lunes, 30 de septiembre de 2013

Pensamiento medieval-cristiano y educación





 Características del cristianismo

En el mundo helenístico-romano, donde la inquietud religiosa era cada vez más viva y general, la “buena nueva” anunciada por Jesucristo y predicada por sus discípulos incluso en Grecia y Roma se había propagado velozmente. La fuerza particular del cristianismo consistía en que no respondía invitando a participar en nuevos y arcanos ritos para ganar casi por obra de magia la supervivencia o la salvación del alma individual, sino más bien apelando a sentimientos superindividuales como la fraternidad, la caridad y el amor ilimitado por el prójimo. Sólo en la abnegación y el sacrificio de sí, en el ejemplo del Cristo crucificado, hay verdadera salvación, garantía de beatitud eterna. El hombre, que ya no era ciudadano de una ciudad real, se convertía en ciudadano de una ciudad ideal (la “ciudad de Dios” como dirá más tarde San Agustín), por la cual actuaba, combatía y padecía como por una patria más auténtica y verdadera.

La predicación de Jesús es recogida en los tres Evangelios (del griego eu-angelion, que significa “buena nueva”) de San Mateos, San Marcos y San Lucas (llamados evangelios sinópticos). Consiste en anunciar a los hombres de buena voluntad, independientemente de la raza o la clase social, el reino de Dios, una renovación merced a la cual se establecerán en el mundo la justicia y el amor. Se trata de una renovación íntima y espiritual, que deberá verificarse gradualmente en la conciencia de los hombres a medida que éstos rompan las ataduras terrestres para crearse otras basadas en el amor. A la ley del Antiguo Testamento del “ojo por ojo, diente por diente” opone Jesús la nueva ley del amor: “Amad a vuestros enemigos”. Por esta ley Dios, más que el Señor, es el Padre de todos los hombres y el amor se convierte en el vínculo fundamental de la comunidad cristiana. En el de San Juan, la persona de Cristo se interpreta mediante el concepto del Logos, que había aparecido ya en el Libro de la Sabiduría del Antiguo Testamento y en la filosofía greco-judaica. Y se le atribuye la función de mediador entre Dios y el mundo y de salvador de la humanidad. En las Epístolas de San Pablo encontramos en forma tajante la alternativa entre la vida según la carne y la vida según el espíritu, entre el antiguo hombre, que es el hombre corpóreo, y el hombre nuevo y espiritual, que nace en la comunidad de los cristianos, en el seno de la Iglesia, identificada como el reino de Dios.


Educación del cristianismo

La “buena nueva” se proponía formar al hombre nuevo y espiritual. Los evangelios contenían ejemplos de los modos más propios para llevar a cabo esa labor educativa: con las parábolas, ricas en imágenes de plástica evidencia y de significados simbólicos; con los parangones precisos y audaces, para la simplicidad lineal de los preceptos. Eran elementos de una pedagogía ajena a todo intelectualismo y artificio retórico. Se dirigía a los adultos y la ejercían ciertos fieles delegados. La educación del cristianismo precedía al acto del bautismo, que era la iniciación con la cual se pasaba a formar parte de la comunidad de fieles y se ganaba la admisión al ágape eucarístico. Más tarde, la preparación del bautismo se confió a sacerdotes preparados. La instrucción duraba dos o tres años, pasaba por diversos grados y consistía en: la enseñanza de la historia sagrada del Antiguo Testamento; la vida y la predicación de Cristo según los evangelios; las oraciones y los preceptos morales. Las “escuelas de catecúmenos” de este tipo duraron hasta el VII cuando fue disminuyendo el número de personas por convertir.

El cristianismo reprobaba que los cristianos fuesen aficionados a la literatura y la mitología pagana; y exigía que se conociera la “palabra de Dios”.  En efecto, su propagación está ligada a las traducciones de la Biblia, primero al griego y al latín, y luego a otras lenguas. Ahí donde aún no existían escuelas y cultura literaria, es el cristianismo el que las promueve (en Etiopía, Armenia, Georgia, países germánicos y eslavos). Por consiguiente, los misioneros de la fe serán también misioneros de una cultura de carácter cristiano-helenístico.

Escuelas de cultura y religión son las escuelas cenobíticas que se desarrollaron en los monasterios. Hacia el siglo IV el monaquismo había dejado de ser un fenómeno de ascetismo solitario (monakos = solitario) asumiendo formas comunitarias, primero en Oriente y luego en Occidente. Con la constitución de la Orden de los benedictinos nacerá la primera orden monástica de la Edad Media. Las comunidades monacales eran de por sí comunidades educativas porque incluían una disciplina religiosa, moral e intelectual. Pero cuando los conventos empezaron a acoger niños destinados a la vida monástica, se hizo necesaria una institución escolar (escuelas conventuales). En estos siglos la Iglesia no desarrolla el concepto de una educación universal, sino que está destinada a preparar los futuros dirigentes de la Iglesia (clérigos) y a los miembros de las clases superiores. Por esto, la palabra clericus asume el significado de docto y laicus (perteneciente al pueblo) el de ignorante.


Patrística

El cristianismo no hubiera podido afirmarse frente a la filosofía de la cultura pagana si no hubiese realizado también una obra de consolidación doctrinal, capaz de definir la cosmovisión cristiana y los problemas teológicos. En principio, esta elaboración doctrinal-filosófica se efectúa en escuelas de catequesis superior. Y se encuentra más desarrollada en Oriente porque ahí la tradición filosófica clásica se encuentra viva. El cristianismo se propuso entonces afirmar su continuidad con la filosofía griega definiéndose como la última y más completa manifestación de ésta. Son los Padres de la Iglesia (patrística) los que justificaron esa continuidad con la unidad de la razón que Dios ha creado única en todos los hombres y todos los tiempos y a la cual, con la revelación, se ha dado una base más segura. La patrística hará prevalecer la teoría, de origen platónico, de que el mal del mundo se deriva no de la acción creadora de Dios, sino de la materia de que el mundo se compone. Pero no se hará de la materia un principio contrapuesto a Dios, ni tampoco se lo considerará como una segunda divinidad de naturaleza maligna.

Durante este período se repudia la ampliación de las “artes liberales” realizada por el sentido práctico de los romanos. Varrón en el siglo I a. C. había admitido nueve artes, pero en el 430 Marciano Capella las redujo a siete porque parte de que son las que podrían ser propias de una inteligencia pura (un ángel o un alma incorpórea); y como una inteligencia carece de cuerpo y por consiguiente no padece enfermedad ni necesita casa, eliminó de las artes a la medicina y la arquitectura. Esta eliminación manifiesta la orientación de la cultura medieval, que se concentra en lo espiritual e ignorando lo terrenal o materiales. Del mismo modo se descuidaba la investigación científica que aparecía como dirigida hacia el mundo exterior de la sensibilidad.

El período patrístico se puede dividir en: 1° parte) hasta el año 200, con los Padres apologetas que se dedican a la defensa del cristianismo contra sus adversarios paganos y gnósticos. Es la época en que los cristianos son objeto de odio por parte de las plebes paganas y de persecuciones por parte del Estado. 2° parte) desde el 200 hasta cerca del 450, que se dedica a la formulación doctrinal de las creencias cristianas. Se reafirma la exigencia de hacer de la doctrina cristiana un organismo coherente; 3° parte) desde el 450 hasta el final del periodo, que se dedica a la reelaboración de las doctrinas ya formuladas.


La concepción educativa de San Agustín

Entre los Padres de la Iglesia se encuentra San Agustín, que sostiene en clave educativa: “iluminar la fe con la razón y la razón con la fe”, haciendo hablar al “Maestro interior”, la Verdad misma que es Dios. El escrito titulado El Maestro parte de este concepto. El saber no pasa del maestro al discípulo como si éste aprendiera lo que antes ignoraba. Porque la verdad ya se halla presente por igual tanto en el alma del discípulo como en la del maestro: la palabra de éste no hace más que volverla explícita, hacer que resuene con mayor claridad. Sólo hay un maestro, el maestro interior que es la Verdad misma, o sea Dios, Cristo.

San Agustín no puede aceptar la teoría platónica de la reminiscencia porque, como cristiano, no puede admitir que el alma preexista al cuerpo y haya contemplado las ideas en una vida anterior. La suya es una teoría de la iluminación, por la cual el conocimiento de toda verdad nueva no sólo implica determinados signos o palabras que la ocasionan, sino también una efectiva y directa intervención divina que se realiza en nosotros como “iluminación” íntima. Alegría y no tedio debe experimentar quien enseña para que su enseñanza sea eficaz. Que en apariencia tenga que repetirse, que deba usar palabras llanas e imágenes sencillas, que deba descender al nivel del inculto, todo ello no obsta para que su enseñanza sea viva y jocunda. Y en verdad al hacerlo así se educa y perfecciona a sí mismo, porque las nociones viejas se renuevan en quien las enseña con auténtico empeño, con sincera dedicación: quien enseña aprende del que aprende.


Educación medieval

En los siglos VI y VII se produce una discontinuidad en la actividad cultural de Occidente por las difíciles condiciones de vida en la Europa bárbara. Recién habrá un renacer en la época carolingia, a fines del siglo VIII y principios del IX: la cultura empezó a reflorecer bajo la influencia de Carlomagno, cuyo móvil principal era procurarse un número de funcionarios laicos y eclesiásticos suficiente para administrar el imperio. Su primera preocupación fue restablecer un cierto nivel cultural entre los clérigos, dado que no todos sabían leer y escribir, de forma que pudieran fundar escuelas y difundir la cultura. Carlomagno creó en el 781 la Schola palatina (Academia Palatina), y mandó llamar de Inglaterra al monje Alcuino para que la encabece. La Academia Palatina se convirtió en el centro de la reconstrucción intelectual. Luego, con Carlos el Calvo se llamó a dirigirla al filósofo Juan Escoto Erigena. Vale recordar que uno de los más grandes centros de la cultura medieval fue la corte del rey Federico II de Sicilia, en la que se encontraron las corrientes de la filosofía árabe y la filosofía cristiana y floreció la primera escuela italiana de poesía.

La reconstrucción cultural fue realizada casi exclusivamente por el clero. En los siglos VI y VII habían dejado de subsistir las instituciones escolásticas laicas de origen pagano, excepto en algunas ciudades italianas. De ese modo se constituyeron escuelas en las instituciones religiosas, al amparo de los monasterios, las parroquias y las catedrales: se formaron escuelas monásticas, parroquiales y catedralicias u obispales. Las parroquias de las ciudades daban la instrucción elemental. Los monasterios y las catedrales daban también instrucción media y superior. La escasez de maestros y lo difícil que era recibir una preparación adecuada hacían que el profesor supiera muy poco más que sus alumnos. Las escuelas monásticas predominaron hasta el siglo XI; y sucesivamente fueron superadas en importancia por las escuelas catedralicias, que dependían directamente del obispo, quien nombraba al “canciller” de la escuela. Las escuelas catedralicias más importantes empezaron a extender diplomas de estudios (licentia docendi), que facultaban para enseñar en el área de la diócesis. Posteriormente, el Papa concedió a las más importantes escuelas catedralicias el derecho de conceder una licentia docendi ubique que habilitaba para enseñar dondequiera. Algunas de esas escuelas se llamaron Studium generale porque atraían estudiantes de un área mucho más extensa que la diócesis. Hacia el año 1100 las más famosas eran la de Chartres para la gramática y la literatura, la de París para la lógica y la teología, la de Bolonia para el derecho y la de Salerno para la medicina.


Educación feudal caballeresca

Si bien sólo una minoría de clérigos frecuentaba las escuelas medievales, no por eso puede decirse que el resto de la población quedase sin educar, aunque es verdad que era casi analfabeta. Cada sociedad desarrolla las formas educativas que necesita. Por ello, la sociedad medieval, con una economía pobre, basada en gran parte en el trueque y la estructura política feudal, por una parte mantenía sencillas formas de aprendizaje para los trabajadores manuales y artesanos; y por otra, en lo tocante a la sociedad de los señores y caballeros, desarrolló formas de aprendizaje para la profesión de las armas y reglas de vida “cortés”. Esta organización constituye la típica educación “caballeresca”.

La sociedad feudal se funda en las relaciones personales de fidelidad entre señor y vasallo. La base de la pirámide nobiliaria es el pueblo, reducido en gran parte a la condición de “siervo de la gleba”, es decir, de cultivadores de productos de los que sólo pueden disponer en parte mínima. Porque la propiedad de todo lo que brota de la tierra pertenece a los señores investidos de ella, que la han recibido en “beneficio” del rey, a cambio de entregarse como fuerzas para la guerra. Los feudatarios representan la fuerza militar de la sociedad y muy pronto constituyen la única forma de organización política. El feudatario ejerce también la justicia y no tolera autoridades extrañas sobre sus tierras. El sistema llega a su culminación en el periodo que va de la decadencia carolingia al renacimiento de la vida urbana en las nuevas formas “comunales”.

Al principio, el mundo feudal no conoce otros derechos que los de la fuerza y la estirpe, corroborados por la tendencia a trasmitir los feudos de padre a hijo. Pero, como en general los segundones no pueden aspirar a la sucesión, aprender el oficio de las armas es para ellos todavía más importante que para los primogénitos, pues sólo entrando al servicio de algún poderoso pueden esperar a su vez el galardón de una investidura. Nace de ese modo la caballería, que en un principio no es más que una chusma de aventureros ambiciosos y sin escrúpulos, hambrientos de tierras. La Iglesia también interviene y se esfuerza por transformar a la caballería en una institución dedicada a la protección de los inermes, las mujeres, los viejos y los niños, contra la arbitrariedad de los violentos. De esta forma se acaba por establecer una especie de iniciación preliminar para todos aquellos que desean ser armados caballeros. Naturalmente, además de ser de sangre noble, tienen que haber pasado por un largo aprendizaje al flanco de un señor o caballero, primero en calidad de paje y después de escudero. De ese modo, habrá aprendido no sólo el uso de las armas, sino también las formas “corteses” (practicadas en las “cortes”). También habrá aprendido a estimar el arte de los cantores y juglares que empiezan a alegrar la vida de los castillos, conocerá la tradición épica medieval. La educación caballeresca no requiere conocimientos literarios, ni siquiera el aprendizaje del alfabeto; pero si requiere una severa disciplina moral, gentileza de modales y sentimientos refinados capaces de apreciar los valores religiosos al par de los terrenos (como por ejemplo la belleza femenina).


Escolástica

La disolución del imperio carolingio paralizó casi del todo en el siglo X la recuperación intelectual de Occidente; y se reanuda al establecerse con Otón el Grande la unidad del imperio. En este periodo la cultura deja de ser patrimonio exclusivo de las abadías y la enseñanza tiende a organizarse en la forma que adoptará en el siglo XIII con las universidades. Nace entonces la primera y auténtica escolástica, dominada por la polémica entre dialécticos y antidialécticos. Los dialécticos confían en la razón para entender la verdad de la fe; los antidialécticos apelan a la autoridad de los santos y profetas, limitando la tarea de la filosofía a la defensa de las doctrinas reveladas.

Por lo tanto, se pueden distinguen en la escolástica tres periodos, después de un periodo pre-escolástico (siglo IX) en que la filosofía presenta caracteres similares a los de los siglos VI-VIII: 1) La alta escolástica, que va de mediados del siglo IX hasta fines del siglo XII. En este periodo fe y razón se consideran en perfecta armonía. 2) El florecimiento de la escolástica, o sea, la época de los grandes sistemas escolásticos, que va desde principios del siglo XIII hasta los primeros años del siglo XIV. En este periodo el acuerdo entre fe y razón se considera parcial; se admite la posibilidad de que la razón llegue a resultados independientes aunque opuestos a las enseñanzas de la fe. 3) La disolución de la escolástica, que va desde los primeros decenios del siglo XIV hasta el Renacimiento. Se caracteriza por el hecho de admitir que existe contraste entre fe y razón, con lo cual el problema escolástico mismo acabó por vaciarse de su significado.

En los frecuentes decretos con que las autoridades medievales prescribían o autorizaban la apertura de una escuela se dice con frecuencia que tales escuelas debían servir principalmente para el mejor entendimiento de la fe cristiana. Ahora bien, ésta era precisamente la finalidad de la filosofía que en esas escuelas se profesaba y que por eso se denomina escolástica. La palabra scholasticus (escolástica) designa la filosofía cristiana de la Edad Media, e indicaba al que enseñaba las artes liberales: las ciencias que formaban el trivio (gramática, lógica o dialéctica y retórica) y el cuadrivio (geometría, aritmética, astronomía y música). Luego se denominó scholasticus al profesor de filosofía o teología, cuyo título oficial era magister; y era quien dictaba sus lecciones primero en la escuela del claustro o la catedral y luego en la Universidad.

La escolástica está ligada a la actividad didáctica de los maestros medievales, que se desenvolvía de dos maneras: por la lectio, que consistía en el comentario de un texto; y por la disputatio, que consistía en el examen de un problema mediante el debate de todos los argumentos que se pudieran aducir en pro o en contra. Por ello, la actividad literaria de los escolásticos asumió la forma de comentarios (a la Biblia, a Boecio, a las obras lógicas de Aristóteles y a las Sentencias de Pedro Lombardo) o de repertorios de cuestiones (Quaestiones disputatae y Quodlibeta, a propósito de un argumento cualquiera). El problema fundamental de la escolástica es llevar al hombre a la inteligencia de las verdades reveladas, contenida en los libros sacros y en las definiciones dogmáticas de la Iglesia. De ahí el uso constante de las auctoritates, que es la decisión de un concilio, un dicho bíblico o la opinión de un Padre de la Iglesia, y que vale como principio de investigación o punto de referencia en la solución de un problema.

La escolástica no se propone pues formular ex novo doctrinas y conceptos. No se trata de encontrar la verdad, dada ya en la revelación, sino sólo de entenderla. Para entenderla echa mano de los instrumentos y materiales de la tradición filosófica, a expensas de la filosofía griega: la filosofía es un medio. Naturalmente, las doctrinas antiguas utilizadas con este fin sufren una modificación radical. Por la misma razón no nutre un verdadero y auténtico interés científico por los fenómenos naturales. Cuando se ocupa de tales fenómenos no los enfoca a partir de observaciones directas, sino sobre noticias extraídas de la tradición. Los intentos de astrólogos, alquimistas y magos por ponerse en contacto directo con la naturaleza, con el quimérico propósito de apoderarse de sus secretos y obrar milagros, se consideran diabólicos y se condenan como tales.


La prueba ontológica

Una de las figuras más importante de este periodo, San Anselmo de Aosta (1033-1109), aun insistiendo en la superioridad indiscutible de la fe, no considera posible una oposición entre ésta y la razón. Su lema es credo ut intelligam: no se puede entender nada si no se tiene fe, pero es necesario confirmar y demostrar la fe con argumentos racionales. San Anselmo se esforzó por explicar racionalmente los dogmas fundamentales del cristianismo, sosteniendo que tales dogmas, aun cuando no estuvieran sostenidos por la fe, serían de todas maneras verdades racionales inteligibles para el hombre. Se ocupó sobre todo de la existencia de Dios, que consideró demostrable con un argumento que no hace referencia alguna a la experiencia sensible ni al mundo que es objeto de ésta y que por tanto es puramente a priori. Tal es el argumento ontológico, que se esgrime contra quien niega resueltamente la existencia de Dios.

Evidentemente, quien niega el concepto de Dios debe tener el concepto de Dios, puesto que es imposible negar la realidad de algo que ni siquiera se piensa. Ahora bien, el concepto de Dios es el concepto de un ser “tal que no se puede pensar nada mayor” (quo maius cogitari nequit). Pero aquello que es tal que no se puede pensar nada mayor no puede existir solamente en el intelecto. Si existiera únicamente en el intelecto sería posible pensar que existiese también en la realidad, es decir, que fuese mayor; pero en tal caso aquello de que no se puede pensar nada mayor, podría pensarse como existiendo también en la realidad, o sea, que fuese mayor; pero entonces aquello de que no se puede pensar nada mayor sería al mismo tiempo aquello de que se puede pensar algo mayor. Por tanto es imposible que aquello de que no se puede pensar nada mayor exista solamente en el intelecto y no en la realidad. En realidad, este argumento más que una prueba es un principio que expresa la identidad entre posibilidad y realidad: si se puede pensar en Dios, se le debe pensar como existente.


El problema de los universales

A partir de la segunda mitad del siglo XI la escolástica se enriquece con nuevos problemas: del dominio puramente teológico pasa al de la teoría del conocimiento y la filosofía de la naturaleza. La tradición de la lógica aristotélica lleva a plantear el problema del valor de la lógica misma, es decir, del valor de los conceptos de género y especie. El problema se plantea en un pasaje de la Isagoge (introducción de Porfirio a las Categorías de Aristóteles), en la traducción de Boecio. El pasaje es el siguiente: “Cuanto a los géneros y las especies [los conceptos], no diré aquí si subsisten o están solamente en el intelecto; ni, en el caso que subsistan, si son corpóreos o incorpóreos, si están separados de las cosas sensibles o situados en las cosas sensibles mismas y expresan el carácter uniforme de éstas”. Se trata pues de ver si los conceptos de género y especie son realidad (res) o no; y si son realidad, si tienen una realidad separada de las cosas sensibles como las ideas platónicas o son únicamente formas o esencias de las cosas naturales en sentido aristotélico. El problema concierne a la realidad que corresponde al conocimiento racional, y por tanto a la verdad de dicho conocimiento.

En general, la escolástica se mantiene fiel al criterio de la filosofía griega: es verdadero el conocimiento que tiene por objeto la realidad del ser. Este criterio es lo que determina la preponderancia del realismo: si a los conceptos de género y especie no correspondiese una realidad, tales conceptos no tendrían valor de verdad, serían imaginarios y la lógica no tendría ningún valor como ciencia. Sin embargo, queda por ver qué realidad es ésa que corresponde a los conceptos mismos: si es un universal en el sentido platónico, es decir, subsistente en sí, como sustancia separada (ante rem); o un universal en el sentido aristotólico, que subsiste en las cosas sensibles como su esencia (in re).

Por otra parte, no faltan posiciones de nominalismo, que insiste en la individualidad de todo lo que es real y por lo tanto reduce los conceptos de género y especie a puros nombres con los que se indican clases y grupos de cosas particulares después de haber tomado conocimiento de ellos (post rem). Pero incluso el nominalismo se preocupa por justificar el empleo de estos nombres, admitiendo en las cosas particulares un elemento objetivo que permite referir un nombre a un cierto grupo de objetos más bien que a otro. Esta exigencia es más viva cuando los conceptos no se reducen a puros nombres sino que se reconoce en ellos una cierta realidad o funcionalidad en la mente de quien los piensa (conceptualismo).


Las universidades

Las escuelas catedralicias dieron origen a la más importante institución cultural de la Edad Media, la Universidad. El término universitas se aplicaba a toda comunidad organizada con cualquier fin. A partir del siglo XII, como consecuencia del incremento en el número de profesores y estudiantes, se formaron comunidades de profesores con vistas a defender sus intereses y la disciplina de los estudios. Dichas comunidades o universidades tenían por objeto proteger a los profesores contra el canciller, el obispo, el rey o quienquiera que intentase ejercer sobre ellos un excesivo dominio. De modo análogo, los estudiantes se reunieron en corporaciones o ligas para protegerse contra los profesores, las autoridades municipales, etcétera. Así, el término de Universidad se empezó a aplicar a las universidades de profesores y estudiantes, con lo que se pasa de la escuela catedralicia a la Universidad como institución autónoma.

Las vicisitudes de la Universidad de París son características por la defensa contra la intromisión de las autoridades. La Universidad de París se deriva de las escuelas de Notre-Dame, de Santa Genoveva y de la Abadía de San Víctor. Ya antes de fines del siglo XII los maestros de esas escuelas, entre los que se destaca Abelardo, estaban organizados en una corporación. En 1212 Inocencio reconoció la asociación de los profesores y ordenó al canciller que atendiera a sus recomendaciones para la selección del nuevo personal docente. Las luchas entre las autoridades políticas y religiosas, en las que la Universidad buscó alternativamente el apoyo del rey y del papa, contribuyeron a consolidar la autonomía y el prestigio de la institución.

Por su parte, la Universidad de Bolonia se caracterizó por ser una universidad de estudiantes. En efecto, el rector de la corporación de estudiantes era reconocido como jefe de la universidad y los profesores debían jurarle obediencia y establecer con él su contrato académico. En 1224 Federico II fundó la Universidad de Nápoles. A poco surgieron otras en Padua, Siena y Roma. En Inglaterra, las más antiguas son las de Oxford y Cambridge. El mismo espíritu asociativo o corporativo que caracteriza el surgimiento de las universidades anima también el desarrollo de las comunes, sobre todo cuando éstas empiezan a admitir a los representantes de los gremios artesanos. No es de maravillar que la nueva burguesía comercial o artesana, que no encontraba en las escuelas del clero o la Universidad la posibilidad de formar a sus hijos para capacitarlos en las tareas que les eran propias, promoviesen en muchos casos las escuelas comunales, que se distinguían por no estar vinculadas al dominio eclesiástico y en las cuales, además de los rudimentos de la lectura y escritura, se enseñaba cálculo, contabilidad y otras materias de utilidad práctica.


La polémica contra el aristotelismo

El siglo XIII marca el florecimiento de la escolástica: es la época de los grandes sistemas en que se concilian las doctrinas tradicionales de la escolástica, de inspiración neoplatónica y agustiniana, con las doctrinas filosóficas y físicas de Aristóteles, descubiertas por los escolásticos latinos a través de los comentarios y las interpretaciones que llegaban de los árabes. El siglo XIII es también una época que ve renacer un interés por la filosofía de la naturaleza, suscitados por las obras físicas de Aristóteles. Las obras físicas y filosóficas de Aristóteles con los respectivos comentarios de los filósofos árabes y judíos se traducen al latín a partir del siglo XII y la primera reacción es desfavorable.

Los intérpretes árabes, cuya doctrina propia en un principio no se distingue con suficiente rigor de la original del Estagirita, habían acentuado los aspectos del aristotelismo que lo hacían aparecer como opuesto a ciertas creencias fundamentales del cristianismo. La tesis de la necesidad y eternidad del mundo, en particular, común a Avicena y Averroes, aparecía como contraria a la creencia en la creación y la libertad misma del hombre. Sólo después de repetidos intentos de acercamiento al aristotelismo y de vivas reacciones contra él, se llega al equilibrio de la síntesis tomista, en la que el aristotelismo se concilia a la perfección con el sistema de los principios cristianos.

El aristotelismo en el primer momento provoca una reacción defensiva en la escolástica, que se parapeta en sus posiciones tradicionales, y una vuelta a San Agustín. Sin embargo, la situación se altera cuando San Alberto Magno es capaz de conferir al aristotelismo derecho de ciudadanía en la escolástica latina. Porque parte de que la filosofía de Aristóteles es sin más la filosofía, es decir, la obra más perfecta que la razón humana puede concebir. La filosofía se debe servir exclusivamente de la razón y proceder mediante demostraciones necesarias. La teología, por el contrario, se sirve de principios admitidos por fe. Era la primera vez que en la escolástica latina se establecía una separación neta entre filosofía y teología. Esta separación le permite a Alberto admitir la exigencia de una investigación científica sobre la base de la experiencia.

Y Santo Tomás logrará volver al sistema aristotélico flexible y dócil a todas las exigencias de la explicación dogmática. Porque la razón no puede demostrar todo lo que es de pertinencia de la fe o la fe misma perdería todo mérito. Pero puede servir a la fe: a) demostrando los supuestos racionales o preámbulos de la fe: aquellas verdades cuya demostración es necesaria para la fe misma. No se puede creer en lo que Dios ha revelado, si no se sabe que hay Dios. La razón natural demuestra que Dios existe, que es uno, que posee los atributos que se le pueden atribuir al considerar las cosas que ha creado; b) la filosofía puede utilizarse para aclarar (que no significa demostrar) las verdades de la fe; c) puede combatir las objeciones que se hacen a la fe y demostrar su falsedad. Por otra parte, la razón humana posee una verdad que le es propia. Los principios de los cuales parte son verdaderos porque le han sido dados por Dios. Por consiguiente las verdades de razón no pueden ser nunca incompatibles con la verdad revelada: unas y otra se derivan de Dios. Sin embargo, cuando se manifiesta una oposición es indicio de que no se trata de verdades racionales sino de conclusiones falsas: la fe es la regla de la razón.

En la poderosa síntesis tomista del aristotelismo y la doctrina cristiana no son pocas las observaciones susceptibles de ser aplicadas a la educación. Sin embargo, el problema sólo se aborda desde el punto de vista exclusivo de la educación intelectual, en una quaestio disputata titulada De Magistro, con evidente referencia a la obra homónima de San Agustín. La educación moral no es pues una mera preceptística, sino sobre todo ejercicio: el maestro no puede hacerlo todo puesto que es indispensable la colaboración del discípulo. También Santo Tomás reconoce, como San Agustín, que del maestro al discípulo no pasan más que signos, mientras que los principios merced a los cuales, y en forma exclusiva, esos signos pueden asumir para el discípulo un significado, deben encontrarse ya, en potencia, en este último. Sin embargo, para que los conocimientos se vuelvan actuales y efectivos y para que sea posible aprender en verdad algo nuevo, es necesaria la aportación de los signos externos. Si bien es verdad que sólo Dios, al infundirnos en el alma los primeros principios, enseña interiormente, no por eso se debe excluir que el hombre enseña desde el exterior. El maestro no comunica su ciencia al discípulo, sino que ayuda a éste a formarse dentro de sí una ciencia análoga a la del maestro. Su acción es parecida a la del médico quien, no obstante que actúa exteriormente, ayuda a la naturaleza a obrar internamente y a restablecer la salud.


Características de la última escolástica

De la síntesis tomista el aristotelismo salió completamente transfigurado y convertido en un dócil instrumento para explicar y defender la verdad revelada. Sin embargo, seguía siendo una novedad desconcertante para la corriente tradicional de la escolástica; y por tanto suscitó luchas y contrastes sobre todo por parte de los franciscanos, fieles al agustinismo, principalmente la escuela de Oxford. Por otro lado, la orden de los dominicos defendía con sus profesores y maestros la doctrina de Santo Tomás. De igual modo, el filósofo Duns Escoto había reconocido en el aristotelismo el ideal de una rigurosa ciencia demostrativa. Sin embargo, se sirvió de él como criterio limitativo y negativo de la investigación escolástica. Frente al ideal aristotélico de una demostración necesaria, muchas doctrinas habían aparecido como desprovistas de todo valor científico y por lo mismo habían sido relegadas al dominio de la fe, fuera de la ciencia propiamente dicha. Duns Escoto reconocía el carácter práctico, es decir, arbitrario, de toda afirmación dogmática. De ese modo, se delineaba una escisión entre los dos dominios que la escolástica se había esforzado siempre por juntar y conciliar armónicamente.

Pero la gran figura que cierra la escolástica y abre a la investigación filosófica un nuevo campo de acción es la de Guillermo de Occam. Su punto de vista es un empirismo radical. Todo lo que traspasa los límites de la experiencia humana no puede ser ni conocido ni demostrado por el hombre. Por lo tanto, las verdades teológicas, que precisamente conciernen a lo que está más allá de la experiencia (el mundo sobrenatural y Dios) quedan fuera de la especulación filosófica. Si el conocimiento humano se debe fundar sobre la experiencia, ésta tiene ante sí el mundo de la naturaleza. Frente al tomismo y al escotismo, que representan la via antigua, el occamismo representa la via moderna, es decir la crítica y el abandono de la tradición escolástica. La doctrina occamista, después de algunas condenas y prohibiciones eclesiásticas, se afirmó con un gran número de discípulos en las grandes universidades. Y con ella se afirmó el interés por la investigación de la naturaleza, reconocida como la más propia para las capacidades naturales del intelecto humano, frente a la especulación teológica cuyos problemas se declaran en gran parte insolubles.

En el periodo de oro de la escolástica, la vía mística se consideraba como la continuación y el complemento de la especulación racional. Pero en el último periodo de la escolástica se pone en tela de juicio o se niega la posibilidad de demostrar o entender con la razón las verdades de la fe. Las facultades naturales del hombre se estimaban incapaces de alcanzar por sí solas ni siquiera las verdades primeras y más elementales de la fe. Por consiguiente, era indispensable encontrar un nuevo fundamento a la fe y justificar a la fe en sí misma, al margen de la escolástica tradicional, si bien empleando, hasta donde fuera posible, los mismos conceptos escolásticos. Ésta fue la vía del misticismo alemán, cuyo principal representante es Juan Eckhart, quien perteneció a la orden dominica. Eckhart establece un libre e inmediato contacto con Dios, más allá de las trabas del intelectualismo. De esa forma, el divorcio entre fe y razón parece consumarse y con ello la disolución de la escolástica que había tratado de echar un sólido puente entre fe y razón.



Compendio de historia de la filosofía y de la educación

Nicola Abbagnano, Visalberghi, A., Historia de la pedagogía, FONDO DE CULTURA ECONÓMICA, México D.F., 1964, traducción de Jorge Hernández Campos

Objetivo: Abordar el problema educativo de manera coincidente con el planteamiento del problema histórico de la génesis del pensamiento occidental, para que resulten claras las relaciones entre el fondo cultural y social, las teorías filosóficas y pedagógicas y la efectiva praxis educativa de los diversos períodos considerados.


viernes, 27 de septiembre de 2013

Cultura helenística y educación




La civilización helenística nace con el propagarse de la cultura griega por toda la cuenca oriental del Mediterráneo hasta la India, como consecuencia de las conquistas de Alejandro Magno. La cultura griega sobrevive a la conquista romana. En el período helenístico la polis ha dejado de existir como realidad autónoma -salvo los breves periodos en que las diversas alianzas de ciudades griegas trataron de aprovechar la discordia entre Macedonia y Roma. Por ello, el ocaso de la polis como punto de referencia de los valores explica las características de la cultura helenística: 1) Cosmopolitismo: la cultura se considera independiente de la estirpe, el sabio tiende a considerarse ciudadano del mundo. La vida inestable y agitada de las monarquías helenísticas impide la formación de un sentimiento nacional; y el mismo carácter universalista del nuevo imperio romano favorece un modo de sentir cosmopolita. 2) Carácter erudito y especialístico: la creatividad artística se estanca y el literato tiende a convertirse en minucioso exégeta, en sistematizador del patrimonio artístico del pasado. Además, el crecimiento de los nuevos conocimientos de las ciencias, merced al contacto con otras civilizaciones, plantea la exigencia de la especialización en una sola disciplina (matemática, astronomía, geografía, medicina, etc.). La gramática se cultiva como una ciencia, dando nacimiento a la filología. 3) Predominio de las exigencias ético-religiosas en filosofía: junto con la polis había declinado también la religiosidad pública conexa a los valores políticos de la comunidad. Así pasan a primer plano los problemas conectados con el destino individual del hombre. 

 
El primer periodo de la civilización helenístico-romana se denomina alejandrino, dado que Alejandría se convierte en uno de los centros más importantes de la cultura científica y literaria. Y en Atenas, junto a la Academia y al Liceo surgen tres corrientes: la estoica (llamada así por el “pórtico pintado”, poikile stoá, donde estaba situada), la epicúrea (llamada también “escuela del jardín”), el escepticismo. El fin que perseguían estas filosofías helenísticas era garantizar al hombre la tranquilidad del espíritu, a través del sosiego del ánimo y la eliminación de las pasiones. En Roma, las tres corrientes se combinarán y pasarán a denominarse eclecticismo. 
  
La acentuación de la tendencia religiosa se vuelve cada vez más dominante. Se busca recoger y unir los elementos religiosos implícitos en la historia del pensamiento helénico y de relacionarlo con la sapiencia oriental para mostrar la concordancia entre ambos. Se forma la tradición de que la filosofía de los griegos nació en Oriente. En el siglo I a. C. empezaron a aparecer escritos pitagóricos apócrifos. A fines del siglo I d. C. aparecieron las obras atribuidas a Hermes Trismegisto, que tienden a aproximar la filosofía griega a la religión egipcia. Estos escritos combaten el cristianismo y defienden el paganismo y las religiones orientales. Por otra parte, Filón de Alejandría intentó conciliar las creencias del Antiguo Testamento con la filosofía griega. En paralelo, surge la corriente neoplatónica.



Organización de la escuela helenística

La educación helenística siguió siendo privada. Sin embargo, los colegios de efebos habían sido desde un principio estatales (municipales). En Atenas la efebía había dejado de ser obligatoria, duraba un año y estaba abierta incluso a los extranjeros. Los monarcas no intervienen en la organización educativa, pero si en calidad de benefactores o mecenas, al igual que muchos particulares acaudalados: lo que hoy llamaríamos “fundaciones escolares”. Sin embargo, las polis se ocupan cada vez más de ampliar la legislación; y proveen a la construcción y manutención de los gimnasios.

El tipo de educación griega, que en Isócrates había encontrado su teórico, acabó por prevalecer y difundirse. La escuela elemental era de las primeras nociones, para la que se consideraban necesarios de cuatro a cinco años y estaba a cargo del didáskalos (maestro). Estos conocimientos eran indispensables incluso para los esclavos. La lectura y la escritura se enseñaban con un método árido y mnemónico (analítico-alfabético): se empezaba aprendiendo de memoria el alfabeto, a continuación se aprendía a trazar una por una las letras, se pasaba luego a combinarlas en sílabas y por último se llegaba a las palabras. Finalmente, se adquiría seguridad y rapidez mediante interminables ejercicios de copia y dictado. No se preocupaba en lo más mínimo de despertar el interés y la curiosidad de los alumnos: si se distraían se procuraba corregirlos castigos. No faltaban “auxilios didácticos”: había tablillas enceradas con el alfabeto alrededor del borde, y otras de marfil con las letras grabadas debajo de la cera de manera que se pudieran “descubrir” con el estilo; había cajas de “cálculos” (guijarros para hacer cuentas), etc. El supuesto era considerar al niño como un ser desprovisto de intereses positivos y personalidad. La música, la danza y la gimnasia pierden gradualmente importancia y se convierten en algo accesorio.

La educación media es impartida por el gramático y consiste en la lectura y comentario de los “clásicos” (Homero, Hesíodo, los líricos y los trágicos). Este estudio mnemónico se complementa con el estudio de la gramática (creación de los alejandrinos). La característica más importante es la aparición del libro de texto, con clásicos extractados y comentados, tratados de gramática, literatura, historia y geografía, astronomía, aritmética, geometría, etc. Tal cultura “enciclopédica”, de formación multilateral y no profesional, comprende también las “mathemata” pitagóricas. En el nivel elemental la iniciación a la aritmética y la geometría no pasaba de las cuatro operaciones. En la fase secundaria se enseñaba algo de teoría musical y astronomía. Se hacía hincapié en las cualidades estéticas y místicas de números y figuras; mientras que la astronomía se reducía a una descripción fantástica de la bóveda celeste, con ingenuas teorías astrológicas (en la primera mitad del siglo III a. C. Aristarco de Samos había formulado la hipótesis heliocéntrica).

La educación superior es de carácter oratorio y está confiada al rétor (sofista). Pero la función del arte oratorio reviste una dignidad sólo en asambleas libres o en tribunales democráticos. Ahora bien, en los regímenes absolutistas de las monarquías helenísticas lo que predomina no es la oratoria deliberativa (destinada a sostener una tesis) y ni siquiera la oratoria judicial, sino la oratoria epidíctica o de aparato, o sea el arte de hablar hermosa y pulcramente, que encanta y divierte al auditorio, con el objeto de ganar el favor de los poderosos y del público culto para utilizarse con fines políticos. El arte oratorio se codifica escrupulosamente, se forman escuelas diversas (la “ática”, partidaria de la concisión y la sencillez; la “asiática” enderezada a deslumbrar al auditorio con grandilocuencias y artificios retóricos; la “rodia” que mantenía una posición intermedia). En el periodo helenístico existen ya los abogados, pero sin preparación jurídica más allá de ser ayudante de un abogado experto.

En el campo filológico no existían relaciones eficientes entre alta cultura e instrucción: mientras los filólogos inventaban procedimientos de crítica de los textos clásicos, restituyéndoles su auténtica fisonomía y liberándolos de interpolaciones, en las escuelas seguían usándose los viejos textos corruptos preocupándose sólo de expurgarlos con fines morales. La instrucción superior se daba en instituciones diversas, tales como los “colegios de efebos (jóvenes)” o el Museo de Alejandría (sostenida por el mecenazgo de los Tolomeos). Se podía recibirla también en las escuelas filosóficas. Pero la forma común eran cursos dados por maestros particulares. En las escuelas filosóficas no se usaban formalismos, esquemas ni fórmulas mnemónicas, sino trabajo personal y discusiones colectivas en un austero clima de vida en común. La educación helenística seguirá siendo durante largo tiempo puramente humanística y no profesional (a excepción de la medicina).

  
La educación romana

También Roma fue una ciudad-estado que atravesó por las mismas fases de desarrollo de las polis griegas con algún retardo respecto de éstas. Durante el predominio aristocrático, Roma ostenta un carácter agrícola, radicado en el trabajo rural, la familia y la patria. Se desencadenó una lucha por arrancar leyes escritas a los aristócratas y lograr la isonomía, la igualdad entre nobles y plebeyos. La formación de los jóvenes era ante todo familiar, con una influencia notable de la madre y decisiva por parte del padre. El padre llevaba al hijo al foro apenas vestía la toga viril (a los 16 años) para que asimilase las bases de la vida política y social de la urbe. Este aprendizaje tenía importancia para la formación del derecho. Más tarde empezaron a recurrir a expertos en el campo jurídico. Y a los 17 ó 18 años el joven entraba en el ejército como soldado raso. La típica institución educativa pública del helenismo, los colegios de efebos, será imitada por el mundo romano en la época de Augusto; pero perdieron en poco tiempo todo carácter de preparación a la vida militar para quedar reducidas a simples “clubes” de jóvenes aristócratas.

En Roma la enseñanza es privada y el Estado no interviene sino negativamente para alejar a los profesores indeseables, o para prohibir la enseñanza de la retórica latina. La mentalidad romana era menos severa en la disciplina y más directa en la vigilancia de la formación moral, que no se dejaba al “pedagogo” esclavo sino que era objeto de la solicitud de los padres. La cultura literaria no ocupa ningún sitio, mientras por el contrario ocupa un puesto central el sentimiento religioso, ligado a la familia y la patria. La música, la danza y la poesía le interesan muy poco y la única gimnasia que practica es la de la vida militar.

En su aspecto intelectual, la educación romana se modeló sobre la griega. Desde el siglo II a. C. tenemos el literator, correspondiente al didáskalos o grammatikós. El grammaticus es al principio profesor de griego, posteriormente (desde el siglo III a. C.) de latín, con métodos análogos a los del grammatikós griego: los “clásicos” que se leen y comentan son la traducción de la Odisea, de Livio Andrónico, el Bellum Punicum de Nevio, los Annales de Ennio. Pero el rétor fue por largo tiempo, casi hasta Cicerón, maestro de retórica griega y no latina, incluso cuando la retórica latina ya se había afirmado. Pero la mentalidad romana se distingue por el sentido práctico, por lo que no debe sorprender si el estudio de la arquitectura y la agrimensura se desarrolla en latín, mientras las ciencias puras siguen siendo en griego.

El primer emperador que legisló en materia de educación fue Vespasiano, en el siglo I d.C., quien eximió de impuestos municipales a gramáticos y rétores. Llegó incluso a instituir en Roma dos cátedras oficiales de retórica latina y griega. El primer titular de la cátedra de retórica latina fue Marco Fabio Quintiliano, quien defendió la educación pública. Hace suyo el ideal de Cicerón que exige del orador una buena base cultural, que incluye historia y filosofía, y una profunda formación moral. Quintiliano no cae ni remotamente en la cuenta de lo anacrónico que resulta su ideal oratorio en tiempos de monarquía absoluta. Un contemporáneo suyo, Plutarco sostiene la célebre doctrina de los tres factores de la educación: naturaleza, conocimiento y ejercicio, que se remonta a la praxis sofística. Por lo que toca a la primera infancia, también cae en la equivocación de subrayar excesivamente la memoria; y en cuanto a los fines de la educación moral insiste en la virtud del ejemplo.

El Estado romano legisló con amplitud en materia de educación haciéndose cada vez más cargo, directamente, de la instrucción superior. La educación elemental y media sigue siendo parcialmente privada, si bien en su mayor parte se vuelve municipal, pero es el Estado el que determina la modalidad de selección de los maestros, los exime de ciertos impuestos y por último llega incluso a fijarles los honorarios. Además interviene en la educación elemental y media por medio de las Instituciones alimentarias de Trajano, fundaciones estatales enderezadas a asegurar la manutención y la educación de un cierto número de niños (más tarde, también de niñas) de pocos recursos. Luego el Estado se convierte en organizador de universidades: en Atenas Marco Aurelio funda cátedras de retórica y filosofía, y en Constantinopla donde Teodosio establece en 425 una universidad estatal que monopoliza por ley la instrucción superior de la ciudad, y cuyos maestros tienen derecho al título honorífico de comites (condes) al cumplir 25 años de magisterio. Para los jóvenes el estudio no es ya formación desinteresada, sino la base para la formación de los funcionarios públicos que le hacen falta. Junto a estos “escribas” de alto rango encontramos una clase más modesta: son los notarios, los taquígrafos (de notae, es decir, el término que indicaba los signos de la escritura abreviada). Finalmente, al derrumbarse los reinos romano-bárbaros se hunde también la tradición de la educación laica y sólo permanece como fuerza civilizadora en acto la universalidad del mensaje cristiano. La “escuela de Atenas” se mandará a cerrar por el emperador Justiniano en el año 529 para culminar con la debilitada cultura pagana.


Compendio de historia de la filosofía y de la educación

Nicola Abbagnano, Visalberghi, A., Historia de la pedagogía, FONDO DE CULTURA ECONÓMICA, México D.F., 1964, traducción de Jorge Hernández Campos