavas situadas entre el Morava y el Mar Negro. Asparuk fue el responsable de la unión de búlgaros y eslavos meridionales hasta formar una sola entidad, conocida como reino de Bulgaria.


3. Imperio Romano de Oriente

Teodosio dividió el Imperio Romano en el año 395. La parte oriental correspondió a Arcadio, quien estableció la capital en Constantinopla. A la muerte de Teodosio, su hijo Arcadio se convirtió en augusto de Oriente, una sucesión que sancionaba la separación de facto del Imperio Romano. El griego formaba parte de la cultura y el latín sólo se mantenía como lengua del ejército. En el año 457 llegó al poder León I “el Tracio”, candidato del partido germánico, liderado por el alano Aspar. A falta de una sucesión legítima que aducir para su coronación, ésta fue oficiada por el Patriarca de Constantinopla, en línea con la teoría imperial; y a partir de entonces esta sanción religiosa se convirtió en un elemento imprescindible para la entronización del emperador oriental. Para paliar la influencia de los partidos, León introdujo nuevos cuerpos en el ejército, los isáuricos (de Asia Menor), cuyo jefe se bautizó como Zenón y contrajo matrimonio con Ariadna, la hija de León I, que le transmitiría los derechos al trono. Ariadna transmitió los derechos imperiales a Anastasio I, su segundo marido y miembro de la guardia personal de Zenón. Anastasio recibió la importante y célebre carta del papa Gelasio I, en la que se le recordaba que había dos ámbitos de poder, el religioso del Papa y el político del príncipe-, pero la situación con Roma era virtualmente de cisma abierto. Para sucederle fue elegido Justino I (518-527), capitán de la guardia palatina de origen campesino, iletrado pero buen militar. Ya entrado en años, tuvo un reinado breve y sin relieve. Su única medida importante de gobierno fue el restablecimiento de las relaciones cordiales con el Papado.

Con Justino dio comienzo el gobierno de la dinastía que conduciría a Oriente. Porque bajo el gobierno de su sobrino Justiniano estuvo la idea de restauración del Imperio Romano de los Césares. Para entonces, el concepto de imperio había cambiado, aproximándose a las teorías orientales de un poder ejercido porque el pueblo lo había cedido. El emperador pasa a ser autocrátor. El emperador era la personificación misma del Estado, a la vez que jefe del ejército y detentador del poder supremo. Se le consideraba santo, al mismo nivel que los apóstoles, y propagador de la fe cristiana. La dignidad, teóricamente por delegación del pueblo, era electiva y no hereditaria. Aunque los depositarios de dicha elección eran la corte (Sacro Palacio), el ejército y el senado de Constantinopla, con el tiempo se consolidó el derecho del propio emperador a designar sucesor en vida, siempre que existiera consentimiento de estos dos últimos.

Justiniano (527-565) fue asociado al trono, de forma que su sucesión se produjo sin incidentes. Los primeros cinco años de reinado fue malo porque la plebe de Constantinopla se vio sometida a crecientes impuestos y se rebeló durante las carreras del Hipódromo. Consecuencia casi inmediata de la revuelta fue la reforma administrativa (535-536), dirigida por el prefecto del pretorio, Juan de Capadocia: los obispos se convertían en jueces de los administradores que, en las provincias fronterizas, detentaban los poderes militar y civil. Al mismo tiempo, se parcelaban las provincias demasiado extensas para evitar el aumento del poder y la ambición de los gobernadores. Otro elemento que ayudó a fraguar el primer gran apogeo del Imperio de Oriente fue la reforma del Derecho Romano. La política exterior hubo de hacer frente a persas, ostrogodos, vándalos y visigodos, frenando asimismo el avance de los pueblos eslavos. En el año 532 Justiniano firmó la paz con Persia. Poco después iniciaba la conquista de Italia.

Al morir Justiniano el imperio quedaba engrandecido territorialmente, pero exhausto económicamente. La población bizantina se había reducido radicalmente con el impacto de la peste durante el siglo VI. Las conquistas de los lombardos arrebataron la mayor parte de Italia, dejando a los bizantinos sólo la franja entre Roma y Rávena, Apulia, Calabria y Sicilia, destrozando la política de renovación imperial. Por otro lado, las migraciones de avaros y eslavos asolaron Tesalónica y los Balcanes, y dejó grupos de población eslava en toda Grecia. El gobierno de Mauricio (582-602) concibió unas circunscripciones excepcionales, donde el poder civil y el militar estuviesen unidos en un general (strategos), y en las que la defensa estuviese en manos de campesinos-soldados de otras partes del Imperio, que recibían una parcela de tierra. Mauricio fue liquidado por Focas junto a su familia (602-610), en una rebelión que aprovechaba la debilidad imperial, el aumento del poder del Senado y el descontento del pueblo y el ejército. Su gobierno es conocido por el retomo de la amenaza de los persas. Fue precisamente el peligro de esta invasión la que llevó a la sublevación del exarca de Cartago, fruto del sistema creado por el propio Mauricio, y a la instauración de los Heráclidas (610).


4. Imperio Persa

El origen de la dinastía Sasánida es oscuro, pero representa el triunfo de los dirigentes locales de la zona de Fars sobre los soberanos partos en el siglo III. Ardashir I se atribuyó una ascendencia mitológica en la persona de Sasán, sacerdote del templo de Anahita en Istajr, fue el fundador de la dinastía. Intentó extirpar del país la influencia helenística y luchó contra el Imperio Romano. Continuaron su obra su hijo Sapor I y Sapor II, el vencedor de Juliano el Apóstata. Tras la caída de Roma, la política exterior de la dinastía basculó entre el enfrentamiento y la amistad con Bizancio. A la vez, la situación de los cristianos dentro de Persia mejoraba, en detrimento de los zoroastras. Los enfrentamientos con los hunos sumieron al Imperio Sasánida en una crisis económica a fines del siglo V. Kavad I parceló los latifundios en favor de los campesinos pobres y disminuyó los privilegios a la nobleza. Impuso la comunidad de bienes y mujeres para todos sus súbditos, lo que provocó graves disturbios y ocasionó su caída. Los hunos heftalitas le ayudaron a recuperar el trono y firmó la paz con Bizancio (506), con quien volvería a enfrentarse por su alianza con los lajmíes.

Cosroes I (531-579) accedió al trono después de ejecutar a sus hermanos. Conquistó Yemen, Siria, y Antioquía (540), muchos de cuyos habitantes fueron deportados a Asiria, y a arrebatar a Bizancio el país de los lacios (Cáucaso). Tras vencer a los hunos heftalitas, gracias a una alianza con los turcos, pudo dedicarse a elaborar un catastro, reformar los impuestos según la fertilidad, y favorecer la traducción al persa pahlavi de Homero, Platón y Aristóteles.  Hormizdas IV, hijo y sucesor de Cosroes I, se enfrentó con la nobleza y los sacerdotes a causa de sus medidas para favorecer a los cristianos. La situación provocó la sublevación del general Bahram, que instauró al joven Cosroes II para deponerle y refugiarse en la corte bizantina. Cuando el emperador Mauricio, que le ayudó a recuperar el trono, fue asesinado en Calcedonia (602), Cosroes II se erigió en vengador. Primero se enfrentó a los turcos, y después se dirigió contra Asia Menor, Siria y Egipto, llegando a saquear Jerusalén (614). Sólo Heraclio conseguiría controlar su expansión. Con el apoyo de los armenios invadió Azerbaijan y en una rápida campaña venció a las tropas sasánidas ante Nínive y entró en la capital Ctesifonte (628), donde recuperó la reliquia de la cruz de Jesucristo, que devolvió a Jerusalén (630). Fue destronado y sustituido por su hijo, que tuvo que firmar una paz humillante y evacuar Armenia, Siria, Egipto y parte de Mesopotamia. El fin del imperio se produjo tras una fase de debilitación creciente que hizo que se sucedieran doce reyes en menos de cinco años. El último soberano, Yezdigerdes III, príncipe de Istajr, logró reunir un ejército de 120.000 hombres, que fue destruido por los árabes en Kadesiya (637). Pudieron tomar Ctesifonte y pronto ocuparon casi todo el país (644). Yezdigerdes huyó en busca del apoyo de los turcos y fue asesinado en las cercanías de Merv (651). Sus territorios pasaron a formar parte del califato islámico.

El imperio persa se hallaba dividido administrativamente en cuatro distritos (padhgos) al frente de cada uno de los cuales se hallaba un virrey con poderes civiles y militares. Cada distrito se subdividía a su vez en provincias, con sus correspondientes gobernadores civiles. En cuanto a la administración palatina, a su cabeza se encontraba el gran visir, que actuaba como regente cuando el emperador se hallaba de viaje o en la guerra. El ejército estaba compuesto de cuerpos de caballería e infantería, y disponía de elefantes en la retaguardia para facilitar la actuación de los arqueros. La vida económica de Persia giraba en torno al comercio, pues era intermediaria entre Bizancio y Europa, por un lado, y el Lejano Oriente, por otro. Estaba unida a Siria, la India y China, a través de la Ruta de la Seda. El diñar, moneda persa de oro, era de curso internacional.


5. Islam

La Península Arábiga se divide en dos zonas: el norte y el centro, dominados por un paisaje desértico y un clima duro; y la Arabia Feliz, que comprendía las fértiles tierras costeras del oeste y el sur, en Hadramaut, el Yemen, y el Hiyaz, que se dedicaban además a un activo comercio marítimo e interior. Aun así, la ausencia de fronteras naturales y la capacidad de los nómadas para atravesar el desierto hicieron que fueran siempre muy permeables a las influencias de los grandes imperios. Las sociedades preislámicas de Arabia se organizaban en grupos tribales y con una tendencia contraria a formar grandes unidades. Hacia el siglo VI los Imperios Sasánida y Bizantino se repartían la influencia y el territorio de los grupos más pequeños de la Península Arábiga a través de una serie de poderes locales: los gassaníes y los lajmíes, antiguas tribus yemeníes emigradas hacia el norte de Arabia, y los himyaríes, al sur. La lucha entre ambos imperios por el control de las rutas comerciales árabes, y la necesidad de los persas de una salida al mar, hicieron que se aproximaran a estos grupos tribales. Los lajmíes se situaban junto al Golfo Pérsico. Su capital era al-Hira. Debían su trono a la designación de los Sasánidas, que los habían establecido como un estado vasallo que sirviera de oposición frente a Bizancio. En el siglo VI se convirtieron al cristianismo nestoriano. Sus diferencias con los Sasánidas llevaron a su conquista por Cosroes II (604), que incorporó al-Hira al imperio persa. Por su parte, los gasaníes mantenían una alianza con los bizantinos y les facilitaban jinetes. Su población se localizaba en los antiguos territorios nabateos en Transjordania, y el cauce alto del Eufrates. Su conversión al monofisismo contribuyó a estrechar sus lazos con Bizancio. A comienzos del siglo VII el enfrentamiento entre Heraclio y el sasánida Cosroes II en los frentes de Siria, Palestina y Egipto, llevó a ambos imperios a una situación de debilidad, que sería fundamental para la expansión del Islam.

En el Hiyaz se situaban La Meca y Yatrib, grandes centros comerciales y caravaneros. La Meca creó una confederación de tribus clientes en torno al santuario de la Piedra Negra o Kaaba. La tríada de dioses más importante agrupaba a Al-Lat, diosa del sol; a Uzza, estrella matutina, y a Manat, diosa de la felicidad. Todas ellas estaban sometidas a una divinidad superior, Allah, que pronto habría de eliminar a todas las divinidades para convertirse en dios único. Los grupos tribales daban gran importancia a su genealogía, que les servía como vínculo de cohesión. El sistema onomástico árabe se compone de cinco partes. Primero, el nombre propio, originado en la tradición religiosa bíblica y, más tarde, coránica (p. ej., Sulayman, Harun, Hasan o Ahmad). A veces llevaba antepuesto un apelativo o kunya, que era una fórmula de respeto: solía estar encabezado por la palabra Aba (padre). Detrás del nombre propio iba el apellido o indicación de la filiación del individuo, establecido mediante la palabra ibn (hijo de) o bint (hija de). Esta parte puede alargarse de forma indefinida añadiendo los nombres de todos los antepasados por línea masculina de un individuo. El cuarto elemento se refiere al nombre de la tribu a la que pertenecía el individuo, o bien la ciudad o región de la que procedía, y va precedido del artículo al (p. ej., al-Qurashi). Finalmente, el sobrenombre o mote, que podía referirse a una cualidad física del individuo, al cargo que desempeñaba o era un título honorífico para personajes importantes. Cualquiera de estas partes puede servir para designar a una persona, para evitar la mención del nombre completo. La mayoría de los habitantes de la Península Arábiga hablaba los diversos dialectos de la lengua árabe, perteneciente al grupo de las lenguas semíticas. Coexistían con otras lenguas como el arameo, en los territorios dominados por Bizancio, el copto en Egipto o el persa en las zonas dominadas por el Imperio Sasánida.           

La tradición dice que Mahoma nació en el año del Elefante, llamado así en memoria de una expedición del gobernante himyarí contra La Meca. Formaba parte del clan de los Banu Hashim, perteneciente a la tribu de Quraysh, una de las más ricas de La Meca. El matrimonio con Jadiya le permitió a Mahoma dedicarse al comercio caravanero y establecer contactos con judíos y cristianos. A los cuarenta años sintió la llamada profética y recibió la revelación del Corán. Su predicación versaba sobre tres temas principales: la fe en un Dios único, el rechazo de los falsos dioses, y el recuerdo del Juicio Final, para el que el hombre debe estar preparado. Su condena de los ídolos de La Meca fue origen de fuertes tensiones, que le obligaron a dirigirse a Yatrib, conocida a partir de entonces como Medina. En el año 622 tuvo lugar la emigración (hégira), que supuso el inicio del calendario islámico. Tras su victoria en Badr, el profeta pudo presionar a los judíos para que se convirtieran, pero ante los incidentes que se desataron, éstos fueron expulsados de Medina. La contraofensiva de La Meca hizo que Mahoma buscase el apoyo de otras tribus del Hiyaz. Finalmente, Mahoma organizó una peregrinación al santuario de la Kaaba y consiguió llegar a un acuerdo con los Quraysh, entró pacíficamente en La Meca y obtuvo de su población el juramento de fidelidad y obediencia. A partir de entonces, el Islam pudo crecer libremente en ambas ciudades, aunque el Profeta siguió residiendo en Medina, donde comenzó a sentar las bases de su religión.

Las normas del Islam se basan en el Corán y también en la tradición (sumid), que recoge las predicaciones, recomendaciones y normas de Mahorna. El Corán es el libro sagrado revelado al profeta y transmitido en un principio de forma oral, aprendido de memoria y salmodiado por los recitadores. Fue la primera obra escrita en árabe, y se considera como el modelo de esta lengua. Las principales obligaciones del creyente se conocen como los cinco pilares del Islam: 1) “confieso que no hay más dios que Dios y Mahoma es su profeta”; 2) la oración cinco veces al día, a las horas estipuladas y orientadas hacia La Meca; 3) la entrega de limosnas, que se consideran un medio de purificación y también una manera de distribuir la riqueza; 4) el ayuno durante el mes del Ramadán; 5) la peregrinación a La Meca, al menos una vez en la vida, durante el último mes del año musulmán.

A la muerte de Mahoma, en el 632 en Medina, se presentó el problema de la transmisión del poder, ya que no había nombrado a ningún sucesor. Una solución fue el recurso a los primeros musulmanes, compañeros del profeta y unidos por lazos matrimoniales a la familia de Mahoma. El primero fue Abu Bakr (632-634), padre de Aisha, esposa favorita de Mahoma. Inicia el periodo de los llamados califas ortodoxos o perfectos (rashidun). Abu Bakr comenzó la llamada expansión islámica, al dirigir a las tropas hacia las fronteras sirias con Bizancio. Esta política fue continuada por su sucesor, Umar (634-644). Asesinado Umar por un esclavo, se barajó la sucesión de dos candidatos: Alí, primo de Mahoma casado con su hija Fátima, apoyado por los medineses, y Utmán (644-656), quien fue elegido entre los aristócratas del clan Omeya, una rama de los Quraysh. Es recordado por la compilación del Corán. Su asesinato dejó el camino libre al otro candidato, Alí (656-661), que fue proclamado inmediatamente califa. Los qurayshíes, que no esperaban su apoyo, se agruparon en torno a Aisha, la viuda de Mahoma, y se dirigieron a Basora a buscar refuerzos. , mientras Alí hacía lo propio en Cufa. El enfrentamiento de ambos bandos en la Batalla del Camello (656) se saldó con la derrota total de los qurayshíes. A partir de entonces, el califato se guio por el reconocimiento de la igualdad de todos los creyentes, unos postulados que ninguna de las elites estaba dispuesta a aceptar. Mientras, en Siria, el gobernador Muawiya, de la tribu Omeya, primo del califa Utmán, reclamaba venganza por su muerte y se proclamó líder de la oposición a Alí. Ambos grupos se enfrentaron en la considerada como primera guerra civil del Islam, que culminó en la Batalla de Siffín (657).

Con la muerte de Alí, la cuestión del califato volvió a quedar en suspenso, pues seguía sin haber acuerdo respecto a quién debía ostentar la dignidad de califa. Hasta entonces se había elegido a los candidatos por medio de una asamblea, y luego era confirmado por la comunidad de creyentes. Había partidarios de que fuese un miembro de la familia de Mahoma. Muawiya reclamó sus derechos, basando su legitimidad en que descendía de un miembro de la estirpe de los Quraysh. Fue proclamado califa en Jerusalén, y eligió Damasco como capital. Dos fueron las ramas de la familia omeya que ostentaron el poder sucesivamente: los sufyaníes (tres califas) y los marwaníes (once califas). Durante su dominio se puso fin a las grandes conquistas del Islam y se inició la organización interna del califato, tomando como modelos a los Imperios Bizantino y Sasánida. Muawiya introdujo la innovación la sucesión hereditaria del hijo o del hermano del califa, mediante la confirmación de los jefes de las tribus. Por otra parte, la familia de Alí y su entorno más cercano se agruparon en la secta conocida como la Shi'a o Cinismo. Husayn encabezó una rebelión y fue ajusticiado, considerado mártir por sus seguidores. El otro grupo, formado por los jariyíes, desarrolló una teoría política según la cual el califato no tenía por qué ser ejercido por un miembro de la tribu qurayshí, sino por el musulmán mejor cualificado. Por oposición, los partidarios de Muawiya y de la sucesión dentro de la tribu de los Quraysh se llamaron sunníes.

Con la muerte del nieto de Muawiya se terminó la rama sufyaní de los Omeyas. Durante un breve espacio de tiempo hubo dos califas, nombrados por diferentes facciones: Marwan, que restableció el gobierno omeya fundando la rama marwaní de la familia, e Ibn al-Zubayr, hijo de uno de los compañeros de Mahoma. Ambos se enfrentaron en la segunda guerra civil. Los qaysíes (del norte) y los yemeníes (del sur), quedaron agrupados en el ejército y su apoyo a uno u otro califa condicionó el gobierno de la dinastía. Los qaysíes, que apoyaban a Ibn al-Zubayr, fueron vencidos en la batalla de Mary Rahit (684) por los yemeníes partidarios de Marwan, que estableció así la segunda rama de la familia Omeya. A la vez, se sofocó una revuelta chiíta en Cufa, en torno a uno de los hijos de Alí. Fue Abd al-Malik (685-705) el que se benefició de los éxitos militares de su padre Marwan. La cuestión sucesoria se consolidó con la sucesión de varios hijos suyos. Sin embargo, las revueltas chiítas y jariyitas continuaron en Iraq y Persia. Tras este periodo siguieron una serie de califas efímeros, que tuvieron que enfrentarse a las rebeliones de los nuevos musulmanes contra los privilegios de los árabes. Entre ellos destaca Umar II (717-720), por intentar reformar la situación de los musulmanes no árabes, equiparándolos en privilegios a los árabes. Marwan II, el último califa omeya, trató de poner orden eliminando a los omeyas disidentes, pero no consiguió reprimir la revuelta de los jariyíes. El movimiento abbasí, que había surgido en la zona más oriental del califato, puso fin a su gobierno y terminó con todos los miembros de la familia, excepto Abderramán I, que logró escapar y fundó la dinastía Omeya cordobesa.

Durante el gobierno de los omeyas (661-750) se creó el Estado islámico propiamente dicho, un complejo conjunto de territorios con población de etnias y religiones diversas, que ya no admitía para su dominio los vínculos propios del sistema tribal. A la cabeza de la comunidad de los creyentes (Uimina) quedaron los árabes, siempre en minoría frente a la población indígena. Junto a ellos, en las zonas desérticas se mantuvo el modo de vida de las tribus beduinas nómadas convertidas al Islam. El segundo escalón social lo constituían los nuevos conversos al Islam o clientes, (mawlá, pl. mawalí). La forma de inserción de los nuevos creyentes en el Islam era su vinculación a una familia musulmana, a través de lazos de clientela, por los que el individuo principal le proporcionaba protección y proyección social a cambio de ciertos pagos o prestación de servicios. El resto de la población libre, de religión diferente aunque no necesariamente minoritaria, constituyó el grupo de los protegidos (dimmíes), que incluían a las llamadas “religiones del libro”: cristianos, judíos y zoroastros

La expansión sin precedentes del Islam por la cuenca mediterránea y el continente asiático, durante su primer siglo de vida, puede dividirse en cuatro períodos de avance, frenados por una serie de etapas de conflicto interno: a) 1era expansión (623-656): desde la creación del Estado de Medina por Mahoma hasta el fin del poder de los califas ortodoxos, donde se consiguieron Arabia, Siria, Iraq, Egipto y algunos territorios en Irán; b) 2da expansión (656-692): bajo los primeros omeyas, se conquistó la mayor parte de Túnez y el Jurasán; c) 3ra expansión (692-718): durante el califato de los marwaníes se produjo una nueva oleada de conquistas en el Magreb, la Península Ibérica, Transoxiana y el Sind (India), que se detuvieron a causa de la terrible derrota sufrida ante los muros de Constantinopla en 717-718; d) 4ta expansión (720-740): se avanzó por el Norte de África, el Cáucaso y Transoxiana, pero la revuelta de los bereberes norteafricanos (740) demostró la imposibilidad de mantener la política de conquistas, y los disturbios que precedieron a la caída de los omeyas concluyeron la expansión islámica. Después de la conquista, se planteó la emigración de la población musulmana a las nuevas zonas.

Los conflictos sociales y étnicos subyacentes durante el califato omeya hicieron eclosión en torno al año 750, fecha de la “revolución abasí. Los Abasíes se declaraban descendientes de un tío del Profeta, Abbas ibn Abd al- Muttálib, cuya familia, tras apoyar a Alí, se había refugiado en Palestina. Los Abasíes, desplazados pronto a Cufa y más tarde al conflictivo Jurasán, supieron atraerse a varios grupos descontentos con el régimen omeya: chiítas; partidarios de otros hijos de Alí; conversos iraníes; árabes instalados en el Jurasán, que se sentían abandonados por el califa, etc. Gracias a la predicación del líder religioso Abu Muslim -que acusaba a los omeyas de impíos tiranos que incumplían los mandatos del Corán, y postulaba la vuelta a la pureza de la comunidad islámica- se reunió un verdadero ejército. Las fuerzas omeyas fueron derrotadas totalmente junto al río Zab (750), y Marwan II murió en Egipto, asesinado lo mismo que gran parte de su familia.

Al-Saffah (750-754) tuvo que dedicar su corto reinado a eliminar las resistencias sirias, jariyíes y de aquellos chiítas que consideraban que su candidatura no era la mejor, una vez desvelado el nombre de la familia promotora de la rebelión. Para ello, intentó atraerse a los generales del ejército omeya. Le sucedió su hermano al-Mansur (754-775), verdadero fundador de la nueva dinastía, gracias al apoyo de Abu Muslim y los jurasaníes. Al-Mansur tuvo cuidado de ejecutar a Abu Muslim al poco tiempo de su llegada al poder, tras asegurarse la lealtad de otros jefes guerreros. La figura de Abu Muslim se convirtió en símbolo de la resistencia de los iraníes frente a los árabes. Igualmente, los conflictos cínico-religiosos que se plantearon en Cufa hicieron que el califa se trasladara y concibiera el proyecto de fundar una nueva ciudad, Bagdad (762).

Durante el califato del famoso Harun al-Rashid, protagonista de Las mil y una noches, se intensificó el enfrentamiento con el Imperio Carolingio por las rutas comerciales del Mediterráneo. Los jariyies devastaron Armenia y Azerbayán, apoderándose de Mosul, y el gobernador de Ifriqiya planteó el establecimiento de un gobierno hereditario en esta provincia a cambio de un tributo anual. A la vez, se observaba un resurgimiento de tendencias nacionalistas en varias zonas del oriente islámico, exacerbadas por los conflictos entre musulmanes y muladíes. Este ambiente de secesión inminente en varios lugares simultáneamente, pudo influir en la decisión de Harun al-Rashid de dividir el califato entre sus dos hijos: al-Amin gobernaría sobre Iraq, Siria y el Magreb, manteniendo su capital en Bagdad, y al-Mamun ocuparía el Jurasán, prestando juramento de fidelidad a su hermano. El conflicto no se hizo esperar, y la lucha entre ambos hermanos terminó con la ejecución de al-Amin y el triunfo de al-Mamun (813-833), que en un principio mantuvo su capital en el Jurasán. Sin embargo, su decisión de nombrar heredero del trono a un descendiente de Alí, no vinculado a su propia familia, desencadenó una guerra civil que afectó a todo el califato y provocó su ruptura con la aristocracia persa y el retorno a Bagdad. Otra de las cuestiones candentes de su gobierno fue la imposición del mutazilismo, una doctrina islámica especulativa que defendía que la fe debía entenderse y explicarse de forma razonada. Esperaban la llegada del imán justo (mahdi) que instauraría una sociedad de bien.

El hermano del califa, al-Mutasim, que supo rodearse de un pequeño ejército privado de turcos mamelucos (de mamluk, esclavo) fue quien le sucedió en el trono (833-842). El poder de los mamelucos no dejó de crecer en los años siguientes, llegando a asesinar al califa al-Mutawakil (847-861). Los hermanos al-Mutamid (870-892) y al-Muwafaq, hijo de al-Mutawakil, consiguieron a pesar de todo hacerse reconocer, el primero como califa, y el segundo como líder indiscutible de las tropas turcas. La crisis final (908-945) transcurrió durante el reinado de cinco califas, en una lucha enconada por controlar los cada vez más escasos recursos del Estado. El deterioro de la situación del califa, el poder militar de los turcos y la decadencia de la administración central posibilitaron que a partir del año 946, los Buyíes se hicieran con el poder de facto, y los Abasíes pasaran a ser una mera figura decorativa, legitimadora del poder de sus visires y gobernadores.

El fraccionamiento político del califato se produjo en primer lugar a causa de las debilidades del propio imperio. La unidad del califato estaba basada en la vinculación directa al califa, pues no existía una conciencia de unidad territorial propiamente dicha, debido a la diversidad de sus dominios y poblaciones. La necesidad de conceder tierras a cambio de servicios militares hizo que el tesoro del califa quedara cada vez más reducido, al no cobrar impuestos de muchos de sus territorios. La desmembración del califato no ocasionó una decadencia económica o cultural, ni siquiera impidió las guerras y conquistas a pequeña escala dentro del Estado central, pues las fronteras nunca fueron fijas. El proceso separatista siguió unas pautas muy parecidas durante los siglos IX y X: un gobernador conseguía un trato de favor del califa respecto a su territorio, se desvinculaba progresivamente reinvirtiendo sus impuestos en su propio ámbito en vez de enviarlos al califa, y dejaba de mencionar su reconocimiento en la oración de los viernes, lo que marcaba públicamente su ruptura con el gobierno central. Una vez establecida su capital, creaba una dinastía propia, y normalmente sucumbía no mucho después a manos de otra dinastía vecina o por la recuperación militar de los territorios por parte del califa. Así se sucedieron una serie de gobiernos independientes en Oriente, entre otros los Tahiríes en el Jurasán (820-872), los Dulafíes en el Kurdistán (825-898), los Zaydíes o los Ziyaríes (928-1077) en Tabaristán; los Salaries en Persia (867¬903).

Sin embargo, los movimientos más importantes y duraderos se produjeron en el Islam occidental, y marcarían el fin del califato unificado en toda la zona, desde Egipto hasta al-Andalus. El precedente fue establecido por Harun al-Rashid, quien otorgó Ifriqiya a título hereditario a los Aglabíes (800-909) por un acuerdo. Esta dinastía árabe debe su nombre al comandante del ejército al-Aghlab, cuyo hijo Ibrahim I, gobernador de la provincia de Ifriqiya, se independizó del califato en el año 800 y estableció su capital en Qayrawan, que ya era un importante centro comercial y religioso. Tras la represión de varias rebeliones beréberes, los Aglabíes Conquistaron Sicilia (Palermo cayó en el 831), saquearon Roma (846), ocuparon Malta (868) y obligaron a las ciudades costeras italianas a pagar tributos. En el interior tuvieron que luchar continuamente contra las rebeliones religiosas y grupos beréberes. Por otra parte, Egipto fue gobernado por Ahmad ibn Tulun, hijo de un esclavo turco, a quien el califa abasí había encomendado su administración. La dinastía de los gobernadores Tuluníes (868-905) estableció su capital en al-Qatai, al norte de Fustat, ocupó Siria y Palestina gracias a sus mercenarios, e incluso llegaron a emparentar por matrimonio con los Abasíes. En el año 905 su territorio volvió a ser reconquistado por el califa de Bagdad.

Los Fatimíes eran chiítas septimanos. Su fundador, Ubayd Allah, escapó de Siria y se proclamó “el Enviado” (al-mahdi) y emir de los creyentes, comenzando una campaña para hacerse con el imperio de los Aglabíes, a partir del año 909. Iniciaron su avance hacia oriente, tras derrotar a los andalusíes y con la intención de desplazar a los Abasíes del trono. Mientras, se planteaba la cuestión de Sicilia y Cerdeña, cuyos gobernadores se rebelaban alentados por los bizantinos y los andalusíes, con claras tendencias autonomistas, pero siempre ligadas a los fatimíes a partir de 948. Tras firmar un pacto de no agresión con los bizantinos, al-Muizz conquistó Egipto (969), y fundó El Cairo junto a la antigua ciudad de Fustat, trasladando allí su capital desde Túnez. Se enfrentaron abiertamente a los Abasíes en Siria, donde llegaron hasta Damasco y Mosul, y poco después a los omeyas andalusíes en sus dominios del Norte de África.

Por último, el emirato omeya andalusí nunca formó parte de las posesiones de los Abasíes. Tras el fin del califato Omeya de Damasco (756), el único superviviente de la familia califal, Abderramán “el Emigrado”, consiguió huir y llegar hasta al-Andalus aprovechando los contactos familiares de su madre, una bereber. Allí consiguió aglutinar en torno suyo a los descontentos y proclamar su independencia política del califato abasí. La oposición al emirato se plasmó en una serie de revueltas lideradas por personajes muladíes o mozárabes (cristianos residentes en tierras islámicas). Abderramán fue el primer miembro de su dinastía en autoproclamarse califa, a partir del año 929, frente a Abasíes y Fatimíes. El soberano omeya sometió uno a uno los focos de disidencia que habían surgido en el emirato y dominó a los reinos cristianos (León, Pamplona) y condados catalanes. Los pequeños núcleos de resistencia, que se habían creado tras la invasión musulmana, habían ido prosperando lentamente aprovechando las dificultades internas del emirato cordobés, y como se habían ido afirmando una serie de estados, el principal de los cuales era León, que había logrado ampliar su frontera hasta la línea del Duero. Este avance inicial se detuvo tras la creación del califato de Córdoba (929) y, sobre todo, con la aparición de su mejor general, Almanzor. Aunque, luego, la descomposición del Califato de Córdoba proporcionará a los estados cristianos del norte de la Península una etapa de tranquilidad. Desde el siglo XI, gracias a la acción de Sancho el Mayor de Navarra, se va a crear un fuerte espíritu europeísta que se hará sentir en Castilla y León a través del establecimiento de monasterios cluniacenses y del desarrollo del Camino de Santiago. En el campo social, se formarán grandes señoríos en detrimento de la pequeña propiedad, al tiempo que se va afirmando el régimen feudal, especialmente en Cataluña.

El fracaso de los Abasíes en unificar el Islam bajo su califato dio como resultado una fragmentación del poder en gobiernos provinciales que, aunque siguieron utilizando al califa como excusa para legitimarse, en realidad le despojaron de todo poder político. Tras el asesinato de al-Mntawakil (861) y la proclamación de otros califas en al-Andalus y Egipto, los Abasíes perdieron el control de la administración y el poder militar. Los Abasíes conocieron un nuevo momento de esplendor bajo el gobierno de Al-Nasir (1180-1225), para caer en 1258 víctimas de la invasión de los mongoles. Los gobernantes de las distintas zonas en que se dividió el califato adoptaron diferentes títulos según las tradiciones locales: rey de reyes en Irán, protector del Islam, o sultán por los turcos selyuquíes.  

Durante los siglos X y XI, tres dinastías militares ostentaron el poder bajo la égida de los califas abasíes: los Buyíes o Buwaihíes chiítas en la zona central de Irán, Iraq y Mesopotamia; los Samantes y acto seguido los Gaznavíes en las tierras más orientales del califato. Todos ellos utilizaron el tipo de tropas nómadas, y los Gaznavíes fueron los primeros soldados esclavos que adquirieron estatus de gobernantes. La federación de tribus turcomanas fue empleada por los Gaznavíes de Transoxania. Dirigida por Selyuk, derrotó a los Gaznavíes y se proclamó gobernante del Jurasán. Posteriormente, Tugrul Beg tomó Bagdad, haciéndose con el control del califato (1055). A la muerte de Tugrul, su sobrino Alp Aíslan fue nombrado sultán. Bajo su dominio y el de su hijo, Malik Shah, los Selyuquíes ocuparon Armenia y Capadocia, derrotando a los bizantinos en Manzikert (1071). Siguieron la conquista de Siria, La Meca y la Península Arábiga, hasta la muerte en 1092 del gran ministro Nizam al-MuIk. A partir de esa fecha los Selyuquíes se dividieron en varias ramas.

La dinastía selyuquí siguió la ley islámica y la sunna, pero impuso al mismo tiempo las tradiciones turcas de gobierno. El jefe de la familia era el primogénito, a quien correspondía el título de sultán y la dirección de los asuntos de Estado. Atribuía las principales funciones del ejército y la administración civil, así como el gobierno de determinadas ciudades, a sus hermanos, tíos y sobrinos. Esto causó la multiplicación de pequeños principados familiares que condujeron a la larga a la destrucción del poder selyuquí. La rama selyuquí establecida en Asia Menor (Anatolia) después de la batalla de Manzikert fundó el llamado sultanato de Rum, que se mantuvo unido frente a los bizantinos. A finales del siglo XII, los autores cristianos comienzan a denominarlo Turchia. Los turcos penetraron en la península poco a poco, aprovechando las oportunidades de empleo que les ofrecieron los bizantinos. A partir de 1176, el territorio se dividió entre los doce hijos del sultán, pero el apogeo de Rum comenzaría con su reunificación bajo Kay Jusraw I (1204-1210), coincidiendo con la división de Bizancio tras la Cuarta Cruzada. Debido a la escasez de funcionarios turcos, tuvieron que recurrir a iranios y árabes, usando esta última lengua para todos los documentos e inscripciones oficiales, aunque el turco continuó siendo la lengua de comunicación habitual. La islamización fue muy lenta, gracias a la sedentarización de las poblaciones turcas.

El antiguo califato Abasí se dividió en dos zonas culturales dominadas por dos lenguas diferentes: la esfera de la lengua y la cultura árabe, que ocupaba el centro y occidente del territorio islámico (Iraq, Siria, Egipto, el Magreb y al-Andalus); y el área de influencia persa, en Irán, el Jurasán y Transoxiana, llegando hasta las nuevas zonas conquistadas en Asia. Pero ambas fueron superadas por el movimiento sufí, que tomó su nombre del término árabe suf (lana, material del que estaba hecho el sayal o manto de lana burda que distinguía a los primeros místicos sufíes). Se originó en el siglo VIII, a partir de las enseñanzas de Hasán al-JBasri (m. 728) y de la esclava Rabi'a (m. 801). Entre sus grandes maestros destacó Huseín ibn Mansur al-Hallay (857-922), peregrino en tres ocasiones a La Meca y predicador de fama extraordinaria. Después de su ejecución en Bagdad, el sufismo vivió en la clandestinidad hasta su época dorada, los siglos XI al XIII. La doctrina sufí recoge tendencias ascéticas y místicas: defienden las ideas de la pobreza, el arrepentimiento y el abandono del mundo; y que cada hombre, mediante la purificación y la oración, puede llegar a identificarse con Dios sin necesidad de mediación.

Por otra parte, la rivalidad entre los califatos fatimí y abasí continuó durante el siglo XII. Los Fatimíes, instalados en El Cairo, controlaron durante el siglo XI todo el Magreb, desde Marruecos a Siria, aunque no terminaban de doblegar a las tribus beréberes de la zona y a algunos emires sirios. La invasión de los beréberes procedentes de Egipto desgajó el Magreb de sus posesiones, y se vieron confinados a sus territorios de Egipto y Siria. Allí comenzó el verdadero enfrentamiento con los selyuquíes por las redes comerciales del Mediterráneo.

La fragmentación territorial ocasionada por la división del poder dentro de la dinastía Selyuquí; los ataques de los cruzados, los movimientos de revuelta urbanos en contra de la autoridad militar de los selyuquíes, en toda Siria; la aparición de grupos chiítas en las principales ciudades sirias; y la institución de los atabegs, fomentaron la disgregación del poder selyuquí durante el siglo XII. Imad al-Din Zangi, hijo de un antiguo gobernador de Alepo, consiguió que la ciudad de Mosul pidiera al sultán selyuquí de Bagdad que le invistiera como atabeg de su hijo en esta urbe. Desde allí consiguió la captura de Alepo, que había caído en manos de los francos (1128). Su hijo Nur al-Din combatió a los chiítas y obligó a los emires turcos, kurdos y árabes de Siria a reconocer su autoridad. Se presentó como campeón de la guerra contra el infiel, condenando a los fatimíes, que habían pactado con los cruzados de Jerusalén; y apoyó al gobernador de Damasco, consiguiendo que las tropas cristianas de la Segunda Cruzada fueran derrotadas ante la ciudad (1149), apoderándose después él mismo de Damasco. Unificó Siria y su ascenso provocó el surgimiento de un nuevo poder en la zona: los Ayubíes. Falleció dejando como heredero a su sobrino, Saladino (Salah al-Din), que fue el verdadero fundador de la dinastía Ayubí, al pasar de visir de El Cairo a sustituir a la dinastía Fatimí, conquistar Siria y ponerse bajo la autoridad religiosa del califa de Bagdad. Fue nombrado sultán (1171) y se enfrentó a los cruzados, a los que venció en la batalla de Hattín, logrando reconquistar Jerusalén. Su descendencia dividió el territorio en varios principados, basados en las principales ciudades (El Cairo, Damasco, Alepo, Homs, etc.). Todas estas ramas fueron eliminadas en torno a 1260.

Durante el siglo XIII se extinguieron todas las dinastías “emergentes” durante el siglo XII, como los Selyuquíes, Ayubíes y Almohades. Las invasiones mongolas y la desaparición definitiva del ficticio califato abasí en Oriente (1258), marcan el final de lo que ha dado en llamarse “Islam clásico”, tras cinco siglos de existencia. Desde ese momento, la legitimidad califal basada en la descendencia directa de la familia del Profeta se sustituyó por una tremenda diversidad de títulos. Luego, en los siglos XIV y XV, los dominios del Islam entraron en una fase de estancamiento cultural y expansionista, motivado en parte por las invasiones tártaras en Oriente, que dejaron prácticamente rodeado al régimen mameluco en Egipto y Palestina. Los grandes poderes del África Subsahariana estaban divididos en una serie de dinastías que imponen su autoridad en zonas donde hasta hacía poco dominaba la organización tribal, muy relacionados con el Magreb y con el imperio portugués.


6. Imperio Bizantino (dinastías)

La época heráclida (610-717) supone el momento de la consolidación del Imperio Bizantino corno tal, y la ruptura con los restos del pasado bajoimperial romano. El gobierno de Heraclio comenzó con veinte años de guerra contra los persas, durante los cuales penetró en el Imperio Sasánida a través de Mesopotamia, pero dejó desguarnecido el centro de Bizancio, donde Constantinopla fue cercada por los avaros y eslavos (626), siendo protegida por el patriarca Sergio. La victoria definitiva, sellada por la peregrinación a Jerusalén del Emperador para depositar la Vera Cruz, dejó a los dos imperios exhaustos y permitió la expansión árabe. El que Bizancio no se desmoronara completamente ante ésta fue quizá el mayor triunfo de la dinastía. Una de las modificaciones más importantes producidas en este momento, fue la del sistema sucesorio. En vez de elegir un césar, a la manera de Diocleciano, se nombraba a un coemperador, que permitía consolidar la dinastía sin rupturas intermedias. Esta fue la técnica que siguió Heraclio con sus hijos Constantino y Heraclonas, pero su matrimonio con su sobrina Martina -incestuoso según la Iglesia griega-, complicó la sucesión, que tras un enfrentamiento entre los dos príncipes en el que ambos encontraron la muerte, fue a parar a su nieto Constante II (641-668). A partir de entonces, otros emperadores aplicarán esta forma de asociar a sus hijos al poder, hasta que uno de ellos triunfe sobre los demás. Constante II mostró un gran interés por el Occidente latino, vivió en Rávena, y viajó a Roma, en la última visita realizada por un emperador de Bizancio a la ciudad en siglos. El gobierno más violento y lleno de altibajos fue el de Justiniano II (685-695, 705-711), depuesto por una revuelta en la que le cortaron la nariz. Se puede decir que el siglo VII es el momento en el que el Imperio Romano de Oriente se transforma en el Imperio Bizantino propiamente dicho, debido a la helenización cultural.  

La ganadería cobró especial importancia, a juzgar por la Ley Agraria de fines del siglo VII, sobre todo el caballo para todos los usos, y el ganado lanar. Se practicaban los cultivos intensivos, un regadío avanzado y había numerosos molinos. La comunidad campesina se convirtió en la unidad básica fiscal y de producción, definiéndose como su virtud principal la autosuficiencia, evitando en lo posible la producción de excedentes. Hay quien responsabiliza de esta situación a las influencias eslavas, más igualadoras, pero en realidad pudo ser un proceso natural de reorganización frente a la disminución del territorio bizantino, rodeado de potenciales enemigos, y gracias a la disminución de los impuestos sobre el campesinado, que se consiguió mediante el sistema de los themas, al ahorrarse el Estado parte de los enormes gastos de defensa, que fueron asumidos por los soldados-campesinos. El comercio se mantuvo en las ciudades orientales, a pesar de la pérdida de las bases y de comerciantes de Siria y Egipto. La importación de gusanos de seda, por parte de monjes nestorianos, contribuyó a potenciar aún más una manufactura ya existente a partir de materia prima china -importada a través de la Ruta de la Seda-, monopolizada por el emperador tanto en su uso como en su explotación como comercio de lujo.

Se pasa a la dinastía Isáurica (717-820) tras los gobiernos de varios emperadores de escasa relevancia. El golpe de estado encumbró a León III (717-741), strategos de la provincia anatólica, lo que suponía un reconocimiento de la importancia de la nueva administración themática. Su fácil conquista del poder en la capital se produjo cuando Constantinopla estaba de nuevo asediada por los árabes. Parece que la energía del nuevo emperador hizo desistir a los musulmanes de la empresa, y Constantinopla no volvería a sufrir un asedio árabe en mucho tiempo. En realidad, León era natural de Siria del norte y debió de vivir, por tanto, en territorio dominado por los musulmanes. La concepción del poder autocrático del emperador se expresó perfectamente en la definición que de sí mismo hizo en su famosa carta al papa Gregorio II, a poco de iniciarse la crisis iconoclasta, proclamando su doble naturaleza de jefe político y religioso. Sin temor al enfrentamiento con el papado, León aplicó en Italia y en Sicilia la reforma territorial con todas sus implicaciones; por otra parte, el control jurisdiccional que Roma había ejercido sobre la organización eclesiástica de zonas de habla griega como Calabria, Sicilia y el Ilírico, llegó a su fin, con el consiguiente debilitamiento de la posición pontificia. La principal consecuencia fue la petición de apoyo del Papa a Carlos Martel (738), que sirvió de precedente a la posterior alianza del papado y la monarquía franca.

El principal problema de la época fue la postura religiosa en relación con el culto a los iconos o a las imágenes, fundamentales en las prácticas rituales bizantinas. A fines del siglo VII se produjo una profunda crisis espiritual en la sociedad bizantina como consecuencia del éxito de los ataques árabes. La fe en el valor de los íconos se tambaleó, pues era evidente que no eran capaces de salvar a la comunidad de la invasión islámica. Se creía que estos males eran un castigo de Dios por las faltas colectivas de los cristianos, entre las que se barajó un posible pecado de idolatría. Los hechos se precipitaron cuando, al comienzo del gobierno de León III, dos obispos anatolios hicieron solemnes proclamaciones iconoclastas, rechazadas de plano por el patriarca Germán, pero que convencieron sobre todo al pueblo, en primera línea de defensa contra el Islam. Pronto la disidencia se trasladó a la capital, coincidiendo con el terror despertado por una gran erupción volcánica en el Egeo (726). El emperador dio órdenes al papa Gregorio II de retirar los iconos de la ciudad de Roma, lo que ha sido interpretado como un primer edicto iconoclasta. Este se opuso y reivindicó la independencia de la autoridad romana para fijar una postura religiosa. En el año 730, León deponía al patriarca Germán, y promulgaba un edicto imperial general contra el culto a las imágenes. Las relaciones entre Constantinopla y el papado se hicieron mucho más tensas.

León y Constantino V (741-775), consiguieron consolidar el Imperio con un territorio más reducido, pero más manejable, y con una nueva y eficaz administración themática, que ellos impulsaron, aunque sacrificando el Occidente. Incluso, desde el punto de vista militar, consiguieron la victoria de Akroinon (740) frente a los árabes, que significó su freno en Oriente. Constantino comenzó su gobierno haciendo frente a su cuñado Ardabasto, que había apoyado antes a León y había logrado que el patriarca Anastasio le proclamara emperador. Un nuevo brote de peste (747) despobló la capital, que fue repoblada con griegos y colonos de las islas. Tras proclamar la iconoclasia mediante un Concilio con asistencia puramente oriental, Constantino intentó acabar con los monasterios, ordenando a los monjes que contrajeran matrimonio. El Concilio iconoclasta de Hierea (754), con una participación exclusivamente oriental, decretó la supresión de los iconos como testimonio de idolatría, ya que su adoración había sido una incorporación tardía, lejana al espíritu de la Iglesia de los primeros tiempos. Para aplicar sus doctrinas, Constantino adoptó primero la persuasión, luego medidas administrativas como la secularización de bienes monásticos, y solo en última instancia, a partir de 766-767, la persecución, primero de funcionarios civiles, a los que tachó de traidores si practicaban la iconodulia, mientras que los monjes eran perseguidos por el pueblo. La actuación de Constantino, sin embargo, fracasó a la hora de recuperar el control sobre Italia, donde mediante la famosa Falsa Donación de Constantino, el Papa apoyaba sus pretensiones territoriales, respaldado militarmente por los francos.

León IV, hijo y heredero de Constantino, murió pronto (780) e Irene, su esposa de origen ateniense, asumió la regencia. Su obsesión fue acabar con la política iconoclasta de sus antecesores, lo que llevó a cabo en el Concilio ecuménico de Nicea (787). El enfrentamiento de Irene con su hijo Constantino VI, que la llevó a cegarlo y privarlo del trono, provocó una situación insólita en el imperio ya que, por primera vez, se vio a una mujer actuando directamente como basileus y firmando los documentos imperiales. El triunfo de la iconoclasia ya había debilitado las relaciones entre Bizancio y el papado de Roma, junto con la desaparición del exarcado de Rávena, ocupado por los lombardos. La trascendencia de estos hechos se manifestó en la coronación de Carlomagno en Roma, en la Navidad del año 800. Llegaron a barajarse soluciones político-matrimoniales a esta nueva situación, en que coexistían dos Imperios, como el avanzado proyecto de matrimonio del joven Constantino con una hija de Carlomagno.

Le sucedió a Irene en el trono Nicéforo I, que en el campo religioso mantuvo su fidelidad a la postura favorable al culto a las imágenes del patriarca Tarasio y del Concilio de Nicea. Su obra más relevante se produjo en el campo administrativo y en especial en el sistema impositivo y fiscal. Nicéforo volvió a dividir los themas, esta vez el de la Hélade, para crear los del Peloponeso y Tesalónica, contribuyendo a reorganizar los Balcanes tras las nuevas victorias contra los eslavos, aprovechando esta circunstancia para instalar allí a más soldados colonos. La muerte de Nicéforo frente a los búlgaros (811), y las heridas de su hijo en la batalla provocaron que la sucesión recayera en su cuñado, Miguel I Rangabé, que se limitó a reconocer el Imperio occidental de Carlomagno, pero solo en calidad de inferioridad y sometimiento al único Imperio auténtico, el Bizantino. Su derrota ante los búlgaros (813), hizo que fuera destronado y encerrado en un convento junto a su familia. León V, apodado el Armenio (813-820), comenzaba la época que se ha solido llamar “segundo período iconoclasta”.

Cuando Miguel II (820-829), primer emperador de la dinastía frigia, depuso violentamente a León, tuvo que enfrentarse a la candidatura de su antiguo compañero de revueltas Tomás el Eslavo, que se autoproclamó emperador con el nombre de Constantino (821 -823). Teófilo (829-842), fue detestado por los iconódulos. En su época, los themas ya eran veintiuno de las veintitrés provincias de que constaba el Imperio. Su mayor aportación a la defensa contra los árabes fue la creación de un sistema de defensas de los principales pasos montañosos del Tauro (clisaras), que limitaban con las posesiones califales. También subdividió los ejércitos de los themas en bandas, grupos de 200 soldados, que más adelante se convertirían en unidades administrativas básicas, comparables al condado. La autoridad imperial se desplegaba entre ingenios mecánicos como el telégrafo óptico que mandó construir, y las construcciones arquitectónicas tanto civiles como religiosas. En el año 843, nada más morir Teófilo, su viuda Teodora, regente del niño Miguel, junto a sus hermanos Petronas y Bardas y el eunuco Teoctisto, decidió volver a la iconodulia, pues la iconoclasia resultaba ya una postura claramente contraria al sentir general. Se llevó a cabo con toda normalidad, en una ceremonia solemne en Santa Sofía, el primer domingo de cuaresma, conmemorando como “el domingo de la ortodoxia”. , con una liturgia en la que se acla¬mó a los soberanos y se reprobó a los herejes. El corpus doctrinal y normativo de la Iglesia oriental quedaba completado, de ahí el énfasis que se puso, a partir de este momento, en el concepto de “ortodoxia” como elemento diferencial. El reinado de Miguel II (843-867) se considera inicio del denominado “Imperio Bizantino Medio”. Fue asesinado por su favorito, el macedonio Basilio (867).

El cisma o ruptura entre la Iglesia de Roma y la de Constantinopla, fue un hecho capital en la historia del cristianismo y no hay que atribuirla a una querella teológica más, sino que es preciso retrotraerse a la época misma de la fundación de Constantinopla, con la que el mismo emperador Constantino dio un paso que, de hecho, significaba la ruptura en dos del Imperio Romano. Desde la época de Justiniano el Imperio Bizantino se orientaliza cada vez más y sus emperadores asumen los rasgos más característicos de los déspotas orientales, perdiendo la Iglesia completamente su independencia. Los Papas de Roma, alejados de la tutela opresiva del emperador bizantino, buscaron su hegemonía y su campo de expansión en Occidente, aunque a su vez, ellos mismos acabarían siendo víctimas, primero de las familias romanas más poderosas, y después de la influencia de los emperadores francos y germánicos. Una vez restaurada la ortodoxia, los hombres designados para desempeñar el patriarcado constantinopolitano procedían del grupo de funcionarios de palacio, a veces monjes. La figura de Focio responde a esta constante. Miembro de una familia ilustre de tradición iconódula, había participado en la vida cultural que giraba en torno a la escuela de la Magnaura. Bien formado en filosofía y literatura. Su nombramiento como patriarca sólo se comprende en el complejo panorama religioso que dejaba la liquidación de la iconoclasia.

A la muerte del patriarca Metodio (847), estalló el conflicto con los monjes. La Emperatriz y el partido radical eligieron a Ignacio, hijo del antiguo emperador Miguel Rangabé, sin la consulta preceptiva a un sínodo eclesiástico, lo que más adelante se utilizó como excusa para deponerle. Su patriarcado agravó la situación por sus actitudes de abierto desprecio hacia las ciencias profanas. La elección de Focio para el patriarcado (858) no despertó demasiada oposición en Oriente. Dos Concilios constantinopolitanos (859, 861) ratificaron la deposición, el segundo con la asistencia de legados papales. Al ser un laico, recibió las órdenes sagradas, en cinco días, durante la Navidad del año 858. Sin embargo, el papa Nicolás I, no queriendo dejar escapar la oportunidad de afirmar la doctrina de la supremacía romana, se mostró reticente a la deposición irregular de Ignacio y la consiguiente promoción de un laico. Su deseo de recuperar la jurisdicción sobre las zonas eslavas del Ilírico, donde los búlgaros estaban siendo evangelizados, hizo que apoyara a los partidarios de Ignacio, y un sínodo romano del año 863 anuló todo el procedimiento anterior y abrió las hostilidades contra Focio y el Emperador, amenazando al primero con la excomunión. Mientras que Miguel reivindicaba la independencia de la Iglesia oriental para resolver un asunto interno e insistía en la legalidad de todo el proceso, alegando la presencia de legados de Roma, Nicolás I exponía su teoría teocrática del pontificado enumerando todas las prerrogativas que correspondían a la sede romana. Focio trasladó el enfrentamiento al plano teológico y acusó al Papa sacando a relucir el famoso tema del Filioque en el Credo que se recitaba en Roma, según el cual “El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo (Filioque)”, lo que constituía una blasfemia contra el Espíritu Santo, por lo cual Roma merecía mil anatemas.

El problema búlgaro desencadenó el conflicto final: la embajada del rey Boris al Papa con la petición de que respaldara un patriarcado búlgaro autóctono, independiente del constantinopolitano (866), y la consiguiente misión con una respuesta extensa y argumentada llevó a Boris a prometer que sería siempre un fiel servidor de San Pedro. La intromisión latina en Bulgaria fue una ofensa imperdonable para Bizancio. Se celebró un Concilio en Constantinopla (867), que excomulgó y declaró depuesto a Nicolás I. En el año 877, el papa Juan VIII, en un intento de poner fin al enfrentamiento reconoció la legitimidad de Focio. Al insistir este último en el tema del Filioque, Focio fue excomulgado por el propio Juan VIII, y sus sucesores Martín I y Esteban V.

La dinastía más brillante de la historia militar y política de Bizancio pudo prolongarse desde el año 867 hasta el año 1056, aunque después de la muerte de Basilio II (1025), sólo el prestigio acumulado y un cierto sentimiento legitimista arraigado en la población, hizo posible una sucesión más o menos pacífica. Basilio I, carente de escrúpulos y con una ambición sin límites, se hizo con el poder tras asesinar a su amigo Miguel III, con quien había compartido amante y esposa (Eudocia Ingerina), hasta el punto de que su sucesor León VI, pudo ser hijo de Miguel III y no de Basilio. Basilio proyectó una alianza con el carolingio Luis II para hacer frente conjuntamente a los avances islámicos en Italia, pero quedó rota por la inesperada conquista unilateral de la ciudad de Bari por parte del Luis Durante el gobierno de León VI, los musulmanes terminaron la conquista de Sicilia, con lo que el Imperio bizantino se convertía en predominantemente oriental. Otro problema al que tuvo que enfrentarse Basilio fue la poderosa secta herética de los paulicianos. Estos herejes dualistas (que aceptaban la existencia de dos principios enfrentados), recogían una serie de tendencias muy vivas desde los primeros tiempos cristianos, cristalizando en un movimiento fuerte en Asia Menor desde mediados del siglo VII, que había alcanzado una gran pujanza debido a la probable protección de los emperadores iconoclastas, primero, y de los árabes, después. Durante el reinado de Miguel, el movimiento pauliciano, muy radicalizado, ya había adquirido unos tintes militares y violentos. El mismo Focio intentó convencer a su jefe, Juan Chrisocheiros, para que se apartase de la herejía. Las tropas de Basilio consiguieron, después de varias campañas, infligir una derrota definitiva a los paulicianos, pero no consiguió extinguir a sus partidarios.

La época de León vi (886-912), que tuvo como coemperador a su hermano Alejandro, se vio empañada por sus sucesivos matrimonios con cuatro mujeres, número prohibido por la Iglesia oriental, que provocó un problema sucesorio, al pretender legitimar a su hijo Constantino para poder nombrarle heredero. El patriarca Nicolás el Místico, discípulo de Focio y otra de las grandes lumbreras intelectuales de la Iglesia bizantina, osó prohibir la entrada del emperador en Santa Sofía y éste reaccionó deponiendo al patriarca y nombrando en su lugar al más controlable Eutimio. La dispensa matrimonial del papa Sergio, a quien recurrió León, como se hacía en estos casos difíciles, solucionó el problema y permitió la legitimación del joven Constantino, que sucedía a su padre siendo aún un niño (912).

El largo reinado de Constantino VII Porfirogeneta (912-959) comenzó la época de ofensiva hacia el Oriente. A la vez empezaba a experimentar problemas internos graves, como era el creciente peso de una aristocracia militar surgida en los themas, que iba arrinconando a la pequeña y mediana propiedad campesina. Algunos individuos de estos grupos militares emergentes llegaron incluso a compartir el poder imperial con los propios “porfirogenetas” (nacidos en la cámara de pórfiro del palacio imperial), en condición de emperadores asociados, como fue el caso de Romano Lecapeno y sus hijos, aunque Romano actuó incluso como emperador principal. Este esquema se repetirá, más tarde, con Nicéforo Focas y Juan Tzimisces durante la minoría de los nietos de Constantino VII, Basilio y Constantino. Los problemas que heredaba el niño Constantino cuando accedió al trono eran muchos, entre ellos su dudosa legitimidad. Pero el gran almirante de la flota Romano Lecapeno, hijo de un humilde campesino armenio, triunfó en su golpe de Estado (919). En vez de deponer a Constantino, emparentó con él y fue usurpando el poder imperial paulatinamente, con gran tacto, impidiendo cualquier tipo de motín popular en nombre de la legitimidad. Romano fue el primer emperador que legisló contra la concentración de propiedad agraria, que comenzaba a arruinar la reforma themática y amenazaba con volver a un sistema de predominio de la gran propiedad, destruyendo la potencia de la aldea campesina. La caída de Romano Lecapeno (944) se debió a una intriga de sus propios hijos y coemperadores, Esteban y Constantino, temerosos de perder su poder ante la próxima muerte de su padre. Sin embargo, la población de Constantinopla salvó el trono a Porfirogeneta. Tras un reparto provisional del poder entre los tres jóvenes emperadores (945), los dos lecapénidas eran arrestados y seguían el camino de su padre que les recibió en su lugar de destierro.

Los años de gobierno en solitario del débil y culto Constantino VII fueron sucedidos por el corto reinado de Romano II, su hijo y heredero. La familia Focas monopolizó el poder político, debido a las excepcionales cualidades militares del Gran Doméstico Nicéforo Focas, que le llevaron a continuar la ofensiva militar contra Creta (961), la isla clave del control tanto militar como comercial del Mediterráneo oriental. Emprendió la campaña de Antioquía, que cayó ante sus tropas cuando él ya había regresado a Constantinopla, donde moriría. Nicéforo fue un protector decidido de los monasterios del Monte Athos.
Sin embargo, su intención de considerar santos a los muertos en las campañas contra los musulmanes, encontró un fuerte rechazo de las autoridades eclesiásticas.

Con la efectiva consecución del poder imperial por parte del primogénito de Romano II, el porfirogeneta Basilio II, conocido familiarmente con el apelativo de Bulgaróctonos, alcanzaba el Imperio Bizantino sus momentos más brillantes. El emperador era reconocido como la máxima autoridad del mundo civilizado, de forma que la dinastía legítima recuperó su prestigio, tras los difíciles años de predominio de los coemperadores, que habían llevado a los macedonios a una situación muy parecida a la de los últimos francos merovingios. Los primeros años de Basilio vieron sucederse constantes rebeliones contra el poder imperial por parte de las grandes familias. La gran victoria imperial en Abydos (989), significó el final de esta prolongada época de turbulencia y contribuyó a estrechar los lazos ruso-bizantinos. En el siglo XI comienza a apreciarse la ruptura del sistema themático, cuando Basilio II acababa de crear el thema de Bulgaria en la zona de los Balcanes. Se va extendiendo otra denominación: catepanato o doukatos (por el ducado occidental), y muchos themas se convierten en este tipo de demarcación, pues ya no conservan tropas acantonadas campesinas ni la organización fiscal anterior. Al intentar hacer frente a los turcos, Romano Diógenes no pudo realizar la leva de las tropas temáticas, por lo que tuvo que recurrir a los tágmata (unidades móviles entrenadas) y a mercenarios para Manzikert, lo que comportó, evidentemente, su derrota.

La muerte de Basilio II en el año 1025, fue seguida tres años más tarde por la de su hermano Constantino. Los derechos de la dinastía recaen en las dos hijas de Constantino, Zoé y Teodora. Las princesas transmitieron la autoridad imperial a cinco emperadores, tres de ellos por matrimonio y otros dos más por adopción, hasta la extinción de la dinastía en el año 1056. A ello hay que añadir el cisma del año 1054, que separó de forma definitiva a las Iglesias griega y latina, a pesar de los repetidos intentos de vuelta a la unidad. La ruptura se produjo entre un Imperio con una excesiva seguridad en sí mismo, y una jerarquía romana en un período de importante reforzamiento de su autoridad y prestigio dentro de un proceso global de reforma de sus estructuras.

En el plano religioso, ambos patriarcados aspiraban a la primacía sobre la Iglesia: Roma, como sede del primer obispo, y Constantinopla, cristiana desde su fundación por Constantino, y primera entre las Iglesias de Oriente. La disputa se trasladó a Bulgaria, zona de misión e influencia bizantina, cuando a petición de su rey Miguel I, acudieron misiones romanas. Aun así, el Papa tradicionalmente era consultado como árbitro en asuntos disputados dentro de la propia Iglesia, y podía apoyar a los grupos disidentes frente al emperador y los patriarcas nombrados por él, hasta el cisma. Entre las razones doctrinales la primera era la cuestión de la naturaleza divina de Cristo y del filioque, que la Iglesia ortodoxa no aceptaba; el matrimonio de los sacerdotes, era por el contrario anatema en Roma; además, en un ámbito más práctico, utilizaban liturgias diferentes en lenguas distintas. Tras el primer cisma causado por Focio, a la llegada al trono imperial de Basilio I, el patriarca fue represaliado, excomulgado y desterrado. Regresó Ignacio, favorable a Roma salvo en su apoyo a la ortodoxia en Bulgaria. Pero en el año 877, a su muerte, Focio fue de nuevo elevado al cargo. De nuevo los obispos orientales proclamaban que Constantinopla estaba por encima de Roma en la Iglesia y rechazaban el filioque en el texto del Credo, ratificando así el cisma. Los sucesores de Focio, depuesto al fin y encerrado en un monasterio, mantuvieron una actitud de distancia hacía Roma.

Miguel Cerulario, ambicioso noble, llegó al patriarcado en el año 1043 y comenzó por oponerse al acuerdo por el que Bizancio y Roma se habían aliado frente a los normandos que atacaban Italia del Sur. Ello le impedía reclamar de nuevo la primacía de Constantinopla frente a la de Roma. Encargó por ello un tratado sobre ritual en el que se acusó a los latinos de ignorar las tradiciones apostólicas. Obligó a los monjes latinos a seguir el rito griego y, al negarse, los anatematizó e hizo cerrar sus iglesias. El papa León IX le contestó poniendo sobre la mesa el tema central y verdadero de la divergencia: la primacía de la Sede de San Pedro, y reivindicó la legalidad de los usos romanos y envió a tres legados a negociar con el patriarca y el emperador. Ambas partes se obstinaron en sus argumentos y el 19 de abril de 1054 la delegación romana depositó una Bula sobre el altar de Santa Sofía, en la que, con un lenguaje intransigente y cargado de anatemas, se excomulgaba al patriarca Cerulario. Al domingo siguiente Miguel Cerulario, tras quemar la Bula papal, publicó un Edicto Sinodal en el que reiteró sus anatemas sobre Roma y comunicó a todos los obispos y clero de Oriente lo sucedido. Un posterior intento de mediación del patriarca de Antioquía, no sirvió para nada. Pocos días después, se reunía en Constantinopla un Sínodo de obispos orientales que pronunciaron a su vez el anatema contra el Papa, quien ya había muerto.  En los ámbitos de influencia bizantina el efecto del cisma no fue tan grande: en Italia del Sur, las relaciones entre miembros del clero griego y latino eran fluidas, y monjes de ambos credos se visitaban. En Rusia, donde la evangelización de ambos grupos fue paralela, la Iglesia rusa no se considera dependiente del patriarcado de Constantinopla hasta los Comneno. No es casualidad que el cisma definitivo se produjera durante la reforma gregoriana.


7. Imperio Carolingio

Desde mediados del siglo VII, los dos grandes reinos germánicos de Occidente, (visigodos y francos merovingios) atraviesan continuas guerras civiles que los conducen a su desaparición. La Iglesia, que siempre ha necesitado el apoyo de un poder fuerte, entra también en crisis y su clero se degrada porque ve peligrar su vasto patrimonio. Entre los visigodos, aparecen enfrentamientos dinásticos, consecuencia del principio electivo de la monarquía, y los nuevos reyes para reafirmar su legitimidad solicitan la sanción de los Concilios de Toledo y su unción con los santos óleos, al modo de los monarcas bíblicos. Fueron los primeros en adoptar la unción real, seguidos por los carolingios. Estas luchas por el trono, el famoso “morbo gótico”, condujeron al final de la dinastía, cuando los hermanos y partidarios de Witiza no aceptaron el nombramiento de Rodrigo, desertando y pasándose al lado de los musulmanes, en la famosa batalla de Guadalete (711).

Entre los merovingios fue el concepto patrimonial del reino que tenían los monarcas merovingios, así como el reparto del mismo entre los hijos de los monarcas, lo que condujo a una debilidad congénita de la dinastía y lo que la llevó a su desaparición. Francia acabó dividiéndose en cuatro grandes espacios territoriales, cada uno de los cuales aspiraba a tener una personalidad propia: Austrasia (Este); Neustria (Oeste); Aquitania y Borgoña en la zona central. Tras la muerte de Clodoveo (511), sus hijos se repartieron el reino y, tras diversas luchas fratricidas, el hijo menor, Clotario I, consiguió reunifícarlo; pero volvió a repartirlo entre sus cuatro hijos, cada uno de los cuales residió en su respectiva capital (París, Orleans, Soissons y Reims). Clotario II y su hijo Dagoberto (muerto en 639) lograron reunificarlo por veinticinco años. Childerico II fue el último monarca que logró la unidad pero fue asesinado (675).

En este ambiente de descomposición, apareció en cada uno de los reinos una nueva figura, que al final se hizo con el poder: los mayordomos de palacio, que como administradores de las posesiones reales, se encontraban a la cabeza de la nobleza.  Uno de estos mayordomos fue Pipino II de Heristal que, en el año 687, derrotó a sus adversarios en Tertry, quedando como único mayordomo de Austrasia y Neustria, por lo que se tituló “príncipe de los francos”. A falta de descendientes legítimos, le sucedió su hijo Carlos, conocido por el sobrenombre de Martel por las numerosas victorias que obtuvo sobre frisones, atamanes, borgoñones, convirtiéndose en el verdadero señor de los francos. En el año 741, le sucedió en sus cargos su hijo Pipino “el Breve”, llamado así por su corta estatura. El ascenso social de los carolingios se debe al sostén y legitimidad que le proporcionó la Iglesia por su apoyo incondicional a la evangelización de nuevos pueblos y, en segundo lugar, a la amplia red clientelar entre la nobleza, a la que repartió numerosas tierras de su propio dominio. Los carolingios, en unión con Roma, apoyaron la evangelización. Así, con una clara intencionalidad política, conquista y evangelización irán juntas, beneficiándose ambas partes, Iglesia y Monarquía.

Pipino el Breve apoyó la celebración de concilios nacionales, suspendidos desde hacía más de sesenta años, para reglamentar la disciplina eclesiástica y para la reforma litúrgica. En el año 744 resolvió el problema planteado con las confiscaciones de tierras de la Iglesia, que su padre había repartido, a cambio de un censo anual. Pero la jugada llegó en el 751 cuando, al ver contestada su posición por parte de algunos nobles favorables a la dinastía merovingia, dirigió una embajada al papa Zacarías con una pregunta envenenada y en apariencia ingenua: ¿Quién debía ser considerado rey, el que de hecho ejercía el poder o el que sólo lo ostentaba nominalmente? El Papa, actuando más como político que como hombre de Iglesia, respondió que “quien lo era de hecho tenía que serlo de derecho”. De esta forma la dinastía merovingia quedó sentenciada y su último representante, el débil Childerico III, fue encerrado en un convento de por vida. En 752 Pipino fue consagrado en Soissons con los santos óleos. El pacto entre los carolingios y el Papado se saldaba con beneficio para las dos partes: los Papas esperaban encontrar en la nueva potencia que surgía en Europa un defensor frente a los lombardos que dominaban Italia, desligándose así de la tutela bizantina, y la nueva dinastía de los carolingios la certeza de que su legitimidad procedía, no sólo de su propio poder, sino de Dios, a través de su representante el Papa. Desde este momento el Papa se consideró a sí mismo investido del derecho de conferir o retirar coronas, de hacer y deshacer reyes.

El rey lombardo, Astolfo, se había apoderado del Exarcado de Rávena (751), acabando con la presencia bizantina en el norte de Italia, excepto en Venecia e Istria. El papa Esteban II (752-757) vio peligrar la independencia de Roma y su Ducado, y tramó un plan cuyos efectos duraron hasta el año 1870. Escribió a Pipino proponiendo su nombramiento como patricius Romanorum en virtud de la principatus potestas que poseía el Papa, y solicitaba una entrevista con el rey a fin de que interviniera militarmente en Italia y recuperara el Exarcado, pero no para devolverlo al poder bizantino, sino para restituirlo a San Pedro que era su verdadero propietario. Así, decía, se atestiguaba en un antiguo documento de Constantino en poder del Papa, más conocido como la Donación de Constantino. Se trataba de un documento que se había elaborado por aquellos días en la cancillería pontificia y cuya falsedad fue demostrada por Lorenzo Valla en 1440, tras un minucioso estudio filológico. Según este Edicto, el emperador Constantino, en agradecimiento a la curación obrada por el papa Silvestre I, le había conferido, tanto a él como a sus sucesores, la principatus potestas (potestad imperial) y los honores imperiales (uso de corona, púrpura, etc.), elevando la Sede de San Pedro sobre cualquier otro trono terrenal. Cristo, el emperador celestial, estaba representado en la tierra por el Papa, el emperador terrenal. Por ello, la corona imperial pertenecía al Papa el cual, no ciñéndola todavía, la había cedido a Constantino otra vez. Éste, en agradecimiento, le había hecho numerosos regalos, entre los que se encontraba su palacio de Letrán (que sería en adelante la residencia de los Papas), la corona y la púrpura imperiales, así como la potestad sobre Roma, Italia y el resto de Occidente. Constantino se reservaba el Oriente y se retiraba a su nueva capital, Constantinopla, con el consentimiento del Papa, no considerando justo ejercer su potestas en la sede propia del emperador celeste, Roma. Pipino se comprometió a ir a Italia, a luchar contra los lombardos y a entregar a San Pedro las tierras del Exarcado. Nacía de esta manera el Patrimonio de San Pedro, que partía Italia en dos mitades.

En el año 768 Pipino dejó el reino a sus dos hijos Carlos y Carlomán. Cuando empezaron a surgir las rivalidades entre los dos hermanos, murió Carlomán (771). Carlos, el futuro Carlomagno, re unificó el reino y acabó el reino longobardo. Los ducados lombardos independientes de Spoleto y Benevento reconocieron la autoridad de Carlomagno y sus duques fueron confirmados en sus puestos, a pesar de la oposición del Papa, que aspiraba a incorporarlos al Patrimonio de San Pedro. Carlomagno se convertía así en el árbitro del norte de Italia, mientras que Nápoles, Calabria y Sicilia continuaban en poder de los bizantinos. Por otra parte, el sometimiento de los sajones le costó a Carlomagno treinta años de largas y sangrientas luchas. Los sajones eran el único gran pueblo que existía en Europa Central que continuaba siendo pagano. Una incursión sajona en tierras francas en el año 772, sirvió de pretexto a Carlomagno para invadir el país de los sajones, logrando destruir el célebre santuario de Irminsul donde se veneraba el roble sagrado que, según los sajones, conectaba el cielo con la tierra. Desde el año 775 Carlomagno siguió una táctica de conquista sistemática del territorio, avanzando lentamente y fortificando sus recintos. Celebró una asamblea en Páderborn donde se sometieron numerosos jefes sajones, que aceptaron el bautismo.

La sumisión de Baviera puso en contacto directo a los francos con los ávaros. Los sucesos de Sajonia dilataron esta conquista hasta el año 795, cuando se logró conquistar el famoso ring o anillo fortificado, situado entre el Danubio y el lago Balatón, donde se guardaba el tesoro de las numerosas correrías y tributos pagados por Bizancio y otros pueblos eslavos al kan ávaro.
La conversión de los paganos ávaros fue llevada a cabo por los arzobispados de Salzburgo y Aquilea. A raíz de estas conquistas, los ávaros desaparecieron como nación, y sus tierras fueron colonizadas por los búlgaros en el sur, y por los francos en el norte. Mientras tanto, los avances que la cristiandad iba realizando por el centro de Europa, se contraponían con el retroceso que ésta experimentaba en las tierras de España. La derrota de los visigodos (711) hizo que la marea musulmana se extendiera rápidamente por la Península y rebasara los Pirineos, hasta su freno definitivo en tierras francas (732). Los restos de la nobleza y del ejército visigodo que lograron salvarse, se refugiaron en las montañas de Asturias y allí lograron su primer éxito contra los musulmanes, en Covadonga (722).

Los señores musulmanes en su afán independentista, llamaron a los francos con la promesa de entregarles Zaragoza y Barcelona. Carlomagno, tras pasar los Pirineos, se presentó ante Zaragoza cuyo gobernador, arrepintiéndose de lo pactado, no le entregó la ciudad. Carlomagno abandonó el asedio y al cruzar los Pirineos por Roncesvalles (778) su retaguardia fue atacada por los vascones, pereciendo en esta acción el duque de Bretaña, Rolando, héroe que inspiró el célebre cantar de gesta la Chaman de Roland, de finales del siglo XI. La derrota de Roncesvalles llevó a Carlomagno a crear (781) el reino de Aquitania, al frente del cual puso a su hijo Luis, con el objeto de que desde aquí se prosiguiera con más fuerza la expansión transpirenaica.

El Imperio Carolingio comprendía toda la Galia, a excepción de Bretaña, llegando por el sur hasta Barcelona, por el oeste hasta el Elba, y en Italia incluía todo el antiguo reino lombardo. El prestigio de Carlomagno se basaba en la fidelidad de sus vasallos, en sus conquistas militares y en el apoyo de la Iglesia. El nuevo papa León III era acusado de debilidad frente a Carlomagno ya que, cuando fue elegido papa, despachó una embajada al rey enviándole el estandarte de Roma, entregándole las llaves del sepulcro de San Pedro, y reconociendo también su protección a la Iglesia. En un principio el monarca pensó en deponer al Papa, pero Alcuino de York le escribió una carta en la que desaconsejaba tal acto, ya que la Primera Sede no puede ser juzgada por nadie. El Papa regresó con una escolta a Roma y fue repuesto en su sede. De los tres poderes de los que hablaba Alcuino (imperial, papal y real) sólo éste último subsistía incólume, y a Carlomagno le pertenecía restaurar los otros dos. A finales de noviembre del año 800, Carlomagno acudió a Roma para celebrar la Navidad. El Papa proclamó su inocencia ante Carlos, el clero y el pueblo de Roma, mediante un juramento de purificación, siendo condenados sus acusadores. Mientras Carlos se encontraba rezando de rodillas, León III le puso una corona de oro en la cabeza y los asistentes lanzaron la triple aclamación: “A Carlos, el purísimo Augusto coronado por Dios, al gran emperador que trae la paz, vida y victoria’'. Carlomagno se contrarió porque se había invertido el orden de la ceremonia, ya que el Papa lo había coronado antes de la aclamación popular y no después, como se hacía en Constantinopla, y podría interpretarse, como así ocurrió, que era el Papa el que concedía el imperio. Dos años después Carlomagno envió una embajada a Constantinopla para obtener el reconocimiento imperial, pero el emperador Nicéforo se negó a ello. En el 812, tras haber devuelto Venecia a los bizantinos, el emperador Miguel I, le reconoció el título. De este modo, Carlomagno que no había dejado de llamarse rey de los francos y los lombardos, se intituló “Imperator et Augusto”. En el año 813 reunió una asamblea de nobles en la capilla que había construido su padre en Aquisgrán, e hizo aclamar como emperador a su hijo Luis Ludovico, poniéndole él mismo la corona sobre su cabeza.

Triunfaba así la nueva concepción de un Imperio en el que ni Roma ni los romanos tenían nada que hacer y en el que estos últimos eran sustituidos por los francos. AI Imperio Carolingio le faltaba unidad política, pues era un conglomerado de estados con intereses diversos; también la unidad lingüística, como lo había sido el latín. Italia quedó en manos de Bernardo, hijo de Pipino, con el título de rey, pero subordinado a su tío Ludovico. Las propiedades de la Iglesia se multiplicaron y en Reims (816) se reconoció la total independencia del Patrimonio de San Pedro. El Papado, que según el proyecto de Carlomagno debía de estar sujeto al poder temporal, inicia así su camino de independencia, que lo llevará a convertirse en una potencia con gran proyección en el exterior y rival del Imperio. En esa ocasión Esteban IV volvió a coronar a Luis como emperador, dando a entender que la coronación efectuada por Carlomagno, en 813, podía considerarse nula, y sólo era válida la efectuada por el Papa. El emperador Ludovico regula su sucesión, dividiendo el imperio en tres reinos: Italia, para su sobrino Bernardo; Baviera, para Luis y Aquitania para Pipino. Al hijo mayor, Lotario, se le atribuía el resto y se le concedía el título imperial, así como la autoridad sobre los demás reinos: Ludovico Pío coronó emperador a su hijo Lotario. Este reparo fue impugnado por Bernardo. Tras varios años de luchas y enfrentamientos, el Imperio estaba en una situación de postración extrema. Las guerras exteriores se habían abandonado, el fisco arruinado y la fidelidad de los vasallos había disminuido, ante los sucesivos cambios de titulares en el trono.

Es un tipo de administración de gran simplicidad. Nada de impuestos, ya que los ingresos llegan a través de la administración territorial; pocas obras públicas, ya que son atendidas por los poderes locales. La administración central se reduce al palatium, que no es otra cosa que la casa del monarca. El tesoro público es el del monarca, que administra libremente sin responsabilidad ante nadie. La llamada capilla es el oratorio privado del monarca, atendida por una serie de capellanes, el jefe de los cuales, además de encargarse de los oficios religiosos, es el consejero para asuntos civiles y religiosos. Siempre es un obispo. La cancillería se encarga de redactar los documentos reales. Todos sus funcionarios son clérigos y son los mismos que los de la capilla. El canciller recibe este nombre por estar sus oficinas cerca de la “cancela” o reja de la capilla.
El conde de palacio es sobre todo el presidente del tribunal del rey, y lo preside cuando no lo hace personalmente el monarca. Dispone de una cancillería propia dedicada exclusivamente a los asuntos judiciales. El conde gobierna una circunscripción territorial, el condado. Todos ellos son funcionarios de confianza del monarca y están vinculados al mismo por un juramento de fidelidad.

Los missi dominici son la más importante innovación que los carolingios introdujeron en la administración, y uno de los más eficaces instrumentos de su poder. Aparecieron hacia el año 779. Se trataba de la actuación conjunta de un conde y un obispo, encargados de supervisar la gestión de condes y obispos en sus demarcaciones, y velar por el cumplimiento de las órdenes reales. Debían visitar media docena de condados y obispados cada año. Distinto estatuto tenían los territorios fronterizos o marcas, en permanente alarma militar frente a los enemigos. Estaban encomendadas a un marqués o margrave, que era el jefe militar, y ejercía también las mismas funciones administrativas que cualquier otro conde en su demarcación. Las marcas más importantes fueron las de España, Bretaña, Dinamarca, de los Vendos y de los Avaros. La Asamblea General era una reunión de todos los hombres libres -los únicos que acudían a la concentración del ejército- para tratar asuntos de gran importancia. El ejército real era una superposición de varios ejércitos locales, cada uno de los cuales debía abastecerse a sí mismo. Están exentos del ejército los no libres, los funcionarios cuya gestión no podía ser interrumpida y los clérigos, aunque no los obispos y abades que debían dirigir el ejército reclutado en sus dominios. La deserción se penaba con la muerte. El ejército se componía fundamentalmente de caballería pesada. El caballero se protegía con una túnica de cuero cubierta de placas de metal y usaba espada larga y lanza.

Lotario quiso imponerse a sus hermanos y fue vencido por éstos en Fontenay (841). Cada rey juró en su propia lengua, antiguo francés y proto-alemán, constituyendo ambos textos los ejemplos escritos más antiguos de dichas lenguas. Los tres hermanos llegaron a un acuerdo para el reparto del reino, ratificado en Verdún en 843. Los países situados al este del Rin (Baviera, Sajonia, Alemania), serían para Luis el Germánico; los situados al oeste del Escalda, Mosa, Saona y Ródano (Neustria, Aquitania, Gascuña y Septimania), serían para Carlos; la franja central que se hallaba entre estos dos reinos (desde Frisia hasta Provenza y Spoleto en Italia), serían para Lotario, al que se le reconocía el título imperial pero sin ningún poder sobre sus hermanos. Idealmente se trataba de un Imperio que comprendía tres reinos, pero en la práctica se halla ante tres reinos que no tienen nada en común. La descomposición interna de estos reinos dará lugar al nacimiento del feudalismo y a la fragmentación de Europa. La muerte del emperador Lotario (855), condujo a la división de su reino entre sus tres hijos. El mayor, Luis II, obtuvo Italia y el título imperial; Carlos, la Provenza, y Lotario II, la Lotaringia (Lorena). Al morir Carlos sin hijos (863), sus hermanos se repartieron sus tierras. En el año 869, murió Lotario y sus tíos, Carlos el Calvo y Luis el Germánico, se repartieron la Lorena mediante el Tratado de Mersen (870), que daría lugar a los enfrentamientos seculares entre Francia y Alemania.

El papa Juan VIII ofreció la corona imperial a Carlos el Calvo de Francia y a la muerte de éste, el mismo Papa ofreció la corona al hijo menor de Luis el Germánico, Carlos el Gordo. A la muerte de Carlos el Gordo (888) se produjo la total disgregación del Imperio, surgiendo seis reinos independientes, al frente de los cuales, excepto en Germania, se colocaron dinastías ajenas a la familia carolingia. Estos reinos fueron: Germania, Francia, Provenza, Borgoña, Lorena e Italia. El conde de París, Eudes, victorioso en varias ocasiones sobre los normandos que asolaban el norte de Francia, se proclama rey (898). En Italia, Guido de Spoleto se convierte en emperador al otorgarle la corona el papa Esteban V, siendo la primera vez que tal título recaía en alguien ajeno a la familia carolingia. Después, Guido logra que el papa Formoso corone como emperador a su hijo Lamberto. Formoso, en malas relaciones con Lamberto, lo destituye y ofrece la corona al carolingio Arnulfo de Germania (896). A la muerte de este último, Lamberto entra en Roma y se toma el desquite sobre el Papa, ya muerto. Hace desenterrar su cadáver y, en presencia del papa Esteban VI, se celebra un juicio macabro que declara indigno a Formoso, nulo su pontificado y sus restos arrojados al Tibor. Hasta los días de Otón el Grande (962) ningún monarca ostentará tal título en Europa. Desaparece el Imperio Carolingio. Únicamente el Papado conserva una autoridad unánimemente aceptada por toda la cristiandad occidental.

La cultura de la época clásica se había refugiado en los monasterios y los clérigos eran casi los únicos que cultivaban la vida intelectual. El ansia de saber hizo que los diversos monasterios buscaran y copiaran cuantos códices quedaban de los tiempos clásicos. La mayor parte de las obras de la antigüedad que han llegado hasta nuestros días proceden de esta época. En el año 789 se promulgó la capitular Admonitio generalis por la que se ordenaba que cada catedral y cada monasterio tuvieran su escuela en la que se enseñaran los salmos, el canto, el cómputo de las festividades, la gramática, etc. En el campo de la escritura, se realizó una aportación de capital importancia cual fue la llamada minúscula Carolina, que se inicia hacia el año. Se trata de una escritura clara, con letras redondas, donde apenas se utilizan las abreviaturas, de fácil lectura y que, con el nombre de “romana”, es la que se utiliza hoy en día en los medios impresos.


8. Feudalismo

El establecimiento de vínculos de dependencia entre hombres libres que caracteriza la época feudal desde los tiempos carolingios, tiene un claro precedente en tiempos anteriores. Los monarcas germánicos se rodeaban de un grupo de guerreros jóvenes que habitaban en sus palacios y allí eran instruidos en el ejercicio de las armas. El monarca proveía su alimentación y les facilitaba lo necesario para su labor. El término latino los designa como fidelis regis. Para ellos es un honor servir al rey, al que juran fidelidad y gozan de una compensación económica. Más tarde se les conoce también con el nombre de vassi (del céltico gwas, muchacho o sirviente). Para premiar a sus vassi, los reyes les entregaban armas en plena propiedad o, lo que era más normal, tierras en tenencia, cuya concesión podía ser revocada a su voluntad.

A fin de ejercer su control sobre los grandes propietarios y con la finalidad de asegurarse el servicio militar, los monarcas carolingios no tratan ya de que el rey se rodee de aquella comitiva merovingia, sino de asegurarse el control sobre vastos territorios. Por este motivo, Carlomagno fomenta el vasallaje hacia su persona y disponer de esta manera de un ejército fiel propio, al margen del que puedan proporcionarle el resto de grandes señores. El premio o paga para aquellos, así como para el resto de funcionarios a su servicio, es la concesión de tierras. De esta manera contará con la colaboración interesada de condes, obispos y abades que ven en el servicio real una manera de obtener nuevas tierras y ensanchar sus posesiones. El sistema se muestra adecuado para los fines establecidos, por lo que Carlomagno fomentará que, a su vez, los vasallos principales fomenten el vasallaje respecto a otros hombres libres con la finalidad de tejer una red de lazos que abarcara a todos los hombres libres del reino. Pero este sistema rápidamente acusó los fallos que encerraba, ya que entre muchos hombres libres y el rey se interponían uno o varios señores y como los vínculos de fidelidad hacia el inmediato señor eran mayores que los debidos al más alejado, ya que de él dependía el beneficio recibido, los señores de las zonas más alejadas irán aflojando sus vínculos de dependencia respecto al poder central, haciendo que los hombres libres dependientes de estos últimos se alejaran de la acción directa de la autoridad real.

Este estado de cosas funcionó mientras los monarcas fueron figuras de relieve y, sobre todo, tuvieron tierras que repartir. El sistema entró en crisis por las luchas entre los hijos de Luis el Piadoso y los ataques normandos. La adscripción de los grandes señores a un bando determinado, la victoria o derrota de una u otra parte, suponía la confiscación y nueva distribución de tierras y cargos, por lo que condados y abadías cambiaban de mano con relativa frecuencia. Esta circunstancia era aprovechada por los grandes nobles, señores a su vez de otros vasallos, para sacar partido y vender cara su fidelidad y apoyo militar a su señor.   Castillos y monasterios eran lugares de refugio para los campesinos que, de este modo, veían en sus señores la única fuerza capaz de remediar sus males, lo que los hacía más dependientes de ellos. Otro elemento que contribuyó a que el sistema entrará en crisis, fue la confusión o equiparación entre el cargo público y el beneficio, que empezó a detectarse desde los últimos años de Carlomagno. De esta manera, especialmente los condes, consideraron su cargo público como un beneficio, cuando en realidad el beneficio era el disfrute de las rentas de los bienes adscritos al cargo, el producto de las penas impuestas por los tribunales de justicia y cuantos gajes reportaba el ejercicio de la autoridad condal.

Al principio había una clara distinción entre honor y beneficio. El honor era el desempeño de un cargo público (condado, obispado, abadía) y como tal podía revocarse a voluntad del monarca, perdiendo su titular el disfrute de las rentas que tal cargo llevaba aparejadas. Por el contrario, el beneficio simple, es decir la concesión de tierras como pago por los servicios prestados comportaba que, aun cuando la plena propiedad de la tierra pertenecía al señor que concedía el beneficio, el vasallo no podía verse privado de las mismas si no era por un motivo justificado, que implicara la culpabilidad del vasallo, o mediante una indemnización de valor equivalente Por lo que a los honores se refiere, la verdad era que, ya desde el reinado de Carlos el Calvo era muy difícil desposeer a alguien del cargo, ni aún en el caso de infidelidad manifiesta ya que el rey carecía de la fuerza suficiente para tomar una decisión de ese tipo. El rey, que en teoría lo era por la gracia, en realidad lo era por un vínculo contractual con sus nobles.

Carlos el Calvo había distribuido entre los nobles de su reino cuatro veces más tierras que Carlomagno en todo su imperio, dejando sin bienes a la monarquía y por lo tanto sin medios para atraer a su causa a nuevos vasallos o mantener la fidelidad de los que ya tenía. Los condes han asimilado sus honores a los simples beneficios y, de hecho, se han convertido en inamovibles en vida. En teoría el rey puede recuperar el condado a la muerte de su titular y adjudicarlo a un nuevo vasallo, pero, en la práctica, esto no ocurre casi nunca. El propio Carlos el Calvo lo tuvo que reconocer así cuando, en vísperas de su viaje a Italia, en la Asamblea de Quierzy-sur-Oise (877) aceptó el derecho preferente que los hijos de los condes y otros vasallos tenían para ocupar los beneficios que vacaran por muerte de sus padres si ésta se producía mientras le acompañaban en su viaje a Italia. En esta Asamblea no se reconoció el carácter heredable del beneficio, que en realidad ya existía, sino que se tomó nota de esta circunstancia y se sentaron las bases para que en un futuro adquiriese fuerza legal. Desde este momento los reyes, antes de ser elegidos, jurarán primero mantener los derechos de sus fieles, tras lo cual será aceptada su autoridad real. El giro que se ha producido en esta institución ha sido enorme: el beneficio se ha antepuesto al vasallaje. La propiedad de las tierras ha ido pasando de las manos del rey a las de los vasallos, y otro tanto sucede con la autoridad y el ejercicio de las funciones públicas. El poder se ha ido fragmentando al pasar del emperador a los reyes, y de estos a los señores. Así, desde finales del siglo IX se ve surgir por todas partes nuevos poderes locales.

La palabra “feudo” designa ganados o bienes Y empieza a usarse desde el siglo X. Da lugar a un tipo de contrato por el que un señor cede un beneficio a su vasallo, a cambio de su fidelidad y ayuda. Este tipo de contrato está integrado por dos elementos: uno personal (vasallaje) y otro real (beneficio). La ceremonia por la que se establecía el pacto vasallático constaba de tres partes esenciales. La inmixtio manuum era el acto por el cual el futuro vasallo, de rodillas, con la cabeza descubierta y sin armas, ponía sus manos juntas entre las de su señor. Este gesto, que rememoraba los antiguos pactos de sangre que se establecían entre los camaradas, era suficiente para sellar el pacto entre el vasallo y el señor. La segunda parte de la ceremonia consistía en el juramento de fidelidad del vasallo hacia su señor, que se prestaba sobre los Evangelios o sobre alguna caja que contuviera reliquias. De esta forma se resaltaba el carácter sagrado del juramento, poniendo a Dios por testigo del mismo, siendo considerada su ruptura como un perjurio. Hasta el momento en el que se difundió la práctica del juramento, el señor preguntaba a su vasallo: “¿Quieres ser mi hombre (vasallo)?”, a lo que éste contestaba, ‘‘Sí, quiero” y el pacto se concluía con un beso entre ambos. La tercera parte de la ceremonia consistía en la entrega por parte del señor a su vasallo de un objeto que simbolizaba el feudo, tal como un bastón, una rama, un poco de tierra,  un anillo o un báculo.

El auxilium o ayuda que el vasallo está obligado a prestar a su señor puede ser muy variado. En principio se trata de una ayuda de carácter militar, tanto de tipo defensivo como ofensivo. Si en un principio no había límite de tiempo para este tipo de ayudas, después éste viene fijado normalmente en cuarenta días, en función de la naturaleza del feudo recibido. Si la ayuda excede el límite fijado, el señor debe pagar un salario a su vasallo. El vasallo debe también prestar servicio de escolta personal, así como guardar el castillo del señor, contribuir monetariamente al rescate del señor prisionero, a la ceremonia de investidura del hijo mayor, a los gastos de la boda de la hija de su señor o a ayudarle económicamente si parte a la Cruzada. El deber de consejo lo presta el vasallo acudiendo a la corte de su señor tanto para asesorarle en asuntos judiciales, como para formar parte de su corte con ocasión de fiestas señaladas, corriendo los gastos en estas ocasiones por cuenta del señor, que ofrece alojamiento, comida y regalos a sus vasallos.

Desde el siglo XI se admite también que el vasallo pueda romper los lazos con su señor, devolviéndole el feudo, a fin de que busque un nuevo señor o de que entre en el vasallaje de dos o más señores a la vez. También podía ocurrir que algunos vasallos superaran en bienes a sus señores, que se veían impotentes trente a sus vasallos, rompiéndose el frágil equilibrio de las obligaciones recíprocas a favor del más fuerte. Aun cuando existe una relación directa entre el feudo y la tierra en la mayoría de los casos, con el desarrollo de la economía monetaria, surgirá un nuevo tipo de feudo conocido como de bolsa o de renta, basado en la percepción de rentas dinerarias procedentes de multas, peajes, impuestos, etc. Entrará también en la consideración de feudo-renta la contratación de caballeros sin recursos a los que se asignaba un sueldo con cargo al tesoro de su señor. La ayuda militar, base inicial sobre la que se construye el sistema feudal, pierde importancia y los señores deben pagar a sus vasallos si quieren contar con su ayuda.

En líneas generales, en aquellos territorios en los que mayoritariamente se habían instalado los francos el feudalismo se impuso con mayor fuerza. En cambio, en el reino de León (España), las instituciones feudales y la fragmentación del poder real nunca alcanzaron una situación comparable a las del resto de Europa, ya que el constante avance de la reconquista puso siempre a disposición de los monarcas tierras suficientes para repartir entre sus vasallos. Por otra parte, la lucha constante frente al Islam, hizo que el monarca aglutinara en torno a sí las fuerzas disponibles, y las dirigiera en la batalla, haciendo que su autoridad política y moral nunca fuera puesta en discusión. Los condes no lograron hacer hereditarios sus cargos. Todos los hombres estaban obligados a la defensa del reino, cada uno en función de sus propios medios, a pie o a caballo.

Un caso particular se presenta en Alemania donde, si por una parte la monarquía se apoya en los numerosos obispados y abadías creados por ella en su avance hacia el Este, por otra, se encuentran las antiguas unidades étnicas serán la base de monarquías independientes o poderosos ducados (Sajonia, Baviera, Franconia, Lorena y Borgoña). Para contrarrestar estas fuerzas, los monarcas conceden numerosas tierras y vasallos a los obispos, que pasan así a convertirse en obispos-condes. La condición no heredable de los obispados concedió a los soberanos un amplio margen de maniobra, que redundó en el prestigio y fortaleza de la monarquía. En cambio, Inglaterra conoció desde el siglo IX un régimen primitivo de feudalismo, que limitaba de hecho la autoridad del monarca. De hecho, este aparente poder absoluto estaba limitado por la Iglesia, que gozaba de mucha independencia frente al rey, y por los sabios que aconsejaban al rey, que no podía tomar ninguna decisión importante sin su aprobación.

Entonces, a partir del siglo X, la sociedad feudal se estructura en tres grandes grupos sociales: los bellatores, los oratores y los laboratores. Los bellatores ocupaban la cima de la pirámide feudal, ejercían el oficio de la guerra y se ocupaban de la defensa de los otros dos órdenes. Constituían una aristocracia, de sangre o de oficio, poseedora de tierras que les proporcionaban rentas y bienes, obtenidos mediante el trabajo de los campesinos instalados en las mismas. Esta nobleza de sangre se transmite por línea femenina, y a ella pertenecen los descendientes de antiguas familias senatoriales, funcionarios reales, poseedores de feudos, grandes propietarios agrícolas, etc. Más tarde, cuando los feudos se hacen hereditarios, la nobleza se transmite por línea masculina. Junto a esta nobleza de primera categoría, había otra que fundaba su existencia en el ejercicio de las armas y en su cualidad de combatientes a caballo. Los valores fundamentales de la caballería eran la fidelidad, el cumplimiento de los deberes militares y el honor. Posteriormente, imperaron también los ideales de protección del débil e indefenso, y el “amor cortés” hacia las damas. La Iglesia influyó en la forja del espíritu caballeresco, dirigiendo los afanes guerreros de sus miembros hacia la defensa de la fe cristiana frente a los enemigos musulmanes, surgiendo de esta manera el soldado de Cristo.

Por otro lado, en esta época el rendimiento de las tierras mejora gracias a la introducción en ellas del sistema de rotación trienal de los cultivos, en vez del bienal. En el sistema bienal, la tierra se cultivaba un año y al siguiente se la dejaba reposar, mientras que con el sistema trienal la propiedad se divide en tres partes: en una se siembra cereal de invierno, en otra un cereal de primavera u otro cultivo, y la tercera se deja en barbecho, haciéndolas rotar anualmente, con lo que aumenta la superficie destinada al cultivo. La técnica agrícola progresa con el uso del arado, de una o dos ruedas, con vertedera, que permite penetrar mejor en el terreno más pesado, y que va sustituyendo poco a poco al arado romano de reja fija de madera, apto únicamente para terrenos ligeros, propios de la zona mediterránea. Se mejora también el atalaje de los animales (caballos y bueyes) para aumentar su rendimiento; se difunde el uso de molinos de agua y viento.  La lenta recuperación demográfica de Europa es un hecho que se percibe por todas partes y fue el resultado de varios factores, entre los cuales cabe destacar: un aumento de las temperaturas y una disminución de las lluvias, que se documenta desde el siglo X hasta finales del XIII; una mejora en la alimentación humana, con el mayor consumo de cereales, y una mayor tranquilidad general, debida a la acción que ejercen las instituciones de Paz y Tregua de Dios.


9. Las segundas invasiones (siglos VIII a X)

Los normandos u hombres del norte, conocidos también como vikingos (pirata), eran una rama de los pueblos que tuvieron por cuna los países escandinavos. Los pueblos que protagonizaron las primeras invasiones procedían de dicha zona. Las expediciones piráticas de los normandos no habían cesado nunca. La novedad fue que se van a producir de una manera continuada y se van a apoderar de Gran Bretaña e Irlanda; se asentarán en el norte de Francia; visitarán y asaltarán las costas de la Península Ibérica y se harán presentes en el Mediterráneo, al tiempo que los suecos recorrerán Rusia, hasta alcanzar Constantinopla. El primer ataque noruego, que tuvo por objetivo Gran Bretaña e Irlanda, se produjo en el año 793. Los centros monásticos fueron sus principales presas, ya que en ellos se guardaban preciosos objetos de culto labrados en oro y plata. Estos ataques produjeron un éxodo masivo de monjes celtas a Francia, portando relicarios, manuscritos y objetos de culto (entre ellos Juan Escoto Eriúgena). Los ataques de los daneses a tierras del Imperio fueron muy numerosos, y de una importancia tal que aceleraron su descomposición. Los reyes carolingios, impotentes ante esta sucesión de ataques e incapaces de rechazarlos, optaron una y otra vez por comprar su retirada mediante el pago del famoso tributo de los normandos. Las ciudades y monasterios buscaron su salvación, construyendo murallas y torres de defensa. En el año 911, Carlos el Simple, mediante el Tratado de Saint-Claire-sur-Epte, llega a un acuerdo con el jefe normando Hrolf, el famoso Rollón de los cronistas, quien tras haber recibido el bautismo, quedó instalado en la región que será el ducado de Normandía.

La expansión de los suecos (varegos), de carácter más comercial que guerrera, está menos documentada. El famoso varego Rúrik (Rodrigo), invitado por los habitantes de Novgorod, fundaría la primera dinastía de príncipes rusos (860), aunque esta etimología no es aceptada por los historiadores rusos. Los varegos, descendiendo por los ríos Volga y Dniéper, llegaron al mar Caspio y al mar Negro, entrando en contacto con el califato Abasí y con el Imperio Bizantino. La fusión entre estos varegos y los eslavos que encontraron en las tierras por donde pasaron, dio lugar a la constitución de los primeros estados rusos. Al principio se constituyeron en ciudades-estado con una forma de gobierno cuasi-republicana, dirigidas por una asamblea popular (vetché), aunque la necesidad de defenderse frente a los húngaros, hizo que evolucionaran rápidamente hacia formas monárquicas. Kiev fue el principado más importante y el que monopolizó el comercio procedente del Báltico hacia Constantinopla. Hacia el año 882 el príncipe Oleg de Novgorod se apoderó de Kiev. Los varegos de Kiev atacaron Constantinopla, con sus naves, desde el año 860 y pusieron sitio a Constantinopla, por primera vez, mientras el emperador Miguel III estaba en campaña, y el patriarca Focio se ponía al frente de la ciudad. A partir del año 882, Oleg elimina a los boyardos y gobierna en Kiev junto al hijo pequeño de Rúrik, Igor. Las expediciones contra Constantinopla no cesan hasta alcanzar el Tratado de paz y comercio de 911, que se renovaría a partir de entonces cada treinta años, casi siempre previa presión militar.

La irrupción de los húngaros en la cuenca de Panonia, que acabó con un siglo de sedentarización de los pueblos establecidos en ellas, fue un episodio más en la cadena de oleadas nómadas que, desde los hunos a los mongoles, terminaron rompiendo contra la Europa central y oriental. Los húngaros o magiares eran ugrofineses cuyo hábitat originario estaba al Oeste del río Ural. Desde allí se extendieron por todo el valle medio del Volga donde entraron en contacto con tribus turcas, a las que asimilaron en parte, adoptando sus usos de vida nómada y términos de vocabulario referentes a agricultura, ganadería y organización política. Sus primeras incursiones en tierras germánicas están datadas en el año 862. Durante algún tiempo se emplearon contra los búlgaros, al servicio del emperador bizantino León VI. Parece que las expediciones húngaras conocían, muchas veces de antemano, el estado de debilidad o estado de ánimo de las que iban a ser sus víctimas y, por otra parte, los pueblos atacados en el antiguo Imperio Carolingio, tardaron mucho en presentar un frente común de defensa.  Los reyes alemanes de la dinastía de Sajonia supieron coordinar la acción: Enrique II vencería a los magiares (933) y Otón I los destrozaría a orillas del Lechfeld (955), en una batalla decisiva que puso punto final a sus incursiones.

Si Europa sufrió los embates de normandos por el norte y de magiares por el este, también el sur se vio, a lo largo de un siglo, infestado por las correrías y conquistas de los musulmanes procedentes del norte de África (especialmente Túnez y Argelia) y de al-Andalus. Uno de los emiratos que se crearon a principios del siglo IX en el norte de África, el de los Aglabíes, tuvo bastante fuerza como para lanzarse a la conquista de nuevas tierras. Su estratégica situación en medio de las rutas comerciales del Mediterráneo, hizo que pusieran sus ojos en Sicilia y sur de Italia que, en esos momentos, estaban en poder de Bizancio. Los bizantinos opusieron una gran resistencia y las ciudades tuvieron que ser conquistadas una a una, por lo que la total conquista de la isla no se completó hasta el año 902, con la toma de Taormina. Al tiempo que se realizaba la conquista de la isla, se inició también la del sur de Italia. La impresión que estos hechos causaron en la cristiandad fue muy grande y el Imperio, en plena descomposición y anarquía, nada pudo hacer por impedirlo. La posterior reacción de Guido de Spoleto, logró expulsarlos de sus bases en la Península, excepto de Bari y la desembocadura del Careliano, hasta que (915) bizantinos y lombardos acabaron con ellos (951). Una de las actividades preferidas de los musulmanes, al igual que de los vikingos, fue el tráfico de esclavos, capturados en sus correrías, que eran vendidos en los mercados de la Península Ibérica y del norte de África.

La emigración de los eslavos, a lo largo del siglo V, partió de los Cárpatos para ocupar los territorios abandonados por los germanos. La extorsión y el pillaje de los ávaros, que les exigían impuestos, botín y mujeres, llevaron a que los eslavos, preferentemente agricultores, se levantaran contra los ávaros, instigados por los hijos de parejas mixtas considerados por los ávaros como de segunda clase (620). En los Balcanes, la consolidación política de los diversos grupos eslavos fue lenta. Los croatas, situados entre Panonia e lliria-Dalmacia, alcanzaron su madurez política bajo la égida de Liudovit, hacia el año 818, después de liberarse de la dominación ávara. En la zona danubiana y borde sudoriental del Imperio Carolingio, el hecho fundamental es la progresiva sedentarización de los eslavos, liberados de la presión ávara a partir del año 700. Los eslovenos quedaron sujetos a la protección de los bávaros (745) y después a la de los carolingios (788). Su evangelización se llevó a cabo desde las sedes episcopales de Salzburgo y Aquilea. Su asimilación a la Gran Moravia fue consumada tras la derrota de los ávaros por Carlomagno, y dejan de ser mencionados por las fuentes a partir de 822.
                       
En un primer momento tanto bohemios como moravos reconocieron la supremacía franca. Los bohemios siguieron organizados en tribus, bajo el mando de duques. De la federación de las tribus nació el estado Moravo, en el siglo IX, pero los jefes tribales conservaron la mayor parte del poder. Mojmir I (830-840) fundó la primera “dinastía”, se convirtió al cristianismo y mantuvo relaciones diplomáticas con el Imperio Franco. Con él nace la Gran Moravia, para diferenciarlos de la Moravia serbia, más próxima a Bizancio. Su sobrino Ratislav, que le sucedió, contó en un principio con el apoyo de Luis el Germánico, pero las ansias de expansión del emperador provocaron su alianza con Bizancio. Consiguió liberarse de toda sujeción a los carolingios hacia el año 855. Por entonces el cristianismo ya había penetrado en el país, por obra de misioneros francos e irlandeses enviados desde Salzburgo, Ratisbona y Passau; pero Ratislav, para afirmar la reciente independencia, solicitó del emperador bizantino Miguel el envío de sacerdotes ortodoxos (862). La respuesta fue la misión de los dos hermanos griegos Consíantino-Cirilo y Metodio (863-867), quienes crearon un alfabeto, el llamado gla-golítico, para poner por escrito la lengua eslava, sobre todo con finalidades litúrgicas y de traducción de los Evangelios. De él derivaría el cirílico, antecesor de los modernos alfabetos ruso, búlgaro y serbio. A finales del siglo IX, bajo el mando de Svatopluk, alcanzó Moravia su apogeo político al englobar Eslovaquia, Bohemia y Panonia. Para derrotar definitivamente a los francos, checos y moravos se unieron y consiguieron la paz. Pero la Gran Moravia sólo duró diez años, hasta la muerte de Svatopluk (894). Panonia vuelve entonces al dominio franco, Bohemia reconoce el poder de Arnulfo, rey de la Francia Oriental, y Moravia misma sufre ataques bávaros y checos (902) y desaparece ante la invasión húngara (906).

El nacimiento del primer reducto de poder búlgaro se produjo cuando una de las ramas de los búlgaros, emparentados con los hunos, comenzó a hostigar el Imperio Bizantino en la época de Heraclio, conducidos por un kan, sitiando Constantinopla en unión con fuerzas ávaras (626). Su sublevación contra estos últimos hizo que Heraclio concediera a su jefe, Kubrat, el título de Patricio del Imperio. Sin embargo es el kan Asparuc quien establece a sus tribus en el territorio eslavizado entre el Danubio y los Balcanes, constituyendo una minoría dirigente. Constantino IV debe reconocer su autoridad sobre la zona de la antigua provincia imperial de Mesia en el tratado que ambos firman (681), a cambio de un tributo, y aparece por primera vez el nombre de Bulgaria en los autores bizantinos, como estado tapón entre ellos y los demás territorios bárbaros. Pero la política belicista de Nicéforo, que se apoderó de Plisca (811), desencadenó la reacción de los búlgaros que sitiaron Constantinopla en el año 813. La guerra terminó con una paz de treinta años entre Bizancio y Bulgaria, en el transcurso de los cuales ayudaron a Miguel en el levantamiento de Tomás el Eslavo, pues el problema de los islotes de población eslava dentro del Imperio aún no se había resuelto.

Mientras, siguen funcionando los procesos de eslavización, cristianización y maduración de las estructuras políticas búlgaras, que se plasman con la llegada al poder del kan Boris I (852), quien cambió su eje político de referencia volviendo su vista hacia el Imperio Franco. Tras una demostración bélica bizantina, Boris accedió a bautizarse teniendo como padrino al emperador Miguel III (865), entrando a formar parte del parentesco espiritual y jerárquico del emperador. Para Miguel de Bulgaria, nombre que adopta Boris I tras su bautismo en honor a su padrino, el problema era conseguir que la cristianización se convirtiera en el armazón ideológico de su monarquía, frente a la rebelión de los boyardos (elite búlgara en este caso) politeístas, hostiles tanto a Bizancio como a la población eslava. A la vez, necesitaba que la Iglesia búlgara fuera independiente, para no quedar a merced del patriarca ecuménico de Constantinopla, y a través de él, del Imperio Bizantino. En el año 870 Bizancio reaccionó aceptando la creación de un arzobispado y diez obispados que, aunque gozaban de cierta autonomía, reconocían la jurisdicción del patriarca de Constantinopla. La alfabetización eslava, llevada a cabo también por misioneros bizantinos expulsados de Moravia, se realizó a través de los eslavos búlgaros.


10. La restauración imperial europea del milenio

De todas las consecuencias que produjeron las segundas invasiones, se resalta la transformación que sufrieron las monarquías que tuvieron que enfrentarse a ellas directamente. El ejército carolingio era lento de reclutar y de desplazar a los escenarios de combate. Estaba adaptado para choques preparados desde largo tiempo antes, en regiones previamente determinadas y, después de los enfrentamientos, regresar a sus bases y disolverse. Pero cuando se vio obligado a hacer frente a enemigos que atacaban de forma inesperada, en lugares faltos de defensas, se encontraba totalmente impotente para hacerle frente. Esto trajo el desprestigio de la monarquía, ya que el poder central no podía garantizar la seguridad de sus súbditos, mientras que dicha seguridad sí podía ser prestada por los poderes locales que rápidamente podían improvisar un ejército. Y van logrando una independencia de hecho que beneficia a las grandes familias locales. Por lo tanto, la consecuencia más inmediata de las segundas invasiones fue la fragmentación del mapa de Europa en pequeñas circunscripciones, que fueron escapando al control de los monarcas.

Luis el Niño (899-911), último representante de la dinastía carolingia en Germania, es un buen ejemplo de ello. Los grandes duques no lo reemplazan y esperarán a su muerte, a los 18 años de edad, para otorgar la corona a uno de ellos. En ese momento existen en Germania cinco ducados que, aun sin ser hereditarios, tienden a permanecer en las mismas familias. Esos ducados engloban grupos étnicos bien definidos, con su lengua, su Derecho y sus tradiciones. Dentro de estos Ducados se hallaban grandes obispados que, junto a su poder espiritual unían el territorial por sus grandes posesiones. Los duques recelaban de los obispos. A la muerte de Luis, los duques eligieron por rey a Conrado de Franconia, que tenía un parentesco lejano con la familia de los carolingios, y por su escaso poder material. A su muerte (918), se alzó con el poder Enrique I de Sajonia (919-936), que supo enfrentarse al peligro húngaro y logró afianzar su autoridad frente a los otros duques. Con el fin de asegurar la sucesión en su familia, asoció al trono (929) a su hijo Otón, que le sucedió cuando contaba 24 años de edad.

El feudalismo provoca durante los siglos X y XI largos periodos de desorden. Algunos hombres de Iglesia invocan la paz y la guerra comienza a dejar de ser considerada como la solución de todos los problemas. Los diversos concilios regionales y nacionales irán tomando decisiones que permitan establecer en el futuro, progresos tan importantes como el derecho de asilo en las iglesias o la llamada “paz y tregua de Dios”. Para la Iglesia, sólo una monarquía fuerte puede garantizar el orden y ella misma se pone como ejemplo de una monarquía organizada. La Iglesia se convierte en la enemiga de la anárquica sociedad feudal y luchará contra el desorden reinante por propia convicción tratando de garantizar el derecho de los débiles frente a los desmanes de los señores. La Iglesia halla en la Monarquía la protección que necesita para cumplir su misión y garantizar sus posesiones, y la Monarquía ve en el apoyo de la Iglesia una cantera de eficaces colaboradores en las tareas de gobierno y, en las doctrinas que elaboran y propugnan, la mejor baza jurídica para justificar sus pretensiones de dominio.

Durante el reinado de Otón I (936-973), tiene lugar la segunda restauración del Imperio Romano de Occidente, llamado desde ahora Imperio Romano-Germánico. Los reyes alemanes al constituirse en herederos de los emperadores de Roma, hicieron suya la teoría de que únicamente a ellos pertenecía el dominio del universo. Las crónicas registraban la convicción de que el Imperio había pasado de los romanos a los francos a través de Carlomagno y, ahora, a los germanos, a través de Otón, que de esta manera podía proclamarse legítimo heredero de Augusto y Carlomagno. Cuando Otón se presenta en Roma con la pretensión de ser coronado emperador, las razones que alega para ello son: en primer lugar, afirma ser el elegido por Dios, como ponen de manifiesto sus victorias sobre los enemigos de la fe y, en segundo lugar, alega que, al reinar sobre diversos pueblos, debe poseer un título superior al que usan los reyes, ya que sus dominios se extienden sobre Alemania, Italia y, en cierto modo, Borgoña.

Otón se hizo coronar y consagrar como rey en Aquisgrán por el arzobispo de Maguncia, entroncando así, idealmente, con la legitimidad carolingia. Hizo que los otros cuatro duques aceptaran los cargos honoríficos de su corte, con lo que aparecían más como funcionarios que como personajes de igual rango que pudieran oscurecer su reinado. De este modo los nombró mayordomo (Lorena); senescal (Franconia); copero (Suabia); y mariscal (Baviera). En trece años todos los ducados pasaron a su control, así como los grandes obispados del reino. Pasó a controlar todas las elecciones episcopales, designando a sus propios candidatos. De este modo los obispos recibían su investidura del rey y se convertían en sus vasallos más fieles. Hecho con el control de Alemania y libres sus manos para emprender nuevas empresas, se le presentó la ocasión de intervenir en el reino de Italia. Otón acude a Pavía, se corona rey de Italia (951) y legitima su posición casándose con la joven viuda. Otón y su esposa Adelaida fueron coronados emperadores por Juan XII en 962, quedando restablecido de este modo el imperio de Occidente. Otón I depuso a Juan, acusándolo de traición, eligiendo en su lugar a León VIII (963), que, como no era clérigo, recibió todas las órdenes sagradas en dos días. Otón tenía en su programa la protección de la Iglesia, la expansión de la fe entre los paganos eslavos, asegurar la sucesión en su familia y hacer que Bizancio reconociera su título imperial. Privó al Papa y a los romanos de toda autonomía política, para lo cual hizo que todos le prestaran juramento de fidelidad y nombró un representante imperial en la ciudad. Para asegurar la continuidad dinástica hizo que el papa Juan coronara emperador a su hijo Otón. De este modo, a su muerte, su hijo no sería un candidato al trono, sino un emperador ya coronado.

Tras diez años de reinado, Otón I moría (983) dejando un hijo de tan sólo tres años de edad, el futuro Otón III (983-1002). En esas circunstancias, sólo el prestigio del que gozaba la dinastía salvó la situación. Su primo el duque Enrique de Baviera, se levantó contra él, pretendiendo la corona real. La firmeza de las emperatrices Adelaida y Teófano, hizo fracasar tal iniciativa. Otón hizo elegir papa a su primo Bruno, capellán de su corte, que tomó el nombre de Gregorio V. Era la primera vez en 250 años que era elegido un papa extranjero, por lo que hubo grandes protestas en Roma. Desde este Papa, todos sus sucesores cambiaron su nombre de bautismo por otro distinto. Dos semanas después, Otón era coronado emperador en San Pedro (996), por el flamante Papa otoniano el cual, pocos meses después, tenía que huir de Roma ante un levantamiento popular provocado por los Crescenci. Otón III restableció el orden, acabó con la vida del patricio y depuso y mutiló a su antipapa. La idea imperial, su significado e idealización, encontraron en Otón su defensor. Soñaba con hacer de Roma la nueva capital del Imperio, y allí trasladó su residencia y su cancillería (999), instalándose en el Aventino. Estos sueños imperiales fueron alentados por su preceptor, Gerberto de Aurillac, que en el año 999 fue elegido papa con el nombre de Silvestre II, que hizo el primer llamamiento a la cristiandad, a fin de liberar la Tierra Santa de los musulmanes. Pasado este año de exaltación mística, las cosas volvieron a su cauce y los romanos, al mando de Gregorio de Tásculo, se alzaron contra sus nuevos señores, y Papa y Emperador tuvieron que abandonar la Roma de sus sueños. Mientras intentaba retornar a Roma, Otón III moría a los 22 años de edad (1002), y al año siguiente lo hacía su papa Silvestre. Una vez más, el Papado caía en las manos de los Crescenci.


11. Expansión y cisma de la Iglesia (siglos VIII-XV)

El asentamiento de los pueblos bárbaros en el Imperio, en muchos aspectos, había supuesto una ruptura respecto al mundo antiguo. Sólo los clérigos y algunas familias senatoriales, a través de su vinculación con la iglesia, lograron mantener vivo el espíritu del mundo clásico. A pesar de ello, la Iglesia fue la primera interesada en romper con algunos aspectos, ya que hacían referencia a un tiempo en el que el paganismo era imperante. Por eso la Iglesia veía en el mundo nuevo que nacía de la mano de estos pueblos un campo de cultivo en el que ella podía modelar las mentes y las formas de pensamiento. Ello fue así, ya que las únicas personas cultivadas eran sus clérigos, y serán ellos los primeros en poner en “entredicho” las pasadas glorias romanas y las obras literarias de aquel mundo impregnado de paganismo. El estamento clerical mediatizará de esta manera todo el saber y establecerá el canon de lo            que es digno de lectura y estudio, y lo que debe ser rechazado por ser contrario a los nuevos valores cristianos. Los monarcas bárbaros, faltos de una administración eficaz capaz de dirigir la compleja situación que heredan, no tendrán más remedio que apoyarse en el estamento eclesiástico, especialmente en los obispos. Estos obispos, cuya sede está en las antiguas ciudades romanas, representaban a la sociedad no sólo en el campo espiritual sino también en el civil. Sus edificios más significativos serán la catedral, el baptisterio y las iglesias anejas.

La unción sagrada que la Iglesia confiere a los reyes, primero entre los visigodos y después entre los merovingios, y el apoyo de los Concilios, que buscan todos los monarcas, son manifestaciones claras del nuevo peso de la Iglesia, que no cesa de crecer. Carlomagno comprendió bien este mecanismo y, por este motivo, controló todos los nombramientos de obispos y abades, tanto eclesiásticos como laicos. A cambio de su apoyo, les concedió toda clase de privilegios y entraron a formar parte de la estructura del Imperio al mismo nivel que los condes. La teórica elección de los obispos por el clero y el pueblo de su diócesis cayó en completo desuso, y los monarcas como protectores de la Iglesia a lo más que accedían, en determinadas diócesis, era a presentar su candidato para que, formalmente, fuera “elegido” por el clero y el pueblo. Este estado de cosas se aplicaba en mayor medida, si cabe, a las parroquias o iglesias rurales y a los monasterios, haciendo aún más patente la confusión entre lo espiritual y lo temporal. Porque la mayor parte de las iglesias rurales habían sido levantadas por los señores para atender las necesidades espirituales de los siervos y colonos instalados en sus tierras y, al tiempo que erigían dichas iglesias, las dotaban económicamente para el sostenimiento del sacerdote o sacerdotes adscritos a las mismas y para atender a los gastos del culto. Estas iglesias recibían también donativos, limosnas, diezmos, pagos por servicios, herencias, etc. Los fundadores consideraban todas estas iglesias y sus bienes como de su propiedad y disponían libremente de ellas, concediéndolas en herencia, dote o como premio por servicios prestados. A menudo nombraban sacerdote a alguno de sus siervos, al que concedían la libertad antes de la consagración, ya que así lo estipulaban las leyes eclesiásticas.

La sociedad cristiana altomedieval vivía, en su inmensa mayoría, inmersa en la superstición más absoluta, ya que el cristianismo no había penetrado en las conciencias. Se venera a Dios porque se teme su venganza y se busca la intercesión de todo tipo de santos para aplacar su ira. La imagen del demonio y del infierno aparece constantemente en los sermones de los clérigos, en las pinturas de las iglesias, en las miniaturas de los códices y en las imprecaciones de los documentos, para darles mayor fuerza y hacer que se cumpla lo estipulado o acordado en ellos. A fin de aplacar la ira divina se multiplican las donaciones a las iglesias, el culto a los santos y sus reliquias, y los viajes a los santuarios que guardan las reliquias más poderosas. Se emprenden expediciones y luchas para despojar a otros de dichas reliquias o se firman acuerdos que comportan la cesión de las mismas. Otra muestra de esta religiosidad era el juicio de Dios (ordalía), que se basaba en la creencia de que Dios no podía permanecer ajeno a la acusación de un inocente y se veía obligado a intervenir en su favor para mostrar la verdad. Las pruebas de ordalía aparecen recogidas en todos los ordenamientos jurídicos y las más frecuentes eran las del agua caliente, el hierro candente, el agua fría o el duelo judicial.

De la misma manera que había laicos que estaban dispuestos a pagar por obtener un beneficio, también había clérigos dispuestos a pagar a fin de obtener una dignidad eclesiástica que les reportara poder y dinero. Surgió así en algunas zonas, especialmente en el sur de Francia, una intensa compraventa de cargos eclesiásticos, que se ofrecían al mejor postor, con gran escándalo de algunos fieles. A esta práctica de compraventa de cargos eclesiásticos se le llamó simonía, término que deriva de Simón el Mago, el cual, según se narra en los Hechos de los Apóstoles, pretendió comprar a San Pedro el don de hacer milagros. El mismo Papado no escapó a esta práctica y son muy numerosos los testimonios de la compra de la elección pontificia.

También era habitual la ruptura del celibato por parte de todos los eclesiásticos, desde el Papa al último de los sacerdotes rurales, y los más atrevidos hacían pública ostentación de sus concubinas. A esta práctica se la llamó nicolaísmo, ya que fue el papa Nicolás II el que la denunció y condenó con mayor contundencia, en el Sínodo de Letrán de 1059, bajo pena de excomunión aplicable también a cuantos asistieran a las misas celebradas por los obispos o sacerdotes que habían incurrido en tales prácticas. La medida no surtió efecto alguno ya que prácticamente no hubo sínodo o concilio que no repitiera la condena y agravara las penas. Corolario necesario del concubinato de los clérigos era la existencia de hijos de los mismos, a los que se pretende dejar en herencia la diócesis o la parroquia de sus padres, dando lugar, en algunas ocasiones, a la existencia de verdaderas dinastías clericales. El mismo papado no escapó a esta práctica y está el caso, entre otros, de Juan XI el cual era, según numerosos cronistas, hijo del Papa Sergio III y de Marozia. En otras ocasiones sucedía que el padre segregaba una parte de los bienes de la diócesis o parroquia para dotar a sus vástagos.

El movimiento de reforma no podía partir del Papado, que atravesaba sus horas más bajas; ni del emperador, que no quería prescindir del nombramiento y control de los obispos; ni tampoco de éstos últimos, que no gozaban de la suficiente independencia para oponerse al poder temporal. El paso definitivo para la reforma de las costumbres del clero y la liberación de la tutela de los laicos se produjo en varias fases. La primera afectó a la reforma monástica y fue iniciada por laicos, entre los cuales cabe señalar a Guillermo I el Piadoso, duque de Aquitania, fundador de Cluny. La carta de fundación de Cluny, de 909, establecía: que los dominios y el propio monasterio pertenecían por entero a la Santa Sede; que quedaba exento de toda injerencia laica; que sus abades serían elegidos por los monjes y que se sustraía a la jurisdicción del obispo de Magón, diócesis en la que estaba enclavado el monasterio. El papa Juan XI aprobó estos privilegios en 931 y años más tarde el abad Hugo de Cluny obtenía el privilegio de poner bajo su directo gobierno todos los monasterios que quisieran acogerse a la norma de Cluny o fueran fundados por él mismo.

El primer abad Bernón optó por restaurar en toda su pureza la antigua Regla benedictina de San Benito de Aniano, que hacía hincapié en la pobreza, obediencia, castidad y penitencia del monje. La liturgia pasaba al primer plano, dando especial relevancia a la celebración de la misa y al oficio divino. A fin de participar de lleno en estas actividades, casi todos los monjes eran también sacerdotes, rompiéndose la concepción agustiniana que separaba el monje del sacerdote. La Orden de Cluny se extendía ya por toda Europa. Pero hacia mediados del siglo XII la política de sus abades, en desacuerdo con las orientaciones papales, es criticada y los problemas económicos marcan el declive de la Orden.

Cluny había iniciado el camino de la reforma monástica, pero pronto sus riquezas le hicieron el centro de las críticas de aquellos que veían en la vida eremítica el ideal de la pobreza y de la entrega a Cristo. Surgieron de esta manera, a finales del siglo x, diversos movimientos anacoretas. Otros combinaron la vida eremítica con la cenobítica, viviendo los monjes aislados en sus celdas, como auténticos eremitas, reuniéndose con sus hermanos sólo en los momentos del rezo. Otros reformadores adoptan la Regla de San Agustín, que permitía a sus miembros vivir en comunidades canonicales dedicadas a la enseñanza y a la predicación. En 1098, un grupo de monjes capitaneados por Roberto de Molesmes se establecen en Citeaux (Borgoña) con el propósito de vivir en toda su pureza la Regla de San Benito. Sus notas distintivas serán la pobreza, el silencio, el trabajo manual en los campos, el aislamiento del mundo y la sencillez de sus casas y templos. Pero será con san Bernardo, fundador de la abadía de Clairvaux (Claraval) en el año 1115, cuando la Orden adquiera su mayor proyección internacional, extendiéndose por toda Europa.

El desorden existente en el sur de Francia, donde el poder real era poco respetado, hacía que la nobleza impusiera por doquier su propia ley y las luchas entre las diversas familias eran continuas, dando lugar a saqueos, destrucción y muertes; no se frenaban ni respetaban la inviolabilidad de las iglesias, ni la indefensión de los más débiles. Por este motivo, surgirá allí un estado de opinión sobre el respeto debido al Derecho, a los juramentos prestados, a la protección de las viudas, niños, campesinos y mercaderes y, en general, hacia todos los hombres desarmados. Los primeros acuerdos sobre la Paz de Dios, llamada así porque sería Dios quien garantizara la paz que los poderes públicos no era capaces de imponer, se tomaron en el Concilio de Charroux (cerca de Poitiers), el 1 de junio de 989, acordándose la excomunión contra todo el que despojara a los campesinos de sus bienes o maltratara a un clérigo. En el año 990 estos acuerdos fueron ratificados en Narbona y Puy, extendiendo la protección también a los mercaderes. En el año 1010, el rey Roberto reunió una asamblea de nobles y obispos en Orleáns, extendiendo a todo el reino de Francia la Paz de Dios. Como complemento de este movimiento surgió el de la Tregua de Dios, que prohibía los combates en determinados días y épocas del año. A fin de garantizar el descanso dominical y la asistencia a la misa, los obispos establecieron que, desde la tarde del sábado hasta las primeras horas del lunes, estarían prohibidas las guerras.

Durante los siglos XI y XII, se desarrollaron en Europa una serie de herejías que se basaban en principios de fuerte reivindicación social. Se solicitaba una vuelta a los ideales de la primitiva vida evangélica. Todos ellos denunciaron la riqueza de un episcopado que, reclutado entre los miembros de la nobleza, no ejercía sus funciones religiosas adecuadamente. Desde principios del siglo XI, los cronistas nos informan de predicadores que defienden doctrinas contrarias al dogma católico en Arrás, Orleáns, en Aquitania, Alemania o Lombardía. Sus adictos profesan un espiritualismo exacerbado y practican una pobreza comunitaria y, aunque cuentan con numerosos adeptos, no suponen ningún peligro para la Iglesia local. Pedro Valdés, rico mercader de Lyón, en el año 1170 creó un grupo al que llamó “los pobres de Lyón”, tras haber repartido sus bienes entre los pobres de la ciudad. Predicaba la pobreza y la penitencia, así como la traducción de los Evangelios a la lengua vulgar. Esta fue una constante en todos los movimientos heréticos que deseaban acceder directamente a las Sagradas Escrituras y no a través de la interpretación de los eclesiásticos que dominaban el latín. Se hubiera tratado de un movimiento más de regeneración de la vida cristiana si no hubiera atacado directamente a la jerarquía eclesiástica, que reaccionó excomulgándolo en el concilio de Verona (1184). Los valdenses fueron considerados los precursores de la reforma protestante. De mayor trascendencia fue la herejía de los cátaros o puros, que hundía sus raíces en el gnosticismo y en el maniqueísmo. Fue introducida hacia el año 1150 por los participantes en la segunda cruzada. Denunciaban la organización eclesiástica y los sacramentos, de los que sólo admitían el del Consolamentum, que se administraba en el momento de la muerte.

Para combatir esta herejía, con el objetivo de buscar y condenar a sus secuaces, se creó la Inquisición. El papa Lucio III, en el Concilio de Verona (1184), definió los principios y objetivos de la misma, que fueron mejor sistematizados por Inocencio III en el IV Concilio de Letrán (1215). En el Concilio de Tolosa de 1229 se encargó a los obispos la instrucción de los procesos y el dictado de las sentencias que había que aplicar, y que podía acabar con una amonestación, con la confiscación de los bienes o con la muerte en la hoguera. Para aplicar la sentencia el reo era entregado a la autoridad civil, quedando la Iglesia al margen de tan desagradable cometido. El escaso éxito que tuvo esta inquisición episcopal, por las connotaciones de proximidad hacia los herejes, hizo que Gregorio IX, en el año 1231, creara la Inquisición propiamente dicha, reglamentando la instrucción de los procesos y estableciendo los castigos a aplicar en cada caso, encargando a las órdenes mendicantes, en especial a los Dominicos, su desarrollo.

Tras el éxito conseguido por las órdenes monásticas, especialmente cluniacenses y cistercienses, que tanto hicieron por el desarrollo espiritual y agrícola de Europa, con el transcurso del tiempo y el surgimiento de nuevas formas de vida y pensamiento (ciudades, universidades, etc.), las órdenes monásticas tradicionales fueron quedando al margen de dichos cambios y aisladas en sus grandes monasterios y dominios agrícolas. Las ciudades, con sus nuevas formas de vida y modo de pensar, necesitaban nuevos modelos de espiritualidad. Algunos de estos movimientos, por su radicalismo, ponían en cuestión los fundamentos mismos de aquella sociedad jerarquizada. Así, cátaros, valdenses, iluminati y otros grupos, fueron perseguidos como subversores del orden establecido. Era preciso que en el seno de la Iglesia surgieran movimientos que, permanecieran fieles a la autoridad eclesiástica. Nacieron de esta forma y con estos presupuestos, las Órdenes Mendicantes que, a diferencia de las órdenes monásticas tradicionales, vivían de la caridad, no admitiendo ningún tipo de propiedad (tierras, casas, rentas), a excepción de su propio convento, de sus ropas y de los libros para el estudio. A diferencia del monje, el fraile o hermano mendicante, vivía en las ciudades y ejercía su ministerio a través de la predicación itinerante.

Los Dominicos fue fundada por Santo Domingo de Guzmán, natural de Caleruega (Burgos), y canónigo de Osma. En 1203, acompañó a su obispo por el sur de Francia y, a la vista de los estragos que estaba causando la herejía albigense, decidió combatirla mediante la predicación, fundando en Toulouse (1215) la Orden de los Predicadores. Pronto fundó una casa en París y otra en Bolonia, sedes de las dos principales universidades de la época. Los frailes dominicos vivían en conventos, regidos por un prior, repartidos en provincias, al frente de las cuales había un capítulo provincial. Al frente de la Orden había un Maestro General, al que aconsejaba el Capítulo General, que se reunía todos los años. La vida conventual se regulaba conforme a la de los canónigos de San Agustín, dando especial importancia a la pobreza y a la formación intelectual. Cada convento se transformó, de esta forma, en un centro de estudio, con su biblioteca, para preparar la predicación. Cada provincia contaba con un centro de estudios bíblicos y teológicos, para la formación de los predicadores. Dada la preparación intelectual, los Papas le encargaron la predicación contra la herejía, pasando a identificarse dominico con inquisidor.

Contemporáneo de Domingo de Guzmán fue San Francisco Bernadone o de Asís, perteneciente a una familia acomodada de comerciantes de dicha ciudad, en la que había nacido hacia 1182. A los veinte años rompió sus lazos familiares y, junto a un grupo de amigos, emprendió una vida de penitencia, oración y mendicidad, aspirando a los ideales de la pobreza evangélica. Pronto adquirieron fama y el papa Inocencio III aprobó la Fraternidad de la penitencia (1210), tras haber visto en sueños a un pobre que sostenía, sobre sus espaldas, la Basílica de San Juán de Letrán. Francisco, tras un infructuoso viaje a Egipto, en el que soñaba convertir a su sultán, redactó una Regla, aprobada por Honorio III en 1223, para su Orden de Frailes Menores, nombre que adoptaron los franciscanos como signo de humildad. Tras dejar la dirección de la Fraternidad a sus antiguos compañeros, Francisco se retiró al monte Alverne y murió en la Porciúncula, el 3 de octubre de 1226, tras reivindicar en su testamento para sus frailes la pobreza, el amor mutuo y la humildad. La Orden adquirió una rápida expansión y, a finales del siglo XIII, contaba con mil quinientas casas. La Orden franciscana nació con claras señales de división, entre los partidarios de una pobreza extrema (espirituales), que les llevaba incluso a rechazar la construcción de conventos y la posesión de libros, porque simpatizaban con las ideas del cisterciense Joaquín de Fiore; y los conventuales, que aceptaban la interpretación que el General de la Orden, Elias de Cortona, apoyado por el Papado, daba al testamento de San Francisco sobre la pobreza. A fin de aplacar el disenso, San Buenaventura, ministro general de la Orden, promulgó unas Constituciones (1274), pero el conflicto continuó hasta el siglo XIV, cuando fueron perseguidos y condenados por orden de Juan XXII (1317), conocidos como fratricelli. Eugenio IV la dividió (3434) en dos congregaciones separadas, aunque sometidas a un único General, la de los Observantes y la de los Conventuales.

Entre otras Órdenes Mendicantes, habría que señalar la de los Carmelitas o del Monte Carmelo, creada hacia 1209; la de los Mercedarios, fundada en 1218 por San Pedro Nolasco y San Raimundo de Peñafort, dedicada al rescate de cautivos cristianos de manos musulmanas; y la de los Ermitaños Agustinos, creada en 1256 y dedicada a la enseñanza y predicación.

La elección de Clemente V (1305-1314) marca el inicio del Papado de Aviñón, ya que los siete papas franceses que allí residieron, durante casi setenta años, aunque oficialmente podían considerarse huéspedes del rey de Nápoles y conde de Provenza, en realidad estuvieron bajo la tutela del rey de Francia. La ausencia de los Papas de los Estados Pontificios hizo que muchas familias señoriales ejercieran su poder sin ninguna dificultad. El nuevo papa, Inocencio VI (1352-1362), comprendió que debía poner orden en los Estados Pontificios y en Roma. El primer intento de regreso a Roma lo hizo Urbano V (1362 1370), pacificados ya los Estados pontificios y la misma Urbe. El Papa llegó a sus Estados en 1367. Tres años más tarde, el Papa retomó a Aviñón. Pero la inestabilidad que existía en Francia, fruto de la Guerra de los Cien Años, y de los tumultos que empezaban a surgir en los Estados Pontificios, el Papa en 1376 abandonó Aviñón, trasladándose definitivamente a Roma. Ante el lamentable estado en que se encontraba el palacio de Letrán, el Papa optó por el Vaticano, que pasó a ser desde entonces su residencia oficial en la Ciudad Eterna.

La muerte de Gregorio XI, no presagiaba nada bueno. Fue enterrado con todos los lores en la iglesia de Santa Francisca Romana, próxima al Foro, donde se le erigió un monumento por su vuelta a Roma. El día de la elección, los romanos se amotinaron al grito de “queremos un Papa romano o, por lo menos, italiano”. El elegido fue el italiano Bartolomé Prignano, arzobispo de Bari, siendo la última vez que fue elegido Papa un no cardenal. Tomó el nombre de Urbano VI (1378-1389). Dos meses bastaron para que el Papa mostrara su carácter despótico, que hizo que los seis cardenales franceses y el aragonés, Pedro de Luna, se retiraran a Anagni, donde firmaron un documento en el que declaraban la nulidad de la elección papal y anunciaban Sede vacante, anunciando una nueva elección en Fondi, diez días después. El elegido fue el cardenal Roberto de Ginebra, que tomo el nombre de Clemente VII (1378-1394). El nuevo Papa se trasladó a Aviñón, con lo que el Cisma estaba consumado. La Cristiandad entera se dividió en los que apoyaban a uno u otro Papa, en función de intereses personales o políticos. Tomaron partido por el Papa romano: Alemania, Hungría, Inglaterra, Polonia, Dinamarca, Suiza, Flandes e Italia del Norte. A favor del Papa aviñonés estuvieron: Francia, Nápoles, Escocia, Castilla, Aragón, y Portugal. El Papa de Roma, apoyaba su prestigio en la posesión de dicha ciudad, al tiempo que el de Aviñón lo hacía amparándose en el número de sus cardenales y en la eficacia de su Administración.

Enseguida entraron en juego las cuestiones políticas. Urbano VI depuso a la reina Juana I de Nápoles, entregó el reino a Carlos de Durazzo, y nombró veintinueve cardenales de una vez. Su carácter prepotente hizo que varios de sus cardenales lo abandonaran y se trasladaran a Aviñón. El Papa arrestó a seis cardenales, que murieron asesinados en la cárcel, mientras que a otros cuatro los privó de sus cargos y rentas. A su muerte, los catorce cardenales romanos eligieron a Bonifacio IX (1389-1404), ignorando la existencia del Papa francés, por lo que el Cisma se confirmó. El camino de la fuerza estaba descartado, como pronto lo estuvo también la renuncia de alguno de los Papas, ideada por la Universidad de París en 1394, al encontrarse la firme oposición de Pedro de Luna, que aquel año fue elegido Papa con el nombre de Benedicto XIII (1394-1423). Tampoco tuvo éxito alguno la vía diplomática, que propugnaba la solución mediante el encuentro entre los dos Papas.
El nuevo Papa romano, Bonifacio, para obtener recursos convocó dos Años Santos (1390 y 1400), con lo que dichas fiestas religiosas y la venta de indulgencias, pasaron a convertirse en un lucrativo negocio que era denunciado ya por los contemporáneos.

El Cisma duraba ya demasiados años y se corría el riesgo de fractura total, como había ocurrido siglos antes con respecto a las Iglesias de Oriente. No se trataba ya de ver quién era el papa legítimo, ya que incluso hubo santos que militaron en ambos campos, sino de poner fin. Ante la amenaza de retirar su obediencia, que manifestaron varios príncipes y cardenales. El monarca francés, Carlos VI, retiró su obediencia a Benedicto XIII, pero el aragonés pudo escapar y, con el parecer favorable de varios soberanos, propuso celebrar en Pisa un concilio que reuniera cardenales de ambos bandos. En el Concilio de Pisa (1409) se declaró depuestos y cismáticos a ambos Papas y se eligió, por unanimidad, a Pedro Filargo, arzobispo de Milán, que tomó el nombre de Alejandro V (1409-1410). La Cristiandad contaba ahora con tres Papas, que se excomulgaron mutuamente. La súbita muerte del Papa pisano, al parecer envenenado, hizo que fuera elegido el napolitano Baltasar Cossa, que tomó el nombre de Juan XXIII (1410-1415), que se instaló en el Vaticano, con la ayuda del nuevo rey de Nápoles, Luis II de Anjou.

El emperador Segismundo tomó la iniciativa de convocar un Concilio en Constanza, al que Juan XXIII se adhirió con su propia convocatoria, lo que lo convirtió en Ecuménico. Se desarrolló entre 1414 y 1418, y fue condenado por los otros dos Papas. El 11 de noviembre de 1417, los veintitrés cardenales presentes y, de manera excepcional, seis electores de cada nación, eligieron a Odón Colonna, que se intituló Martín V (1417-1431), dándose por concluido un cisma que había durado treinta y cinco años. Quedaba patente que el Concilio, en casos extremos, podía ser un válido instrumento para solucionar los graves problemas de la Iglesia. Nacía así la llamada teoría conciliar, que gozaba de gran aceptación en los medios universitarios. Puesto que, tal como sucedía en el plano civil con los Parlamentos, se pensaba que el Concilio podía ser un contrapeso a las tendencias autoritarias del Papado.

El nuevo papa, Eugenio IV (1431-1447), antes de ser proclamado tuvo que aceptar que no tomaría ninguna iniciativa sin contar con el Colegio de Cardenales que, de esta manera, imponía su criterio oligárquico respecto al gobierno de la Iglesia, fruto de la teoría conciliar. El Concilio de Basilea fue inaugurado el 23 de julio de 1431. El primer desacuerdo surgió cuando los husitas fueron invitados para discutir sus doctrinas. En diciembre, el Papa declaró clausurado el Concilio y lo trasladó a Bolonia. Los padres conciliares protestaron y en 1432 reafirmaban la superioridad del Concilio sobre el Papa. Los padres de Basilea declararon depuesto al Papa y eligieron al laico Amadeo VIII de Saboya, que tomó el nombre de Félix V (1430-1449), que fue el último antipapa de la Iglesia. El nuevo antipapa vio cómo, poco a poco, le fueron retirando su apoyo los reyes de Francia, Castilla, Aragón, Polonia y el duque de Borgoña. En 1449 reconoció la legitimidad de Nicolás V. Calixto II (1455-1458), durante su corto pontificado se interesó poco por la política cultural y se dedicó a preparar una cruzada contra los turcos, apoyando la empresa del noble húngaro Juan Hunyadi, defensor de Belgrado (1456). Mandó revisar el proceso contra Juana de Arco, quemada como hereje veinticinco años antes, declarándola inocente. Con Pío II (1458-1464), Eneas Silvio Piccoiomini escogió su nombre como alusión al epíteto pío que acompañaba a Eneas en la obra virgiliana. Con sus sucesores Sixto IV (1471-1484), Inocencio VIII (1484-1492) y Alejandro VI (1492-1503), continuó la larga lista de Papas nepotistas y de vida poco edificante. Con la eclosión del Renacimiento, los Papas olvidaron aquel objetivo y se entregaron al engrandecimiento de los Estados Pontificios. En 1493, Alejandro VI otorgó la Bula Inter caetera, en la que se hacía una primera delimitación de la zona de expansión portuguesa y castellana, que se precisaría después mediante el Tratado de Tordesillas (1494), fijándose a uno y otro lado de un meridiano situado a trescientas setenta leguas de las islas de Cabo Verde.


12. Monarquías y Papado de Europa Occidental (siglos XI y XII)

El siglo XI empieza en Alemania con la elección de Enrique II de Baviera (1002-1024), emparentado con los Otones. El monarca, elegido con el concurso y beneplácito de los eclesiásticos, fue un continuador de la política de sus predecesores en lo tocante a la Iglesia. Basó su fuerza en la estrecha colaboración con los obispos y abades, a los que reconoció amplias facultades en el campo jurídico y en la gestión de sus propiedades, a cambio de establecer un férreo control sobre los mismos, empezando por la intervención en las elecciones episcopales. En la práctica, obispos y abades se iban convirtiendo en meros funcionarios imperiales. Fue coronado en el año 1014 por Benedicto VIII que, aun cuando debía su elección a la intervención de los Crescenci, promulgó una serie de cánones. En el año 1024, el nuevo Emperador, Conrado II (1024-1039), fue el primero de los cuatro emperadores de la casa de Franconia o Salia, y que, con mira a sus intereses económicos, practica la simonía, buscando en sus relaciones con la Iglesia únicamente ventajas económicas. El nuevo Emperador, Enrique III (1039-1056), siguió las huellas de su padre apoyando a la pequeña nobleza e interviniendo activamente en las elecciones papales, logrando colocar a tres alemanes al frente de la Iglesia.

La designación de todos los cargos eclesiásticos era practicada por todos los príncipes y señores feudales, pero especialmente por los emperadores que controlaban los grandes obispados, convirtiéndose de esta manera los obispos en meros funcionarios del emperador. La liberación de la Iglesia de toda injerencia, especialmente en lo tocante al nombramiento de los altos cargos eclesiásticos, era el objetivo principal de la reforma. El emperador se consideraba designado directamente por Dios, en la Tierra era su Vicario y, en Bizancio, se consideraba un Apóstol más. El único argumento en contra que se le podía oponer a esta manera de pensar era que el emperador carecía de la unción sacramental, que confería el poder en las cosas espirituales. A este argumento se respondía afirmando que la unción sagrada que se confería al emperador en su coronación lo convertía no en un simple laico sino en participante pleno del carácter sacerdotal. Frente a esta postura, los partidarios de la Reforma parten de la aceptación de la interdependencia de los poderes temporal y espiritual, en cuanto que ambos actuaban sobre las mismas personas. Para ellos, la libertad de la Iglesia sólo podía conseguirse si ésta se veía libre de las injerencias de los laicos, por lo que era necesario que el poder espiritual se pusiera por encima del poder temporal. Este doctrina fue elaborada por una serie de ideólogos eclesiásticos, entre los que cabe destacar a al papa Gregorio VII. Nadie, fuera de la Iglesia de Roma, puede arrogarse misión alguna en este sentido. La suprema potestad de la Iglesia corresponde al Sumo Pontífice, o a cualquiera de sus delegados, en todo el universo. De acuerdo con esto, sólo el Papa puede determinar quienes se encuentran en comunión con la Iglesia y quienes están fuera, a los que se debe tratar como excomulgados, debiendo los demás abstenerse de todo contacto con ellos. Es también competencia del Papa promulgar leyes, cánones y cualquier norma que afecte a la vida espiritual, litúrgica y administrativa de la Iglesia, así como el nombramiento, promoción y traslado de los miembros de la jerarquía. Del mismo modo, la Santa Sede tiene capacidad para juzgar a todos los fieles, sin que nadie la pueda juzgar a ella. Todos estos argumentos dieron lugar a una serie de réplicas y contrarréplicas que constituyen la trama ideológica sobre la que se desarrolló la lucha de las investiduras.

Cuando Enrique IV (1056-1106) accede al poder sólo cuenta con seis años de edad, por lo que se encargan de la regencia su madre y los obispos de Colonia y Bremen. La curia romana recobra su libertad de movimiento y durante el pontificado de Nicolás II se promulgó la bula In nomine Domini (1059), por la que se establecía que únicamente los cardenales obispos tenían derecho a elegir al Papa. La elección, salvo motivo grave, debería realizarse en Roma. El elegido debía ser romano y, caso de no encontrase a nadie digno y capaz, se podía elegir a un no romano. El papa envió un legado para explicar a la emperatriz regente el alcance de la decisión, pero no fue recibido ni por ella ni por los obispos alemanes, que consideraron nula e ilegal dicha Bula. Otro tanto sucedió con la nobleza romana. El Papa y los reformadores, temiendo la contienda que se avecinaba, tomaron dos decisiones importantes que cambiaban de raíz la política papal. La primera fue el acercamiento a los normandos del sur de Italia. La segunda decisión a la putaña milanesa. Era éste un movimiento popular que abogaba por la reforma y que se oponía al arzobispo de Milán. A la muerte del Papa -mientras la nobleza romana y los obispos milaneses se dirigieron a la corte imperial para solicitar la elección de un nuevo Papa- en Roma los reformadores eligieron papa a Alejandro II, que fue coronado con la presencia de las tropas normandas. En Alemania se eligió un antipapa, Honorio II, que fue entronizado en Roma con el apoyo de las tropas imperiales. Ambos papas se excomulgaron mutuamente y la Iglesia se abocaba a un cisma seguro, que se evitó con la muerte de ambos rivales.

En Roma, mientras se estaban celebrando los funerales por Alejandro, el pueblo instigado por el cardenal Hugo Cándido, aclamó "por inspiración divina” al archidiácono Hildebrando como nuevo Papa, que tomó el nombre de Gregorio VII (1073-1085), sin que se respetaran ninguna de las condiciones que establecía la Bula de 1059. En marzo del año 1074, el Papa convocó un Concilio en Roma en el que se decidió que todos los clérigos simoníacos quedaban fuera de la Iglesia y todos los obispos que habían incurrido en simonía tenían que dimitir, bajo pena de excomunión. El alto clero alemán protestó, y el bajo clero se amotinó contra los obispos reformadores que seguían las directrices de Roma. Desde ese momento, no sería el emperador el que eligiera al papa, sino que éste nombraría y destituiría al emperador. Este decreto atentaba contra los fundamentos del Imperio, ya que éste se basaba en el control del poder laico sobre el eclesiástico. Enrique IV acepta el reto ya que se lo impone su propio prestigio y la defensa del Imperio. Haciendo caso omiso al decreto, continúa con sus prácticas y nombra arzobispo de Milán a su capellán, al tiempo que apoya al arzobispo de Rávena que encabezaba un movimiento de oposición al Papa. Los primeros días de 1076, el Papa convoca a Enrique IV para que acuda a disculparse, bajo pena de excomunión.

El emperador reúne un Sínodo en Worms que declara depuesto al Papa, el cual reacciona excomulgando al emperador y liberando a sus súbditos del juramento de fidelidad hacia él. Los príncipes alemanes, sublevados contra el emperador, se reúnen en Tríbur y le conceden seis meses para que se reconcilie con el Papa. Después de tres días de permanecer a la intemperie, la reconciliación tuvo lugar el 28 de enero de 1077, al presentarse el emperador, descalzo y en traje de peregrino, ante Gregorio. Enrique humillado, volvió a Alemania, donde el pueblo y la mayor parte de los príncipes lo rechazan, eligiendo como rey a Rodolfo de Suabia. Gregorio vuelve a excomulgarlo, pero esta vez el emperador reúne un Sínodo en Brixen (Biessanone), donde el cardenal Plugo Cándido acusa al Papa de asesino, simoníaco y hereje; se le declara depuesto y se elige en su lugar al arzobispo de Rávena que toma el nombre de Clemente III. En el año 1080, Rodolfo de Suabia es derrotado y muerto, y Enrique IV se apresta a la revancha. Cuatro años más tarde es consagrado emperador en Roma por su papa Clemente. La elección del Papa Urbano II (1088-1099) fue una afirmación del poder civil en el nombramiento de obispos. La idea principal de Urbano fue la de crear un partido en Alemania que aceptara las ideas pontificias y fuera un contrapeso al emperador.

Enrique V (1106-1125) buscó con el papa Calixto un acuerdo transaccional que pusiera fin a la larga lucha de las investiduras y ofreciera una salida airosa a ambas partes. El acuerdo fue adoptado al aceptar la teoría elaborada por el célebre canonista Ivo de Chartres, y los representantes imperiales y pontificios firmaron el célebre Concordato de Worms (1122), que se sintetizaba en los siguientes puntos: 1)las elecciones episcopales se celebrarían en presencia del emperador quien, sólo en el caso de una elección dudosa, se decantaría por uno de los candidatos; 2) antes de la consagración el emperador entregaría al nuevo obispo el cetro, símbolo de su poder temporal (regalía); 3) el emperador renunciaba a la entrega del anillo y el báculo, símbolos del poder espiritual, que se haría durante la consagración episcopal. Para celebrar este acuerdo el Papa convocó un Concilio en Letrán (1123), que fue el primer concilio ecuménico celebrado en Occidente. La muerte sin hijos de Enrique V abrió en Alemania la lucha por su sucesión entre las Casas de los Welf y los Waiblingen o lo que es lo mismo, entre güelfos y gibelinos. La Iglesia y los güelfos se inclinaron por el piadoso Lotario II, y frente a ellos se alzaron los gibelinos con Conrado III Hohenstaufen (1137-1152), duque de Suabia, que se hará con la corona a la muerte de Lotario, estallando la guerra civil que acabó en el año 1142 con un nuevo reparto entre los grandes príncipes.

A la muerte de Conrado le sucedió su sobrino Federico, que reunía las dos corrientes enfrentadas pues era gibelino por su padre y giielfo por su madre. Federico (1152-1190), llamado Barbarroja, le comunicó Papa la noticia de su elección: restablecer el honor imperial. El emperador, convencido de la preeminencia del poder imperial sobre cualquier otro, puso en práctica su programa intentando sujetar las ciudades del norte de Italia. Fue coronado por el nuevo papa Adriano IV. Para afirmar sus derechos sobre las ciudades italianas, impuso por la fuerza y el terror sus representantes, que mantuvieron el cobro de las regalías en las ciudades y en todos los territorios del Imperio. A la muerte del Papa, es elegido por una parte de los cardenales Rolando Bandinelli, que tomó el nombre de Alejandro III (1159-1181). Los reyes normandos, a pesar de su enfrentamiento con el Papa, del que eran feudatarios, formaron parte del frente anti-imperial organizado por Alejandro.

La coronación en Aquisgrán del futuro Enrique VI, como rey de romanos (1169) y por lo tanto futuro emperador, hizo que Enrique el León se revelara abiertamente por lo que fue sometido a un proceso feudal y sus posesiones repartidas, lo que representó el completo triunfo de la política imperial, que se celebró aparatosamente en la Dieta de Maguncia (1188). Pero estos triunfos eran más aparentes que reales, ya que los grandes duques iban ampliando sus dominios. Surgió un nuevo ducado en Austria (1156), y tuvo que aceptar la creación de un nuevo reino en Bohemia.

Por otra parte, en la monarquía francesa se considera la etapa que va desde el ascenso de Hugo Capeto, hasta el reinado de Felipe I (1060-1108), como la de los epígonos carolingios ya que no hay nada que distinga la figura real de la del resto de los grandes señores de Francia. Felipe I inició la recuperación del prestigio real.  Luis VI (1108-1137) siguió los pasos de su padre y aseguró la paz en sus dominios, eliminando el bandolerismo practicado por algunos señores feudales que veían en su práctica una forma fácil de obtener ganancias. Su hijo Luis VII (1137-1180), príncipe piadoso, débil, pusilánime y falto de carácter, supo rodearse de buenos consejeros, y fomentó la autonomía de las ciudades, base para el desarrollo de la naciente burguesía, así como el desarrollo de la agricultura, el comercio y la industria. Con Luis se inicia la gran rivalidad con Inglaterra, a causa del matrimonio de Leonor con el futuro Enrique II Plantagenet. Con su hijo Felipe II Augusto (1180-1223), la monarquía de los Capeto alcanza su cénit. Se fortaleció su independencia frente al Imperio y al Papado.

En las Islas Británicas, con Canuto el Grande, que fue proclamado rey de Inglaterra (1017), a la muerte del anglosajón Edmundo de Dinamarca (1018), a la muerte de su hermano Haroldo II, y de Noruega (1028), se logra la unión de los tres reinos. Su muerte (1035) hizo que toda su obra se derrumbara, porque Noruega recobra su libertad con Magnus I, e Inglaterra llamó a Eduardo “el Santo” o “el Confesor” (1042-1066), que murió sin descendencia. En su lecho de muerte, eligió por rey a Haroldo II, conde de Wéssex y cuñado del rey. Frente a él se alzaron el rey de Noruega, Haroldo III, al que venció y dio muerte en la batalla de Stamford Bridge, y su primo el duque de Normandía, Guillermo, al que Eduardo le había prometido la sucesión. Guillermo, al frente de siete mil hombres, desembarcó en Inglaterra, venciendo y matando a Haroldo en la batalla de Hastings, el 14 de octubre de 1066, dando origen de esta manera a la entronización de la dinastía normanda en Inglaterra. Guillermo el Conquistador (1066-1087) tuvo que combatir durante todo su reinado con los nobles anglosajones a fin de afirmar su poder y las nuevas estructuras feudales que introdujo en la isla. Inglaterra se convirtió en la primera monarquía feudal propiamente dicha, con el rey situado en su cima y bajo él, prestándole acatamiento, el resto de la nobleza.

La nueva monarquía y el comercio por ella impulsado hicieron de puente entre los países nórdicos y el continente, contribuyendo al progreso económico del nuevo reino. A la muerte de Guillermo I (1087), su hijo mayor Roberto de Courtehouse heredó el ducado de Normandía, mientras que Inglaterra pasaba a manos de su hermano Guillermo II el Rojo (1087-1100) y, tras el asesinato de este último, a su otro hermano Enrique I Beauclerc (1100-1135). Roberto de Normandía, descontento con el reparto, hipotecó el ducado a su hermano Guillermo y partió a la primera cruzada, de la que regresó con la pretensión de recuperar el ducado y el reino de Inglaterra. Tras su derrota en Tinchebray (1106), Normandía quedó integrada en la corona inglesa. A la muerte de Guillermo II el Rojo, según los acuerdos firmados con su hermano mayor, la corona inglesa debía pasar a sus manos, pero como se encontraba ausente en la primera cruzada, el hermano menor Enrique I Beauclerc se hizo con la corona. La muerte de este monarca sin hijos varones encendió la guerra civil entre Esteban de Blois (1135-1154), nieto de Guillermo el Conquistador, y Matilde, hija de Enrique I.

El reinado de Esteban estuvo marcado por la guerra civil y la pérdida de Normandía a manos del conde de Anjou. A la muerte de Esteban la corona pasaba a Enrique II (1154-1189). Por su madre Matilde, hereda Inglaterra; por su padre, Godofredo, el ducado de Normandía y el condado de Anjou, y por su esposa, Leonor, el ducado de Aquitania. La afirmación del poder real se llevó a cabo no sólo contra los barones, que empezaban a mostrar su descontento por el autoritarismo del monarca, sino frente a los privilegios y estatutos de la Iglesia, sometiendo a los eclesiásticos a la jurisdicción real.

Los últimos años del reinado de Enrique estuvieron presididos por el enfrentamiento con sus hijos, especialmente Ricardo, a los que alentaba el rey de Francia, Felipe Augusto, que veía como un obstáculo a sus pretensiones expansionistas la existencia en Francia de un dominio tan vasto en poder del monarca inglés. El rey de Inglaterra era a la vez vasallo del de Francia. Ricardo I (1189-1199) reunió en sus manos Inglaterra, Aquitania, Normandía y Anjou. Participó en la tercera cruzada, junto a Felipe Augusto, para la que partió en el año 1190. Su principal hazaña fue la conquista de Chipre (1191) a los bizantinos, lo que hizo que surgieran desavenencias con Felipe Augusto, que reclamaba la mitad de la isla. De vuelta a Inglaterra, donde su hermano menor Juan Sin Tierra conspiraba para hacerse con el poder con la ayuda de los franceses, fue capturado por el duque de Austria y puesto en prisión. A su regreso, perdonó a su hermano Juan y lo nombró heredero.

A diferencia de lo que había sucedido con la conquista normanda de Inglaterra, la presencia de los normandos en el sur de Italia fue capitaneada por clanes familiares que, llamados en un principio por los príncipes lombardos para que les prestasen ayuda contra los bizantinos, vieron después la oportunidad de aprovechar sus conquistas para labrarse estados personales sin tener que prestar por ello homenaje a ningún poder superior. Uno de estos clanes fue el de los Hauteville (Altavilla). Los primeros normandos llegaron a Italia a principios del siglo XI llamados por los señores de Capua y Benevento, para luchar contra los bizantinos establecidos en Apulia y Calabria. También lucharon en Sicilia como mercenarios, a favor de los bizantinos, en sus luchas contra los musulmanes de la isla. Los normandos eran partidarios de un entendimiento con el Papado, siendo vencido (1053). El Papa convocó un Concilio en Melfi (1059) donde, invocando una vez más la Donación de Constantino, nombró a Roberto Guiscardo. Roberto murió en Cefalonia (1085). En Sicilia se alzaba con el poder su hermano Roger I. Roger II (1105-1154) fue el máximo representante de los señores normandos de Italia. Le sucedió su hijo Guillermo I (1154-1166). De su matrimonio con Margarita de Navarra tuvo varios hijos, entre los que repartió Apulia y Calabria, dejando Sicilia para el menor, Guillermo II (1166-1189). Tancredo, conde de Lecce, nieto de Roger II, fue reconocido como rey por el papa Clemente. Pero su muerte (1194) puso en manos del Hohenstaufen el reino de Sicilia. Acababa así el reino normando de Sicilia.


13. Comercio

En la documentación y en la literatura de la época aparecen los términos latinos civitas, burgus, castrum, etc., que ponen de manifiesto la existencia de otra realidad social además de la villa o gran dominio rural. Son los habitantes de las ciudades, que eran un elemento extraño en aquella sociedad feudal y ruralizada. Desde el siglo X hay un incremento de la vida urbana. El control musulmán del Mediterráneo puso fin al comercio en dicho mar, al igual que los trastornos causados por las correrías normandas. Ambos hechos provocaron el fin de la actividad comercial y que las ciudades se replegaran sobre sí mismas. Hasta el siglo XI subsistirían dos tipos de ciudades: la ciudad propiamente dicha, que remontaba sus orígenes a la época romana y se había convertido en sede de un obispado, donde reside el obispo y su curia, con una función puramente administrativa; y los burgos o castros, de origen militar, creados para resistir a los invasores. Ambas aglomeraciones, ciudad y burgos en completa decadencia, fueron los núcleos sobre los que se asentó el desarrolla urbano.

El nacimiento del gran comercio y el nacimiento de una nueva clase social, los mercaderes, habrían iniciado su actividad instalando sus almacenes y tiendas junto a las ciudades y burgos. Se hallaban en constante vida nómada y transportaban sus mercancías de una ciudad a otra. A medida que su comercio aumenta, buscan lugares donde establecerse de manera permanente, dando vida a una clase social que entra en conflicto con la organización social existente (la rural de nobles y grandes propietarios y la urbana del obispo). A fin de que se le reconozcan derechos de propiedad, justicia, libertad de comercio, exención de tasas, forman asociaciones (guildas), y así  poder obtener cartas de franquicia o privilegio, que serán el origen de los movimientos comunales. El mercader nunca fue bien visto por los eclesiásticos. Desde la época carolingia, junto a aquel mercader venido de lejanas tierras, se ve aparecer en las ciudades el comerciante local (encargado por su señor de vender o intercambiar los excedentes del gran dominio; pequeños transportistas; campesinos que huyen de la miseria del campo).

Los mercaderes italianos importaban de Oriente y distribuían hacia Europa productos de gran valor, dando origen a una clase mercantil que pronto obtuvo de Bizancio la autorización para abrir establecimientos comerciales en el Imperio. Posteriormente, en sus razias por el norte de África, obtienen buenos botines que reinvierten en el comercio, al tiempo que arrebatan Córcega y Cerdeña de manos musulmanas. En Italia, el crecimiento demográfico y la falta de tierras para cultivar, así como las ganancias que brinda el comercio, impelen a muchas personas a la actividad comercial. Gracias a esta actividad, cuando se inician las cruzadas, Italia está preparada para ofrecer asistencia material de todo tipo, especialmente transporte de tropas, por lo que sus mercaderes serán los primeros que se instalen en Tierra Santa de modo permanente

Al ir en aumento tanto la población, como el número de ciudades y la producción, surgen una serie de centros en los que los intercambios se realizan a mayor escala. Aparecen de este modo las Ferias, que ya no tienen un carácter semanal, sino periódico. Y al crecer el volumen de las mercancías objeto de comercio y a fin de facilitar los pagos considerables que ello comportaba, los mercaderes italianos fueron introduciendo las llamadas ‘'letras de feria” u órdenes de pago, de extraordinaria importancia para facilitar las transacciones comerciales y evitar el transporte de grandes sumas de dinero, con el consiguiente riesgo de robo o pérdida. Se trataba de un documento escrito ante notario por el que un deudor se comprometía a reembolsar a un acreedor una cantidad previamente estipulada.  

Desde la época de Carlomagno venía imperando en Europa el sistema monetario implantado por el basado en la moneda de plata, excepto en las áreas en contacto con el mundo musulmán, donde, además de las monedas de plata circulaban y se emitían también monedas de oro. Si la emisión de moneda en tiempos de Carlomagno era una regalía, es decir, un monopolio real, y el valor de la misma estaba garantizado por el Estado, con el tiempo fueron numerosas las cecas privadas que fueron apareciendo. Ante la escasez de plata, la moneda se fue envileciendo, entrando en su aleación el cobre. La Iglesia no veía con buenos ojos la ganancia que no procediera del trabajo manual, el único santificado. Judíos y lombardos, dedicados al préstamo con interés, fueron el blanco de las invectivas eclesiásticas y tales nombres eran sinónimo de usureros. Para evitar las sanciones eclesiásticas, los prestamistas y los primeros banqueros italianos tuvieron que acudir a diversos procedimientos para burlarlas.


14. Las Cruzadas

Aunque se suelen numerar las cruzadas que tuvieron por objetivo Tierra Santa, salvo la Primera, ninguna otra fue numerada por sus contemporáneos. De hecho, la Segunda Cruzada (1146-1148) fue un conjunto de campañas en distintos frentes que se engloban dentro del mismo período. Además, con anterioridad se habían producido otras expediciones con el mismo fin que la cruzada. Se considera que el período clásico de las cruzadas abarca el marco de tiempo en el que se mantuvieron potencias cristianas latinas en Levante. Es decir, desde el 1099 (toma de Jerusalén) hasta 1291, fecha en que cae Acre, la última gran ciudad franca de Ultramar, aunque la isla fortificada de Ruad y Gibelet se mantuvieron hasta 1302. Sin embargo, las cruzadas no se limitaron a Tierra Santa, sino que se siguieron realizando hasta bien entrada la Edad Moderna. La gente fue a las cruzadas por varios motivos, aunque el religioso fuese primordial, teniendo en cuenta el contexto de la época. El factor mesiánico en esta primera cruzada tampoco hay que descartarlo, como se puede ver en la fallida expedición de Pedro el Ermitaño (1096). La búsqueda de botín o nuevas tierras pudo ser otra razón, pero sólo para una minoría, teniendo en

La Primera Cruzada de Urbano II (1095-1099) debe entenderse en el marco de las luchas entre Papado e Imperio por el control de la cristiandad y el esfuerzo por mantener la paz en los territorios europeos. Los objetivos concretos defendidos por el Papa en el concilio de Clermont-Ferrand (1095) fueron la ayuda al Imperio Bizantino frente a la presión musulmana, y la liberación de los Santos Lugares. Aunque el desencadenante de la convocatoria fue la petición de ayuda del emperador Alejo I Comneno para detener el avance de los turcos selyuquíes, que interrumpían las comunicaciones terrestres de Bizancio, hubo también otros factores que prepararon el terreno para la realización de dicha empresa. Él estaba impresionado por los recientes éxitos de la lucha contra los musulmanes en la Península Ibérica, concretamente en las conquistas de Barbastro (Aragón) en 1064, y Toledo (Castilla) en 1085, así como por las posibilidades de reinstauración o fundación de sedes episcopales bajo la obediencia de Roma. Hacia Oriente le guiaba el afán de tender nuevos puentes a los bizantinos, tras la ruptura religiosa de 1054.

A la cruzada fue todo tipo de gente. De caballeros a peones, de artesanos burgueses a labradores, se calcula que unas 60.000 almas (sobre una población europea de 40 millones), se movilizaron hacia Oriente aquella primera vez. La llamada cruzada popular, liderada por el predicador Pedro el Ermitaño, se adelantó a los grupos organizados de guerreros auspiciados por los señores feudales. Faltas de disciplina y carentes de organización, las multitudes cometieron toda clase de desmanes a su paso. Precedidos por la fama de sus asaltos para conseguir víveres y por los ataques contra los judíos de las ciudades francesas, bohemias y de la cuenca del Rin, Alejo I se apresuró a facilitarles el paso del Bósforo, pues los consideraba una plaga para el Imperio. Imbuidos de un gran espíritu religioso, pero faltos de armas y de táctica militar, se enfrentaron a los turcos selyuquíes y sufrieron una auténtica masacre. La cruzada oficial propiamente dicha, presidida por el legado papal, estuvo compuesta por gentes de armas, al frente de las cuales se colocaron numerosas representantes de grandes familias nobiliarias. Los ejércitos que confluyeron en Constantinopla alarmaron a los bizantinos, que sólo habían solicitado mercenarios. El emperador vio con claridad cuál era la intención última de los cruzados, por lo que intentó que los líderes latinos juraran que le prestarían vasallaje por las tierras que conquistaran. Sólo Godofredo de Bouillón le sería fiel.

La decadencia del califato fatimí y la disgregación del poder islámico permitieron que los enfrentamientos con los turcos Selyuquíes fueran favorables y lograron conquistar Antioquía y Edesa (1098) y, finalmente, Jerusalén (14 de julio de 1099). Consecuencia del éxito de la Primera Cruzada sería el establecimiento de una serie de reinos y principados cristianos: los reinos francos de Ultramar o Levante, conocidos también como Estados Latinos de Oriente. Éstos fueron el condado de Edesa (desaparecido en 1144), ocupado por Balduino de Boulogne; el principado de Antioquía, con el normando Bohemundo de Tarento al frente; el condado de Trípoli, concedido al conde Raimundo IV de Tolosa, y el reino de Jerusalén, que fue simbólicamente ocupado por Godofredo de Bouillón.

El establecimiento de los cruzados en los Estados Latinos no fue al principio causa de alarma para los musulmanes. Las crónicas árabes del momento transmiten la creencia de que se trataba de tropas mercenarias al servicio de Bizancio, hecho nada novedoso en la zona. El sangriento asalto acompañado de masacre en Jerusalén, y la permanencia de los colonos cristianos en el litoral, sojuzgando a los pobladores autóctonos, motivaron una paulatina toma de conciencia de la invasión sufrida. La reacción, en forma de yihad, o guerra santa, se dio provocando el ascenso de un nuevo poder en la zona: el de los Zangíes. Zangi, atabeg de Mosul, y sucesor de Nur al-Din, logró la caída de Edesa y su territorio (1144), al tiempo que fortaleció el poder de su dinastía en la zona. La toma de Edesa alarmó a los cruzados, que solicitaron del papa Eugenio III la convocatoria de una nueva cruzada. Esta vez el movimiento contó con un predicador de excepción, San Bernardo de Claraval, que consiguió convencer a Conrado III de Alemania y al rey de Francia Luis VII para que, al frente de sus ejércitos, se dirigieran a Tierra Santa (Segunda Cruzada, 1146-1148). La falta de acuerdo sobre unos objetivos comunes dividió a las fuerzas.

La reunificación del poder islámico bajo el Ayubí Salah al-Din (Saladino), supuso un cambio drástico en la posición de los Estados Latinos en Oriente. Saladino era ya señor de Damasco, Alepo y Mosul, lo que le colocaba a las mismas puertas de los reinos latinos, y era considerado el defensor del Islam sunní, lo que le convertía en el líder más carismático para millones de musulmanes. Su enfrentamiento con Guido de Lusignan, rey de Jerusalén, en la batalla de Hattín (4 de julio de 1187), supuso la mayor derrota jamás sufrida por los cristianos en Tierra Santa. El ejército cruzado se rindió, a excepción de unos cuantos caballeros que pudieron huir con Raimundo de Trípoli. Acto seguido, Saladino avanzó hasta conquistar Acre, la base naval de los ataques cruzados contra Egipto, y finalmente Jerusalén (1187). La caída de estas plazas en manos de Saladino, que así conseguía unificar Siria y Egipto, acabó con la vida de Urbano III.  

Gregorio VIII llamó de nuevo a la cruzada en 1187 (Tercera Cruzada, 1188-1192). Se comprometieron en ella Enrique II de Inglaterra y su hijo Ricardo de Poitou (que sucedió a su padre justo antes de embarcarse), Felipe II Augusto de Francia y el emperador Federico I Barbarroja de Alemania, quien murió durante la campaña en Asia Menor. La expedición, dividida una vez más por las disputas entre los reyes de Inglaterra y Francia, sólo pudo salvar algunas plazas costeras. La Cristiandad no había conseguido salvar los Santos Lugares; Ricardo I, apodado Corazón de León, se convirtió en el héroe cruzado por antonomasia, pero fue capturado a su regreso y casi perdió su reino.

Los Estados Latinos se vieron aumentados con la creación del reino de Chipre, isla conquistada al bizantino Isaac Comneno, en la primavera de 1191, por el propio Ricardo I. Al terminar su campaña cruzada, decidió vender la isla a Guido de Lusignán para compensarle por la pérdida de Jerusalén. Guido I (1192-1194) entronizó una nueva dinastía en la isla, que duraría hasta 1489. Distribuyó tierras entre los caballeros expulsados de Tierra Santa por Saladino, y calcó el modelo feudal de estado y las leyes del reino de Jerusalén, manteniendo a la población griega sojuzgada. Se prohibió a los miembros de la nobleza que poseyeran castillos en sus feudos, para evitar que acumulasen poder y fuerza. Nicosia se convirtió en la capital. Su hermano Aymerico (rey desde 1197) asumió de nuevo la corona de Jerusalén, pero no unió ambas en un solo reino, para no mermar los recursos de Chipre en beneficio de Jerusalén. Durante su reinado se procedió también a la reorganización de la Iglesia chipriota. Aunque la mayoría de la población chipriota era ortodoxa, se fundó un arzobispado romano en Nicosia, y se crearon obispados latinos.

La organización de los Estados Latinos se realizó siguiendo los mismos parámetros feudales que se imponían en ese momento en Europa. Las dinastías gobernantes emparentaban entre sí mediante matrimonios, igual que con los reinos europeos, buscando así aumentar su influencia en la zona. El reino de Jerusalén, el condado de Trípoli, etc., se dividieron en señoríos. Los principales problemas de los estados cruzados eran la división de los territorios cristianos, con los consiguientes enfrentamientos entre las dinastías reinantes; la ausencia de una autoridad real efectiva, y la permanente falta de recursos humanos, lo que afectaba sobre todo a la disponibilidad de tropas permanentes, en un entorno rodeado de enemigos. Para ello se procedió a la creación de las primeras Órdenes Militares como base del ejército regular. La mayor parte de la sociedad cristiana de la época consideraba que una Orden Militar era la institución cruzada por excelencia y sus miembros los perfectos cruzados. Al igual que con el conjunto de la cruzada en sí, el origen de las Órdenes Militares tiene mucho que ver con el desarrollo de la caballería europea, la cristianización de ésta y el reconocimiento de la labor guerrera por parte de la Iglesia. El perfecto soldado de Cristo ya no tenía por qué ser sólo el monje recluido en su monasterio, sino que también se podía luchar una batalla meritoria con las armas terrenales por el bien de la salvación y el conjunto de la Iglesia. La función primordial de todas las Órdenes Militares fue la de luchar contra los infieles enemigos de la Iglesia, y como último objetivo, en el caso de las fundadas en Jerusalén, el mantenimiento de los Santos Lugares en manos cristianas y la defensa de los peregrinos que viajaran a la recién conquistada ciudad.

Además, los dominios reales permitían el pago de mercenarios autóctonos, normalmente de diferente religión, vitales para la defensa de los reinos cruzados. Las ciudades ocupadas por los cruzados y otros territorios estratégicos se fortificaron, y se crearon las líneas defensivas con enormes castillos. Acre, el principal puerto franco en Ultramar, convertido en capital del reino de Jerusalén desde 1191, es un ejemplo de la fragmentación del poder cristiano en el área. Debía su importancia, sobre todo, a su emplazamiento estratégico de acceso directo a Jerusalén y a las rutas de comercio. La ciudad estaba dividida en barrios controlados por los principales poderes: las repúblicas comerciales italianas (Génova, Pisa y Venecia) como poder económico; los barrios de las Órdenes Militares, que ostentaban el poder militar, en los que se encontraban sus cuarteles generales (Temple, Hospital y Teutones); y finalmente el Patriarca, principal poder religioso, también controlaba una zona.

A partir de 1250, la invasión mongola de Siria y la caída definitiva de los Ayubíes frente al mameluco Baybars I (1260-1277), que habían dado un respiro a los Estados Latinos, dejaron paso a una situación crítica. Baybars estrechó cada vez más el cerco a las disminuidas propiedades cruzadas mediante el empleo de la flota por mar y la conquista del castillo de Safet (1266), que utilizó como base para sus ataques terrestres al reino de Jerusalén. Poco después destruía Antioquía, e iniciaba tratos con las Órdenes Militares para establecer condominios en las zonas fronterizas entre éstas y los nuevos territorios conquistados por los mamelucos. Las campañas de Luis IX de Francia  tomaron de nuevo la dirección de Túnez y Egipto (Séptima Cruzada, 1248-1254, y Octava Cruzada, 1270). No sólo no consiguió mantener su dominio sobre las ciudades, sino que facilitó el establecimiento del gobierno mameluco en Egipto, cuyos gobernantes serían los que dieran el golpe definitivo a la presencia cruzada en Ultramar. La campaña de 1270 terminó con la muerte del propio rey.

En agosto de 1290 se pidió ayuda a Occidente, pero los barcos venecianos y aragoneses que transportaban a una exigua fuerza cristiana no fueron suficientes. La ofensiva final culminó con ál-Ashraf Kalil, quien tomaba Acre en 1291. Esta fecha marcó la desaparición de los Estados Latinos de Oriente, excepto los reinos de Armenia y Chipre. Aun así, la peregrinación a los Santos Lugares se mantuvo pacíficamente, constituyendo otro punto de encuentro de mercaderes y peregrinos. Aparte de estas cruzadas, que podrían seguir considerándose oficiales, se produjo una renovación del movimiento cruzado popular de tintes mesiánicos, fomentado por la idea de que si los gobernantes no conseguían ponerse de acuerdo para salvar los Santos Lugares, debían ser los pobres y humildes los llamados a conquistar los escenarios de la vida de Cristo. La extracción social de estos movimientos eran los trabajadores agrícolas de más baja condición. Su cronología va de la Cruzada de los Niños (1212), originada en Normandía y el Valle del Rin, a la Cruzada de los Pastorcillos (1251), la Cruzada Popular (1309) y la segunda Cruzada de los Pastores (1320). Ninguna duró más de unos meses, ni llegó a Tierra Santa, pues se disolvían antes o a su llegada a los puertos mediterráneos, donde por falta de recursos no podían embarcar. Sí se distinguieron todas ellas por reproducir los ataques contra los judíos que ya habían sido característicos de la primera.


15. La Europa del siglo XIII

Occidente alcanza un momento de equilibrio en la decimotercera centuria, antes de entrar en una época de contracción y crisis durante el siglo XIV. A nivel político, en la decimotercera centuria coinciden una serie de reinados de gran duración y estabilidad. Se trata de la época de figuras como Femando III o Alfonso X en Castilla, Jaime I en Aragón, Luis IX en Francia y Eduardo I en Inglaterra. Se observa que el ritmo de crecimiento demográfico empieza a hacerse más lento, y a fines de siglo la población occidental está estancada, aunque la centuria es económicamente expansiva. El mundo rural disfruta de prosperidad y el hambre retrocede. El motivo es cierto desarrollo tecnológico. En cuanto a la artesanía, crece especialmente el sector textil.

Mientras el pontificado y el imperio se desgastaban mutuamente en su larga pugna por el dominium mundi, simultáneamente se producía el ascenso de la monarquía francesa. El siglo XIII contempla la culminación del lento proceso de recuperación del poder real desarrollado por la dinastía de los Capeto. El primer paso consistió en la extensión territorial del dominio directo de la monarquía a la mayor parte del reino. Ése fue el gran logro del monarca francés Felipe II Augusto (1180-1223). Su mayor obstáculo lo constituía el enorme conjunto de señoríos del rey de Inglaterra al norte y oeste de Francia que componía el denominado “Imperio Angevino”. Para desarticular esta amenaza, Felipe Augusto citó judicialmente al entonces rey de Inglaterra, Juan Sin Tierra. Al no comparecer éste, declaró la confiscación de todos sus señoríos en Francia. El monarca inglés perdió todos sus señoríos en Francia, con la única excepción del ducado de Aquitania, que pasaron a integrarse en el dominio real francés.

El siguiente paso en el proceso de extensión del dominio real a casi todo el territorio de Francia fue la recuperación del control del Sur del reino. Durante los siglos XI y XII, los grandes señoríos de la región meridional francesa prácticamente se habían convertido en independientes. Esta situación también va a terminar. El pretexto va a ser la represión de la difusión de una herejía, la albigense o cátara.  En 1208 el papa Inocencio III dispuso la realización de una cruzada contra los cátaros. La nobleza del norte de Francia participó en ella de forma masiva. Rápidamente, la cruzada se convirtió en una verdadera conquista del territorio meridional francés por la aristocracia del Norte. En una segunda fase, el sucesor de Felipe Augusto, Luis VIII (1223-1226), recuperó el control directo del sur del reino. De esta forma, la monarquía feudal francesa llega a su apogeo durante el reinado de Luis IX (1226-1270), conocido como San Luis. Tras la crisis del Sacro Imperio, Francia aparece como el nuevo poder hegemónico en Occidente.

Los problemas empiezan a aparecer durante el breve reinado del sucesor de San Luis, Felipe III (1270-1285). Los intereses de la monarquía francesa empiezan a verse supeditados a los de una rama menor de los Capeto (la dinastía angevina), que había sido instalada por el Papa en el reino de Sicilia. Durante el reinado del último de los Capeto, Felipe IV “el Hermoso” (1285-1314), los llamados “legistas” comienzan a rebasarse los límites de la monarquía feudal y se sientan las bases de un verdadero Estado. Felipe experimenta crecientes dificultades financieras. En consecuencia, va a ser someter el clero al pago de una tasa. Ello condujo a un choque directo con el Pontificado. Se va a terminar saldando con una clara victoria del rey de Francia. De esta forma, por primera vez el poder "‘universal” del Pontificado tiene que reconocer su inferioridad frente a la creciente potencia de la monarquía “nacional”.

A diferencia de Francia, Inglaterra había contado con una monarquía feudal dotada de un poder real muy fuerte. Dicha monarquía va a experimentar una crisis aguda durante la primera mitad del siglo XIII. El punto de partida fue la pérdida del denominado “Imperio Angevino” por parte del rey Juan Sin Tierra (1199-1216), que terminó desembocando en una grave rebelión aristocrática contra la monarquía inglesa. Incapaz de reprimirla, Juan Sin Tierra se vio forzado a hacer amplias concesiones a la nobleza para salvar la situación. Concretamente, en 1215 el rey otorgó la denominada “Carta Magna”, el origen más remoto del liberalismo inglés. Será su hijo el sucesor Enrique III (1216-1272), quien se convierte prácticamente en un prisionero sometido a la verdadera dictadura nobiliaria dirigida por el conde de Leicester, Simón de Monfort. Finalmente, Enrique recuperó su libertad al final de su reinado gracias a una rebelión de su hijo y príncipe heredero, Eduardo
(1272-1307), que derribó la dictadura de la oligarquía aristocrática. Comenzará a configurarse el Parlamento, como resultado de una evolución de la antigua curia regia, que agrupaba a los principales nobles y eclesiásticos cuando eran llamados a prestar el deber feudal de “consilium” o consejo a su señor. La curia se transforma en parlamento cuando, junto a aristócratas y prelados, también comienzan a ser convocados representantes de las ciudades. Esta misma evolución se estaba produciendo, de forma simultánea, en la mayor parte de los reinos occidentales por la misma época. En la mayor parte de las monarquías europeas estaban surgiendo organismos asamblearios compuestos por representantes de la nobleza, el clero y la burguesía. Bajo Eduardo se produce la definitiva incorporación de Gales a Inglaterra. El rey también intentó conquistar Escocia, pero terminó fracasando.

Por otro lado, la Península Ibérica estaba dividida entre cinco reinos cristianos al norte (Portugal, León, Castilla, Navarra y Aragón) y una España islámica o           al-Andalus al sur, unificada por el Imperio Almohade. La característica principal será la expansión territorial de los reinos cristianos a costa de los musulmanes. Al final del siglo XIII, la presencia islámica en la Península había quedado reducida al pequeño reino de Granada. Castilla y León serán los reinos que consigan una mayor extensión territorial. A la muerte del monarca leonés Alfonso IX, se unen de bajo el rey Fernando III (1230. Las tropas castellanas ocupan militarmente el reino, pero el territorio ibérico sufre un claro eclipse por las guerras civiles a fines de siglo.

Las monarquías del norte y este de Europa son relativamente periféricas. Eran más rudimentarias, peor organizadas y muy poco pobladas. Además, todas tuvieron que hacer frente a la creciente influencia y expansión germánicas. La más sólida y organizada de todas ellas era sin duda Dinamarca, que parece evolucionar desde una monarquía feudal hacia una monarquía de tipo más contractual.

Durante todo el siglo XIII hay un reforzamiento del poder real, favorecido por las Universidades, el Derecho Romano y las doctrinas aristotélicas, frente a los grandes poderes del Imperio, el Papado y la nobleza que, en algunas ocasiones, con su poder creciente en todos los órdenes había pretendido que el rey fuera únicamente un primus ínter pares. Los legistas, a través de sus Tratados, exaltaron la figura soberana del monarca y combatieron todo lo que se oponía a esta concepción. Del rey emanan todos los poderes y su voluntad tiene fuerza de ley. Por encima de él no hay ningún otro poder en la Tierra, ni el del Emperador, ni el del Papa. Rex imperator est in regno suo, es la máxima en la que se centran todos los escritores que exaltan el poder absoluto del monarca. Los principales representantes de esta nueva monarquía, que marca el cambio entre la época feudal y la moderna, son: en Francia, Carlos VII y Luis XI; en Inglaterra, Enrique VII Tudor; y en España, Alfonso X para Castilla y Pedro IV para Aragón.


16. Imperio Germánico

A la muerte de Enrique VI (1197), su viuda Constanza logró que en Palermo (1198) los sicilianos reconocieran como rey de Sicilia a su hijo Federico II, que contaba con tres años de edad. Cinco meses después fallecía la reina, dejando la tutela de su hijo y la regencia del reino en manos del papa Inocencio III que, de improviso, pudo intervenir en la política alemana. En Alemania, cada una de las facciones eligió a su propio rey. El asesinato de Felipe de Suabia (1208) hizo que Otón IV fuera consagrado emperador en San Pedro. Al no mantener sus promesas, fue excomulgado e Inocencio empezó a jugar la baza de su pupilo Federico, que fue coronado rey de romanos en Maguncia (1212). El Imperio estaba integrado por tres reinos: Alemania, Italia y Borgoña. Estableció en Sicilia la primera monarquía autoritaria de Europa. En 1215 Inocencio reunió el IV Concilio Ecuménico de Letrán, donde se acordaba la celebración de una cruzada que borrara el recuerdo de la Cuarta. Pero la muerte en Perugia de Inocencio (1216) paralizó el proyecto. El nuevo pontífice, Honorio III (1216-1227) carecía de la energía de su predecesor y no era la persona indicada para oponerse a Federico II. Ante las protestas del Papa y la amenaza de la excomunión, el emperador se comprometió a partir a la cruzada, en 1221, y a no unir Alemania y Sicilia, obteniendo de esta forma la coronación imperial en Roma (1220). Por el Tratado de San Germano (1225), Federico juró partir definitivamente a la cruzada, en 1227, bajo pena de excomunión. A cambio de esto, el Papa instaría a las ciudades lombardas a que reconocieran la supremacía imperial y a que contribuyeran con cuatrocientos caballeros.

La desaparición de Honorio y la elección de Gregorio IX (1227-1241) cambiaron las cosas. El nuevo papa pertenecía a la familia de los condes de Segni y era familiar de Inocencio. Según lo estipulado en San Germano, y ante una nueva petición de aplazamiento a causa de una enfermedad, el Papa excomulgó a Federico. Partió finalmente a la cruzada, en 1228 (Sexta Cruzada). Federico II restableció el orden y firmó la Paz de Ceprano (1230) con el Papa, a cambio del levantamiento de la excomunión y la restitución de los bienes confiscados a la Iglesia en Sicilia. En realidad, se trataba de una tregua ya que Federico  incrementó su poder en las ciudades del norte de Italia y continuó con sus correrías por los territorios de la Iglesia, al tiempo que promulgaba severas leyes contra los herejes, a fin de tener al pontífice de su parte. En 1239, el Papa pronunció una nueva excomunión, como rechazo de la pretensión de organizar a Europa en una comunidad temporal, bajo un soberano laico y no eclesiástico. Entre ambos poderes estalló una guerra de libelos. La muerte del casi centenario Gregorio puso fin a esta lucha y Federico levantó el sitio de Roma, para significar que su lucha no había sido contra la Iglesia y el Papado.

Tras el breve pontificado de Celestino IV, que no llegó a ser consagrado Papa, pues murió a los diecisiete días de su elección, se produjo una situación de Sede Vacante. Finalmente, pudo elegirse Papa al genovés Siribaldo Fieschi que tomó el nombre de Inocencio IV (1243-1254), y levantó la excomunión al Emperador, a cambio de la restitución de los territorios pontificios que ocupaban las tropas imperiales. El regreso del Papa a Roma y la firma de la Paz de San Juan de Letrán (1244), auguraban el final de las disputas. El Papa, temiendo por su vida en Roma, disfrazado, se embarcó en Civitavecchia y se trasladó a Lyón, donde convocó un Concilio Universal, para el año 1245, al que acudieron sólo obispos españoles, franceses y algún inglés. En este concilio, invocando el principio teocrático, excomulgó y depuso a Federico II y se instó a los príncipes alemanes a elegir un nuevo Emperador. De nuevo se desató una guerra de libelos, y la cancillería imperial defendió el principio según el cual el Papa podía excomulgar al Emperador, pero no deponerlo de su cargo, doctrina a la que se adhirió Luis IX de Francia.

Las ciudades alemanas se unieron entre sí para garantizar el comercio y las vías de comunicación, surgiendo de este modo la Liga del Rin. Federico II murió a los cincuenta y seis años (1250), en Castel Fiorentino (Puglia). Inocencio se trasladó a Italia (1251), para afrontar su última batalla contra los herederos del Emperador: Conrado IV, en Alemania, y su hermanastro, Manfredo, en Puglia. Cuando Conrado IV murió (1254), dejó un hijo de dos años, Conradino, como heredero. Éste, en 1268, reclamó el trono de su padre, y fue vencido por Carlos de Anjou en la batalla de Tagliacozzo, cerca de Roma. Con la desaparición de Federico II y de su último descendiente, parecía que moría también el sueño de establecer en Occidente el Dominium mundi, que durante tanto tiempo había enfrentado a los dos grandes poderes universales. En esta ocasión, el Papado salía victorioso, y su poder temporal se extendía desde Pascana hasta el sur de Italia. En los años siguientes, en el plano religioso, Gregorio X proclamó la unión de las Iglesias griega y latina, en el II Concilio Ecuménico de Lyón (1274), y Bonifacio VIII exteriorizó el triunfo del Papado con el Jubileo de 1300. Papado e Imperio habían crecido uno junto al otro, y la ruina de uno de ellos acarrearía la del otro. Mientras ambos se combatían por lograr el poder universal, fue naciendo de modo paralelo un mundo distinto, el de las nacionalidades, al que ambos poderes fueron ajenos.

El Gran Interregno es el periodo alemán que va desde la muerte de Conrado IV (1254) hasta la elección de Rodolfo de Habsburgo (1273), que se caracteriza por el debilitamiento del poder central y el paralelo fortalecimiento de los distintos principados. Tras la excomunión de Federico, el papa Inocencio instó a los príncipes alemanes que eligieran un nuevo emperador. Los electores se inclinaron por Guillermo de Holanda, rey más teórico que real, ya que Conrado y los gibelinos dominaban la situación. A la muerte de Guillermo (1256), los electores se dividieron entre Ricardo de Cornualles, hijo de Juan sin Tierra, y Alfonso X de Castilla, hijo de Beatriz de Suabia, emparentado con los Hohenstaufen, y por lo tanto mal visto por el Papado, que quería borrar todo vestigio de dicha Casa. La presencia efectiva de Ricardo en Alemania hizo que fuera coronado como rey en Aquisgrán, en 1257. Su muerte, en 1272, reavivó las esperanzas de Alfonso, pero se encontró con la rotunda oposición de Gregorio, que le reprochaba que su hermano Enrique hubiera sido elegido senador romano por el partido gibelino y hubiera combatido en Tagliacozzo junto a Conradino. Los electores eligieron al modesto conde suizo Rodolfo de Habsburgo (1273-1291).

El primer monarca de la Casa de Habsburgo comprendió que, por sus escasos recursos, debía renunciar a la política italiana y al imperio universal. Por este motivo, centró su política en reivindicar en Alemania los bienes y derechos de la Corona. Mantuvo buenas relaciones con el Papado y, en 1278, reconoció al papa Nicolás III. Tras la muerte de Rodolfo (1291), fue elegido Adolfo de Nassau, contra el que se levantó Alberto de Austria, hijo de Rodolfo, que fue elegido en 1298. A diferencia de lo que había hecho el primer Habsburgo -dedicar toda su atención a Alemania, dejando de lado los sueños imperiales en Italia- tanto Enrique VII de Luxemburgo como Luis IV de Baviera, intentaron volver a los tiempos de Federico II. Por lo que tuvieron que enfrentarse, no sólo a las ciudades italianas del norte, sino también al poder de los Anjou de Nápoles, que se erigieron en los defensores de la independencia italiana frente al Imperio.

En 1308, los electores proclamaron a Enrique VIIl de Luxemburgo (1308- 1313) como nuevo rey de Alemania y de Romanos, el cual fue coronado emperador en Roma. Pronto chocó con Clemente V y con Florencia, a la que asedió y saqueó. Ante estos hechos, el Papa nombró Vicario Imperial en Italia al rey de Nápoles, Roberto de Anjou. Al poco tiempo falleció Enrique, con lo que se desvanecieron los sueños de los últimos gibelinos italianos -entre los que se encontraba Dante Alighieri-, todos los cuales habían puesto en él las esperanzas de ver una Italia unida, bajo el dominio imperial. En 1314, se produjo la doble elección de Luis IV de Baviera o de Wíttelsbach (1314-1346) y de Federico de Austria. Durante siete años se desencadenó una guerra civil en el sur de Alemania, donde ambos contendientes tenían sus principales posesiones. La lucha entre ambos favoreció el nacimiento de Suiza como nación y el fortalecimiento de las ciudades hanseáticas. La batalla final tuvo lugar en Mühldorf (1322), donde fue hecho prisionero Federico de Austria. La nobleza y el clero alemanes, así como los franciscanos, con los que el Papa estaba en pugna, apoyaron a Luis. También recibió el apoyo de alguno de los intelectuales, como Marsilio de Padua y Guillermo de Ockam. En 1328 entraba en Roma donde era coronado emperador “en nombre del pueblo romano”, por el cardenal Sciarra Colonna, tras lo cual emanaba un Decreto Imperial por el que deponía a Juan XXII y elegía Papa a Pedro de Corvara, como Nicolás V. En la Dieta de Rhense (1338), promulgaron la Constitución Licet inris, inspirándose en las doctrinas del Defensor pacis, que sostenían que el Papa no podía juzgar ni deponer al Emperador, pues su autoridad emanaba directamente de Dios. Basándose en esos principios, el propio emperador Luis había disuelto, en 1342, el matrimonio de la heredera del Tirol para casarla con su hijo. Hecho insólito, que fue justificado por el propio Guillermo de Ockam en su obra Del poder imperial en materia de matrimonio, doctrina revolucionaria para su época. Luis IV de Baviera fue el último emperador medieval que intentó ejercer un dominio efectivo sobre Italia.

A la muerte de Luis IV, de nuevo los electores alemanes se fijaron en otro miembro de la Casa de Luxemburgo, Carlos IV (1347-1378), que junto con Wenceslao y Segismundo retendrían la corona imperial en esa familia por noventa años. Carlos dedicó la primera parte de su reinado a resolver el problema de fijar definitivamente la forma y el número de personas que debían elegir al Emperador. En el mosaico de Estados que configuraban Alemania, la Dieta o Reichtag era el escenario político en el que se dirimían las cuestiones que afectaban al conjunto de los súbditos del Imperio. En el Reichtag tenían voz y voto los grandes príncipes, los nobles y unas ochenta ciudades. Aunque no había ningún texto que lo estableciera, fue consolidándose la costumbre de que el Colegio de Electores se restringiera a los grandes príncipes, laicos y eclesiásticos, cuya opinión nadie discutía. Basándose en esta costumbre, Carlos promulgó en 1356 su Bula de Oro, llamada así por llevar pendiente un sello de oro, en la que se lijaba el procedimiento y se designaban los electores para la elección imperial. Los electores serían tres eclesiásticos y cuatro laicos. La elección no se adscribía a ninguna familia en concreto, sino a Estados y a quienes ostentasen el cargo en ese momento. El Imperio sería electivo y el Papa nada tenía que decir sobre la persona propuesta. La elección se realizaría por mayoría, y a la Dieta se le reservaba la aclamación de la persona propuesta, como rey de Alemania y rey de Romanos. La Bula de Oro, a fin de cuentas, vino a confirmar el pensamiento de Luis por el que el derecho de crear emperadores, que el Papa se arrogaba, quedaba abolido en la práctica. A la muerte de Carlos (1378), llevó al trono a su hijo Wenceslao (1378-1410).

Los Luxemburgo ocuparon el cargo de emperador durante la mayor parte de la decimocuarta centuria. A principios del siglo XV el último emperador de la dinastía, Segismundo de Luxemburgo (1410-1438) consiguió devolver parte de su antiguo prestigio a la dignidad imperial gracias a su destacado papel en la resolución del Cisma de Occidente. Mediante sus gestiones diplomáticas logró que se reuniese el Concilio de Constanza, gracias al cual se puso fin al Cisma. En 1438 la dinastía imperial de los Luxemburgo se extinguió con la muerte de Segismundo. Sin embargo, éste había casado a su única hija con un Habsburgo, Alberto II. De esta forma, la dinastía de los Habsburgo recuperó el control del trono imperial para ya no volver a perderlo en lo sucesivo. En teoría, el cargo de emperador era electivo. Era la nobleza alemana quien lo elegía y después el Papa lo coronaba. Sin embargo, en la práctica el trono imperial va a ser ocupado por miembros de la familia de los Habsburgo hasta la desaparición del Sacro imperio a principios del siglo XIX.

Federico III (1440-1493) fue el último emperador que fue coronado en Roma. El reinado del hijo y sucesor, Maximiliano I (1493-1519), fue mucho más ambicioso. Pretendió intervenir en Italia cuando la península fue invadida por Francia. Sin embargo, la falta de medios hizo que terminara fracasando. El matrimonio de su hijo Felipe con la hija de los Reyes Católicos de España, Juana, dará el trono español a los Habsburgo en el futuro. Otro casamiento, el de su nieto Femando con la hermana del rey Luis II de Hungría, también justificará los derechos de su dinastía a los tronos de Hungría y Bohemia en los decenios siguientes. Sin embargo, los suizos en varias ocasiones frustraron los intentos de anexión al patrimonio familiar de la dinastía imperial. También consiguieron la independencia formal de Suiza con respecto al Sacro Imperio.


17. La guerra de los cien años e inicio de los estados modernos

La civilización del Occidente medieval va a entrar en crisis durante los siglos XIV y XV. La manifestación más política de la crisis va a consistir en un largo conflicto bélico entre las principales monarquías occidentales de la época, Francia e Inglaterra. Sin embargo, debido a los sistemas de alianzas del periodo, va a terminar afectando a otros países. Concretamente, las hostilidades se desarrollaron entre 1337 y 1453. Las causas remotas del conflicto se remontaban al siglo XII. Tras la disolución del llamado “Imperio Angevino”, el único señorío que el rey de Inglaterra retuvo en Francia fue el ducado de Aquitania. Sin embargo, el monarca inglés siguió estando obligado a prestar vasallaje al rey de Francia por este ducado. Sin embargo, el pretexto de la guerra fue una cuestión dinástica. La dinastía real francesa, los Capeto, se extinguió biológicamente a principios del siglo XIV. El último monarca Capeto, Carlos IV, falleció en 1328. Entonces se hizo con el poder su primo y cabeza de la nobleza francesa, Felipe de Valois, primero como regente y luego como rey. El nuevo monarca Felipe VI era el pariente más cercano del último Capeto por vía masculina. De esta forma se instaló en el trono de Francia una nueva dinastía: los Valois. Sin embargo, existía un familiar más próximo de Carlos IV por vía femenina: el entonces rey de Inglaterra Eduardo III. En un principio, el monarca inglés no reclamó el trono francés. Sin embargo, cuando Felipe volvió a decretar una nueva confiscación del ducado, Eduardo alegó ser el legítimo rey de Francia y declaró la guerra en 1337.

Aparentemente, el reino de Francia era mucho más fuerte. Pero a principios del siglo XIV empezaba a manifestar síntomas de debilidad. En cuanto a Inglaterra, era una potencia más débil que Francia. La labor de gobierno del rey Eduardo I había logrado estabilizar y reorganizar el reino. Sin embargo, toda su obra estuvo a punto de derrumbarse durante el reinado de su hijo, Eduardo II (1307-1327). Sólo la pronta reacción de su sucesor, Eduardo III (1327-1377), reinstauró el orden interno. De esta forma, en pocos años se encontró en condiciones de acometer empresas en el exterior. Las continuas guerras con Escocia habían proporcionado a las tropas inglesas experiencia y entrenamiento. Sus técnicas militares eran avanzadas. Como dato curioso, vale destacar que antes del conflicto la nobleza inglesa era francófona. Con la guerra se abandonó el uso de la lengua francesa en Inglaterra y su lugar fue ocupado por el inglés o el latín.

La primera fase de la guerra a mediados del siglo XIV fue de claro predominio inglés (1338-1360). Contra todo pronóstico, el rey Eduardo III de Inglaterra aprovechó los problemas de la monarquía francesa en Flandes y Bretaña para utilizar dichos territorios como cabeza de puente para la penetración de sus tropas. En primer lugar, la flota inglesa derrotó a la francesa en la batalla de La Esclusa, cerca de Brujas, en 1340. De esta forma Inglaterra se aseguró el dominio del mar. En dos grandes batallas sucesivas, las de Crécy (1346) y Poitiers (1356), Eduardo y su hijo, el “Príncipe Negro” Eduardo, derrotaron respectivamente a los reyes de Francia Felipe VI y su sucesor Juan II (1350-1364). En ambos casos, el ejército inglés escogió una posición defensiva y fortificada que había sido preparada de antemano para esperar la carga de la caballería pesada de la nobleza feudal francesa, muy superior en número. A continuación, la aniquilaba gracias a sus arqueros. En 1358 una violenta rebelión campesina, la “Jacquerie”, se produjo en las comarcas próximas a París al considerar los campesinos que la nobleza ya no cumplía su misión de defenderlos, sino que había traicionado al reino. La debilitada monarquía francesa se vio forzada a pactar una tregua con Inglaterra. Fue el tratado de Brétigny en 1360. Inglaterra obtuvo la plena soberanía sobre Aquitania, que de esta forma dejó de estar sujeta al vasallaje del rey de Francia.

Para hacer frente a la manifiesta superioridad militar inglesa, la monarquía francesa va a buscar apoyos exteriores. Francia busca el apoyo de la flota castellana. En un principio, Castilla durante el reinado de Altonso XI (1312-1350) va a mantener una estricta neutralidad. La situación va a dar un giro radical bajo su sucesor, Pedro I(1350-1369). El duro comportamiento de este monarca con respecto a la nobleza va a provocar que la mayor parte de la aristocracia castellana busque su destronamiento y sustitución por su hermano bastardo, Enrique de Irastamara. Enrique se exilió en Francia y buscó el apoyo del monarca francés. En 1366 estas tropas invadieron Castilla y destronaron a Pedro I, imponiendo en su lugar como nuevo monarca a Enrique II de Trastámara. Por su parte, Pedro I reaccionó recurriendo a la alianza inglesa para recuperar su trono. En 1367 volvió a Castilla acompañado de un ejército inglés. Las tropas inglesas se enfrentaron a las francesas y castellanas en la batalla de Nájera obteniendo una rotunda victoria. Pedro consiguió volver a ser el rey de Castilla. Sin embargo, no pagó el dinero que había prometido a los ingleses. Enrique de Trastámara y los mercenarios de Bertrand Du Guesclin aprovecharon la oportunidad para recuperarse y atacar a Pedro. En 1369 Enrique asesinó a Pedro en Montiel y se hizo con el poder definitivamente en Castilla. A partir de ese momento, Castilla se convirtió en un aliado de Francia y su importante flota empezó a colaborar con la francesa para acosar a los barcos ingleses en el Mar Cantábrico y en el Canal de La Mancha.
En 1372 la armada castellana derrotó completamente a la inglesa en La Rochela. A partir de entonces las comunicaciones de Inglaterra con sus posesiones en Francia se hicieron más difíciles. Poco a poco, entre 1369 y 1380 los franceses fueron reconquistando territorios hasta ir dejando reducido el territorio bajo control inglés en Aquitania a una estrecha franja costera entre Bayona y Burdeos. En 1383 el hijo y sucesor de Enrique, el rey Juan  de Castilla, intentó anexionarse Portugal. Los portugueses pidieron entonces ayuda a Inglaterra, que respondió enviando tropas en su apoyo. En 1385 Portugal con la ayuda de arqueros ingleses derrotó completamente al ejército castellano en la batalla de Aljubarrota, salvando su independencia.

En 1389 los nuevos monarcas de los reinos en conflicto, Carlos VI de Francia (1380-1422) y Ricardo II de Inglaterra (1377-1399), acordaron una tregua general. Dicha tregua se irá renovando por ambas partes hasta 1404. El motivo son los acuciantes problemas internos de ambos países. En Inglaterra los crecientes costes de la guerra habían obligado a un aumento de la presión fiscal. Y el rey Ricardo II fue destronado por una revuelta nobiliaria encabezada por su primo, Enrique de Lancaster, que se convirtió en el monarca Enrique IV de Inglaterra (1399-1413). En cuanto a Francia, al subir al trono Carlos en 1380 todavía era menor de edad. Por eso un consejo de regencia compuesto por sus tíos se hizo cargo del gobierno. Dicho consejo cesó en sus funciones cuando el monarca alcanzó su mayoría de edad. Sin embargo, Carlos empezó a manifestar síntomas de desequilibrio mental y sus tíos volvieron a hacerse cargo del gobierno en la práctica. Los borgoñones defendían que el gobierno debía de ser ejercido por el duque de Borgoña, el cual lentamente estaba creando el embrión de un nuevo estado independiente en las fronteras entre Francia y el Sacro Imperio. En cambio, los armagnacs consideraban que el poder debía pasar al hijo y heredero de Carlos, el delfín Carlos. Se produjo una situación de práctica guerra civil en Francia que Inglaterra aprovechará para reanudar la guerra.

En 1415 el nuevo monarca inglés Enrique V (1413-1422), desembarcó con su ejército en el norte de Francia. De forma apresurada la nobleza francesa acudió para intentar repeler la agresión. La victoria inglesa fue completa. A continuación el rey Enrique se dedicó a la conquista sistemática de Normandía. Logró establecer una alianza con el partido borgoñón. Enrique se casó con una hija del rey Carlos VI de Francia y fue declarado su heredero legal. El delfín Carlos fue teóricamente desheredado y tuvo que huir de París. Los ingleses ocuparon todo el norte de Francia hasta el Loira. En 1422 fallecieron tanto Enrique como Carlos. El hijo del monarca inglés, Enrique VI, fue proclamado entonces rey de Inglaterra y de Francia. Como era menor de edad, un hermano de Enrique V, el duque de Bedford, se hizo cargo de la regencia.

En 1428 las tropas inglesas iniciaron el asedio de Orleans. Era el primer paso para comenzar la ocupación del territorio francés al Sur del río Loira. En este momento, una joven campesina llamada Juana de Arco se presentó ante el delfín Carlos afirmando haber escuchado unas voces celestiales que la llamaban a liberar a Francia de los ingleses. El delfín decidió aprovechar a la joven y la envió con un ejército de socorro a Orleans para levantar el cerco. Juana de Arco fue acompañada de comandantes militares profesionales. La operación fue un éxito y los ingleses tuvieron que levantar el asedio de Orleans en 1429. Seguidamente, Juana prosiguió su avance hasta Reims, lugar tradicional de coronación de los reyes de Francia, donde hizo que el delfín fuera coronado como el nuevo monarca legítimo Carlos VII. Aunque, poco después, Juana de Arco fue capturada por los borgoñones y entregada después a los ingleses, que la hicieron quemar como hereje. En 1435 mediante el tratado de Arrás, Carlos logró que el duque de Borgoña rompiera su alianza con Inglaterra a cambio de que su ducado obtuviera una amplia autonomía de Francia. El duque quedaba eximido del vasallaje al monarca francés. Carlos además realizó importantes reformas administrativas y militares, recuperó París y expulsó a los ingleses del norte de Francia. Burdeos fue definitivamente conquistada en 1453. De esta forma, sin un tratado formal de paz que pusiera fin a la contienda, finalizó la guerra de los Cien Años con una completa victoria francesa. Inglaterra sólo conservó la posesión de una única plaza en Francia, Calais, hasta mediados del siglo XVI.

Una consecuencia de la guerra fue que, junto con los impuestos directos, también se desarrollan las contribuciones indirectas. En Inglaterra, el principal fue la tasa que el rey cobraba sobre las exportaciones de lana al continente. En Francia, la principal novelad fue la aparición de la gabela o monopolio por el Estado de la venta de la sal. Este monopolio estatal se va a mantener en Francia hasta el final del Antiguo Régimen. En definitiva, tanto en Francia como en Inglaterra se dará una fiscalidad estable plenamente estatal. Dicho factor, junto con la aparición de un ejército permanente, va a implicar un crecimiento de la administración. La guerra va a hacer que la burocracia y el aparato estatal crezcan para poder gestionar tanto el ejército como la fiscalidad. Al final de la Edad Media nace en Europa una nueva estructura política. Se trata de la reaparición de un fuerte poder. Ahora las monarquías pasan a contar con una numerosa burocracia, un ejército permanente y una potente fiscalidad. Aunque seguirá habiendo señoríos durante mucho tiempo, ahora lo importante es ser súbdito de un monarca, no ser vasallo de un señor. En lo referente a la Iglesia, los monarcas aspiran a recortar severamente la jurisdicción del Papa sobre el clero de sus reinos. Las monarquías impiden que sus clérigos paguen excesivas contribuciones a Roma y obtienen el derecho a proponer candidatos al Papa para ocupar los principales cargos eclesiásticos en el interior de sus territorios. También impiden que se reconozca a ningún posible superior al rey, ya sea el Papa o el Emperador del Sacro Imperio.

Tras la victoria decisiva sobre Borgoña, Francia emerge definitivamente como una gran potencia europea a fines del siglo XV. El último gran señorío francés que había permanecido relativamente autónomo, el ducado de Bretaña, es incorporado a la corona por vía matrimonial en 1491 durante el reinado de Carlos VIII (1483-1498). De esta forma, una vez resueltos todos los problemas internos de forma satisfactoria para la monarquía francesa, ésta empieza a manifestar crecientes tendencias expansionistas. El objetivo de las apetencias territoriales francesas será Italia. Con relativa facilidad ocupó el reino de Nápoles. Sin embargo, a continuación se produjo la reacción de los demás estados italianos, unidos a las otras potencias europeas opuestas a la intervención francesa en Italia. Al final, Carlos se vio forzado a evacuar Nápoles.

En Inglaterra, la derrota final en la Guerra de los Cien Años supuso un desprestigio para la dinastía de los Lancaster. Fue entonces cuando empezó a ponerse en duda la legitimidad de la ocupación del trono por dicha dinastía. Los nobles descontentos empezaron a agruparse en torno a otra familia de la alta aristocracia ingleses (los York). El resultado fue el estallido de una larga guerra civil por el trono de Inglaterra entre ambas dinastías (1455-1485). Es la llamada “Guerra de las Dos Rosas” por los emblemas respectivos de las dos familias: una rosa blanca los York y una rosa roja los Lancaster. Durante la primera parte del conflicto, Enrique VI de Lancaster logró mantenerse, pero al final fue destronado y su lugar fue ocupado por un miembro de la familia de los York, el rey Eduardo IV (1461-1483). Fue sucedido a su muerte por otro York, su hermano Ricardo III (1483-1485). Éste instauró un verdadero régimen de terror para mantenerse en el poder, pero tuvo que enfrentarse al desafío que representaba para su autoridad la existencia de otro posible candidato al trono: Enrique Tudor, quien era a la vez pariente de los Lancaster y de los York. Al final a los pocos años la rebelión de Enrique Tudor tuvo éxito y Ricardo III fue destronado, perdiendo la vida de manera violenta. Con Enrique VII (1485-1509) fue instaurada una nueva dinastía real en Inglaterra, los Tudor.


18. La crisis social de la Baja Edad Media (XIV-XV)

La crisis sería, en primer lugar, por efecto de la epidemia (la peste negra). También se habría producido una variación climática, con un brusco enfriamiento del tiempo meteorológico. Los efectos económicos de tal cambio habrían sido nefastos en la agricultura. Así pues, a fines del siglo XIII y principios del siglo XIV la economía europea había dejado de crecer y se estaba estancando. En cambio, la población seguía aumentando. Las monarquías europeas sufren crecientes dificultades financieras. Se emplea entonces el recurso a las alteraciones monetarias, que encubren verdaderas devaluaciones. Se acuña moneda con menor contenido de metal precioso, pero manteniendo intacto su valor teórico tradicional. La producción no crece y la economía en general está estancada, mientras que los precios sí suben mucho.

A mediados del siglo XIV Europa va a sufrir el demoledor impacto demográfico de la peste negra. Se trata de una enfermedad infecciosa provocada por la acción de un bacilo presente en las pulgas que suelen utilizar las ratas negras como vía de transmisión. Cuando llega al ser humano provoca fiebre alta y la muerte en pocos días. Existen básicamente dos tipos de peste: la peste pulmonar, que se contagia directamente entre seres humanos y afecta a los pulmones ocasionando un rápido fallecimiento; y la peste bubónica, que provoca el surgimiento de unos ganglios o bulbos oscuros en el cuello y que se transmite de forma indirecta entre los hombres por pulgas y ratas. La peste no era nueva en Europa. En el siglo VI la llamada “peste de Justiniano" ya había provocado una enorme mortandad. A partir del siglo VIII la enfermedad había desaparecido de Occidente. No obstante, permaneció latente en Asia Central, desde donde inició un nuevo ciclo expansivo. En el norte del Mar Negro existía una colonia comercial genovesa que fue asediada por los mongoles. En el curso del cerco, los atacantes catapultaron cadáveres infectados de la peste interior de la ciudad, por donde se propagó de esta forma la enfermedad. Los barcos genoveses extendieron la peste por Sicilia e Italia en 1347. Se calcula que la enfermedad ocasionó la muerte de entre el 25 y el 45% de los habitantes de Europa. Cada veinte o treinta años se repetía una epidemia de peste en Europa. De esta forma, se impedía que la población se recuperase de las pérdidas sufridas. La natalidad era elevada, pero la mortalidad también se mantenía muy alta, especialmente entre niños y jóvenes.

La larga depresión agraria provocó numerosos trastornos en el sistema señorial vigente en el mundo rural. Ante el constante desplome de sus rentas, los señores respondieron. En algunos casos, como en Inglaterra, se pretendió volver a ligar a los campesinos a la tierra y reintroducir las prestaciones de trabajo personal. Al final, la relación entre señor y campesino tendió a convertirse en contractual, mediante un contrato de arrendamiento o de aparcería. Las reservas señoriales o terrenos de explotación directa de los señores tendieron a reducirse o desaparecer. En todo caso, los señores buscaron y consiguieron transformar su señorío en un dominio de nuevo tipo, el señorío jurisdiccional, en el que lograban percibir parte de los nuevos impuestos directos e indirectos que la fiscalidad de las diferentes monarquías estaba implantando en sus territorios. La obtención de la recaudación parcial de alguno de estos tributos novedosos era mucho más productiva que la renta obtenida por los señores de la tierra. En Europa Oriental, en cambio, la evolución fue muy diferente. Aquí la reacción señorial triunfó plenamente y se reintrodujo la servidumbre en el campo. Al este del río Elba los señores volvieron a atar a la tierra a los campesinos y reimplantaron las prestaciones de trabajo personal. Lo novedoso era que el objetivo de esta llamada “segunda servidumbre” no era el autoabastecimiento sino la producción para el mercado comercial. Se trataba de exportar cereales a gran escala por el Báltico con destino a Europa Occidental.

En este contexto, vale destacar la situación política y económica en que se encontraba la península itálica. Porque, por ejemplo, Venecia nunca formó parte del Sacro Imperio. Se trata de una república dotada de un extraordinario poder naval y de un importante imperio colonial en el Mediterráneo. Políticamente era una república muy estable. Estaba gobernada por una oligarquía mercantil muy competente que administraba el estado de forma conjunta sin fisuras internas. Florencia es otra ciudad-estado dotada de una forma de gobierno republicana. Su poder financiero era muy considerable. Sin embargo, durante el siglo XV poco a poco el gobierno de la ciudad va siendo asumido en la práctica por una familia de grandes banqueros, los Médicis, aunque formalmente se mantenga la república. Los Estados Pontificios ocupaban a grandes rasgos el centro de Italia. En teoría son gobernados desde Roma por el Papa. Finalmente, el reino de Nápoles en el Sur de Italia jurídicamente no forma parte del Sacro Imperio, como Venecia.

Italia era una de las zonas más urbanizadas de Europa en la Baja Edad Media. Tras el eclipse del poder imperial, la mayor parte de las ciudades italianas se convierten en políticamente independientes de hecho. Su forma de gobierno inicialmente es la comuna, cada una de ellas se convierte en una pequeña república. Sin embargo, se trata de una fórmula muy inestable debido a que rápidamente la comuna pasa a ser controlada por una oligarquía de grandes mercaderes dentro de cada ciudad. El resultado es que, poco a poco, la comuna va siendo sustituida por la señoría en la mayor parte de las ciudades-estado italianas a lo largo de la Baja Edad Media. La señoría significa el establecimiento de un poder personal, una tiranía, en cada ciudad que, paulatinamente, va desplazando al régimen republicano. La señoría garantiza la paz interior y la estabilidad al precio de la imposición de un verdadero régimen dictatorial. Finalmente, el dictador o tirano de turno obtiene un título del emperador o del papa para legalizar su posición y transformarla en hereditaria. De esta forma, muchas repúblicas italianas terminan convirtiéndose en pequeños principados al final de la Edad Media. La única excepción relevante fue Venecia, donde el régimen republicano se preservó de forma estable gracias a que su oligarquía mercantil supo mantener su cohesión interna para gobernar la ciudad en beneficio propio.

Por todo esto, los efectos de la crisis económica fueron menores en el medio urbano y, en todo caso, se recuperó antes que el campo. Aparecen novedades en las técnicas financieras que hacen presagiar el capitalismo. Todas surgen primero en Italia. En primer lugar, con modificaciones en la estructura de las grandes compañías mercantiles. Todas ellas siguen teniendo una base familiar de fondo. La diferencia es que ahora tienen una estructura más descentralizada para evitar riesgos. Los mejores ejemplos son las compañías de los Médicis en Florencia o de Francesco Datini en Prato. Los mercaderes de la época se reducen a tener un factor o delegado en cada puerto importante que gestiona sus intereses comerciales allí y con el que mantienen una correspondencia continua. Cada negocio u operación mercantil se desarrolla de forma independiente del resto para evitar riesgos. Otras innovaciones técnicas de la época son, por ejemplo, la contabilidad por partida doble. En un lado se anota el debe y en otro el haber. De esta forma el comerciante tiene en cada momento una imagen precisa de la marcha de su negocio. Además aparece la contratación de seguros, en especial de los marítimos. Comienza a utilizarse el instrumento del cheque u orden de pago escrita que se emitía a beneficio de un tercero.

Pero sobre todo la gran aportación es la letra de cambio. Se trata de un instrumento financiero que permite transferir dinero de un lugar a otro y en monedas distintas. Consistía en que un mercader entregaba una suma a otro en un sitio determinado y éste a cambio le entregaba una nota, la letra de cambio, dirigida a un factor o delegado suyo en otro lugar en el que le daba instrucciones para que pagara al primer comerciante un dinero equivalente en la moneda del lugar. De esta forma se evitaba que el dinero en metálico se desplazara materialmente.  En ocasiones se enmascaraban operaciones de préstamo con un interés determinado. Esto se conseguía jugando con los tipos de cambio entre las dos monedas que se utilizaban en la operación. Para entender esto hay que tener en cuenta que la Iglesia desde la Alta Edad Media condenaba el préstamo con interés como usura. Por eso, en teoría era ilegal. De esta forma poco a poco los mercaderes fueron consiguiendo que se admitiera el préstamo con interés como algo legal y no pecaminoso al final de la Edad Media. Una última novedad del periodo fue la aparición del primer banco estatal. Se trató de la Casa de San Giorgio en Génova, dedicada a gestionar la deuda pública. Tradicionalmente, los mercaderes italianos venían sirviendo de intermediarios en el tráfico de seda y especias desde Oriente hasta el Occidente Europeo. Sin embargo, esta actividad se hizo cada vez más problemática debido al paulatino expansionismo de los turcos otomanos por el Mediterráneo Oriental.

En el ámbito del Canal de La Mancha y del Cantábrico hay novedades interesantes a nivel mercantil. El comercio más importante y tradicional de la zona en el periodo anterior había sido la exportación a gran escala de lana desde Inglaterra a Flandes. Paulatinamente, Inglaterra va dejando de exportar lana, que prefiere emplear en su propia artesanía textil. De esta forma, este país pone las bases de su futuro gran desarrollo económico. Al faltar la excelente lana inglesa, la economía de las ciudades flamencas sufre un grave retroceso. La nueva lana procede de Castilla. De esta forma, Flandes va a seguir siendo una de las zonas económicamente más desarrolladas de Europa. Un acontecimiento destacado del periodo es que por primera vez el comercio atlántico y el comercio mediterráneo van a estar interconectados. Se abre al tráfico cristiano el Estrecho de Gibraltar como consecuencia de la victoria castellana. Los comerciantes italianos enseguida aprovecharán tal circunstancia para establecer contacto directo con Flandes por vía marítima. En consecuencia, la mucho más costosa ruta terrestre que hasta entonces se había utilizado se abandona. Eso significa el final de las ferias de Champagne.

En cuanto a la organización de la producción artesanal, aparece el llamado “putting out system”. Por primera vez la actividad artesanal va a escapar al control de los gremios. Hasta entonces, estas corporaciones de oficios habían regulado de forma muy estricta la producción, la calidad y los precios de los talleres en las ciudades. Para escapar a dicha supervisión, en la Baja Edad Media algunos grandes mercaderes van a aprovechar que durante el año agrícola había largos periodos en los que los campesinos permanecían inactivos. Entonces, les van a encargar la realización de determinadas tareas dentro del proceso de producción artesanal, proporcionándoles ellos mismos las herramientas y la materia prima. El mercader es el que controla y supervisa todo el conjunto del proceso de producción artesanal. Paga el trabajo y posteriormente se encarga de comercializar la mercancía resultante. De esta forma, se escapa al control de los gremios. Lo novedoso es que por primera vez existe una relación laboral directa entre patrono y trabajador asalariado (una industrialización antes de la industrialización).

Aunque por todas partes hay un fortalecimiento del poder monárquico, éste va parejo al de una afirmación del poder ciudadano y de sus clases dirigentes (burgueses), que quieren tomar parte activa y reconocida en la política del reino. Durante la Alta Edad Media los monarcas tomaban consejo y opinión de los miembros de su entorno, constituido por familiares, nobles de confianza y algunos altos cargos eclesiásticos, todos los cuales vivían junto al monarca. Formaban lo que se llamaba su Palaatium, Curia Regia o Aula Regia, que se reunía de forma ordinaria. A partir del siglo Mil, cuando los monarcas para afirmar su poder necesitan disponer de importantes recursos financieros, deben recurrir a la imposición de tasas especiales, que necesitaban la aprobación previa de los representantes de la sociedad, hasta ese momento sólo la nobleza y el alto clero. Sin embargo, junto a los tres órdenes clásicos fue afianzándose y tomando cada día un peso mayor la burguesía de las ciudades, que gracias a la actividad comercial, fue acumulando importantes riquezas al tiempo que reclamaba su activa participación en los asuntos del reino. Es lo que se llama el Tercer Estado o Tercer Estamento. Por otra parte los monarcas se apoyarán en las ciudades, a las que protegerán, para frenar y limitar los poderes eclesiásticos y nobiliarios (que las miraron siempre con desconfianza, pues sus riquezas provenían del comercio y de la industria y no del campo). El “pueblo” es todo individuo que no es marginado social, pero no forma parte de la élite clerical o laica que controla el poder o la riqueza.

La formación de las monarquías autoritarias de corte moderno no pretendieron, en modo alguno, destruir la fuerza que representaba la nobleza, sino más bien controlarla y encauzarla. El noble de la Baja Edad Media vive retirado en sus castillos, enclavados en sus posesiones que, cada vez más, adoptan funciones palaciegas, y alejado de las ciudades, a las que acuden sólo los segundones en busca de cargos remunerados. Los grandes señores empiezan a rodearse de una serie de personas ligadas a ellos mediante contratos de servicios (clientelas), sin prestar homenaje ni poseer feudos y que nada tenían que ver con el feudalismo.

Si difícil era para los monarcas ver como las ciudades, con sus fueros y privilegios, y la nobleza, con los suyos y su poder, encajaban en aquel programa, mucho más lo era el del clero y la Iglesia. Sus privilegios, que casi nadie discutía, su autonomía y, sobre todo, el hecho de que la Iglesia era una institución internacional, casaban mal con los proyectos de unidad nacional que perseguían los monarcas. Dos era las cuestiones que condicionaban las relaciones entre los diversos monarcas y el Papado: el nombramiento de clérigos extranjeros para cubrir los cargos eclesiásticos de sus respectivos reinos, y la salida de dinero hacia Roma o Aviñón. El clero continuó siendo el monopolizador de la enseñanza y el que nutría de juristas las cortes de monarcas y príncipes. Frente al alto clero, que ocupa puestos de representación en obispados, catedrales, abadías y universidades, por lo general bien instruido, se encuentra el resto del clero, tanto regular como secular y, dentro de este último, se diferencia entre el que ejerce su ministerio en las ciudades o en las iglesias rurales. La iglesia parroquial era el centro alrededor del cual giraba la vida de la comunidad. Todo se regía al son de las campanas, que daban las horas y pautaban los trabajos cotidianos.

Por otra parte, el patriciado estaba formado por los descendientes de nobles de segunda fila o por las gentes enriquecidas con los negocios. Sus aspiraciones e ideal de vida les llevaban a imitar el género de vida de la aristocracia. Montaban a caballo y en las ciudades construían sus casas fuertes, cuando no verdaderos palacios. Tenían el monopolio de los cargos públicos y sólo ellos nombraban a los magistrados, transmitiendo sus funciones a sus herederos. Integraban un círculo cerrado. Sólo unas pocas docenas de familias controlaba toda la vida ciudadana. Este patriciado tenía en sus manos el poder político y económico de las ciudades, al controlar los municipios y legislar en su propio provecho. Fijaban el precio de las cosas y los sueldos de los trabajadores.

A finales de la Edad Media, las tensiones sociales que se produjeron tuvieron una dimensión de mayor envergadura. Se trató de revueltas y no de rebeliones, y mucho menos de revoluciones. Sus intenciones nunca fueron subvertir el orden establecido, sino reaccionar ante una determinada circunstancia adversa (contra determinadas tasas, acceso a diversas magistraturas, etc.). Casi nunca hubo una sincronía entre las revueltas urbanas y campesinas, con excepción de Londres en 1381, aunque en ésta, cuando un grupo alcanzó sus objetivos, abandonó al otro a su suerte. Si en los siglos altomedievales, el campesino necesitaba protección personal y asegurar un mínimo vital, aún a costa de su libertad de movimientos, y esto se lo proporcionaba el señor; ahora, en época de mayor abundancia, el Estado es el que le proporciona una cierta seguridad, muchas veces precaria. Por lo que piensa que su señor obtiene un beneficio excesivo por un servicio que no presta. La violencia campesina estalla por hartazgo. Las revueltas ciudadanas tuvieron motivaciones diferentes, pues se lucha por el acceso al control de la ciudad, que se ven excluidos de los órganos de decisión, ocupados por una serie de familias que tratan de impedir el acceso de nuevos miembros. Cada ciudad presenta una tipología diversa en la composición de su consejo municipal. En unas domina la clase burguesa, en otras comparte el poder con los nobles; y en otras, son los gremios los que controlan la situación.


19. Bizancio ante los avances latino y turco

Bizancio, bajo el gobierno de una nueva dinastía, debe enfrentarse a los avances de otros pueblos islámicos aparecidos después de la descomposición del Imperio Abasí, sobre todo a los turcos. Para ello acudió a la aristocracia militar, a una nueva división del territorio, y a la ruptura definitiva con la Iglesia Romana. Las conquistas militares de los grandes nobles en Oriente ayudaron a aumentar la extensión de sus dominios. Poco a poco se fueron introduciendo en la administración del Estado, a pesar de la oposición de los funcionarios civiles (1025-1081), planteando la lucha entre los stratiotikon y los politikon. La entronización de Alejo I Comneno fue el triunfo de los primeros. La extinción de la dinastía macedónica en el año 1056 significaba la ruptura de una legitimidad, fallando la sucesión imperial ordenada y sin grandes sobresaltos, a pesar de la existencia de los coemperadores. Los Comneno irrumpen en el primer plano político con el breve reinado de Isaac Comneno (1057-1059). Con el acceso al poder de Alejo Comneno en el año 1081 (hasta el 1118), se iniciaba una nueva época en la historia de Bizancio. La dinastía Comneno se mantuvo en el poder durante un siglo, consiguiendo una relativa aunque engañosa estabilización de la situación militar y política, a costa de apoyos tan poco gratificantes para los griegos como los que proporcionaron las primeras cruzadas.

En el momento del golpe de estado de Alejo I, el Imperio bizantino se encontraba asediado por los normandos de Roberto Guiscardo en su flanco occidental y por los diversos emiratos turcos, más o menos unificados, en Asia Menor. Ello explica que los primeros años de gobierno del nuevo emperador se destinaran a combatirlos tanto por medios militares como diplomáticos. Hacia el año 1095, Alejo había conseguido conjurar los principales problemas que le acosaban. Turcos y latinos fueron enemigos de nuevo cuño, pero encontraron escasa resistencia organizada y un ejército dividido en pleno proceso de transformación, una vez producida la liquidación casi completa de las tropas themáticas. Se había recurrido a toda prisa al viejo expediente de los mercenarios de diverso origen. Sin embargo, a la muerte de Manuel I (1143-1180), Bizancio queda tranquilo en sus fronteras, pero la nobleza militar afirma su poder en Asia Menor.

Alejo Comneno reafirmó el papel del emperador como guardián de la ortodoxia y regulador de la administración eclesiástica. Luchó contra la herejía; defendió a los grandes monasterios del peligro del patronazgo laico poniéndose a la cabeza del movimiento de reforma monástico y se convirtió en ejemplo de las nuevas formas de piedad laica; también garantizó la independencia institucional de la Iglesia a cambio de su sumisión al poder imperial. A la vez, la Iglesia denegó la comunión a los latinos en las iglesias ortodoxas, y condenó los pasatiempos astrológicos y pornográficos de la corte. Una vez que cayó el Imperio en manos de los latinos, la sociedad y el gobierno bizantinos se reconstruyeron utilizando como identidad propia y como forma de legitimar la autoridad imperial en el exilio precisamente a la Iglesia ortodoxa. Pero Bizancio ya no volvería a ser el poder territorial mediterráneo que supo serlo en otra época.

La alianza de Bizancio con Venecia y la instalación de latinos en suelo del imperio se complicó con la aparición desde 1096 de los cruzados, alentados a luchar contra los selyuquíes. Pero el fracaso de la Segunda Cruzada (1147-48) permitió a Manuel I tomar las riendas de la situación: invitó a genoveses y pisanos a compartir los monopolios comerciales de los que ya disfrutaba Venecia e intentó hacer un tratado con Federico I para combatir tanto a las ciudades italianas como a los normandos. Pero en el año 1171 la alianza entre Federico I y las ciudades de la Liga Lombarda, y la revuelta contra los venecianos animada por los demás italianos, que terminó con la confiscación de los bienes de los venecianos por el emperador, acabaron con su política de iniciativas. La muerte de Manuel I supuso el fin de la política occidentalista y acrecentó el odio de los bizantinos hacia los latinos.

Andrónico I, apoyado por los sectores más antilatinos del imperio, se hizo entonces con el trono en un golpe de Estado, que sólo duraría tres años. La rivalidad comenzó pronto entre Isaac Ángelos, nombrado por el pueblo, y su hermano Alejo, que pronto le sucedió. Los Angelos no tuvieron más remedio que intentar de nuevo el precario equilibrio entre latinos. De esa forma, la expedición que iba a ser una Cuarta cruzada contra Egipto fue convocada en el año 1199. Embarcado en naves de Venecia, el ejército cruzado se dividió en dos: una parte de desvió de su itinerario y se presentó ante Constantinopla, mientras que el resto se dirigía, efectivamente, a Egipto. El hijo de Isaac, Alejo IV, que iba con ellos, fue nombrado emperador en vez de su tío, que huyó, pero la penosa hibernación de las tropas latinas fuera de Constantinopla, las desavenencias entre ellos y los griegos y una sedición en la ciudad hicieron que entraran al asalto y conquistaran Constantinopla el 12 de abril de 1204, procediendo al incendio y pillaje de la ciudad. El resultado de la cruzada fue que en Constantinopla los venecianos impusieron al emperador latino Balduíno de Elandes quien fue derrotado por el rey de Bulgaria en el año 1205 (que se quedaría con la cuarta parte del territorio, incluyendo las islas de Lesbos, Samos y Quíos; del resto, la mitad era para los venecianos, y como vasallos del emperador quedaron varios nobles jefes de la expedición cruzada).

El peligro de los búlgaros, al norte, dominó la política exterior latina durante todo el periodo. La presencia bizantina nunca desaparece del todo, pero los minoritarios latinos son capaces de arraigar allí gracias al apoyo de la aristocracia griega local. Así se dio origen al breve Imperio latino (1204-1261). Tres fueron los estados griegos herederos del Imperio bizantino que permanecieron fuera de la órbita del recientemente creado Imperio Latino (el Imperio de Nicea, el Imperio de Trebisonda, y el Despotado de Epiro). El primero, controlado por la Dinastía Paleólogo, reconquistó Constantinopla en 1261 y derrotó al Epiro, revitalizando el Imperio pero prestando demasiada atención a Europa cuando la creciente penetración de los turcos en Asia Menor constituía el principal problema. Alejo y David Comneno, nietos de Andrónico I, conquistaron la importante ciudad mercantil de Trebisonda en 1204, poco antes de que Constantinopla cayera en manos de los latinos, con el apoyo de la reina Tamara de Georgia, en cuyo reino se habían refugiado en 1185. Mientras Alejo permanecía en la capital como presunto emperador, David Comneno extendió sus dominios hasta chocar con el imperio de Nicea.

Y Constantino X Láscaris, reconocido emperador por la nobleza y el patriarca de Constantinopla, instauró el imperio en Nicea, y desde allí sus sucesores comenzaron a recuperar porciones del antiguo territorio imperial. Situado en Asia Menor, casi autónomo desde los disturbios que se produjeron en el Imperio entre los Comnenos y los Angelos, la proximidad de su territorio al centro del Imperio animó a reunirse allí a prácticamente toda la elite religiosa e intelectual del Imperio, que reconstruyeron la ideología imperial en el exilio. Teodoro Láscaris (1204-1222), yerno de Alejo III se hizo nombrar emperador después de su muerte, y fue coronado por el nuevo patriarca en 1208, siendo reconocido por todos los griegos de la parte europea. La muerte del rey de Bulgaria y las invasiones mongolas fueron providenciales, pues afectaron a todos los enemigos de Nicea, que constituían su frontera y salvaguarda. Unos años más tarde, Miguel VIII Paleólogo (1261 -1282), consiguió finalizar la recuperación y reconquista del Imperio Bizantino, e inmediatamente se trasladó a Constantinopla, terminando así el conocido como Imperio de Nicea.

A partir de la Partido Romaniae, Bizancio ya no volvió a ser el poder mediterráneo que había sido. La lucha por la reunificación, que tiene lugar entre 1204 y 1267 aproximadamente, entre los poderes de Trebisonda, el Épiro y Nicea, y la ocupación latina del resto del territorio se ocuparán de trastocar las redes comerciales, los vínculos sociales y las fronteras de! antiguo Imperio.
La dinastía de los Paleólogos marca el último tramo de la historia bizantina, entre 1261, fecha de la reconquista de Constantinopla por los bizantinos, y su caída en manos turcas en 1453. Su gobierno solo se ve interrumpido por la proclamación de Juan Cantacuceno y su sucesor, que ocupan el trono entre 1341 y 1357. A lo largo de toda esta época los esfuerzos bizantinos se centran en limitar el poder latino, sobre todo veneciano, y luchar contra el avance turco en Asia Menor, lo que consiguieron gracias a los ataques tártaros.

Nada más producirse la cruzada de 1204 y el reparto del Imperio, los restos de la aristocracia y la población griega huidos de Constantinopla y los territorios centrales de Bizancio se agruparon en torno a tres polos: a)    Nicea, donde Teodoro Lascaris se proclamó emperador al ser capturado Alejo III por los latinos; Trebisonda, feudo de los Comneno desde antes incluso del ataque; el Épiro, donde se instala Miguel Ángel Ducas. Por su parte, el Imperio Latino de los Hainaut tuvo que hacer frente a los ataques del zar búlgaro Kaloján, quien aprovechó la inestable situación en la zona para ampliar sus fronteras y sus pactos con los diversos contendientes por el trono bizantino. Los venecianos han sido los principales beneficiados de la partición del Imperio. Pero cuando Miguel recuperó Constantinopla (1261), Venecia perdió automáticamente su estatus privilegiado en la capital imperial.

El sucesor de Miguel fue su hijo Andrónico II (1282-1328), quien abandonó inmediatamente la política unionista de su padre. Durante su gobierno se manifestaron los problemas estructurales que el Imperio venía padeciendo: la dependencia marítima de los genoveses se hizo casi completa y la fuerza militar estuvo en manos de mercenarios extranjeros. En la década de 1320 comienza un periodo de guerras civiles o rebeliones cortesanas, que acabó con la deposición de Andrónico por su nieto, Andrónico III, apoyado por su amigo Juan Cantacuceno. La segunda guerra civil comenzó a la muerte de Andrónico (1341), cuando Juan Cantacuceno aprovechó para proclamarse emperador. Al finalizar el conflicto en 1347, Cantacuceno aceptó a Juan Paleólogo como coemperador. Cantacuceno se estableció como primer emperador en Constantinopla (1347-1354), mientras que Juan V se instaló en Tesalónica, reconquistada tras acabar con la revolución celota en 1350, con ayuda turca. En 1354, Juan V dirigió un golpe de contra Cantacuceno y le depuso. Poco después estallaba la tercera guerra civil del periodo, complicada con la usurpación del poder por Andrónico IV (1376-1379). En 1381, Juan V, su hijo Andrónico y su nieto Juan VII alcanzaron un acuerdo, pero ya casi no disponían de territorios. Sólo el paréntesis de la invasión mongola desde Asia permitiría que la ciudad resistiese unos años más.

Los turcos, desplazados hacia el oeste por el avance mongol (Gengis Kan) durante el siglo XIII, dieron origen los otomanos. El primer bey con un papel destacado en la expansión de su territorio fue Osmán (1288-1326), del que tomó su nombre la dinastía. Probablemente era miembro de una hermandad de luchadores del Islam, por lo que utilizó el reclamo de la fe musulmana como uno de los elementos de su propaganda contra los bizantinos. Su hijo Orján (1326-1362) fue quien consolidó realmente el poder turco. Tras derrotar a los bizantinos en batalla campal, se apoderó de Nicea (1330) y posteriormente de Nicomedia. Murad I (1362-1389) continuó la obra de su padre en los Balcanes, ocupando la mayor parte de Bulgaria y Serbia entre 1383-1387. La rebelión de serbios, eslavos y albaneses al mando del príncipe Lazar de Rascia, acabó en derrota en Kosovo (1389) a manos de Bayaceto I, nuevo sultán, puesto que su padre Murad, murió en la batalla.

El último periodo de Bizancio comprende el gobierno de sólo tres emperadores. Todos ellos optaron por la alianza occidental frente a los turcos, en parte porque no les quedaba otro recurso; pero la ayuda europea fue tardía, escasa e ineficaz. Manuel II (1391-1425), segundo hijo de Juan V, estaba como rehén en manos de Bayaceto para asegurar el vasallaje bizantino, pero pudo huir y proclamarse en Constantinopla antes que su sobrino Juan VII. En un primer momento tuvo que mantener su calidad de vasallo, acudiendo con los otomanos a campañas militares. Desde 1420 la ofensiva turca continuó, culminando con la definitiva toma por asedio de Tesalónica (1430).

En 1431, un desesperado Juan VIII entraba en negociaciones con el Papa para la unión de las Iglesias. Esta histórica unificación de las Iglesias latina y griega tuvo lugar en un largo Concilio conocido como de Herrara-Florencia por las sedes en que se reunió, entre 1438-1439. Sin embargo, la población de Constantinopla, siempre contraria a la unión y con un odio ancestral hacia los latinos, consideró la actuación de los delegados como una traición y aclamó al arzobispo de Efeso, Marcos Eugénicos, el único que no había querido firmar el documento. Ante esta reacción, algunos de los miembros de la delegación se desdijeron y los partidarios de la unión abandonaron la capital. Aun así, el papa Eugenio envió ayuda contra los turcos. Unos años más tarde, Murad liquidó a Juan Hunyadi en la llamada segunda batalla de Kosovo (1448), considerada como el fin de la gran cruzada con apoyo occidental. Poco después, y en situación ya dramática, moría Juan VIII. El nuevo emperador Constantino XI, sería el último de su dinastía.

La expansión otomana se realizó en dos territorios muy distintos: los ocupados por los beyliks en Asia Menor, y la zona europea de los Balcanes, donde la organización del Imperio bizantino y los poderes cristianos de la zona era radicalmente distinta. La expansión territorial otomana solo continuó cuando Murad II reanudó su enfrentamiento en varios frentes: con Venecia, en el mar; con Hungría, y en los Balcanes. Bizancio quedó reducido de nuevo a la capital y la Morea, mientras que en Anatolia todavía eran autónomas Izmir/Esmirna, Sínope y Trebisonda. El último paso para cerrar el cerco sobre Constantinopla era la conquista de los últimos poderes cristianos libres de la zona balcánica: albanos, serbios y húngaros servían de retaguardia a lo que quedaba del Imperio, y contra ellos se dirigieron los esfuerzos de Murad II, que se vio obligado a reocupar el trono poco tiempo después de cedérselo a su hijo. Belgrado, organizada por los húngaros consiguió resistir dos asedios (1440, 1456), lo que le valió el nombre de “muralla de la Cristiandad”, y mantenerse en pie hasta 1521. La otra zona de resistencia se articuló en la frontera del Danubio, donde Valaquia, Moldavia y Transilvania se habían desgajado de la católica Hungría aprovechando las invasiones mongolas, y estaban creando pequeños principados ortodoxos independientes amparados por el patriarcado de Constantinopla. La institución del eslavo como lengua oficial de la administración permitió su acercamiento a Bulgaria, con lo que la penetración de la influencia bizantina fue aún mayor. Varios caudillos militares, como Juan Hunyadi, de Transilvania, o Esteban el Grande (1457-1504), consiguieron importantes éxitos militares, pero no pudieron esquivar las obligaciones tributarias, y la ocupación, si bien la retrasaron después de la caída de Constantinopla.

Constantino XI Dragases, hermano de Juan VIII y último emperador bizantino, ni siquiera llegó a ser coronado, sino sólo proclamado en Mistras. Dirigió la defensa de la ciudad, que estaba completamente resignada a su caída. Partidario de la unión con Roma, se apoyó en el legado papal Isidoro de Kiev. En diciembre de 1452 se proclamó oficialmente la unión y se mencionó con toda solemnidad el nombre del papa Nicolás V en Santa Sofía. En 1451 había muerto Murad II y fue sucedido por su hijo Muhammad II (1451-1481). Ordenó la construcción de una fortaleza en el montículo contiguo a Constantinopla para llevar a cabo desde allí el asedio y el bloqueo del Bósforo. La ciudad fue tomada al asalto el 29 de mayo de 1453. Una vez afianzada la conquista de Constantinopla, el Imperio Turco contó con la capital que merecía, y llegó a alcanzar una extensión que abarcaba desde las costas de Marruecos hasta las mesetas asiáticas, y del Golfo Pérsico al Danubio. El sultán seguía siendo el máximo referente político y espiritual, aunque nunca ostentó el título de califa. A él le correspondía nombrar al gran visir, a los altos funcionarios del diván, a los gobernadores y cadíes de las provincias y a los dignatarios de una corte influida progresivamente por la de los emperadores chino-mongoles. Al ocupar Damasco, El Cairo, La Meca y Medina hubo un flujo permanente de intelectuales musulmanes hacia y desde Estambul, que se convirtió en un centro cultural de primer orden en el mundo islámico.

Por último, cabe destacar que Rusia se convirtió en la heredera de Bizancio. A principios del siglo XIV se había puesto en marcha un nuevo proceso de reunificación de los fragmentados principados rusos en manos de algunos de los grandes príncipes de las familias principales. De ellos, dos comienzan a ascender, todavía bajo el amparo de los kanes de la Horda de Oro: Tver, junto al Volga, en manos de los descendientes de Nevski, que reconstruyeron la ciudad y basaron su riqueza en los territorios del antiguo gran principado de Vladimir; y Moscú, que luchaba por la supremacía mediante la diplomacia ante los kanes y los matrimonios con princesas tártaras. Iván I consiguió que los mongoles le reconocieran los derechos del trono de Vladimir y la capacidad de percibir los tributos de toda Rusia para entregarlos a la Horda. Moscú fue ampliando sus fronteras hasta que la peste frenó su avance. La regencia de Dimitri, hijo de Iván I, sirvió para que los religiosos y los boyardos se hicieran con el poder temporalmente, mientras que los lituanos asolaban el corazón de Rusia, conquistaban Kiev y declaraban su independencia frente a rusos y tártaros.

Poco tiempo después de su llegada al trono principesco, Iván III de Moscú (1462-1505) emprendió la conquista de los principados más cercanos. Tras sacudirse el yugo mongol, volvió a situar a Rusia dentro del mapa de Europa, al establecer relaciones diplomáticas con el Imperio Germánico, Hungría, Moldavia, Turquía, etc. Su segundo matrimonio con Zoé Paleóloga, sobrina del último emperador de Bizancio, introdujo en la corte el protocolo áulico de los emperadores bizantinos y un programa de edificación en la capital. Al mismo tiempo, Iván  busca una expansión hacia las tierras orientales, y anima la colonización de Siberia, pasando los Urales. Por primera vez, el príncipe se intituló “Gran Príncipe de toda la Rusia”, “gran soberano”, o “zar”. Por otra parte, la iglesia rusa se presenta como hija fiel de Constantinopla y sus patriarcas, aunque en la práctica esta primacía se cuestione constantemente. Iván ordena levantar en el Kremlin. La nueva ciudad palatina se convierte en símbolo de la alianza entre el poder político y el religioso en Rusia.


Bibliografía

DONADO VARA, J. Y ECHEVARRÍA ARSUAGA, A., La Edad Media Siglos V-XV, Editorial Universitaria Ramón Areces