viernes, 17 de enero de 2014

El elemento tierra en la filosofía presocrática (entre torbellinos y contrarios)


En la filosofía griega la tierra pasó de ser un principio cosmogónico a convertirse en un elemento más entre otros. En el devenir del pensamiento presocrático está en juego el pasaje de las explicaciones mitológicas a las científicas para describir la naturaleza; junto con la caída del culto a las deidades femeninas, la fertilidad y la madre-tierra (Deméter), que fueron reemplazados por la asunción de los dioses del Olimpo con Zeus a la cabeza. A pesar de haber perdido su status, la tierra continuará apareciendo y ocupando un lugar central en la constitución del universo. Porque, a través de la concepción cosmológica de un remolino turbular que somete a todo el cosmos al movimiento, le corresponde a la tierra naturalmente el centro. Y esto puede deberse a que, al haber perdido como principio toda capacidad vital, también se quedó sin posibilidad de movimiento. La tierra yacerá inerte en el centro del cosmos, inánime, hasta que con el inicio de la modernidad recupere el movimiento, aunque ya sin la capacidad “maternal” de los cultos agrarios. Sólo en algunos planteos residuales de la ciencia moderna la tierra tendrá aquel lugar de “origen de la vida” que poseía en la antigüedad, cuando se acepta transitoriamente, por ejemplo, la idea de “generación espontánea” en el barro[1]. Pero esto quedará completamente desechado luego de los cambios tecnológicos por la incorporación de elementos ópticos (el microscopio) y el posterior descubrimiento de la acción de los microorganismos.

Entre los primeros filósofos griegos, quienes hacían de la tierra un principio cosmogónico la ubicaban junto a otros principios que actuaban en conjunto. Estos pensadores primitivos asociaban el elemento tierra con una deidad femenina de la mitología griega. Entre ellos se encuentran Hesíodo, Ferécides y Empédocles. En el caso de Hesíodo, Gigon sostiene que fue el primer filósofo al ocuparse de los principios ontológicos de la Verdad, el Origen y el Todo. A diferencia de Homero, no escribió poemas de eventos verosímiles y circunstanciales, como la epopeya de la Ilíada, sino sobre la verdad del origen y sobre cómo se constituyó el todo. Por esto, comenta Gigon que Hesíodo estableció tres principios cosmológicos: el Caos, la Tierra y Eros. Porque el origen estaría dado por un Caos indeterminado, al que acompañaba la Tierra como sustrato; y sobre el cual se desarrolló la generación de dioses, por intermedio de Eros, que es el principio dinámico.
Ferécides de Siro también partió de una tríada de realidades originarias, nada más que, en vez de un principio indeterminado, optó por uno de corte racional. Porque eligió a Krono (Cronos), que se encuentra “desde siempre” con Zas (Zeus) y Ctonia (Tierra). En su organización mitológica, Ferécides relata que Zas se casó con Ctonia y que le regaló un velo con la imagen geográfica de la superficie terrestre y los océanos. Esto se identifica con la idea de que Ctonia es la estructura sobre la cual se desarrollará la vida; y en la que Zas actuó de modo similar al Eros de Hesíodo, al dar origen al mundo a través de pares de opuestos (en griego, la partícula ‘zen’, que aparece en el nombre de Zeus, significa vida). Tanto en Ferécides como en Hesíodo el elemento tierra aparece como un principio sustancial sobre el cual se desenvuelve la vida, y que actúa en paralelo a otros dos principios que lo acompañan.

Durante el siglo -V, Empédocles de Agrigento se opuso al monismo radical impuesto por Parménides e inició una concepción plural del origen del universo. Si bien no podía derivar la pluralidad del Ser único, Empédocles estableció cuatro realidades primarias desde las cuales se generó la multiplicidad de la realidad. Entre estas cuatro raíces, que se asociarán más adelante con los cuatro elementos, se halla la tierra (que está representada por la diosa Hera, ¡dispensadora de vida!), junto al fuego (Zeus), el aire (Hades, porque es invisible) y el agua (Netis). Además de estos cuatro elementos, Empédocles introduce como causa del movimiento los agentes externos de Amor y Discordia. Por primera vez se separa el principio material de la causa eficiente. Porque los antiguos físicos jónicos del siglo -VI, previos a Parménides, hacían del principio material (arché) un único principio constitutivo del todo. Y con el pasaje de esta unidad a la multiplicidad asociaban también el movimiento (que será clausurado por el monismo eleático). Tales fue conocido por elegir el arché agua, Anaximandro el ápeiron, Anaxímenes el aire y Heráclito el fuego. Y se ha querido hacer de Jenófanes como el filósofo que eligió el arché tierra como principio originario, a partir de un fragmento donde dice que “de la tierra viene todo y todo termina en la tierra” (fragm. 27). Pero Aristóteles argumenta que no pudo elegir la tierra como arché porque Jenófanes creía en que el cosmos era eterno (al igual que el Ser parmenídeo), imperecedero; y, además, porque la tierra como principio material no puede ser causa del movimiento. La tierra está asociada con lo inerte, que yace muerto y sin el calor vital, que es dador de vida y movimiento.

Entre los pensadores jónicos que propusieron un monismo para explicar la realidad se destaca Anaxímenes por ser el filósofo que intentó dar cuenta cómo se da efectivamente el pasaje del principio único a la multiplicidad. Tal como se mencionó recientemente, Anaxímenes eligió al aire como arché, ya que, por medio de condensaciones y rarefacciones se transforma en los otros elementos. Así, se llegaría a la tierra luego de un ciclo de conversiones y condensaciones del aire, que primero pasó por el estado de agua. Esta línea de pensamiento se revitalizará con la reintroducción del monismo jónico en la segunda mitad del siglo -V, especialmente con Arquelao, el maestro de Sócrates y discípulo de Anaxágoras que, a su vez, fue discípulo de Anaxímenes. Arquelao (y también Diógenes de Apolonia), sostendrá que el aire primero se separa en lo frío y lo caliente; y de ahí continúa en el pasaje al fuego, el agua y, finalmente, la tierra, que yace fría e inmóvil en el centro.

Si se recapitula lo dicho hasta el momento, en la antigua Grecia la tierra era considerada como una deidad dadora de vida (y movimiento). En tanto principio de la naturaleza, los primeros filósofos indicaban que estaba acompañada de otras realidades primarias. Sin embargo, con la introducción del monismo se advirtió su imposibilidad natural de generar el movimiento y comenzó a ocupar un lugar inferior entre los demás elementos. En lo que sigue, se desarrollará brevemente cómo aparece el elemento tierra entre los pares de contrarios y las teorías cosmogónicas que le otorgan un lugar en el centro del universo.

Al hablar de Ferécides se mencionó de pasada que el mundo se creaba por Zas a partir de los contrarios. Aristóteles, al clasificar jerárquicamente la naturaleza, dirá que todo está hecho de los cuatro elementos, los cuales, a su vez, están formados por dos pares de contrarios. Así, a la tierra le corresponde el estar conformada de “lo frío” y “lo seco”, totalmente opuesto al aire, que está compuesto de “lo cálido” y “lo húmedo” (cualidades que se asocian en el pensamiento griego con la vida). Pero en Empédocles hallamos que los cuatro elementos, utilizados para explicar la naturaleza, fueron tomados del pitagórico Alcmeón de Crotona. Porque este filósofo argumentaba que la salud del cuerpo dependía del equilibrio de los cuatro contrarios. Y si bien el hombre se muere, el alma es inmortal porque está en eterno movimiento. Por ello, Empédocles agregará, a los cuatros elementos que tomó de Alcmeón, el Amor y la Discordia como generadores externos del movimiento. La Discordia inicia el movimiento turbular al separar los elementos, por impulso de la rotación, que se encontraban unidos y mezclados en una esfera armónica por fuerza del Amor. Así, el alma estaría viajando por los cuatro elementos, que se mezclan y separan formando los objetos, en un ciclo de reencarnaciones que va de los objetos, las plantas, los animales, los hombres, a los adivinos, poetas y príncipes, hasta llegar a los dioses.

Por otra parte, Anaxágoras manifestará que en un comienzo todo estaba junto y sin discernirse hasta que la Inteligencia inició una causa de movimiento y las cosas comenzaron a separarse mecánicamente. Por acción del movimiento en remolinos, lo más liviano ocupó la periferia y lo más pesado se ubicó en el centro. Y a diferencia de los anteriores pluralistas, Demócrito ya no tiene necesidad de postular una causa externa, y simplemente dirá que todo está en movimiento. Así se salvará de la crítica que se le hace a Anaxágoras de porqué empezó el movimiento en un momento y no en otro. Para los atomistas hay movimiento porque existen átomos y vacío: el vacío condiciona a que los átomos se desplacen. En este sentido, todo estaría en movimiento turbular, en torbellinos donde chocan y se mezclan los átomos para crear universos y mundos. Por supuesto, la tierra ocupa el centro y como opuesta al aire que se expande en la periferia.

En definitiva, notamos que en las concepciones físicas de los antiguos pensadores griegos el elemento tierra deja de poseer gradualmente la capacidad de generar vida, tal como la poseía en los primitivos cultos agrarios; y pasa de ser un principio constitutivo del todo a un elemento incapaz de ser tomado como una arché, si se tiene en cuenta que, por su condición asociada con lo inerte (sin calor vital), no puede generar el movimiento. De este modo, el elemento tierra será ubicado por causa del movimiento en remolinos en el centro, opuesto a su par contrario el aire que se encuentra en la periferia. Y se lo vinculará con el deseo, como el de los animales que sólo pueden mirar hacia abajo, la tierra, y no pueden contemplar los elevados cielos, los movimientos de los astros donde se haya la divinidad, la inteligencia y el origen del alma junto a los dioses bienaventurados.


Por Marcos F. Beltrame 


[1] “El limo del Nilo”. La generación espontánea fue una idea que sostuvo Arquelao en la antigüedad. 

Los pluralistas


Empédocles

Son llamados filósofos pluralistas los que, como Empédocles, Anaxágoras y Demócrito, abandonaron el monismo parmenídeo por una pluralidad de elementos eternos y reales. El primero de ellos, Empédocles de Agrigento, fue quien durante el siglo -V se esforzó por rescatar el mundo natural de la negación eleata. Era de origen aristócrata y participó políticamente en la disolución de una organización oligárquica (la Asamblea de los Mil). Rehusó el reinado, pero al regresar sus enemigos lo obligaron a exiliarse. Una leyenda cuenta que se arrojó al volcán Etna, y que quedó una sandalia en el precipicio. Durante sus viajes se puso en contacto con los pitagóricos y el orfismo. A Empédocles le gustaba pasearse con una túnica púrpura sujeta con un ceñidor de oro, una guirnalda délfica, unos zapatos de bronce, cabello abundante y escoltado por muchachos, que “buscaban escuchar su palabra de curación”, porque era considerado un médico, fundador de la escuela siciliana de medicina. Tenía fama de mago, resucitador de muertos, controlador de vientos y por parar la lluvia. Aristóteles lo consideró el inventor de la retórica y Gorgias fue discípulo suyo. El tratado Sobre la naturaleza está dirigido a su discípulo Pausanias, a quien le exhorta que lo mantenga en secreto hasta su muerte. Al igual que los pitagóricos, cuidaba los secretos científicos y publicaba los religiosos. De ahí que su poema Purificaciones, sobre la peregrinación del alma, esté dirigido al público en general.

Empédocles no confía en la infalibilidad de los sentidos porque son débiles como la inteligencia, y los hombres tienen poca esperanza de conseguir la certeza. A pesar de ello, los sentidos pueden servir al conocimiento. Tal como se verá, en algunas cuestiones coincide con Parménides y en otras no. Empédocles acepta que nada puede originarse de la nada y que lo existente no puede perecer porque la suma del ser es constante, es decir, está en todas partes. Porque admitir el vacío es admitir lo que no es. Sin embargo, de esto no dedujo una unidad inmóvil, sino una pluralidad primaria que se mezcla y se separa: no hay nacimiento real o muerte de las cosas, sino que son procesos de mezcla y separación. La pluralidad del mundo se deriva de las cuatro raíces de todas las cosas, que son el fuego (Zeus), la tierra (Hera, dispensadora de vida), el aire (Aidoneo, porque el nombre significa “invisible”) y el agua (Neitis, que con sus lágrimas hace que broten los manantiales). Las cuatro formas primitivas ya habían aparecido en Homero, donde a Zeus le tocaba el cielo, a Poseidón el mar, la oscuridad a Hades y la tierra para todos; y en Anaximandro como contrarios. Con Empédocles se transforman en archaí, y se las considera una extensión de la teoría médica de Alcmeón, donde los contrarios del cuerpo humano son llevados a la naturaleza. También son cuatro los elementos en el hinduismo, pero en cambio los chinos tuvieron cinco (al no tener en cuenta el aire y sumar la madera y el metal). Los cuatro elementos no serán considerados por los otros pluralistas. Sin embargo, Aristóteles los recuperará como base de la teoría física y perdurarán como tales durante la edad media y hasta los avances químicos del s. XVIII.

Entonces, para Empédocles los cuatro elementos son partículas indestructibles, cualitativamente inalterables, que se mueven mecánicamente y sin que exista el vacío –sino al ocupar cada una el lugar de las otras. Todo se mezcla y separa. Los elementos se construyen de partes que no se dividen más allá de cierto punto, y que se traspasan mutuamente porque contienen poros capaces o no de admitir las partículas de otras sustancias. Sólo se pueden mezclar sustancias con poros simétricos entre sí. Ahora, los agentes motores del movimiento son dos fuerzas externas, el Amor y la Discordia. Se trata de dos tensiones opuestas simultáneas, como la armonía de Heráclito, donde la preponderancia de una conduciría a la disolución del cosmos. Por primera vez, con Empédocles se separa el agente motor de lo movido. Mientras que el Amor atrae las cosas no semejantes, en cambio la Discordia se encarga de unir lo semejante con lo semejante, en masas separadas. El Amor une los diferentes elementos entre sí y la Discordia los vuelve rivales. Vale aclarar que los elementos no pierden su identidad en la mezcla; y que en la disputa entre fuerzas, hay cuerpos que se combinan más fácilmente que otros.

El ciclo cósmico consistiría en un primer período de dominio del Amor sin oposición, con cohesión de los elementos en una unidad esférica y armónica. Luego, ingresaría la Discordia, que se hallaba en los límites, para aislar los elementos completamente. Así, se iniciaría nuevamente el movimiento en forma turbular, aunque Aristóteles comenta que no existe una causa determinada para que ello sucediera en ese momento y no en otro. Según Empédocles, surge por Necesidad (Ananké). Cada elemento comienza a buscar su semejante y, durante este proceso de degeneración, se origina el mundo tal como lo conocemos. Una vez que se encuentren completamente separados y en movimiento, los elementos se disponen en círculos concéntricos, con la tierra en el centro. Y, en un instante, nuevamente el Amor vuelve a acrecentar su poder y la Discordia comienza a retirar gradualmente su influjo. De este modo, surge otro mundo con seres mortales. Sin embargo, en lugar de que las masas se vayan distinguiendo, tal como sucedió en el inicio, ahora son miembros y órganos separados que se combinan al azar, formando seres extraños y luego familiares a nuestro mundo. Los neoplatónicos encontraban en este ciclo, que se repite indefinidamente, un bosquejo de la ontología platónica: la esfera divina representaría el reino inteligible y el resto lo sensible.

Por otra parte, para Empédocles todo conocimiento es de lo semejante por lo semejante, y la ignorancia es por lo desemejante. Es decir, si se actúa con el poder del Amor, entonces se puede comprender la mezcla de los elementos semejantes que conforman las cosas; pero, si se lo olvida, la Discordia disuelve las asociaciones y se tiene de cada elemento sensaciones por separado, lo que ocasiona la distracción e imposibilidad de comprensión del mundo. La sensación (que es sinónimo de pensamiento) se produce por acoplamiento de los poros de cada órgano con las emanaciones (efluvios) corpusculares que los objetos emiten (Plutarco afirma que estas emanaciones suceden por la degeneración del mundo; y lo que comúnmente se llama “muerte” ocurriría por el efluvio continuo). Por ello, un órgano no puede distinguir los objetos de otro, sino sólo aquellos que se le acoplan. Ahora, en la medida que los hombres son de naturalezas diferentes, también piensan distinto, dado que varían las formas de los poros con los cuales conoce las cosas. El placer se produciría cuando los órganos sensoriales encuentran objetos similares a ellos en sus partes y en la mezcla de los elementos de su composición. El placer es por lo semejante; y el dolor producto de los contrarios, que son hostiles.

En su otro libro, Purificaciones, Empédocles siguió una concepción mística del alma, a la que cree como un espíritu caído que logra liberarse de su existencia terrenal y vuelve al cielo. El título alude a los modos de purificación (katharmoi) necesarios para cuando se mancillaba y ofendía el mandato divino (míasmas por homicidios, por entrar accidentalmente al bosque sagrado, etc.). Se trataba de una limpieza que incluía el uso de agua, prohibiciones de comer carne, acercarse al laurel, el trato íntimo con mujeres. En el poema de Empédocles las almas de los seres vivos son daímones inmortales, cuya morada originaria era con los Bienaventurados; pero que fueron seducidos por la Discordia y cayeron en la tentación de sacrificar y comer animales (que por transmigración puede llegar a ser el de un pariente difunto). Y ahora cumplen su exilio por el decreto que los condena. Sólo por la observancia estricta de las normas de pureza y con un conocimiento de la naturaleza divina podrán escapar al ciclo de reencarnación. Durante el ciclo de transmigración el alma también puede estar en las plantas, pasando sucesivamente por los animales, los hombres, adivinos, poetas, médicos y príncipes. Luego se elevan a la categoría de dioses, junto a otros inmortales liberados de la fatiga humana. Esto lo lleva a Empédocles a declararse él mismo un dios, dado que las almas que reencarnan en un cuerpo mortal son divinas. Para Empédocles son dioses los cuatro elementos, el Amor y la Discordia, los productos de los elementos, la Esfera, la mente sagrada y los daímones. Asimismo, nos informa que son los profetas y los físicos quienes han alcanzado su última encarnación. No obstante, a diferencia de su anterior poema, Sobre la naturaleza, donde le había pedido ayuda a las Musas porque conoce la falibilidad de las facultades humanas para conocer la naturaleza, en éste libro confía en el orgullo de su profecía y sabe que va a decir la verdad. El alma tiene que aprender a abstenerse del mal con una vida pura y practicando los katharmoi para obtener el conocimiento de lo divino (y asemejarse a lo semejante). Además, si somos concientes de la naturaleza de la divinidad es porque hay un elemento divino en nosotros, aunque no podamos captarlo por medio de los órganos corpóreos. Porque la divinidad no tiene cuerpo y es sólo mente, sagrada e inefable, que se precipita a través del cosmos con veloces pensamientos (fragm. 134).


Anaxágoras

Anaxágoras de Clazómenes vivió durante el siglo -V. Fue discípulo de Anaxímenes y viajó a Atenas, en donde se convirtió en maestro de Arquelao[1]. Se lo acusó de impiedad por negar la divinidad de los astros (“el sol es una piedra candente”), lo que lo llevó al exilio. Cabe resaltar que era amigo de Pericles en un mal momento para el gobernador ateniense.

Al igual que Parménides (y que Empédocles), Anaxágoras sostenía que no hay nacer ni perecer, sino mezcla y  separación de las cosas. Porque algo no puede formarse de lo que no es ni convertirse en lo que no es. Sin embargo, no parte como Empédocles de ciertos elementos primarios, sino que concibe en cada cosa una porción de todo: “todo estaba junto y fue el Intelecto quien lo puso en orden”. Porque el Intelecto es la cosa más sutil y pura que hizo girar todo en un principio. El Intelecto es infinito y único, es decir, existe por sí mismo de modo independiente y sin mezcla con las cosas para poder gobernarlas, comprenderlas, determinarlas y ordenarlas. Al generar la rotación, el Intelecto pone en orden y mueve. Así, cada vez se gira más fuerte y se genera más separación y distinción de las cosas, aunque nunca nada se separará completamente. El Intelecto es quien inicia el movimiento y luego éste sigue de modo mecánico (sin ningún fin determinado, cuestión que le criticará posteriormente Platón). Repetimos una vez más que sólo el Intelecto se haya completamente separado porque es homogéneo, al compararse con las demás cosas, que tienen una porción de todo.

Ahora, como “todo está en todo”, cada cosa se define por aquello del todo que tiene en mayor proporción. No hay sustancias elementales. Por ello, cada cosa se puede separar al infinito pero sin llegar nunca a una sustancia en la que no haya magnitud: siempre habrá una parte finita. Porque en una cosa hay infinitos ingredientes que, a su vez, son también infinitos. Por lo que no puede existir el fin de la divisibilidad (“todo está junto”). Anaxágoras utiliza el ejemplo de la nutrición para explicar que todo está en todo: el pan que se come se convierte en carne, huesos, etc. Son como semillas que pueden contener una sustancia en mayor proporción que las demás y que, luego, se pueden hacer perceptible. A pesar de ello, se le critica que no todo se convierte en todo, porque un pedazo de bronce no se convierte en alimento. Pero Anaxágoras sostendrá en este caso que, el hecho de que el bronce no se convierta en alimento como el pan, no significa que no contenga de modo imperceptible carne, huesos, etc.

Por otro lado, de un modo casi paradójico, Anaxágoras también sostendrá que en algunas cosas hay algo de Intelecto. Se trata de los seres vivos, a los cuales el Intelecto anima poniéndolos en movimiento. Aristóteles le critica que confunde psyche con nôus. Sin embargo, el Intelecto (Nôus) está donde también está la materia porque es invisible e intangible, extendido en el espacio, y no se confunde con aquella. A diferencia de Empédocles, sostiene que la percepción se da en el cerebro (no en el corazón) y por los contrarios: por ejemplo, el frío se siente por tener la mano caliente. La percepción causa dolor porque es una afección en un órgano sensorial de algo no semejante. Además, los órganos son débiles para percibir con claridad: no se puede distinguir una gota de pintura blanca en un balde con pintura negra, y sólo por el Intelecto se puede conocer cuál es la verdadera realidad subyacente. Mientras que los sentidos observan lo que predomina, en cambio el Intelecto sabe que en todo hay una porción de todo.


Demócrito

Junto a Leucipo, quien fuera su maestro, Demócrito de Abdera representa el atomismo. Entre sus discípulos se encuentra Protágoras. Nació en el -460 y se calcula que vivió más de cien años. Escribió alrededor de cincuenta enciclopedias y era conocido como el filósofo que ríe de las locuras de la humanidad (y Heráclito el que llora). Todas sus obras se hayan perdidas porque ningún escolástico las hubiera utilizado como defensa del cristianismo.

El atomismo intenta rescatar la pluralidad de la realidad contra la divisibilidad infinita de Anaxágoras y el Uno inmóvil de Parménides que impide el pasaje a la pluralidad y el no-ser. Los atomistas dirán, al igual que Parménides, que el ser es pleno, corpóreo, pero no uno, sino una pluralidad infinita que, por ser tan pequeños es imperceptible. Y el no-ser es la existencia del vacío, donde se mueve el ser. Por combinación se da la generación y disolución. Los átomos al entrar en contacto se influyen mutuamente y forman un cuerpo. Un átomo es inmóvil, inmutable, inengendrado, imperecedero, homogéneo, contiguo, indivisible, sin cualidades sensibles. Por definición, un átomo es indivisible no sólo física, sino matemáticamente. Las diferencias entre las cosas se dan por las condiciones en que aparecen los átomos: a) por su forma (figura, proporción, ritmo): A es diferente de N; b) por el orden (disposición, contacto): AN es diferente de NA; c) por la posición (transposición, dirección): N es diferente de Z. Sumado a esta serie de condiciones, Epicuro le agregará el tamaño, lo que permitiría hacer perceptible al átomo en algún punto.

A diferencia de Anaxágoras, los atomistas sostienen que el movimiento es eterno y no se origina en ningún momento determinado (ya que llevaría a preguntarse porqué en un momento y no en otro). Para Demócrito, no se puede buscar un principio al infinito. A la inversa de Meliso, los atomistas dicen que con el vacío hay movimiento, al quedar los átomos libres: el vacío no obraría como causa sino como condición del movimiento. Los átomos en el espacio vacío se empujan, chocan, entremezclan y entrelazan, generándose así un torbellino que, a su vez, origina el cosmos. Será Epicuro quien le agregue peso a los átomos para que caigan perpendicularmente y puedan ser arrastrados por el impacto, e introducir así la noción de desviación. Sin embargo, esto implica que existe un centro y una periferia. Pero en el caso de Demócrito, cada átomo es más pesado cuando es más grande, aunque esto sólo ocurre en el seno de un torbellino y no en el vacío. Y los acontecimientos suceden mecánicamente sin finalidad alguna, sobre los cuales el hombre no puede conocer sus causas. La idea del tamaño de los átomos está ligada a la del peso, donde los más pesados y ganchudos buscan el centro del torbellino y pueden resistir el impacto, mientras que los más pequeños y livianos pueden ser desplazados a más distancia. Estos últimos son lisos y redondos, como los que conforman el fuego, el alma y lo dulce.

Entonces, para Demócrito el alma está formada por átomos pequeños y redondos, lo que le permite deslizarse a través de todas las cosas y moverlas con su movimiento. Pero un único átomo no puede ser el alma o el fuego, porque los átomos sólo tienen cualidades cuando están combinados. Más bien, los átomos del alma se encuentran dispersos por el cuerpo y, por ser tan pequeños e imperceptibles, los atascos no le impiden el movimiento. Los átomos irracionales se alojan en el cuerpo y los racionales en la cabeza. Y la vida se mantiene por la respiración, dado que los átomos del alma son expulsados constantemente del cuerpo (al igual que sucede con la formación del cosmos). Al ingresar los átomos de inteligencia permiten que no se disgregue el ser vivo. La muerte sucede cuando ya no pueden ingresar más átomos al cuerpo, aunque no se puede indicar definitivamente la terminación de la vida, porque ante una muerte aparente continúan, por ejemplo, creciendo los pelos y las uñas.

La sensación ocurre en el individuo por la alteración del cuerpo con los átomos del exterior. Las cualidades sensibles originan percepciones subjetivas al alterar la composición del sujeto, por medio de los conductos (poros) del organismo perceptor. Toda sensación (aisthesis) remite al contacto físico (tacto), al igual que los otros pluralistas. Y si bien los objetos sensibles contienen átomos diferentes, sin embargo adoptan el carácter del que más predomina en ellos. Por esto, pueden producirse sensaciones contrarias: por ej., en la miel predomina lo dulce pero hay también amargor. La visión se origina por los efluvios de los átomos de las cosas que conservan aproximadamente la superficie de las cosas (imágenes); y que penetran en el ojo para mostrar el reflejo del objeto. En el tránsito de las imágenes (eidola) se puede dar la distorsión y relatividad para cada sujeto. Ahora, el reflejo no se forma en el ojo, sino que los efluvios del objeto y del ojo se encuentran en un punto intermedio del aire, al que comprimen, solidifican e imprimen sobre él la imagen del objeto (como un modelo de cera). Esta representación ingresa y se muestra en el ojo como sólida. Teofrasto le criticará ¿cómo hacen dos personas de frente para verse sin que se choquen sus imágenes? ¿Cómo entra en un ojo el efluvio de un elefante? ¿Cómo hace el aire, que es inestable, para mantener las impresiones? ¿Cómo hacen las imágenes para no cruzarse? ¿Para qué son los reflejos si ya hay efluvios?

El pensamiento depende de las imágenes del exterior. Se trataría del mismo proceso corpóreo que el de las sensaciones. El pensamiento surge cuando el alma se encuentra en equilibrio después del movimiento que afecta a los sentidos. Así, habría un tipo de conocimiento objetivo, deducido por la mente, de que sólo hay átomos y vacío, ambos imperceptibles; y otro conocimiento más oscuro, donde las cosas que se muestran a los sentidos son sólo apariencias de la realidad. Esto lo llevará más adelante a Sexto Empírico a sostener un escepticismo radical y negar la posibilidad del conocimiento; pero para Demócrito la verdad está más allá de la sensación, y puede ser captada con la inteligencia. Y además, no hay que desechar por completo la sensación porque con ella se reciben tanto las cualidades secundarias y contrarias (lo dulce y amargo de la miel), como el acceso a lo real que se alcanza con la mente, al deducir que todo es átomo y vacío.

Han quedado también algunos fragmentos de Demócrito en los que se refiere a la cultura, donde sostiene que la sociedad surgió por necesidad. Porque para el atomista, los hombres primero vivieron como animales y sin organización. Cada uno era un ser gregario que buscaba alimento y refugio. Tampoco tenían técnicas, vestidos, animales domésticos, conocimientos de agricultura, culinarios o de los metales. Eran propensos a las enfermedades y a ser atrapados por animales salvajes. La necesidad fue la que los llevó al desarrollo de la cultura, la polis, las artes y la civilización. La música es fruto de la abundancia. Incluso, muchas artes surgieron de imitar el comportamiento de los animales. Y el lenguaje es una convención, ya que son sonidos arbitrarios inventados por el hombre. Además, hay diferentes cosas con igual nombre y viceversa; los nombres se pueden cambiar a voluntad; y existen ideas sin palabras: “la palabra es la sombra de la acción ya que viene después de las imágenes”. En términos religiosos, Demócrito sostenía que el aire es divino, al ser el vehículo de los átomos del alma y formar las imágenes divinas, aunque concibe que los dioses también se encuentran sujetos a disolución.  

Por último, la ética de Demócrito deplora a quienes piden por su salud sin saber que ellos mismos la destruyen por intemperancia. Porque Demócrito sostuvo la prudencia y el dominio de sí. Hay que buscar el buen ánimo, que no es el placer sino la serenidad y el equilibrio. Se trata de librar las afecciones del alma por medio de la sabiduría, así como el cuerpo se cura con medicina. Hay que usar los sentidos como una guía para saber elegir qué es lo que conviene y reducir la turbación emocional, que redunda en la perturbación del alma por el placer en exceso. Por esto, aconseja ocuparse lo menos posible de los asuntos públicos y privados, y no hacer residir los placeres en las cosas mortales. Demócrito sostiene su ética en la harmonía. Con el amor propio y la vergüenza ya debería alcanzar para impedir una mala acción. Se trata de ejercitar la virtud sobre la disposición natural, transformarla y ejercer la virtud como una segunda naturaleza. Y si bien, en la física sostuvo que el nomos (ley, convención) es de la sensación y lo real de la naturaleza son los átomos y el vacío, acá, en las cuestiones prácticas sostendrá que conviene respetar la ley para evitar que unos cometan injusticia sobre otros. La ley es buena, aunque tampoco tiene un poder absoluto porque no hace a los hombres virtuosos por la fuerza sino por la persuasión: “quien evita el mal porque lo dice la ley luego lo realizará igual cuando nadie lo observe”. En cambio, quien por convicción reconoce el deber por medio de la inteligencia, éste se establece como nomos en el alma. La enseñanza es la que conforma al hombre, crea su naturaleza y modela su alma.



[1] Posteriormente, Arquelao fue maestro de Sócrates en Atenas. Sostendrá que la Inteligencia no es pura, sino mezclada con las cosas. Además, la Inteligencia fue causa del origen pero no del orden, que es mecánico. Identifica la Inteligencia con el aire como arché, del mismo modo que lo hizo Anaxímenes. Otro filósofo de la segunda mitad del siglo -V que también tomó al aire como arché fue Diógenes de Apolonia. Se trata de una vuelta radical al monismo preparmenídeo. Para Diógenes no existe una pluralidad, sino una unidad sustancial, donde todas las cosas son lo mismo o modificaciones de lo mismo. A su vez, acepta la existencia del vacío propuesta por los atomistas. Porque el vacío intercalado con el aire permite el proceso de condensación y rarefacción de la unidad, sin necesidad de tener que recurrir a la pluralidad. Por otra parte, el aire en nuestros cuerpos sería una porción divina. El alma (psyché) es igual al aire de la respiración y pone en movimiento. Es un aire interno que también permite conocer por sensación y pensamiento, a través del aire semejante entre el que conoce y el objeto. En lo más seco existe más Inteligencia que en lo húmedo, de ahí que sólo se puede percibir bien si los sentidos están mezclados con un aire puro sin mezclar. Esto último lleva a plantear que la sensación es subjetiva, relativa al aire que se posee según la propia constitución. Sócrates fue confundido con Diógenes de Apolonia en la obra de Aristófanes, Las nubes, donde se lo presenta como sostenedor del aire como principio constitutivo de todas las cosas.