miércoles, 13 de agosto de 2014

El método científico (1° parte)

  
Se tiene un concepto equivocado de la ciencia cuando se la identifica exclusivamente con sus resultados y aplicaciones, y se la respeta por el prestigio que posee la investigación científica. Sin embargo, la ciencia es esencialmente una metodología cognoscitiva y un modo de pensar la realidad.

Es curioso que la ciencia, pese a sus manifiestos éxitos cognoscitivos y prácticos, haya despertado una actitud de repudio en muchos pensadores e ideólogos actuales, quienes la consideran fuente de amenazas para el bienestar material y espiritual de la sociedad o niegan que su prestigio tenga fundamento alguno. Por esto, el análisis del método científico consiste en la reunión de una gran cantidad de tácticas y estrategias empleadas por los investigadores para llevar a cabo su actividad. Porque las ciencias de la naturaleza suelen recurrir a una estrategia standard, que es el método hipotético deductivo, y en el que parece radicar el éxito de la física, la química y la biología a partir del siglo XVII.


El concepto de ciencia

La importancia de la ciencia en la sociedad contemporánea radica no sólo por sus aplicaciones tecnológicas sino también por el cambio conceptual que ha inducido en nuestra comprensión del universo y de las comunidades humanas. Desde un punto de vista estrecho, que deja de lado la actividad científica y los medios de producción del conocimiento científico, la ciencia es un acopio de conocimiento, que utilizamos para comprender el mundo y modificarlo. Ahora, ¿qué condiciones debe cumplir una afirmación para ser conocimiento? Según el diálogo Teeteto de Platón, hay tres requisitos: 1) quien formula una afirmación debe creer en ella; 2) el conocimiento expresado debe ser verdadero, porque se usa para expresar la realidad; 3) deberá haber pruebas de este conocimiento, sino será una mera opinión.

En la actualidad, ninguno de estos requisitos se considera apropiado para definir el conocimiento científico. Porque el término “prueba” se usa para designar elementos de juicio destinados a garantizar que una hipótesis o una teoría científicas son adecuadas, de acuerdo con ciertos criterios. También es posible que se hubiera “probado suficientemente” una teoría científica sin haber establecido su verdad de manera concluyente, y no debe extrañar que una teoría aceptada en cierto momento histórico sea desechada más adelante. En el mismo sentido, muchos físicos actuales emplean la mecánica cuántica por su eficacia explicativa y predictiva, pero no creen que ella ofrezca conocimiento de la realidad. Las hipótesis y teorías científicas se formulan en principio de modo tentativo, por lo cual la indagación en búsqueda de pruebas no supone una creencia intrínseca en aquéllas.

Según algunos epistemólogos, lo característico del conocimiento científico es el método científico, un procedimiento que permite obtenerlo y, a la vez, justificarlo. Entre los métodos que utiliza el científico se pueden señalar métodos definitorios, clasificatorios, estadísticos, hipotético deductivos, procedimientos de medición y muchos otros, por lo cual hablar del método científico es referirse a un conjunto de tácticas empleadas para constituir el conocimiento. Tal vez este conjunto de tácticas se modifique con la historia de la ciencia. Sin embargo, existen algunas estrategias fundamentales. Por ejemplo, en las ciencias naturales, el método hipotético deductivo y la estadística son esenciales para la investigación. Aquí hablar de método científico sería referirse a métodos para inferir estadísticamente, construir hipótesis y ponerlas a prueba. Entonces, conviene pensar la ciencia en vinculación con el método y con los resultados que se obtienen a partir de él. Ello permite distinguir a la ciencia de la filosofía, el arte y otros campos de la cultura.

Hay otra unidad de análisis más tradicional, que es la disciplina científica y que pone el énfasis en los objetos de estudio. A partir de ella se puede hablar de ciencias particulares (física, química, sociología). Aristóteles, por ejemplo, habla de disciplinas demostrativas (las que usan el método demostrativo) y caracteriza cada una de ellas según el género de objetos que se propone investigar. Así, la física trata de cuerpos que se hallan en el espacio y el tiempo reales; la geometría, de figuras, la biología de seres vivos y la psicología de cuerpos que manifiestan conducta. Pero este enfoque disciplinar no es realista ni conveniente. Porque los objetos de estudio de una disciplina cambian a medida que lo hacen las teorías científicas. No es lo mismo hablar de la óptica en un sentido tradicional, como una disciplina que estudia la luz, que hablar de una teoría ondulatoria que unifica en una sola disciplina lo que fueron dos (óptica y electromagnetismo). Por ello, se prefiere pensar en problemas básicos que orientan distintas líneas de investigación. Lo cual lleva a considerar como nueva unidad de análisis a la teoría científica. Una teoría científica es un conjunto de conjeturas, simples o complejas, acerca del modo en que se comporta algún sector de la realidad. Las teorías no se construyen por capricho, sino para explicar aquello que intriga, para resolver algún problema o para responder preguntas acerca de la naturaleza o la sociedad.

En su análisis de la ciencia, ciertos filósofos ponen el énfasis en lo que conciben como un determinado modo de pensamiento privilegiado: el pensamiento científico. Pero el pensamiento es privativo de quien lo crea, y sólo se transforma en propiedad social si se lo comunica a través del lenguaje. Sin textos, artículos, o clases la ciencia no sería posible. Socialmente, la ciencia como cuerpo de conocimientos, se ofrece bajo la forma de sistemas de afirmaciones. Por tanto, cuando se trate acerca de conjeturas o teorías científicas, se debe entenderlas como propuestas, creencias u opiniones previamente expresadas por medio del lenguaje. Por otra parte, más arriba nos referimos a la palabra “verdad”. En ciencia, la verdad y la falsedad se aplican a las afirmaciones o enunciados, y no a los términos. Tiene sentido decir de la afirmación “el cielo es azul” que es verdadera o falso, mas no lo tiene decir que cielo o azul lo sean. No obstante, una teoría científica puede expresar conocimiento y su verdad no estar suficientemente probada.

En el lenguaje ordinario la palabra “verdad” se emplea con sentidos diversos. Por un lado parece indicar un tipo de correspondencia o isomorfismo entre nuestras creencias y lo que ocurre en la realidad. Dicho con mayor precisión, entre la estructura que atribuimos a la realidad en nuestro pensamiento y la que realmente existe en el universo. Pero a veces parece estar estrechamente ligada a la idea de conocimiento, lo cual podría transformar la definición platónica en una tautología. Así, en medio de una discusión decimos “esto es verdad” o “esto es verdadero” para significar que algo está probado. En otras ocasiones, “verdad” se utiliza con relación a la creencia y decimos “esa es tu verdad, pero no la mía”. Por lo que, en principio, la primera acepción es la que resulta de mayor utilidad. Proviene de Aristóteles, quien la presenta en su libro Metafísica. Se funda en el vínculo que existe entre nuestro pensamiento, expresado a través del lenguaje, y lo que ocurre fuera del lenguaje, en la realidad. Aristóteles se refiere a esta relación como “adecuación” o “correspondencia” entre pensamiento y realidad. Sin embargo, no todos los filósofos, epistemólogos o científicos estarían de acuerdo en utilizar la palabra “verdad” con la significación aristotélica. Porque en el ámbito de las ciencias formales, como es el caso de la matemática, hay un cuarto sentido de la palabra “verdad”. En matemática, decir que una proposición es verdadera significa decir que es capaz de ser deducida a partir de ciertos enunciados de partida, fijados arbitrariamente. Pero en lo que sigue, se entenderá la ciencia como conocimiento de hechos y, en tal sentido, la matemática (al igual que la lógica), será considerada como una herramienta colateral que sólo sirve a los propósitos de las ciencias fácticas, cuyo objetivo es el conocimiento de los hechos.

Diremos que un hecho es la manera en que las cosas o entidades se configuran en la realidad, en instantes y lugares determinados. Por tanto, será un hecho el que un objeto tenga un color o una forma dada, que dos o tres objetos posean determinado vínculo entre sí o que exista una regularidad en acontecimientos de cierta naturaleza. En los dos primeros casos hablaremos de hechos singulares, pero al tercero lo consideraremos un hecho general. Cuando una afirmación que se refiere a la realidad resulta verdadera, es porque describe un posible estado de cosas que es en efecto un hecho. De acuerdo con esta manera de entender la palabra, una ciencia fáctica estudia hechos que se manifiestan, en cada caso, en un determinado sector de la realidad. Esto no impide que se puedan distinguir entre sí distintas ciencias fácticas por diferencias metodológicas o procedimientos particulares para detectar y caracterizar los hechos. Es posible sostener que el conocimiento de los hechos sociales es distinto al de los hechos físicos o biológicos. La denominación “ciencias del hombre” alude a disciplinas que tratan problemas diferentes de los que abordan las ciencias naturales. También interviene la cuestión de si el comportamiento social es objeto susceptible de observación y experimentación.

Por lo tanto, en el ámbito de las ciencias fácticas, el concepto aristotélico de verdad parece indispensable. Se supone que, por las reglas gramaticales, semánticas y lógicas del lenguaje, quien realiza el acto pragmático de afirmar un enunciado pretende describir un posible estado de cosas y al mismo tiempo persuadirnos de que ello es lo que acontece en la realidad. Si dicho estado de cosas realmente acaece, si la descripción coincide con lo que sucede en la realidad, diremos que el enunciado es verdadero. Son oraciones declarativas utilizadas con el propósito de comunicar que las cosas tienen ciertas cualidades o guardan entre sí ciertas relaciones. Pero la noción aristotélica de verdad no tiene vínculo con el conocimiento. Una afirmación puede ser verdadera sin que tengamos evidencia de la correspondencia entre lo que describe la afirmación y lo que realmente ocurre. También podría ser falsa y no saberlo. “Hay otros planetas habitados en el universo” es un enunciado verdadero o falso, pero que en el estado actual de nuestro conocimiento no se puede decidir. Quien formula una hipótesis no sabe si lo que ella describe se corresponde o no con los hechos. La hipótesis es una conjetura, una afirmación cuyo carácter hipotético radica en que se la propone sin conocimiento previo de su verdad o falsedad. Uno de los problemas que plantea la investigación científica es el de decidir con qué procedimientos podemos establecer la verdad o la falsedad de una hipótesis. En la historia de la ciencia hay muchos ejemplos de hipótesis falsas que sobrevivieron durante largo tiempo hasta que se logró probar, como las que afirman la inmovilidad de la Tierra y el fijismo de las especies.

Para evitar el riesgo de malentendidos, se recurre a palabras más adecuadas para señalar que se ha probado la verdad o la falsedad de un enunciado. Se utilizan “verificado” (“confirmado” o “corroborado”) para referirse al conocimiento de la verdad y “refutado” para la falsedad de una afirmación. Si una afirmación está verificada, entonces necesariamente es verdadera, aunque otra afirmación puede ser verdadera sin estar verificada. Asimismo, una afirmación refutada necesariamente es falsa, pero otra puede ser falsa sin que haya sido refutada.

A propósito de nomenclaturas, corresponde aclarar el significado de “epistemología”. Muchos autores franceses e ingleses la utilizan para designar lo que en nuestro medio se llama “teoría del conocimiento” o “gnoseología”, es decir, un sector de la filosofía que examina el problema del conocimiento en general. Aquí el término “epistemología” será empleado en un sentido restringido, referido exclusivamente a los problemas el conocimiento científico, tales como las circunstancias históricas, psicológicas y sociológicas que llevan a su obtención, y los criterios con los cuales se lo justifica o invalida. Estrechamente vinculada a la epistemología se halla la filosofía de la ciencia. Un problema filosófico sería, por ejemplo, tratar de decidir si la realidad objetiva existe o es una ilusión de los sentidos. En este ámbito, el filósofo de la ciencia puede interesarse por la cuestión de si la física presupone una metafísica peculiar que afirme la existencia de una realidad externa a la subjetiva. Pero éste no es un problema central para la epistemología. Porque se puede sostener que los criterios de validación de una teoría no son necesariamente dependientes de criterios metafísicos. Aunque para otros no es así, porque sostienen que los presupuestos filosóficos de la ciencia influirían de un modo esencial en la adopción de criterios epistemológicos. De manera que el término “filosofía de la ciencia” es más amplio que el término “epistemología”.

Otra palabra relacionada con “epistemología” es “metodología”, aunque a diferencia de lo que sucede con el epistemólogo, el metodólogo no pone en tela de juicio el conocimiento aceptado por la comunidad científica. Su problema es la búsqueda de estrategias para incrementar el conocimiento. Por ejemplo, está fuera de discusión la importancia de la estadística, pues ésta constituye un camino para obtener, a partir de datos y muestras, nuevas hipótesis. En cambio el epistemólogo podría formularse, a modo de problema, la pregunta por el pretendido valor atribuido a los datos y muestras. Sin embargo, el uso de la palabra “metodología” para referirse al abordaje de problemas epistemológicos es frecuente. Es obvio que el metodólogo debe utilizar recursos epistemológicos pues, si su interés radica en la obtención de nuevos conocimientos, debe poseer criterios para evaluar si lo obtenido es genuino o no. A veces, un procedimiento metodológico se descubre casualmente y entonces el epistemólogo se ve en la necesidad de justificarlo en términos de su propio ámbito de estudio.

Finalmente, hay una distinción acerca de las diferentes temáticas de discusión y análisis epistemológicos. Hans Reichenbach, en Experiencia y predicción, discrimina entre: a) el contexto de descubrimiento, donde importa la producción de una hipótesis o teoría, el hallazgo y formulación de una idea, la invención de un concepto; y todo ello relacionado con circunstancias personales, psicológicas, sociológicas, políticas, económicas o tecnológicas, que pudiesen haber gravitado en la gestación del descubrimiento o influido en su aparición; y b) el contexto de justificación, que aborda cuestiones de validación, como saber si el descubrimiento realizado es auténtico o no, si la creencia es verdadera o falsa, si una teoría es justificable, si las evidencias apoyan las afirmaciones o si se ha incrementado el conocimiento disponible. Sin embargo, en la actualidad muchos filósofos de la ciencia afirman que habría estrechas conexiones entre el problema de la justificación y la manera en que se la ha construido. Por último, a los dos contextos que menciona Reichenbach, se agrega el contexto de aplicación, en el que se discuten las aplicaciones del conocimiento científico, su utilidad, beneficio o perjuicio para la comunidad. El uso ético de una teoría, en tecnología o en otras aplicaciones, tiene conexión con los criterios para decidir si ella es adecuada o no desde el punto de vista del conocimiento.


La base empírica de la ciencia

El origen de la distinción entre objetos y entidades empíricos, por un lado, y objetos y entidades teóricas, por otro lado, se funda en que la ciencia no es un mero discurso; sino que, debido a las propiedades semánticas del lenguaje ordinario y científico, intenta ocuparse de objetos, de cosas, de entidades, de justificar nuestras creencias acerca de ellos y de encontrar incluso regularidades (leyes naturales). Nuestro conocimiento de algunos de estos objetos es directo, en el sentido de que no exige ninguna mediatización de instrumentos o teorías para que podamos tener conocimiento de ellos. Se ofrecen directamente a la experiencia y, por tanto, podrían denominarse objetos directos. Pero no todo objeto se halla en estas condiciones, como por ejemplo los átomos o los genes. Para acceder al conocimiento de estas entidades es necesario proceder indirectamente, y justificar la creencia y el modo de conocerlas. Podríamos decir que estamos tratando con objetos indirectos.

De hecho, la captación de entidades no es un fenómeno de nuestra conducta que se ofrezca a nuestro conocimiento sin el auxilio de algunos dispositivos, entre los cuales el principal es el lenguaje ordinario. Porque la experiencia se ofrece como una red compleja de elementos, un continuo que hay que dividir y articular para poder concebirlo y operar con él. Cuando hablamos de objetos directos, su captación acontece con el auxilio de un aparato semántico. Por tanto, hay cierto relativismo y un imponente cultural en lo que denominamos un objeto directo (un esquimal llevado a una casa en la ciudad tal vez no podría reconocer una biblioteca). La actividad científica se origina en una sociedad, en un momento histórico, en un determinado contexto y, al hacerlo de esta manera, dispone de un marco lingüístico y conceptual determinado. De cualquier manera, en la historia de la ciencia, el lenguaje ordinario y las descripciones culturalizadas del mundo que nos rodea son lo suficientemente invariantes para que, en la actualidad, lo que se discute acerca del valor del conocimiento científico en los medios académicos o educativos de Europa, Estados Unidos o Latinoamérica tenga una dimensión común. Entonces, los objetos directos constituyen un conjunto potencialmente análogo para todos los centros culturales que puedan plantearse problemas epistemológicos. Así, se llamará base empírica al conjunto de objetos que pueden ser conocidos directamente. Los demás objetos, que exigen estrategias indirectas y mediatizadoras para su captación, constituirán la zona teórica de las disciplinas o de las teorías científicas.

Cuando un objeto, entidad o situación en la base empírica es conocida, suele decirse que se cuenta con un dato. En otro sentido, la captación de un objeto directo puede también denominarse observación. Como señala el epistemólogo Emest Nagel, hay tres tipos de observaciones: 1) espontánea, que pueden interesar mucho al científico, pero no han sido provocadas por él y se ofrecen porque de pronto los sucesos ocurren en la realidad. (por ej., cuando aparece una nova en el cielo); 2) controlada, cuando ha habido una búsqueda de datos, como las disciplinas en las que hay un número superabundante de datos y es necesario una sistematización; 3) experimento, cuando la observación puede ser provocada.

¿Qué importancia tiene la distinción entre objetos directos e indirectos? En principio, parecería que el elemento de control es la concordancia o no de la teoría científica con observaciones de la base empírica. Esta es una de sus funciones principales para el conocimiento. Pero la base empírica se modifica a medida que transcurre la historia, debido al surgimiento de nuevos procedimientos técnicos que nos permiten observar de distinta manera; por tanto, la historia de la base empírica repercute también en la historia de las teorías científicas. Otra cuestión, desde un punto de vista práctico o tecnológico, no cabe duda de que la base empírica es primordial y la zona teórica circunstancial. Pero el interés en los objetos teóricos está porque se relacionan con teorías que, a su vez, permiten disponer de nuevos recursos tecnológicos para actuar y resolver problemas cotidianos. Los grandes fenómenos que dan razón a las leyes básicas explicativas de todo lo que ocurre en la realidad están ligados, sin duda, a objetos teóricos.

Para abordar la cuestión necesitaremos distinguir tres tipos de base empírica: filosófica, epistemológica y metodológica. Más arriba se mencionó que en el ámbito de la filosofía está en juego todo el conocimiento humano. En tal caso, se debate cuestiones como la justificación de nuestra creencia en un mundo exterior a la psiquis o en la existencia de otras mentes. Deberíamos fundamentar la creencia en que existen los objetos físicos. Si se denomina base empírica filosófica al conjunto de todos los datos indubitables para los filósofos, se comprende que esta reunión de objetos será mucho más restringida que la que corresponde a la base empírica de la ciencia. Porque los filósofos dudan de muchas más cosas, y los epistemólogos no pretenden criticar y fundamentar todo el conocimiento.

En determinado momento de la historia, ciertas comunidades humanas comenzaron a constituir la ciencia, a efectuar descubrimientos y a construir teorías. En cierto sentido, puede afirmarse que la ciencia es un fenómeno sociológico vinculado al desarrollo de la historia. Pero cuando el proceso de constitución de la ciencia adquiere un carácter sistemático, y ello acontece con singular energía a partir del siglo XVII, se advierte que el punto de partida de los científicos son datos obtenidos de la experiencia cotidiana, a los que se trata de reinterpretar y extender en términos que van más allá del conocimiento vulgar. Desde esta perspectiva, los datos de la base empírica epistemológica (observación en sentido estrecho) son aquellos que cualquiera puede obtener de la vida cotidiana con el auxilio del lenguaje ordinario. Conviene insistir, además, en que esta base empírica antecede al uso de cualquier teoría científica. A partir de esos datos, el científico tratará de formular suposiciones que involucran entidades de la zona teórica y que permitan justificar nuestras creencias y explicar las regularidades. Es verdad que en el lenguaje cotidiano hay muchos presupuestos teóricos. Pero no es tan claro que en todo lo que tomamos con el auxilio del lenguaje ordinario haya, ocultas, teorías científicas. El epistemólogo Thomas Kuhn, en su libro La estructura de las revoluciones científicas, de 1962, aduce que en el lenguaje cotidiano hay algo así como fósiles de muchas teorías científicas, que en un principio se hallaban apartadas de él, pero que con el tiempo se fueron incorporando. La zona teórica será, en todo caso, todo aquello que la discusión científica deberá justificar a través de inferencias o también usando  instrumentos y teorías de las que se vale para obtener conocimiento. Se habla de marcos y presupuestos teóricos para referimos a las teorías admitidas por el investigador y que son tácitamente utilizadas como auxiliares de la investigación que se está llevando a cabo.

A medida que se desarrolla la ciencia, se incorporan al conocimiento científico numerosas teorías e instrumentos de observación. Aceptar los datos que nos proporciona un instrumento implica a la vez aceptar una teoría acerca del mismo (como, por ej., para observar el biólogo que la mancha luminosa en el microscopio es una célula). En estas circunstancias ocurre que, cuando utilizamos el instrumento (o una teoría que no se cuestiona), hablamos de observación en un sentido más amplio, y es la base empírica metodológica (observación en sentido amplio). Para la inmensa mayoría de los casos, la observación científica es observación en sentido amplio, porque la labor empírica de los científicos siempre presupone implícitamente un marco teórico constituido por todas las teorías ya aceptadas por la comunidad científica y que, en el momento de la investigación, se consideran fuera de discusión.

Tal como se verá más adelante, los enunciados que establecen una relación entre el ámbito de lo empírico y el ámbito de lo teórico tienen una importancia crucial, y en la jerga epistemológica se los llama reglas de correspondencia (o hipótesis puente). Quien ha aceptado ya ciertas teorías, como la teoría óptica que fundamenta el uso del microscopio en el caso del biólogo y, en general, quien ha aceptado ya cierto tipo de leyes científicas, presupone que existen reglas de correspondencia de la forma “A si y sólo si B”, donde A es el componente empírico y B es el componente teórico. El enunciado “A si y sólo si B” es la admisión de que cuando está presente aquello que describe A en la base empírica también está presente lo que describe B en la zona teórica y viceversa. En el caso del microscopio, el biólogo que afirma estar observando una célula hace en realidad un razonamiento que tiene dos premisas y una conclusión. La primera premisa es la regla de correspondencia “A si y sólo si B”. La segunda es una premisa empírica que puede denominarse premisa dato: afirma A (la presencia de la mancha vista a través del ocular). Ahora bien, hay una regla de razonamiento correcta, conocida con el nombre de modus ponens; y que se justifica porque, si se admite la equivalencia entre A y B, cuando A sea verdadera, B, la conclusión, tendrá necesariamente que ser verdadera también. En el caso del microscopio, “A si y sólo si B” es la regla de correspondencia que vincula la mancha con el objeto microscópico en virtud de una teoría óptica aceptada, mientras que la segunda premisa A expresa el dato de que está presente la mancha en el ocular; entonces, por la sola existencia de la regla llamada modus ponens, B, la presencia del objeto llamado célula tiene que ser admitida.

Por otra parte, la base empírica (epistemológica), para la construcción o justificación de la ciencia, debe cumplir algunos requisitos adicionales. Estos son la efectividad, la repetibilidad y la intersubjetividad. La efectividad exige que la verdad o la falsedad de la afirmación sobre el suceso al que nos estamos refiriendo puedan ser dirimidas en un número finito de pasos. De no ser posible, no se aceptará el presunto dato como científico (por ej., no es lo mismo observar el grado de luminosidad del Sol que el de una estrella detrás de la nebulosa Cabeza de Caballo). Un segundo requisito es el de “repetibilidad”, es decir, quee los datos que importan a la ciencia deben tener la posibilidad de ser repetidos. Porque un dato único, irrepetible, no inspira confianza, puede estar perturbado o ser una conjunción casual de circunstancias. Pero si es repetible, tendremos una base confiable para creer que estamos en presencia de una regularidad, de una ley. Sin embargo, ¿qué es lo que se repite? Puede ser útil la distinción de Popper entre acontecimiento y evento. Porque un acontecimiento no se repite, tiene lugar en su instante y lugar en el espacio-tiempo. Lo que ocurre es que hay acontecimientos que tienen cierta similitud y otros que no la tienen. En este sentido, propone Popper, las familias de sucesos semejantes en algún respecto se pueden llamar eventos. De acuerdo con esta distinción, la recomendación de que sólo se tengan en cuenta circunstancias repetibles quiere decir que deben ser tomados en cuenta únicamente acontecimientos que correspondan a eventos repetibles. Este requisito así planteado origina muchos problemas porque existen disciplinas donde esta circunstancia no ocurre.

Un tercer requisito que se suele exigir es el de intersubjetividad, según el cual ningún dato puede provenir de un único captador del mismo. En principio, debe ser posible para todo dato haber sido observado por más de un observador. En el caso de que el dato sea atípico, esto puede transformarse en una cuestión muy importante en cuanto a su valor y aceptación. Incluso, es una buena definición de la objetividad de la ciencia. Porque la objetividad radica en su intersubjetividad. Pero no hay un único requisito de intersubjetividad, sino dos. Uno fuerte, que exige que los acontecimientos sean intersubjetivamente captables (condición que satisfacen las ciencias “duras”). El segundo, débil, que exige solamente la característica de intersubjetividad para los eventos (condición a ser satisfecha por disciplinas sociales).


El vocabulario de la ciencia

Siguiendo la tradición de los lógicos, se denominará “términos” a las palabras o expresiones que aluden a entidades, y que permiten construir enunciados científicos. Un término es específico o técnico cuando fue introducido por la teoría o ya era existentes, pero a los cuales se los ha privado del significado primigenio y se les ha dado (por definición convencional), un significado nuevo. Un término técnico puede no tener la pretensión de designar, sino simplemente ayudar a formar expresiones complejas que permitan describir un estado de cosas, observable o no. Por otra parte, hay otra clase de términos llamados presupuesto, cuando proviene del lenguaje ordinario, o de una disciplina o teoría ya admitida. Su uso ya se conoce y, si se quiere hablar de sentido y significado, éstos han quedado establecidos antes de que se iniciara la investigación.

Sobre los términos presupuestos conviene hacer una aclaración. Porque, si el término es recogido del lenguaje ordinario, aparte de cuestiones de vaguedad, se presenta el fenómeno de la polisemia. Una palabra puede tener distintos sentidos en el lenguaje ordinario y conviene, si es posible, decir cuál es el que se está adoptando. Si el término se toma de una teoría anterior, es posible que sea ella la que determina el sentido. En este caso conviene indicar, con mucha precisión, no solamente cuál es el término que vamos a emplear, sino también de qué teoría se lo ha extraído.

Entre los términos presupuestos se encuentran los términos lógicos. Aquí figuran palabras o grupos de vocablos cuya misión es ayudar sintácticamente a formar la frase y a comprender con qué alcance e intención informativa se emplea el enunciado. Por ejemplo, las palabras “todos”, “ninguno” y “algunos” no aluden a entidades u objetos en estudio, observación y análisis. ‘Todos”, “ninguno” y “algunos” permiten formar los llamados enunciados universales y existenciales. En la lógica contemporánea se distinguen los conectivos, que sirven para enlazar enunciados y formar otros nuevos, más complejos: como la conjunción “y”; la disyunción “o”; “si, entonces”; “no”; “si y sólo si”. Las palabras lógicas son términos presupuestos que usualmente provienen del lenguaje ordinario, y su empleo quiere esclarecer la lógica, que establece los criterios formales del uso de estas partículas, como el exacto sentido de los enunciados que las utilizan.

Todo término que no tenga la función de ayudar a formar enunciados está presente porque tiene una función referencial. Es decir, sirve para aludir a algún tipo de entidad: un objeto, una cualidad, una propiedad, una relación, una operación matemática. Se trata de una función semántica, pues se relacionan elementos lingüísticos con elementos extralingüísticos. En síntesis, un término es designativo o referencial si tiene la función de aludir a una entidad, que se llama su designación. Sin embargo, siguiendo una idea del lingüista Charles Morris, la función referencial puede fallar. Porque la palabra puede pretender representar, pero quizá no exista ninguna entidad que corresponda a sus condiciones significativas. Por ejemplo, al término mitológico “Pegaso” le falta denotación. La designación parece ser más bien la pretensión de denotar, pero la denotación sería el éxito de esa pretensión. A diferencia de “Pegaso”, “Sócrates” tiene designación y además denotación.

También, se distingue entre términos empíricos y teóricos de una disciplina científica o de una teoría: a) los términos empíricos designan objetos o entidades de la base empírica; y b) los teóricos designan objetos o entidades de la zona teórica. Pero acerca de la naturaleza de los términos teóricos no existe unanimidad entre los epistemólogos. Porque, si se toman los términos teóricos como designativos, la definición que acabamos de dar sería aplicable; pero los instrumentalistas piensan que muchos términos teóricos no son designativos. Por lo cual, sería preferible establecer la distinción de esta otra manera: los términos teóricos son aquellos que no son ni empíricos ni lógicos.


Los enunciados científicos

Los términos con los que se construye el lenguaje científico son como los ladrillos fundamentales del pensamiento científico, pero no bastan para transmitir información o expresar conocimientos. Las informaciones y conocimientos deben expresarse mediante oraciones declarativas, así llamadas para distinguirlas de las oraciones interrogativas y exclamativas, destinadas respectivamente a requerir informaciones o a expresar ciertos estados de ánimo. El conocimiento científico se proporciona mediante enunciados declarativos.

En los enunciados científicos, el alcance de la información puede llegar a ser singular o general, y puede referirse a la base empírica adoptada o ir más allá de lo observable. En el caso de los “enunciados de primer nivel” o “enunciados empíricos básicos” son aquellos usados para el control del conocimiento y se caracterizan por tener, además del vocabulario lógico, términos empíricos (del lenguaje ordinario, del lenguaje científico presupuesto o específicos de la teoría que se está analizando). En una palabra, el enunciado debe hablar exclusivamente de la base empírica epistemológica. Estos enunciados de primer nivel son singulares o muéstrales, con lo cual se quiere decir que se habla de una sola entidad o de un conjunto finito y accesible de ellas (por ej., “aquel animal tiene plumas”, “la aguja de este dial coincide con la raya número diez de la escala”, “el 75% de las personas que viven en este edificio son rubios”). Un conjunto de 70 trillones de piedras es finito pero no accesible, no es una muestra. El registro de observaciones o los informes de experimentos en una investigación científica constituyen una lista de enunciados empíricos básicos, a condición de que no incluyan aspectos interpretativos. Conviene señalar que las “combinaciones preposicionales de enunciados empíricos básicos” son también enunciados empíricos básicos. Si “está lloviendo” y “está tronando” son enunciados empíricos básicos, la combinación “está tronando o está lloviendo” también es un enunciados empíricos básicos.

De acuerdo con el requisito de efectividad para la base empírica, los enunciados empíricos básicos tienen la ventaja de que, mediante observaciones oportunas, puede dirimirse por sí o por no el problema de su verdad o falsedad. Ahora, la ciencia no puede tomar en cuenta únicamente este tipo de enunciados, precisamente por sus condiciones de singularidad, finitud y efectividad. Las leyes científicas tienen que ser expresadas mediante enunciados generales que abarcan una cantidad de casos que van más allá de las muestras. Por lo que el caso de las generalizaciones no permite una decidibilidad efectiva.

El segundo nivel de los enunciados científicos está constituido por las denominadas “generalizaciones empíricas”. Al igual que los enunciados empíricos básicos, el vocabulario de estos enunciados de segundo nivel es lógico y empírico, y por tanto el discurso atañe exclusivamente a la base empírica. No aparecen entidades inobservables, de carácter teórico. Pero ya no se trata de afirmaciones singulares, sino de afirmaciones generales que establecen regularidades, uniformidades, en conjuntos tan amplios que no son directamente accesibles. Se trata de enunciados empíricos generales, tales como “todos los cuerpos se dilatan con el calor”. Son “leyes empíricas” los enunciados empíricos generales aceptados por los científicos como conocimiento válido, en tanto es necesario y no casual. Por supuesto, la aceptación de tales enunciados por la comunidad científica implica que previamente han sido sometidos con éxito a determinadas pruebas o verificaciones.

Hay muchas clases de generalizaciones. Cuando se habla de leyes, tradicionalmente se presupone que se trata de generalizaciones universales, enunciados que afirman algo para cada uno de los miembros de un conjunto o una población sin excepción alguna (“todos los hombres son mortales”). Esta generalidad absoluta parece estar ligada intrínsecamente al significado de la palabra “ley” y son “enunciados universales”. En muchas ocasiones, la utilización de tales enunciados es meramente a título de conjetura, hasta tanto no se demuestre su falsedad. El problema de probar su verdad o falsedad no siempre se puede resolver fácilmente y de inmediato. Desde un punto de vista lógico, los enunciados universales tienen una asimetría que origina complicaciones para su verificación o su refutación en las investigaciones científicas. En general, como los géneros o poblaciones investigadas son muy extensos, si no infinitos, verificar estos enunciados es tarea muy difícil, si no imposible. Obligaría a examinar, caso por caso, una gran cantidad o una infinidad de ejemplos, por lo cual esa tarea termina por estar vedada a los científicos. No obstante, parece más fácil probar, cuando cabe, la falsedad de enunciados o leyes universales, porque sólo basta con mostrar un contraejemplo, o sea, encontrar un caso particular entre aquellos que abarca el enunciado, para el cual la propiedad afirmada con carácter general no se cumple.

Un segundo tipo de enunciados generales son los existenciales. Son de un carácter más modesto que los universales, pues en lugar de afirmar que una propiedad o característica se cumple para todos los miembros de un conjunto o de una población, lo hacen acerca de algunos de ellos (sin excluir la posibilidad de que se cumpla para todos). Porque hay cierta diferencia entre decir “todos los casos de cáncer se curan con la droga X” que decir “algunos casos de cáncer se curan con la droga X”. Si alguien dice que existe una droga que cura el cáncer, decidir si su afirmación es verdadera o falsa implicaría examinar, en principio, todos los casos de cáncer que se han presentado, que se presentan y que se presentarán. Pero, curiosamente, resulta sencillo verificarlo y difícil refutarlo. Porque para verificarlo basta hallar un solo ejemplo apropiado. La dificultad radica en refutar el enunciado existencial, porque deberíamos aplicar la droga a todos los enfermos y comprobar que ninguno se cura. Pues nuestra afirmación es que sólo “algunos” se curan con la droga X.

Una tercera clase de enunciados generales de segundo nivel son los mixtos. Son imposibles de verificar y de refutar porque tienen un aspecto universal y otro existencial, como el ejemplo “todos los cuerpos son fusibles”. Es un enunciado universal, ya que dice vale para todo cuerpo. Pero si se considera un caso particular de cuerpo, se afirma que es fusible porque existe alguna temperatura a la que se funde. Por tanto, si quisiéramos refutar la presunta ley para ese cuerpo en particular habría que recorrer toda una población de temperaturas, cosa imposible. Por consiguiente, parecen destinados al fracaso los intentos de verificar o de refutar este enunciado mixto. El tradicional enunciado “todos los hombres son mortales” no es meramente universal, sino mixto, porque dice “Para todo ser humano existe un instante en el que éste muere”.

Un cuarto tipo de enunciado general son los enunciados estadísticos o probabilísticos, donde se adscribe, a una población que puede ser infinita o finita pero no accesible, una proporción estadística. Se puede expresar por medio de porcentajes o números probabilísticos. Por ejemplo, se podría decir, de modo incorrecto pero didácticamente, que la probabilidad de nacimiento de un varón es del 51%; pero no se pueden utilizar porcentajes cuando el conjunto es infinito y lo correcto es emplear números probabilísticos (0,51). Los enunciados probabilísticos son difíciles de verificar y de refutar. Y de lo que se dispone como dato son proporciones en las muestras. Pero para generalizar el enunciado a toda la población es necesario utilizar inferencias estadísticas. En sociología, al igual que en biología, hay que conformarse con informaciones estadísticas sobre grandes conglomerados de objetos o individuos, ya sean animales, seres humanos o miembros de una sociedad.

Por otra parte, se encuentran los enunciados de tercer nivel o teóricos, porque contienen al menos un término teórico. Pueden ser singulares o generales. No toda teoría o disciplina científica contiene términos teóricos y, por consiguiente, enunciados teóricos. Hay teorías científicas que no van más allá del nivel de la generalización empírica. En una investigación, a veces, hay una etapa en la que se trabaja en el segundo nivel y sólo se accede al tercero cuando se quiere formular una teoría explicativa. Existe cierta tendencia entre los científicos y epistemólogos norteamericanos a suponer que el acceso al tercer nivel implica abandonar la ciencia e ingresar a la metafísica. Se pierde contacto con lo observable y se ingresa al nivel de la conjetura de entidades no observables.

En materia de enunciados teóricos conviene discriminar entre “puros” y “mixtos”. Los enunciados teóricos puros son aquellos en los que, además de los términos lógicos, sólo aparecen términos teóricos. No hay en ellos términos empíricos y por tanto parecería que cuando se los utiliza se está hablando en un nivel puramente abstracto. Si se dispusiera de una teoría constituida únicamente por enunciados teóricos puros, no sería posible deducir de ellos nada que se aplicara a la experiencia o a la práctica, y no se podría realizar explicaciones ni predicciones sobre lo que acontece en la base empírica. Cabe destacarse que tampoco se puede llegar a partir de enunciados del nivel dos, por medio del método inductivo, al tercer nivel teórico (sino que son creaciones producidas por el científico). Parece inevitable entonces que si se emplean hipótesis teóricas puras en la construcción de una teoría, debe utilizarse además un segundo tipo de enunciados teóricos “mixtos”, en los que hay a la vez términos teóricos y términos empíricos. También podrían ser denominados “enunciados puente”, porque sirven de vinculación entre el ámbito puramente teórico del discurso y aquel en que nos referimos a lo observable, a lo práctico, localizado en la base empírica.

Tomados en conjunto, los enunciados teóricos puros, los enunciados mixtos (puente) y algunas generalizaciones empíricas, pueden constituir teorías poderosas que permiten, por medio de deducciones, realizar predicciones; y, por consiguiente, actuar sobre la experiencia y obtener resultados prácticos.

                                                                                                                                                 
Síntesis de: KLIMOVSKY, Gregorio, Las desventuras del conocimiento científico. Una introducción a la epistemología, Buenos Aires, A-Z Editora, 1997


martes, 12 de agosto de 2014

Estética de Kusch (1° parte)



El problema de nuestro arte es anterior a la estética, porque es un problema de actitud y de verdad interior. Se diría que en materia de arte nos han engañado, diciendo que éramos lindos, pero hemos descubierto, al cabo de dos o tres décadas de miserias, mentiras e histerismos políticos, que somos feos. Y el problema de la autenticidad y el sentido de nuestro arte consisten en reconocer esa fealdad, llevarla a la conciencia para ver nuestra verdadera cara.

Pueblo y arte se conjugan naturalmente. Pero nuestro arte es un arte sin pueblo (…) frustrado por las experiencias y la soberbia de unos pocos que creen ser el país (…). Nuestra América no tiene arte porque no expresamos a nuestro pueblo. Y no lo expresamos porque no hemos comprendido aun que nuestro pueblo no es la pequeña clase media, sino el desarropado de los suburbios de nuestras capitales, el mestizo y más allá el indio. Todos ellos no tienen su arte oficial y se expresan subversivamente en la baguala, el tango, el sainete o el fútbol. Son las formas de un arte del escándalo y de la insolencia, desenvuelto en el plano de nuestra miseria de espíritu y de bienes, en que vivimos todos, y que tratamos de superar inútilmente con la última novedad francesa o inglesa.

Con un pueblo así, el arte, el gran arte ha de ser feo y caótica, porque repta a ras de tierra como las lagartijas y las serpientes. Y ése es el arte que debemos realizar sin mezclas tímidas y ambiguas (…). Y sólo poniendo la voluntad en esa fealdad tendremos un arte grande. Porque ¿qué es belleza y forma, sino un tipo de fealdad y caos llevado al plano universal?

Quisieron embarcarnos en la mentira y la soberbia de creer que podíamos cegar al país, como si fuera un pozo, con un arte, una economía y una política ficticias. Pero estamos enfermos de ficción y posturas y necesitamos invertir los términos para ganar la salud. Debemos retornar al antiguo camino, el que va desde el germen hacia arriba, aunque ellos signifique el suicidio aparente de la inteligencia por su inmersión en la vida.


Bibliografía
KUSCH, Rodolfo, Obras completas, Tomo IV: Tango, Rosario, Fundación A. Ross, “Prefacio”, pp 481-2
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Lejos de la fácil posición folklorista y más distante aún del convencional cuadro saturado de falso pintoresquismo a que nos tiene acostumbrado ciertos autores inclinados a lo popular, Kusch avanza en profundidad, buscando en esos ambientes y seres sórdidos una imagen definitoria del tipo nacional, del hombre argentino, de la esencia humana que lo conforma, identifica y define. Su “Tango” importa, en consecuencia, una revisión minuciosa del arrabal porteño. Pero no con prurito de un investigador arqueológico, dispuesto a reivindicar verdades muertas y sepultadas en la histórica, sino con el espíritu amplio y penetrante de quien hurga en el pasado en busca de elementos humanos permanentes e inmodificables, y si se quiere, típicos de una condición humana determinada.

Para definir a sus personajes Kusch debe recurrir frecuentemente al monólogo, retardando así la acción propiamente dicha, y aun cuando por momentos ese monologar se traduce en “actitudes” un tanto literario, es indudable que la exposición del conflicto y la definición de tipos alcanza aquí una ponderable solidez dramática, apuntalada por las excelencias del diálogo (siempre más atento a la definición espiritual que a la tipificación superficial) y por la recia galería de personajes, minuciosamente elaborados. Tiene indudable vigor el conflicto entre Maidana, el grupo del arrabal y la ciudad creciente que busca desplazarlo (…).

Kusch logra un atractivo acento dramático. Los personajes tienen condición de vida; si filosofan no se apartan de la teatralidad. Es decir, que las palabras se transforman en hechos. Y hechos y palabras tienen implicaciones que van más allá de lo audible y de lo visible. El aspecto más débil de la obra está dado por el lenguaje. Kusch ha sido atrapado en los engranajes de la erudición que esteriliza. Ha perdido el don del lenguaje coloquial. La interpretación fue más bien deslucida. Los primeros años del siglo crearon con el género gauchesco y el género chico, un estilo que parece perdido. Será necesario estudiarlo a fondo no sólo para las obras de ese período sino para todas las obras que intenten recrearlo (…). Cierta exageración en las pausas, gestos, palabras e intenciones, y una vaga falta de naturalidad general, son censurables (…).


Bibliografía


KUSCH, Rodolfo, Obras completas, Vol. IV: Tango, Rosario, Fundación Ross, “Opiniones críticas sobre ‘Tango”, pp 557-60

lunes, 11 de agosto de 2014

Arte helenístico

En la época helenística el centro de gravedad de la evolución se traslada por completo desde Grecia al Oriente. Los influjos igualmente son mutuos. Se eliminan las cesuras entre occidental y oriental, griego y bárbaro. Se pone fin a los privilegios de nacimiento. El paso decisivo lo dan los sofistas al desarrollar un concepto independiente de la clase social y del origen, para hacer participar en él a todos los griegos. La siguiente etapa en el proceso de nivelación le corresponde a la Estoa, que intenta liberar los valores humanos también de los caracteres de raza y nacionalidad. Ya la circunstancia de que cualquier habitante del Imperio pueda, con sólo cambiar de domicilio, convertirse en ciudadano de una ciudad cualquiera, significa el fin de la idea de la ciudadanía vinculada a la polis. Los ciudadanos se han convertido en miembros de una comunidad económica.

El racionalismo, al que ahora el Estado valora más que ninguna otra cosa, adquiere validez en todos los campos de la vida cultural: no sólo en la nivelación de las clases y en la abolición de todas las tradiciones que estorban a la libertad de concurrencia económica, sino también en la organización supranacional de la actividad científica y artística. Los artistas y los investigadores quedan desarraigados y se reúnen en los grandes centros internacionales de cultura. La tarea se fracciona y se reparte entre diversos colaboradores, sin consideraciones a la aptitud y a la inclinación de cada uno. El aparato administrativo, la burocracia centralizada y la jerarquía de funcionarios que tiene que crear y mantener todo Estado gigantesco son el modelo de esta organización tecnificada del trabajo intelectual, que combina mecánicamente las prestaciones individuales. Las consecuencias inevitables de tal especialización y despersonalización en la investigación son la tendencia a la pura erudición y el peligro del eclecticismo. Se comienza a hacer colecciones de un modo sistemático y planificado. Por vez primera se organizan ahora gliptotecas “completas”, que muestran el desarrollo total del arte griego, y se hacen copias, cuando faltan originales importantes para colmar las lagunas.

Junto a los talleres de cerámica, que en parte trabajan ya en forma masiva, comienza la copia de las obras maestras de la escultura. En el siglo -IV la mezcla de artes y géneros se manifiesta en el estilo pictórico de la escultura de Lisipo y Praxiteles. Porque hacia finales del siglo -V los artistas han adquirido plena conciencia de su poder y maestría. Las personas comenzaban a interesarse en las obras por sí mismas, y no por sus funciones religiosas o políticas. La gente discutía los méritos de las diferentes escuelas artísticas. El Partenón se construyó en estilo dórico, pero en los edificios posteriores de la Acrópolis se introdujo el estilo llamado jónico, con columnas menos fuertes y robustas. Son como ligeros troncos, y el capitel o remate no es mayor que un sencillo y liso cojín, pero ricamente adornado con volutas a los lados. El gran artista Praxíteles fue famoso sobre todo por el carácter sugestivo de sus creaciones. Ha desaparecido toda huella de rigidez. Pero Praxíteles y otros artistas griegos llegaron a esta belleza merced al conocimiento. No existe ningún cuerpo vivo tan simétrico, tan bien construido y bello como los de las estatuas griegas. Se cree con frecuencia que lo que hacían los artistas era contemplar muchos modelos y eliminar los aspectos que no les gustaban. Pero cuanto más se ha eliminado y borrado, más pálido e insípido fantasma del modelo es lo que queda. El punto de vista griego era precisamente el contrario. A lo largo de todos esos siglos, los artistas se ocupaban en infundir más y más vida al antiguo caparazón.

En esta violación de las fronteras se manifiesta la misma expansiva voluntad artística a la que deben su éxito el retrato, el paisaje y los bodegones. El ser humano, que hasta el momento era el objeto casi exclusivo de la representación artística, cede el paso por todas partes a los temas del mundo objetivo. Así, “la materialización” que se pone en vigor en la organización del trabajo intelectual se manifiesta también en los temas artísticos. Y no sólo el bodegón o naturaleza muerta y el paisaje, sino también el retrato naturalista, que trata al ser humano como un trozo de naturaleza. Es un extraño hecho que los artistas griegos hayan esquivado conferir a los rostros una expresión determinada. Las estatuas griegas, claro está, no son inexpresivas en el sentido de parecer estúpidas y vacuas, pero sus rostros no parecen traducir nunca ningún sentimiento determinado En la generación posterior a Praxíteles, hacia la terminación del siglo IV a.C., esta restricción fue desapareciendo gradualmente y los artistas descubrieron maneras de animar las facciones sin destruir la belleza. Más aún, aprendieron a captar los movimientos del alma individual, el carácter particular de la fisonomía. Alejandro mismo prefirió ser retratado por el escultor de su corte, Lisipo, cuya fidelidad al natural asombraba a sus contemporáneos.

Al adelantadísimo arte del retrato de esta época corresponde en la literatura la biografía y la autobiografía. El creciente interés por lo biográfico está en relación con el progreso de la conciencia filosófica y del culto a los héroes, reavivado a partir de Alejandro Magno. También aparecen las historias inventadas, historias de amor sobre todo, que se desarrollan en el mundo de las gentes para las que son escritas, y ya no en el lejano mundo de la leyenda. En este ambiente se desarrollan las comedias de Menandro. Sus personajes pertenecen a la clase media y baja; su acción gira alrededor del amor, el dinero, las herencias, los padres avaros, los hijos atolondrados, las cortesanas codiciosas, los parásitos mentirosos, los criados ladinos, los niños abandonados, los gemelos confundidos, los padres perdidos y vueltos a encontrar. Los amantes ya no luchan contra los dioses y demonios; sino contra el mecanismo del mundo burgués, contra padres que se oponen, rivales ricos, cartas traidoras y testamentos con cláusulas especiales. En cada pequeña ciudad tiene el teatro sus modestos centros.

Las opulentas capitales de los imperios helenísticos, Alejandría en Egipto, Antioquía en Siria y Pérgamo en Asia Menor, encargaban a los artistas obras muy diferentes de las que ellos estaban acostumbrados a realizar en Grecia. Ni siquiera en arquitectura fueron suficientes las sencillas y sólidas formas del estilo dórico y la gracilidad del jónico. Pasó a preferirse una nueva forma de columna, que había sido inventada a inicios del siglo –IV y que recibió su nombre de la rica ciudad mercantil de Corinto. En el estilo corintio se añadió el follaje a las volutas jónicas en espiral para adorno de los capiteles. El arte helenístico gustó mucho de obras bravas y vehementes; quería resultar impresionante. Cuando en 1506 se descubrió el grupo de Laocoonte, los artistas y los coleccionistas quedaron literalmente anonadados por el efecto que les produjo esta trágica obra. Representa la terrible escena que también ha sido descrita por Virgilio en Eneida: el sacerdote troyano Laocoonte exhortó a sus compatriotas a que rechazaran el gigantesco caballo en el que se ocultaban los soldados griegos. Los dioses, al ver frustrados sus planes de destruir Troya, enviaron dos gigantescas serpientes de mar para que se apoderaran del sacerdote y de sus dos infortunados hijos y los estrujaran entre sus anillos. Es ésta una de las más despiadadas acciones perpetradas por los olímpicos contra los pobres mortales. La manera en que los músculos del tronco y los brazos acusan el esfuerzo y el sufrimiento de la desesperada lucha, la expresión de dolor en el rostro del sacerdote, el desvalido retorcerse de los dos muchachos y el modo de paralizar este instante de agitación y movimiento en un grupo permanente, han concitado desde entonces la admiración. Fue en esta época  cuando las personas acaudaladas comenzaron a coleccionar obras de arte, a tener copias famosas si no podían poseer los originales, y a pagar precios fabulosos por aquellas que podían obtener. Los escritores empezaron a interesarse en las cuestiones artísticas y a escribir acerca de la vida de los artistas, a reunir anécdotas acerca de sus modos de ser y a componer guías para los turistas.

Bibliografía

GOMBRICH, E. H., La historia del arte, México, Editorial Diana, 1995, traducido por Rafael Santos Torroella, Cap. 4: “El reino de la belleza”, pp 99-116

HAUSER, Arnold, Historia social de la literatura y del arte, Volumen I, Barcelona, Editorial Labor, traductores A. Tóvar y F. P. Varas-Reyes, Cap. III: “Grecia y Roma”: “La época helenística”, pp 132-139




Mundo helenístico


Macedonia era la región más septentrional de Grecia, de grandes dimensiones e integrada por valles fluviales y amplias llanuras abiertas hacia el golfo Termaico y rodeadas por altas montañas. Por el oeste limitaba con Iliria, por el norte con Peonía, por el este con Tracia y por el sur con las regiones griegas de Tesalia y el Epiro. Se daban en abundancia muchos frutales, vid y trigo. Ricos pastizales permitían el desarrollo de una ganadería adaptada a las condiciones climáticas. Abundaba en las tierras macedónias la madera de construcción y se contaba con las minas de plata del monte Disoro. El hecho de ser Macedonia encrucijada de rutas euroasiáticas ancestrales motivó la presencia de grupos diversos, de los cuales sólo algunos debían hablar dialecto griego. No se conservaron textos en macedonio y se cuenta sólo con topónimos, antropónimos y otras palabras sueltas.

Desde comienzos del primer milenio se fue consolidando una capa social dominante que adquirió el control de las tierras mejores. La fundación en el área de la Calcídica de colonias griegas, introdujo a la aristocracia macedonia en el mundo griego. Ya en el tránsito del siglo -VIII al -VII tuvo lugar la expansión de los macedonios del núcleo primitivo hacia el mar, ocupando la Baja Macedonia. Para establecer allí su capital, primero en Egas y luego en Pela. Con Amintas I , que puede haber muerto en el -498, se culmina esa expansión territorial; y con su hijo y sucesor Alejandro I, de la primera mitad del siglo -V, quien tuvo una intervención favorable a los griegos en la segunda guerra médica, entra Macedonia en el conjunto de la Hélade, al conseguir su admisión en los Juegos Olímpicos (junto con la aceptación de una supuesta genealogía de la dinastía reinante, los Axgéadas, que la conectaba con la ciudad de Argos y con los Heraclidas). La consolidación de esta dinastía queda plasmada en la acuñación de una nueva moneda, que se relaciona con la incorporación de los yacimientos del monte Disoro.

La siguiente figura del trono, Perdicas, contemporánea de la guerra del Peloponeso, logra conservar unido el reino. Y consigue mantener a raya a los atenienses en las costas del Egeo septentrional, frenar las aspiraciones de Esparta y contener a los amenazantes ilirios. Después, hasta llegar a Filipo, el sucesor Arquelao, fue artífice de una remodelación del reino, con reformas administrativas, mejora de la economía, modernización del ejército y mayor aproximación a la cultura griega. Lleva la capital a Pela, y hace de ella lugar de encuentro de artistas y filósofos. Al convertir a los combatientes de a pie en hoplitas, hizo de ellos soldados de calidad, capaces de competir en excelencia con la antigua élite de jinetes; y de ese modo la asamblea de los ciudadanos quedó abierta a los campesinos. Esta nueva fuerza política beneficiaba al rey, por cuanto le restaba dependencia de los nobles en la proclamación del heredero.  


Filipo

Filipo II era el menor de los hijos del rey Amintas III, por lo que hubo de mediar la muerte de sus dos hermanos para que alcanzase el poder. Hasta los dieciocho años estuvo en Tebas como rehén, lo que le permitió convivir con los generales tebanos Epaminondas y Pelópidas, que hicieron de él un gran estratega. A su regreso, su hermano Perdicas le confió el gobierno de una región. Se describe al rey de temperamento desenfrenado, con la caza, la comida y la bebida. Respetó cuanto pudo a Atenas por reverencia a la que reconocía como capital cultural del mundo griego, y buscó para su hijo Alejandro el mejor preceptor que pudiera encontrarse entonces, el propio Aristóteles. Con la expansión que lleva a cabo Filipo en los primeros años de su reinado a costa, que culmina con la conquista de Metona, el reino alcanza sus límites máximos: hasta el río Nesto por Tracia, incluyendo por supuesto toda la Calcídica, hasta Tesalia por el sur y hasta el Epiro por el oeste; en total. Filipo había sabido capitalizar la debilidad de los tres grandes, Atenas, Esparta y Tebas, tras la batalla de Mantinea en -362. Después de firmar un primer tratado con los atenienses en el -358, por el que obtenía la devolución de Pidna, renunciando sin embargo a Anfípolis, Filipo había incorporado Peonia. Y había extendido su influencia al reino de los molosos del Epiro al desposar a Olimpíade, hija del rey, que sería la madre de Alejando Magno. Conquista Anfípolis mediante asedio.Toma junto a los calcidios la ciudad de Potidea en -356. A Atenas ya sólo le quedaba como punto en la costa tracia el puerto de Neápolis. Finalmente logra Filipo arrebatarles a los atenienses el control del golfo Termaico, con la conquista de Metona en el -354, tras un asedio en el que el propio Filipo perdió un ojo. Por lo demás, Filipo había ocupado la ciudad de Crenides, fundada en otro tiempo por los tasios en relación con las reservas auríferas del monte Pangeo, y que ahora pertenecía a los tracios, convirtiéndola en colonia de Macedonia y dándole el nombre de Filipos.

Para la infantería y la caballería creó una nueva formación táctica, que todavía se llama falange macedonia, sobre el modelo del orden de batalla oblicuo inventado por Epaminondas. Utilizaba la caballería en el ala ofensiva, empleando la infantería como ala defensiva. El movimiento de cada grupo y de cada hombre tenía una relación con el movimiento de los demás. Todo ello se combinaba con un entrenamiento continuo y con la admiración de los soldados por un jefe que compartía sus fatigas y sus peligros. Mientras que en Grecia los ciudadanos habían empezado a considerar el servicio armado como algo indigno y pretendían defender sus personas y sus cosas con mercenarios. Filipo dividió Macedonia en varias demarcaciones que, en función de! servicio militar obligatorio, debían proporcionar cada una de ellas una ile o escuadrón de caballería, una táxis o unidad de infantería pesada, donde servían los hoplitas que se costeaban su armamento y los mercenarios, y una chiliarchía integrada por la infantería media de los combatientes sin lanza y la infantería ligera de macedonios y mercenarios. Además contaba el rey con tropas auxiliares de prestaciones especiales, como los honderos, obtenidas de los aliados o empleadas a sueldo.

Un importante conflicto surgido en la Grecia central da pie a Filipo para intervenir en los asuntos griegos. Se conoce como la Tercera Guerra Sagrada por la implicación principal de! oráculo deifico. El santuario de Delfos estaba incardinado en la pequeña región de la Fócide, pero lo gobernaba un consejo de doce etnias griegas llamadas Anfictíones, cuyos representantes se reunían presididos por los tesalios. En esa ocasión, los Anfictíones encontraron a los focidios culpables de sacrilegio al haber utilizado para el cultivo tierras que correspondían al santuario, y les exigieron el pago de una fuerte multa so pena de ver la totalidad de su territorio consagrada a Apolo Pitio. El general focidio Filomelo tomó entonces el santuario, quedando a su merced las enormes riquezas que atesoraba; por su parte, para llevar la contraria a Beocia, que había sido artífice de la condena, Atenas y Esparta ayudaron económicamente a los focidios, con todo lo cual formaron éstos un gran ejército de mercenarios. Declarada la Guerra el -356, comienza con una invasión de la Lócride por parte de los focidios, con victorias sobre locrios y tesalios, pero muere Filomelo en un ataque de los beocios a la Fócide. Su sucesor Onomarco reunió el mayor ejército de mercenarios que llegó a tener Grecia. La entrada de Filipo en el conflicto, en contra de los atenienses, se produjo cuando los tesalios de Larisa lo llamaron para ayudar a resolver sus luchas intestinas. En -352 Filipo volvió a Tesalia, asedió Feras, conquistó el puerto de Págasas y derrotó a los focidios de Onomarco. Tesalia quedó a su merced, pero, no pudiendo cruzar las Termopilas, debido al contingente de tropas enemigas allí reunido, regresó a Macedonia. Filipo, en posesión ya de una flota, hizo nuevos movimientos contra los ilirios y los tracios, para fortalecer su posición, lo que no podía resultar sino en perjuicio de los atenienses, que tenían cada vez más difícil su comercio con las regiones del Mar Negro. La Paz de Filócrates, por el nombre de quien presidiera la embajada que acudió a Pela a negociar con Filipo, se llegó a aprobar por las dos partes la libertad de navegación, con una condena expresa de los actos de piratería.

Los atenienses estuvieron siempre divididos ante Filipo.Bastaba con seguir el principio que equiparaba la monarquía a la tiranía para estar en su contra. Pero el orador Isócrates veía en Macedonia la salvación de Grecia, porque los más acomodados ya no encontraban el modo de soportar las cargas económicas de la guerra, lo que amenazaba la supervivencia de los desheredados. En cambio, en Demóstenes primaba la angustia de ver a su ciudad perder la libertad. Predicó abiertamente la guerra contra Filipo en la tercera de sus Filípicas, uno de los discursos más apasionados que jamás se hayan escrito, y consiguió la dirección de la política ateniense para formar con otros estados griegos una coalición, que contaba con la ayuda económica del rey persa. Declararon en efecto la guerra a Filipo y le arrancaron una victoria naval, pero al final venció él en Queronea. Y los griegos pudieron comprobar que el vencedor no era tal cual lo había pintado Demóstene. La primera jugada importante de Filipo fue la intromisión en Tesalia, expulsando a los tiranos y creando unos consejos de ciudades y unas magistraturas tetrárquicas, para hacer finalmente de sí mismo arconte vitalicio de la liga tesaiia. Le llevó también a establecer alianzas con estados del Peloponeso e incluso un pacto de amistad con el rey persa.

Pero el gran éxito de Demóstenes, que le valió la recompensa de una corona de oro por parte de la asamblea ateniense, fue el acuerdo en -340 de una una paz común entre Atenas, Corinto, Mégara, Eubea, Ambracia, Acarnania, Acaya, Corcira y Léucade, por la que se comprometían a la creación de un ejército de coalición con Atenas a la cabeza. La causa fue el apresamiento por parte de Filipo en el Bósforo de unos barcos de carga escoltados por trirremes atenienses. Los movimientos militares de Filipo y la activa diplomacia ateniense hicieron que Beocia se aliara con Atenas, lo que significaba la ruptura con Filipo. Luego empezó Filipo su ofensiva alternándola con sucesivas propuestas de paz que fueron rechazadas por Atenas y Tebas; hasta que en -338 tuvo lugar el encuentro en Queronea, donde Filipo y su hijo Alejandro derrotaron definitivamente a sus oponentes. Filipo buscaba la reconciliación con Atenas, quizá porque no quería verla entregarse al rey persa. Naturalmente, los atenienses tenían que disolver lo que quedara de la liga naval y renunciar a sus posiciones de la costa tracia, pero conservaban las cleruquías de las islas y la soberanía sobre Délos. Oficialmente eran libres e independientes. En cambio, los tebanos eran humillados con la presencia de las tropas macedonias y serían administrados por un consejo de partidarios de Filipo. Y, por supuesto, se disolvía la liga beocia, haciendo a las ciudades autónomas.

Otra consecuencia de la batalla de Queronea fue que Filipo pudo combatir al rey persa, considerándolo como el enemigo inveterado de todos los griegos. Esta vez se le sometieron también todos los estados del Peloponeso, con la excepción de Esparta. Luego reunió Filipo a todos los griegos independientes en un gran congreso en Corinto, donde se proclamó la paz general, y se creó una confederación de todos los griegos con una hegemonía personal del monarca, que llevaba el título de strategós autokrátor. Todos podrían navegar libremente, con una participación de cada estado proporcional a su contribución militar. Esta creación política implicaba el fin de la polis como organismo político autónomo y soberano. En Persia Artajerjes había sido asesinado, y reinaba Darío III. Con un primer objetivo inmediato de liberar a las ciudades jonias del yugo persa, Filipo envió una expedición de diez mil hombres, a la que tenía intención de sumarse con un ejército mayor, pero fue asesinado en las bodas de su hija. A pesar de su juventud, su hijo Alejandro reaccionó, consiguiendo eliminar a una serie de pretendientes al trono.


Alejandro Magno

Alejandro invadió Beocia cuando nadie lo esperaba, y los atenienses imploraron su perdón. A continuación convocó en Corinto a los embajadores de la confederación helénica para hacerles confirmar su hegemonía personal, a lo que respondieron todos, salvo los espartanos. Y Alejandro volvió a aparecer de repente ante los muros de Tebas exigiendo, a cambio del perdón y de la renovación de la alianza, la entrega de los instigadores. Los tebanos llevaron adelante su orgullo y su provocación, con lo que el rey atacó Tebas. La ciudad desapareció para siempre; los supervivientes fueron ejecutados hasta en los templos, o bien vendidos como esclavos. Volvió el rey a Grecia para hacer sus preparativos contra el persa.

Alejandro atravesó el Helesponto en el -334 para no regresar. Llevaba sólo treinta y cinco mil hombres y se proponía atacar un reino cincuenta veces mayor que el suyo y veinte veces más poblado: desde el Helesponto hasta la India y desde el mar de Aral hasta las cataratas del Nilo. La geografía, no los hombres ni las armas, eran el verdadero enemigo de los invasores. Por eso el persa esperaba tranquilo en su palacio de Babilonia. La superioridad naval de los persas podía resultar inconveniente. Por ello se apoderó Alejandro de todas las costas persas del Mediterráneo, produciendo un bloqueo terrestre de los barcos Los persas contaban con un buen general griego, Memnón, que aconsejaba dilatar la espera del combate para que los griegos se adentraran bien en el continente y tuvieran problemas de intendencia en unas regiones. Sin embargo, los sátrapas rechazaron el plan, porque esa destrucción mermaría sus ingresos y el retroceso de sus tropas hería su orgullo. Así fue como decidieron esperar a los griegos junto al río Gránico, en Frigia, donde fueron derrotados con muy pocas pérdidas de parte de los vencedores. Alejandro tenía ahora a su merced todo el occidente de Asia Menor, es decir, las zonas colonizadas por los griegos.

Al llegar la primavera, y tras atravesar con sus tropas las Puertas Cilicias, se encontraron los dos ejércitos en una llanura próxima a Iso, un puerto situado en el extremo sureste de Asia Menor. El encuentro, que ha sido inmortalizado en un conocido mosaico, fue un desastre desde el principio para los persas, que vieron a sus efectivos destruirse a sí mismos durante la desbandada. El choque de la caballería, en el que quiso participar el propio Alejandro, dio tiempo al persa para huir; pero en la persecución que se produjo después, la mujer de Darío, su madre, sus hijos y su harén cayeron en manos del macedonio.
Alejandro quería ver a Darío como suplicante y no quería ser tratado por él como igual sino como el señor de Asia. Seis meses más tarde Darío ofrecía a Alejandro un rescate de diez mil talentos por su familia y la posibilidad de convertirse en su yerno, a lo que rehusó de nuevo el rey. Se dirigió hacia Siria, donde Tiro le ofreció resistencia. La ciudad parecía inexpugnable, con unos muros que alcanzaban por algunos lugares los cincuenta metros de altura y situada en una península. Pero, tras un asedio de siete meses, Tiro fue tomada y arrasada.

Después de la conquista de Siria era natural que Alejandro se dirigiera a la conquista de Egipto. Fue fácil, porque los egipcios no estaban contentos con el yugo persa. Alejandro se adentró en el desierto hasta llegar al oasis de Siwa, donde se encontraba el templo de Ammón, el dios oracular asimilado por los griegos a Zeus. Allí los sacerdotes lo saludaron con el título de Hijo de Ammón, que era el que habría correspondido a un rey de Egipto. Por Grecia corrió la noticia de que Alejandro había sido reconocido como hijo de Zeus. Fundó la ciudad de Alejandría que habría de heredar la importancia de la destruida Tiro como centro comercial del Mediterráneo oriental.

Darío preparó un ejército de un millón de hombres, con quince elefantes y doscientos carros de combate provistos de hoces en los ejes para segarlo todo a su paso; y esperó a Alejandro en lo que le parecía un lugar favorable: en Gaugamela, más allá del Tigris, cerca de las ruinas de Nínive. Pero Alejandro no cayó en la trampa de intentar cruzar el río delante del enemigo, sino que enfiló hacia el norte. Como en Iso, el rey persa emprendió la huida a la primera desbandada, mientras la caballería aguantaba el ataque. Con su preparación, su táctica y su disciplina, el ejército de Alejandro parecía invencible. Así Babilonia se le entregó sin resistencia, brindando al joven rey un recibimiento triunfal. Estaban los grandes tesoros del rey persa a disposición de Alejandro. Ofreció sacrificios a los dioses locales, en este caso a Marduk y, por vez primera, puso a un persa como gobernador de una ciudad sometida. De allí pasó a Susa, que también le abrió sus puertas y que atesoraba riquezas mayores, aunque no tan grandes como las de Persópolis, la tercera capital persa que también se le rendiría. En revancha por las pasadas fechorías de Jeijes, Alejandro hizo incendiar el palacio real de Persépolis. Y al fin llegó a Ecbatana, la cuarta capital persa. Ya acosado y sin retirada posible, Dario fue asesinado por un sátrapa que consiguió suceder al rey con el nombre de Artajeijes. Después de tres años pudo al fin ajusticiar a Artajerjes, condenado por alta traición.

En el -327 prosigue la conquista de Asia con una expedición a la India, que era el lugar de procedencia de la mayor parte de los tesoros del rey persa. Creía Alejandro que al otro lado de ese país se encontraba el Océano. Allí encontró al rey Poro, que había reunido un gran ejército con centenares de elefantes. Poro había dispuesto una larga línea de batalla, en la idea de que los enemigos atacarían de frente, pero por ello no lo hicieron así, sino que se lanzaron a los costados, consiguiendo sembrar el desorden y que los elefantes pisotearan a los soldados indios. Poro resultó muy herido, pero salvó la vida y fue muy bien tratado por Alejandro, que hizo de él su amigo. Alejandro dio la orden de seguir adelante, pero entonces se produjo un motín: los soldados tenían la moral debilitada por dos meses de lluvias continuas, y consiguieron la orden de retirada para lo que habría de ser un regreso penoso a través de desiertos ardientes donde sufrieron al extremo de hambre y de sed. Pero primero y durante diez meses tuvo lugar el descenso del Indo, con la sumisión de todas las poblaciones del valle; una parte de las tropas bajaba en barco por el río, mientras los demás los acompañaban a pie por ambas orillas. También envió Alejandro a su almirante Nearco con algunas tropas para que explorara una ruta naval que uniera el Indo con el Tigris y con el Eufrates, lo que en efecto consiguió.

Llegaron de regreso a Susa, donde el rey hubo de usar de una gran dureza con algunos sátrapas que se habían hecho prácticamente independientes. Tomó la decisión de enviar a casa a la mayor parte de los soldados, después de haber formado un nuevo ejército con iranios a los que instruyó a la manera macedonia. Sus soldados se sintieron menospreciados y se amotinaron de nuevo, exigiendo ser enviados todos a sus casas. Entonces Alejandro se dirigió a ellos con una mezcla de cólera y amargura, recordándoles cuanto habían conseguido de su padre y de él. No mucho después se dirigió el rey a Babilonia, con el propósito de iniciar una expedición naval que bajaría por el Eufrates, bordearía la península arábica y entraría por el mar Rojo, conquistando puertos y creando colonias a su paso. Pero se contagió de unas fiebres y murió.

Alejandro tenía un grupo reducido de buenos colaboradores: catorce guardias de corps para todo el reino, un archicanciller que llevaba la correspondencia y los archivos, un director de finanzas combinado con unos directores regionales que supervisaban la actuación de los sátrapas, y un quiliarca o comandante de la guardia. También la justicia tenía como cabeza suprema al rey, jefe del ejército. Por lo demás, se habrían mantenido los sistemas preexistentes, con una posibilidad de apelación al soberano canalizada por el archicanciller.

La expedición a Asia, en la que el rey fue acompañado de ingenieros, geógrafos y naturalistas, enriqueció los conocimientos de los occidentales sobre la flora, la fauna y los recursos mineros del Oriente. También hubo un interés por el conocimiento de nuevas rutas marítimas y fluviales. Estimuló la circulación de la moneda y las piezas de oro con su efigie. Su boda fue con la bactriana Roxana, las famosas bodas de Susa, en las que forzó a muchos griegos y macedonios a casarse con nobles persas, o el enrolamiento de trescientos mil jóvenes asiáticos a los que se les enseñaría la lengua griega y que serían armados y entrenados según la tradición macedonia. La política de fusión explica la creación de unas treinta ciudades. Se administraban internamente como póleis, pero no tenían autonomía administrativa y carecían de vida política. Las conquistas se celebraban con festivales donde se representaban las tragedias griegas.


La división del imperio

Alejandro no dejó heredero. Poco después de su muerte nació Alejandro, el hijo de su esposa Roxana. La lucha por el poder entablada de inmediato por los llamados Diádocos (Sucesores) de Alejandro habría de prolongarse a lo largo de cincuenta años, hasta el -270 en que quedan consolidadas las monarquías antigónida, lágida y seléucida, con unas divisiones territoriales que sobrevivirían hasta la conquista romana. Se distinguen en ella varias etapas. Primero, tres años en los que Perdicas consigue mantener un compromiso entre los pretendientes para establecer una sucesión legítima conservando él mismo el poder. Su muerte abre un período de casi veinte años, en el que Antígono intenta por su parte hacerse con el control del Imperio, hasta que muere en el -301 en Ipso, donde se inicia la realidad de los dinastas independientes: Lisímaco para Tracia y Anatolia, Seleuco para Siria y Babilonia, y Ptolomeo para Egipto. Entonces aparece en escena Demetrio Poliorcetes, hijo de Antígono, que consigue mantenerse durante un tiempo en Grecía y Macedonia, hasta que cae víctima de una coalición entre Lisímaco y el pretendiente Pirro, oriundo del Epiro. En realidad Lisímaco pretendía anexionarse Macedonia, pero no lo consiguió porque murió en la batalla de Corupedión luchando con Seleuco. Finalmente Macedonia consiguió un gobierno estable con Antígono Gonatas, hijo de Demetrio.

La monarquí antigónida va desde la proclamación de Antígono II Gonatas en el -277 hasta la batalla de Pidna en el -168, que significa el fin ante la conquista romana. Se suceden en Macedonia Demetrio II, Antígono III Doson, Filipo V y Perseo. La dinastía se mostraba heredera de la tradicional monarquía macedónica. La Liga o Alianza (Symmachia) entre Grecia y Macedonia ya no abarcaba ciudades-estado sino confederaciones, es decir, donde los miembros eran los aqueos, los macedonios, los tesalios, los epirotas, los acarnienses, los beocios y los focidios. La Alianza tuvo iniciativas bélicas no muy felices, fueron contra la Liga Etolia, pero ésta se puso del lado de Roma en las guerras macedónicas, lo que llevó a los aqueos a acabar adoptando la misma posición. Macedonia perdía todo control sobre Grecia.

La monarquía lágica recibe su nombre de Lago, el padre del primero de los Ptolomeos. Se mantendría, en Egipto, impidiendo implícitamente toda posibilidad de reunificación del Imperio de Alejandro. La política exterior podría interpretarse como expansionista, pero no en el sentido de que pretendiera ampliar progresivamente las fronteras de sus dominios. Es probable que pretendiera tan solo asegurarse el respeto de Siria y Macedonia. A finales del siglo tercero cambia la situación con el enrolamiento en el ejército de egipcios, motivado por problemas financieros, que desemboca en una promoción de éstos, combinada con un aumento del poder de los sacerdotes. En conjunto de trata de una reactivación del nacionalismo egipcio en el marco de graves dificultades económicas, que lleva a la independencia del Alto Egipto en el -207 y al desarrollo del bandolerismo por el Bajo Egipto y por el Delta. La última fase previa a la conquista romana muestra una situación de anarquía

El territorio de la monarquía seléucida no sólo llegó a tener una descomunal extensión y una enorme complejidad étnica, ausentes de los reinos de Egipto o Macedonia, sino que, por ello mismo, sus fronteras sufrieron a lo largo de su historia grandes fluctuaciones. En la época de Seleuco I y Antíoco I se sumaron a los amplísimos dominios orientales el Asia Menor, Mesopotamia y casi toda Siria; pero en el siglo tercero, con el poder creciente del pueblo de los partos, se perdió todo lo que quedaba al oriente de la línea que une el mar Caspio con el golfo Pérsico, hasta quedar reducido el antiguo Imperio, después de la muerte de Antíoco VII, a una región del norte de Siria. Después, el Imperio languidece hasta su sumisión a Roma.


Cultura helenística

La crisis de la religión olímpica empieza con el escepticismo desarrollado por la sofística. Se asiste ahora a una apertura a los cultos extranjeros y hay una inclinación hacia las religiones que ofrecen una vivencia personal intensa del fenómeno religioso, acompañada o no de una promesa de vida después de la muerte. El culto al gobernante es otro aspecto característico de esta época, no tanto debido a la búsqueda de la vivencia religiosa por parte del individuo como a un intento de los propios soberanos por alcanzar una legitimidad. En las dinastías que se consolidan como sucesoras se observa la vinculación a uno de los grandes dioses tradicionales. Los Ptolomeos promueven el culto a Dioniso. Por su parte, los Seléucidas eligieron a Apolo, un dios muy venerado en Asia Menor. Finalmente, los Antigónidas se aferraron a la pretendida ascendencia argiva de la casa real de Macedonia, haciéndose pasar por descendientes de Heracles.

El paso siguiente era la adoración de los soberanos muertos, para llegar a su adoración en vida. Pero la auténtica piedad parece haberse volcado en esas religiones llamadas mistéricas o de salvación, porque a través de unas complicadas y secretas ceremonias de iniciación (misterios), producían la salvación individual. El mundo griego se abre ahora a los misterios egipcios, con el culto de Serapis, y sobre todo con la veneración de Isis; y también a otras formas de religión mistérica originarias de Asia, como los misterios de Adonis, los de Cíbele o los de Atís, más relacionados con los cultos de la vegetación y la fecundidad. Una de ellas es el evemerismo, así llamado por Evémero de Mesene, que pretende explicar el origen de los dioses como hombres que habrían reinado en una cierta isla y habrían sido adorados allí como dioses. En otra línea está la divinización y veneración de las abstracciones, como la paz o la riqueza, a las que se atribuye un efecto salutífero.

En todo influyó favorablemente la existencia de una lengua común, el griego llamado koiné. Asimismo la gran producción de papiros, y más tarde de pergaminos, y la utilización de esclavos instruidos para las copias, que permitió publicar libros a una escala antes desconocida. Se mantiene la tradición de la educación griega superior, que se impartía en los gimnasios, como una combinación de poesía, filosofía y retórica, por un lado, y de música y ejercicio físico, por el otro. Al salir del gimnasio, los alumnos interesados y con capacidad económica acudían a algún maestro o escuela, que también se ubicaban en las ciudades, para realizar estudios más especializados. Y en las grandes ciudades estaban los verdaderos centros del saber, las bibliotecas, debidas al mecenazgo de los reyes. Surgieron en las cortes de Antioquía, Siracusa, Pela, y desde luego en Pérgamo; aunque el centro intelectual del mundo helenístico era indiscutiblemente Alejandría, donde fundó Ptolomeo I una gran biblioteca y el llamado Museo, un instituto de investigaciones científicas, dotado de todos los medios técnicos conocidos entonces. Allí llegó a haber medio millón de pergaminos. Y allí se desarrolló la filología, se hicieron catálogos, nuevas ediciones, resúmenes de todo tipo de obras, y se analizaron textos como los de Homero.

Un hecho característico de la época helenística es la fragmentación de la ciencia en especialidades, debida a que ya nadie puede aspirar al enciclopedismo. Otro es el interés por la observación de los fenómenos y por la experimentación, que impregna las disciplinas más teóricas. Sin embargo, se elude, por denigrantes, las aplicaciones prácticas de los conocimientos alcanzados, por lo que no redunda en un desarrollo tecnológico. La excepción es la práctica de la medicina y el diseño de las máquinas de guerra. En el siglo tercero se desarrolla la llamada escuela médica de Alejandría, que propugnaba el conocimiento anatómico como algo previo para el tratamiento de las enfermedades; no sólo practicaban autopsias sino que consideraban necesaria la vivisección humana (en criminales) para poder estudiar el aspecto y funcionamiento de los órganos. Pero surgió una escuela rival de medicina empírica, que se basaba en la experiencia clínica, en la analogía y el conocimiento de los fármacos.

Siguió funcionando la academia que fundara Platón, con el desarrollo del escepticismo. El Liceo, que dirigió Teofrasto, fue eclipsado por el Museo de Alejandría. Las dos corrientes más representativas de la época son el epicureismo y, sobre todo, el estoicismo, ambas interesadas en mejorar la vida del individuo. Las matemáticas, la física y la astronomía cuentan con primeras figuras en esta época: los Elementos de Euclides; también se recuerda a Arquímecles por el descubrimiento del principio de flotación de los cuerpos y por sus estudios sobre la palanca y las poleas. La falta de instrumentos ópticos capaces y la habilidad de su oponente en argumentar el sistema geocéntrico fueron la causa de que fuera menos aceptada la teoría heliocéntrica del universo que formula Aristarco. Eratóstenes fue capaz de calcular con tan sólo un uno por ciento de error las dimensiones del globo terráqueo, midiendo el ángulo con que incidían en Alejandría los rayos del sol cuando caían totalmente verticales en un pozo profundo de la localidad de Siena, situada casi en el mismo meridiano.

Dentro de la literatura destaca el dramaturgo Menandro, creador de la comedia de costumbres, con una atención especial a la trama y a los caracteres. Lo propiamente helenístico se encuadra en la poesía: Calimaco, que desarrolla a la perfección el epigrama, una breve composición lírica colorista e incisiva; Teócrito, maestro de la poesía bucólica, con esos ambientes idílicos tan bien descritos donde realizan los pastores sus competiciones poéticas; y Apolonio de Rodas, que recrea en sus Argonáuticas una poesía épica precursora de la novela, con la fortuna y el entramado de las pasiones humanas como responsables del desarrollo de los acontecimientos.

Bibliografía


LÓPEZ MELERO, Raquel, Filipo, Alejandro y el mundo helenístico, Madrid, Arco Libros, 1997